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Carmen Martín Gaite, una chica que salta

Carmen Martín Gaite chica que salta
Carmen Martín Gaite, 1984. Fotografía: Quim Llenas / Getty.

La chica es, o puede ser, o empieza siendo, una niña. Una niña que termina siendo una chica porque crece como crecemos todos: diciendo que no, diciendo hasta aquí, diciendo quiero saber más. La niña que luego es chica se llama Sara y vive en Brooklyn, pero podría llamarse Caperucita y vivir cerca de un bosque, o llamarse Alicia y que todo comenzara persiguiendo un conejo por un agujero. Pero se llama Sara, Sara Allen, como el cineasta que mejor contó un Nueva York desconcertante, acelerado, vagamente peligroso. Como la niña de la capa roja, en Caperucita en Manhattan Sara tiene que ir a ver a su abuelita. Pero lo que quiere es salir, ver, hablar. Vivir. 

Y su abuela no está en una cabaña del bosque sino en un piso en Manhattan, que es una isla en forma de jamón. Y no es una pobre anciana desvalida, sino una mujer que de joven fue cantante. Y el lobo no se la quiere comer a ella —a Caperucita, a Sara—, sino a la tarta que lleva. Y no hay cazador que la salve, sino una vieja harapienta que recorre las calles con un cochecito de niño vacío y que sabe qué es vivir. Como un oráculo, como un hada, o como un faro moral, subida a su pedestal de Estatua de la Libertad, Miss Lunatic hace su aparición para cambiar la vida de Sara sin intentar cambiar la vida de Sara. Como carta de presentación, esa vieja desgreñada, pobre, libre, reza su particular credo: 

Vivir es no tener prisa, contemplar las cosas, prestar oído a las cuitas ajenas, sentir curiosidad y compasión, no decir mentiras, compartir con los vivos un vaso de vino o un trozo de pan, acordarse con orgullo de la lección de los muertos, no permitir que nos humillen o nos engañen, no contestar que sí ni que no sin haber contado antes hasta cien como hacía el Pato Donald… Vivir es saber estar solo para aprender a estar en compañía, y vivir es explicarse y llorar… y vivir es reírse.

Pero todo eso da igual, dan igual los lobos y las tartas e incluso el carro de bebé, e incluso Manhattan, e incluso la abuelita. Porque este cuento se podría contar de mil maneras y seguir siendo el mismo. Siempre que estuviera hecho de palabras y de saltos al vacío.

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