
La chica es, o puede ser, o empieza siendo, una niña. Una niña que termina siendo una chica porque crece como crecemos todos: diciendo que no, diciendo hasta aquí, diciendo quiero saber más. La niña que luego es chica se llama Sara y vive en Brooklyn, pero podría llamarse Caperucita y vivir cerca de un bosque, o llamarse Alicia y que todo comenzara persiguiendo un conejo por un agujero. Pero se llama Sara, Sara Allen, como el cineasta que mejor contó un Nueva York desconcertante, acelerado, vagamente peligroso. Como la niña de la capa roja, en Caperucita en Manhattan Sara tiene que ir a ver a su abuelita. Pero lo que quiere es salir, ver, hablar. Vivir.
Y su abuela no está en una cabaña del bosque sino en un piso en Manhattan, que es una isla en forma de jamón. Y no es una pobre anciana desvalida, sino una mujer que de joven fue cantante. Y el lobo no se la quiere comer a ella —a Caperucita, a Sara—, sino a la tarta que lleva. Y no hay cazador que la salve, sino una vieja harapienta que recorre las calles con un cochecito de niño vacío y que sabe qué es vivir. Como un oráculo, como un hada, o como un faro moral, subida a su pedestal de Estatua de la Libertad, Miss Lunatic hace su aparición para cambiar la vida de Sara sin intentar cambiar la vida de Sara. Como carta de presentación, esa vieja desgreñada, pobre, libre, reza su particular credo:
Vivir es no tener prisa, contemplar las cosas, prestar oído a las cuitas ajenas, sentir curiosidad y compasión, no decir mentiras, compartir con los vivos un vaso de vino o un trozo de pan, acordarse con orgullo de la lección de los muertos, no permitir que nos humillen o nos engañen, no contestar que sí ni que no sin haber contado antes hasta cien como hacía el Pato Donald… Vivir es saber estar solo para aprender a estar en compañía, y vivir es explicarse y llorar… y vivir es reírse.
Pero todo eso da igual, dan igual los lobos y las tartas e incluso el carro de bebé, e incluso Manhattan, e incluso la abuelita. Porque este cuento se podría contar de mil maneras y seguir siendo el mismo. Siempre que estuviera hecho de palabras y de saltos al vacío.
Lo sabe Sara, que escribe tres palabras inaugurales en el cuaderno de tapas duras que le regala su padre: río, luna. Libertad. Que podría escribir en su libreta un diccionario personal, un vocabulario en una lengua inventada por ella que contuviera palabras como «miranfú», que significa «va a pasar algo diferente» o «me voy a llevar una sorpresa».
Y lo sabe Carmen Martín Gaite, que conocía bien el precio de salir, ver, hablar. De vivir. Y aún así escribe como cincelando, como una moraleja, como haciendo suyo el credo de Miss Lunatic o cediéndole a la vieja del cuento su propio convencimiento:
«Todo tenía que ver con la libertad».
Y las historias no se cuentan así, y de los cuentos no se dice el final, y hay relatos que se tienen que contar de memoria, como a la luz de una hoguera, como en tribu, como un ritual, pero el hecho es que el cuento acaba con una chica que salta. Y el hecho es que escribo y no sé contar, o no sé si sé contar, y nada me gustaría más que saber contar la importancia de Sara Allen, diez años, sus miedos a cuestas, un diccionario hecho de lunas, de ríos. De libertad. De Sara Allen, que abre la tapa de una alcantarilla, extiende los brazos y pronuncia en voz alta una palabra que ha inventado y que significa «va a pasar algo diferente».
Y salta.
***
¡Ay, todo lo que sabes
no te lleva a acertar
dónde estarán las llaves
del cuarto de jugar!
Después del salto hay un fundido negro, tiene que haberlo. Todo puede estar escrito —los paseos y los peligros, los miedos y los sueños, las cárceles y las puertas— menos lo que hay al otro lado, detrás. Después del salto.
—Te oigo de muy lejos,
¿dónde estás?, no te veo.
… Por favor te lo pido,
dime si este rodeo
lleva a los juegos viejos.
Lo que sabemos es que para Sara había una alcantarilla, y quizá después un túnel o un pasadizo. Y ahora, dentro, la incertidumbre. Porque el salto se da a ciegas o no es salto. Porque si se conoce el destino es trayecto, pero no vuelo. Y aunque los pies que no tocan ya tierra firme quieran volver a pisarla, aunque desearían no haber saltado, aunque querrían no dejar nunca el suelo, el salto es irreversible. No se puede volver atrás.
¿Dónde te has escondido?
—Calla, no vale hablar.
Paredes a los lados
que palpas al azar
con los ojos vendados,
no vale tropezar,
escalones gastados,
uno par y otro impar.
Ha saltado Caperucita, y ha saltado sola. No había ni abuelitas, ni madres, ni padres, ni viejas lunáticas, ni señores lobo. Están detrás del telón, los focos no les apuntan. Solo saldrán a escena si son llamados. Porque en su viaje, la heroína puede tener acompañantes, pero el camino es suyo. Un camino que no existía antes de sus pasos, que se hace al andar, son tus huellas el camino y nada más. El camino hacia la libertad, claro, se construye caminándolo.
—¿Voy dormida o despierta?
¿Es subir o bajar?
—No preguntes y acierta
Habrá recovecos y habrá caminos que se separan y habrá distracciones. Pero en su particular túnel después del salto, Sara debe mantener la vista al frente, el paso firme, la intención clara. Un pie delante del otro, desafiante.
—Jugar… jugar… jugar.
Jugábamos a un juego
que siempre iba a durar.
De lo que vino luego
no me puedo acordar.
A la gallina ciega,
a las adivinanzas,
al corro, al veo veo…
¿Y ahora a qué se juega?
¡Son tantas las mudanzas!
Me pierdo, me mareo…
La niña que saltó ya no es una niña. Sus juegos han dejado de ser suyos y tiene que jugar a otros que no conoce, a otros de los que hasta ahora estaba excluida. Jugar para ganar o para perder, pero la participación es obligatoria.
Tú sigue sin mirar,
que tal vez esta senda
desemboque en el cuarto de jugar.
***
El cuarto de jugar —el cuarto de atrás—, estaba en la casa que ya no existe.
El cuarto de jugar —el cuarto de atrás— no tenía vistas a la plaza, sino a un patio abierto donde estaban los lavaderos.
En el cuarto de jugar —el cuarto de atrás— se podía jugar a todos los juegos, construir todos los mundos, mantener todas las conversaciones.
Dice ella: «Era muy grande y en él reinaban el desorden y la libertad, se permitía cantar a voz en cuello, cambiar de sitio los muebles, saltar encima de un sofá desvencijado y con los muelles rotos al que llamábamos el pobre sofá, tumbarse en la alfombra, mancharla de tinta, era un reino donde nada estaba prohibido. Hasta la guerra, habíamos estudiado y jugado allí totalmente a nuestras anchas, había holgura de sobra. Pero aquella holgura no nos la había discutido nadie, ni estaba sometida a unas leyes determinadas de aprovechamiento: el cuarto era nuestro y se acabó».
Está el cuarto propio. Es el ideal de un espacio seguro para que las mujeres, sin distracción y sin presión, bajo techo y resguardadas de miradas ajenas, puedan escribir. En esa imagen, el cuarto propio es un despacho: hay una mesa de madera ante la que sentarse, y hojas sobre las que garabatear, y una ventana por la que mirar ensimismada. La mujer que lo ocupa está seria, concentrada, quizá un punto melancólica. Se sienta y escribe callada, quieta, sola.
Pero el otro, el cuarto de atrás, el del pobre sofá y los cantos a gritos y la alfombra pintada, también es seguro, pero no como una celda monacal sino como un jardín por explorar. No hay reglas ni hay imposiciones ni hay prohibiciones. Pero tampoco hay silencio ni hay orgullo ni hay un peligro exterior. En esa imagen, el cuarto de atrás es un salón de juegos no infinitamente grande pero sí infinitamente profundo: hay rotuladores destapados y manchas en las paredes y juguetes tirados por el suelo. Las niñas que lo ocupan se ríen, no pueden parar de reír y de hablar, quizá bailan. Juegan tumbadas sobre la alfombra, en una conversación infinita, trenzada, compartida.
Dice ella: «Me lo imagino también como un desván del cerebro, una especie de recinto secreto lleno de trastos borrosos, separado de las antesalas más limpias y ordenadas de la mente por una cortina que solo se descorre de vez en cuando; los recuerdos que pueden darnos alguna sorpresa viven agazapados en el cuarto de atrás, siempre salen de allí, y solo cuando quieren, no sirve hostigarlos».
Está el palacio de la memoria. Un espacio mental ordenado, como una biblioteca, como un archivo para no olvidar nada. Los monjes medievales usaban este método para aprenderse la Biblia. En esa imagen hay pasillos, habitaciones, desvanes, sótanos: la información se coloca mentalmente en un espacio imaginario que tiene que ser conocido para quien lo usa. Así, se le da al acto de recordar un carácter espacial: hacer memoria es un paseo por la imagen de los lugares físicos donde espera, como en un archivo, el dato, el texto, la información.
Pero el otro, el cuarto de atrás, el desván del cerebro, no está ordenado, no al menos como una biblioteca, sino como una caja de latón donde se guardan recuerdos a lo largo de los años. No hay estanterías ni hay etiquetas ni hay archivadores. Pero sí hay colores y hay olores y hay fogonazos de luz. En esa imagen, el cuarto de atrás es una piñata: no está escrito qué movimiento o qué golpe puede hacer que su contenido salga a borbotones, ni se puede prever lo que va a salir a la luz cuando se rasgue. No se accede a él sino que se desborda. No es un archivo, es un río.
No es una biblioteca, es una buhardilla.
***
En el sueño infantil de Carmen Martín Gaite no hay princesas ni hay bailes ni hay castillos. Hay polvo. Hay una buhardilla.
El polvo estaba prohibido. Como el desorden, como la ensoñación, como la apatía. La España de la posguerra —también en una familia culta y liberal— demandaba laboriosidad, sonrisas, limpieza. Por eso, en el número 14 de la Calle Mayor de Madrid, en casa de sus abuelos paternos, la Carmen niña no podía pegar la cara a la ventana.
Esa niña, ¡qué manía de ponerse a leer con la cara pegada al balcón! —se quejaba la abuela—. ¿No ves que dejas la marca de los dedos y de las narices en el cristal? ¡Dios mío, los cristales recién limpios!
La casa de la calle Mayor no tenía un cuarto de atrás. Con los cristales recién limpios, con la cara y los dedos recién limpios, con todo en su sitio, se podía estar quieta y callada, se podía una sentar y observar -observar sin tocar el cristal-. Pero no se podía jugar, no como en el cuarto propio, en el desván del cerebro, el cuarto de juegos.
«Pero ¿qué cosa no estaba recién limpia, recién doblada, recién guardada en su sitio? ¿Y por qué no podía ser el sitio de los objetos aquel en que, a cada momento, aparecían? ¿Y, sobre todo, por qué castigarlos con aquella continuada y sañuda purga de quitarles el polvo, como se arrancan las costras de una enfermedad?». Carmen Martín Gaite se hace amiga del polvo y el desorden, se hace su aliada, intenta no atraer la atención sobre él para que no sea soplado, barrido, para que no desaparezca. «El polvo se descolgaba en espirales por los rayos de sol, se posaba silenciosamente sobre los objetos, era algo tan natural y tan pacífico, yo lo miraba aterrizar con maligno deleite, me sentía cómplice del enemigo descarado».
Por eso, no soñaba con princesas ni bailes ni castillos: «Yo soñaba con vivir en una buhardilla donde siempre estuvieran los trajes sin colgar y los libros por el suelo, donde nadie persiguiera a los copos de polvo que viajaban en los rayos de luz, donde solo se comiera cuando apretara el hambre, sin más ceremonias».
La lógica infantil, irrebatible. Quién no querría hacer de la vida su cuarto de juegos.
***
Se llama, o se llamaba, Raquel y es, o era, de Colmenarejo, Madrid.
El 26 de julio del año 2000, Raquel no tenía una queja, ni una denuncia, ni siquiera una sugerencia. Solo quería decir sí, quería decir eso es, quería decir estoy de acuerdo. Quería decir créanse todo lo bueno. Por eso, cuando escribió una carta al director del diario El País la tituló así, «Créanse todo lo bueno». Todo lo bueno sobre Carmen Martín Gaite.
Había muerto hacía tres días. Con toda probabilidad, Raquel había leído todos los obituarios, las palabras de agradecimiento, de desconsuelo y de loa. Y quería decir sí, quería decir eso es, quería decir estoy de acuerdo.
Y lo dijo así:
Me gustaría brevemente compartir mi recuerdo de la estupenda persona que fue Carmen Martín Gaite. Yo la leía mucho de universitaria, y una mañana de 1992, sin conocernos de nada, la llamé desde una cabina para contarle que mi novio me había regalado su último libro, con la dedicatoria «y gracias por descubrirme a Carmen». Ella rió alegre y me dijo: «Hija, si hay un chico así, yo quiero conocerlo». Y nos invitó a su casa, a su casa mágica de Doctor Esquerdo, donde nos trató como a dos amigos, sin extravagancias, tan cálidamente que sé que ninguno de los dos lo olvidará nunca. Por favor, créanse todo lo bueno que oigan y lean estos días sobre ella. ¡Es verdad! Y a ti, brujita blanca, te mando de nuevo los versos: «Echa hilo, corre, escapa, / que no te cuelguen cartel, / p’alante sin cascabel. / ¡Guapa, Carmen! ¡Carmen, guapa!».
Leerlo casi veinticinco años después es imaginar esa casa mágica. Desear, no que fuera bella, ni que tuviera muchos libros, ni vistas espectaculares. Desear, no que fuera un palacio, ni un castillo, ni un agradable piso burgués.
Desear que fuera buhardilla, habitación de juegos, cuarto de atrás. Que hubiera encontrado la manera de mantener toda su vida los los trajes sin colgar y los libros por el suelo. Y el polvo, que pudiera viajar por los rayos de luz.
***
Dormí noches y noches
con el balcón cerrado
En la casa de la postguerra hay, sobre todo, mujeres. Hay mujeres y las hijas de esas mujeres, que son también mujeres en potencia. Mujercitas. Los hombres están fuera, en la calle. Las mujeres y las mujercitas cosen, reciben, miran por la ventana. Miran por la ventana, a través del balcón cerrado y sin pegar la nariz ni los dedos al cristal para no ensuciarlo. Miran desde dentro hacia afuera.
Y aun así se fugan.
El arte de la fuga se transmitía de generación en generación. Carmen lo aprendió de María, su madre. La noche del 20 al 21 de enero de 1982, desde Nueva York, soñó con ella y con una larga carta en la que le contaba cosas de su estancia en Estados Unidos. Aunque su madre había muerto hacía cuatro años, la carta llegaba a su destino. Pero no estaba escrita en tinta sobre papel. La carta del sueño era un código secreto, un juego de luces y espejos que reflejaban los mensajes entre las ventanas de ambas. Al texto en el que narró este sueño lo llamó De su ventana a la mía.
Me gustaba amasar
mi falaz pesadumbre
ante el espejo aquel
La ventana de su madre, en el sueño, reflejaba el mensaje pero también el sol de poniente y también la luz descomponiéndose en todos los colores. Ella escribió que resplandecía como un brillante irisado entre el humo, el acero y el cemento. La habitación que tenía detrás María no importaba: era una suma de todas las ventanas ante las que la escritora había visto a su madre sentarse y fugarse con la mirada.
Abrid ya las ventanas.
Adentro las ventiscas
y el aire se renueve.
El centro de la casa era una mesa camilla, una ventana y su madre. Allí tenía lugar la fuga. La madre huía al amparo de la luz desdibujada del atardecer, cuando se iba haciendo tarde para leer o coser. Con el libro o la labor encima, escribe Carmen, se iba de viaje con la mirada. Le gustaba hacer durar ese momento ambiguo.
No encendáis todavía la luz, decía, que quiero ver atardecer.
Mirándola mucho rato durante muchos días, entre la fascinación y la envidia, Carmen aprendió a fugarse ella también.
Quiero huir de los ámbitos
calientes y tapiados.
Salir sin compañía
por el mundo adelante.
No hay barrera, cerradura ni cerrojo que se pueda imponer a la libertad de una mujer que se acerca a una ventana. No hay distancia que la mirada de una mujer ventanera no pueda recorrer.
En el sueño, Carmen intenta ubicar la ventana de su madre. ¿Está en Long Island? ¿En Queens? Pero la mirada desde dentro hacia afuera tiene sus propios mapas. Al final, lo entiende: está en el azul de la distancia, en esa franja indefinida entre el primer plano de un cuadro y su fondo, en ese azul cordillera, azul campo, azul horizonte, que solo se ve azul porque no se tiene delante.
En ese más allá ilocalizable adonde precisamente ponen proa los ojos de todas las mujeres del mundo cuando miran por una ventana y la convierten en punto de embarque, en andén, en alfombra mágica desde donde se hacen invisibles para fugarse.
El azul de la distancia y una ventana.
Un plan de fuga.
***
Para fugarse del castillo de Lucandro hay que atravesar tres murallas.
Tras la primera, un foso con bestias.
Tras la segunda, un bosque y una granja.
Tras la tercera, la libertad.
En el cuento El castillo de las tres murallas, Lucandro es rico pero paranoico, Serena es rica pero infeliz y Altalé, su hija, es rica pero prisionera.
Lucandro vive de espaldas al pueblo, encerrado en sus tres murallas consecutivas, con sus fosos y sus bosques y sus jardines. A su mujer, Serena, la colma de riquezas y joyas que teme que le roben, por lo que no le permite pisar el exterior.
Salir sin compañía por el mundo adelante no es aspiración, es pesadilla. El mundo, una amenaza.
Pero para que su hija Altalé reciba algo parecido a una educación, se permite la entrada en la fortaleza de un profesor de violín. Y un día Serena y el músico se miran a los ojos mientras él toca y canta una canción sobre un prisionero que anhela la libertad. Y entonces, claro, el salto. El salto, que es irreversible y cuyo destino es incierto.
Serena y el músico se fugan del castillo.
El salto se da en soledad. La heroína puede tener acompañantes pero el camino es suyo. Pero, aunque Serena no se lleva con ella a su hija, el salto es espejo y es ejemplo.
Por eso, años después, también Altalé, como Carmen en el sueño neoyorquino, consigue hacer llegar una carta al azul de la distancia. De su ventana en el castillo a la ventana enrejada de una cárcel. El chico del pueblo que la recibe será su acompañante, pero es ella quien da el salto.
Y traspasa la primera muralla y el foso con bestias.
Y traspasa la segunda muralla, y el bosque y la granja.
Y traspasa la tercera muralla y recuerda la canción que le cantó a su madre el profesor de violín. La canción de la fuga:
Dime, si tú lo sabes,
¿por dónde, amor, se va
hacia la libertad?
***
No estaba bien visto para las chicas como ella. Cultas, refinadas, de buena familia. Parecía de chica fácil, de buscona, de desesperada. En la sociedad de la hipervigilancia, en el momento de la delación, en la era de la moralidad de la Sección Femenina, no estaba bien visto que una chica soltera bajara al río con chicos.
Pero a veces, saltar no es marcharse. A veces, es quedarse y aguantar. Bajar al río aunque te miren, aunque hablen, aunque censuren. Por eso, por haber sido uno de los primeros saltos de la vida de Carmen Martín Gaite, el río Tormes, que baña su Salamanca natal, siempre está.
Está el Tormes en el primer poema, «La barca nevada». Es invierno y se hiberna y se contiene el aliento y se espera el deshielo.
Mirad la pobre barca
prisionera del agua endurecida.
Sola y blanca de canas
mira correr las nubes con envidia.
iOh nubes desligadas,
que os destrenzáis tan jóvenes
sobre la barca inútil!
Sí. De nuevo el invierno.
Está el Tormes en su primera novela larga, Entre visillos. Miguel y Julia sienten mil ojos sobre ellos, pero en el río se respira y se habla y se toca.
Bajaban ya camino del río. Hacía un poco de aire y Julia se abrochó la chaqueta. Él la cogió por los hombros y la atrajo fuertemente hacia sí. Sentía ella la presión de la mano a través de la tela; iba mirando por si veía a alguien conocido.
Está el Tormes en su conferencia Rutas de Salamanca en mi recuerdo. Es la juventud y se juega y se ríe y se arriesga y se toma el riesgo a broma:
No estaba bien visto entonces que una jovencita de buena familia se fuera sola con sus amigotes a remar al río, pero recuerdo aquellos paseos acompasados por el chapoteo del remo como lo más alegre de mi vida. Tenían además su puntita de peligro, porque yo no sabía nadar ni creo que mis acompañantes, aunque nunca se lo pregunté, fueran tan duchos como para salvar de la muerte a la chica en apuros.
Está el Tormes en El cuarto de atrás. Es primavera y, en el recuerdo lejano de los primeros días de libertad, se vuela:
El cuchicheo indignado de las señoras que me miran pasar con mis amigos camino del río, a través de visillos levantados. Ninguno es mi novio. Ni siquiera es mi novio, pero cantan y se ríen y me cogen de la mano, vamos por callejuelas, entramos en tabernas, alquilamos una barca para remar por el río Tormes que acaba de deshelarse, hay un sol de primavera temprana.
A veces saltar es quedarse y aguantar y seguir remando.
Y hablar.
«No es fácil hablar, no, qué lo va a ser. El verbo como fácil, como cosa de nada, como una frivolidad más, es lo que complica y enmaraña el asunto». No es fácil hablar pero ella hablaba y concebía la literatura como conversación y decidió no callarse como una forma de reivindicación natural, tranquila, divertida.
- El escritor José María Guelbenzu recuerda la página del periódico Pueblo.
Una foto: una mujer joven, morena, de mirada, dice, interesante.
Un texto: la mujer de la foto confesaba haberse bebido una botella de vino tinto mientras esperaba —en silencio, en secreto— el fallo del jurado del Premio Nadal. No le había dicho a nadie que se presentaba con una novela llamada Entre visillos y firmada con el seudónimo de Sofía Veloso, el nombre de su abuela materna.
Ganó el premio. Salió a agradecerlo con una botella de vino tinto en el cuerpo. Era 1957. La mujer, claro, era Carmen Martín Gaite. A Guelbenzu le impresionó la botella de tinto. Tuvimos la sensación, dice, de haber descubierto otra mujer, otro mundo, otra vida.
1980. Está sentada en un plató frente al periodista Joaquín Soler Serrano. En la entrevista, para el programa A fondo, de Televisión Española, Soler Serrano le pregunta por su exmarido, Rafael Sánchez Ferlosio, también escritor, también integrante de su generación literaria. Más bien, asume sobre él:
—Era Rafael, sin duda, uno de los hombres clave de ese grupo.
Ella toma aliento, se retira la mano en la que tenía apoyada la cabeza, mira hacia arriba. La voz le sale deliberadamente suelta, casi pizpireta.
—Bueno, yo no lo puedo decir, si era o no era clave. No parecía clave de nada, porque nunca pareció clave de nada, pero luego parece que sí, según se mira históricamente parece que sí lo era. Yo no lo recuerdo como clave.
Se ríe. En la pantalla se proyecta ahora una fotografía de Carmen con Rafael y la hija de ambos, Marta. Ella es joven, lleva el pelo corto, los labios pintados y una pandereta en la mano. Ferlosio lleva un traje oscuro. Los dos están agachados en el suelo y la niña coge la manga de su padre para ponerse de pie. El presentador habla por encima de la foto:
—Hay una dedicatoria, precisamente la de este libro, Usos amorosos del XVIII, a Rafael, que dices que te enseñó a evitar la soledad y a no ser una señora.
La foto sigue en la pantalla, que ahora cubre la voz clara de ella, que ya no le sale deliberadamente suelta, sino como una esquirla, como una aguja, como un navajazo:
—A habitar. A habitar la soledad. A habitar la soledad, sí
2000. Es junio. Carmen morirá en poco más de un mes. Pero ahora está en un acto «divertido y emotivo», según los asistentes, en el que va a recibir de manos del alcalde de Madrid, José María Álvarez del Manzano, una de las Medallas de Oro de la ciudad. Hace apenas una semana que el alcalde declaró, después del asesinato machista de una mujer a manos de su pareja, quien la atacó con un hacha en un centro comercial, que «las uniones de hecho están produciendo muchísimo más deterioro en la convivencia y se produce más violencia en el seno de las uniones de hecho que en las uniones matrimoniales».
Carmen recibe la medalla y toma la palabra. Y lo que dice es esto:
Después de llevar quince años viviendo sola, si usted me busca una pareja de hecho, decente y no violenta, yo le juro que soy de fiar.
Hay aplausos.
2000. Es el 24 de julio. Carmen Martín Gaite ha muerto el 23. Se despiden de ella en público, en prensa, amigos y seguidores, periodistas y escritores. Pero nadie más lo hace hablando de cómo Carmen hablaba, de la libertad de decir. Solo Belén Gopegui. Y lo que escribe es esto:
Carmen Martín Gaite dijo que no a muchas cosas. Lo dijo con discreción, y hay quien piensa que la discreción está reñida con las boinas de colores, pero no es cierto. La discreción, cuando se practica, pide un esfuerzo de la memoria. Carmen Martín Gaite tenía prestigio, vendía muchos libros, estudiaban su obra hispanistas de todo el planeta, era lo que muchos autores y autoras quieren llegar a ser y, sin embargo, vale la pena ponerse a pensar lo que no era. Lo que no era pudiendo serlo, lo que no era recibiendo cada día ofertas para serlo. Lo que no era, donde no estaba, en qué fiestas no se la veía, de qué premios no era jurado, qué premios pactados bajo cuerda no ganó, de qué instituciones no quiso formar parte por más que la insistieron, en qué programas de televisión no estuvo, en qué grupos mediáticos no quiso unir su figura ni su discurso, qué historias de encargo no aceptó, a qué preguntas no quiso contestar, qué favores prefirió no pedir.
El artículo se llama «El sí de cada no».
No es fácil hablar, no, qué lo va a ser.
***
Leonardo Villalba encuentra la fotografía metida en un sobrecito, en una carpeta en el despacho de su padre, que acaba de morir. El protagonista de La reina de las nieves la saca despacio, como quien sabe que va a ver algo importante, como quien sabe que su vida está a punto de cambiar. Como quien dice «miranfú».
Y lo que ve Leonardo en la fotografía que guardaba su padre entre sus cosas, que habla de una antigua historia de amor, que habla de atreverse y de tantas cosas, es un salto.
El acantilado. La chica que salta.
Porque estaba volando. Eso fue lo que vi: una figura de mujer volando. Los brazos en alto sujetaban, a modo de bandera, una prenda blanca, tal vez ropas que se estuviera sacando por la cabeza al tiempo de saltar. Iba descalza, y el cuerpo cubierto apenas por una especie de combinación adherida a la piel. Piernas largas y elásticas, pero muy poco pecho. Era la silueta de una adolescente. Estaba captada de medio perfil y se reía con el pelo alborotado al viento.
La imagen que precede al fundido a negro, al futuro que no está escrito, a lo irreversible, a la soledad del saltador, a unas normas que se quedan obsoletas, a la incertidumbre.
Avanzo alegre y sola
en la exacta mañana
por el camino mío que he encontrado
aunque no haya salida.
La imagen de una niña que salta por una alcantarilla. Y se hace mayor.
La imagen de una chica que salta sin miedo por un acantilado. Y se ríe.
La imagen de la libertad.







