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Manos y esferas: mientras el enigma perdure

Manos y esferas
Varias de las manos de la Cueva de la Fuente del Salín, en Cantabria. Fotografías: Collado Giraldo, Hipólito (coord.). HANDPAS. Manos del pasado. Catálogo de representaciones de manos en el arte rupestre paleolítico de la península ibérica. Junta de Extremadura. 2018.

En el prólogo de La condición humana (1957), Hannah Arendt reflexiona sobre el lanzamiento al espacio del satélite Sputnik 1, que tiene lugar por aquellas fechas, y sobre esa mezcla de poder y anhelo que lleva a la humanidad, o al menos a una parte de la misma, a levantar la vista hacia el firmamento y contemplar con orgullo un objeto salido de sus manos. Este es, al entender de la pensadora, una victoria de los humanos contra un sentimiento arraigado de «prisión terrenal», en un afán por desligarse de la Tierra. 

Hannah Arendt medita sobre la existencia condicionada que es en sí la existencia humana. Condicionada, por ejemplo, por un ecosistema terrenal equilibrado; pero condicionada, también, por nuestra propia naturaleza; es decir, por una forma de pensar, sentir y actuar en un constante deseo de inmortalidad y de trascendencia. El ser humano es un ser finito sediento de inmortalidad. Según la pensadora, el lanzamiento del satélite espacial albergaría una ambición por liberarse de la condición terrestre en pos de una condición artificial y autofabricada.

Este ser finito sediento de inmortalidad que es el ser humano manifiesta una asombrosa capacidad para dejar tras de sí huellas imborrables, así como obras pensadas para la perpetuidad. Dos ejemplos de extraordinaria belleza: las representaciones de manos en el arte rupestre del paleolítico en la península ibérica y las esferas de piedra precolombinas de Costa Rica, artesanías estas de admirable destreza manual, de factura mucho más reciente, pero igualmente fascinantes. La distancia temporal de miles de años entre ambas manifestaciones no hace más que subrayar el misterio. 

Ambas representaciones son producto de un meditar simbólico y metafórico. Un modelo de reflexión no reducible a una lógica literal ni a unos patrones (por más que a los tecnócratas les encantaría), de ahí su dificultad de interpretación, si no imposibilidad, al menos en el arte rupestre. Sin embargo, son objeto codiciado de investigación pues se presupone que podrían albergar universales culturales, es decir, elementos que nos ayudan a comprendernos como especie. Finalmente, manos prehistóricas y esferas precolombinas revelan una voluntad inquebrantable de desarrollo humano, no solo tecnológico, sino también, y sobre todo, intelectual, pues mano y cerebro están íntimamente unidos, de ahí que cuando estamos ante estos hallazgos presentimos que forman parte de un periodo fundamental del desarrollo humano.

Hay un libro prodigioso de acceso gratuito, coordinado por el investigador Hipólito Collado Giraldo, que, bajo el título Handpas. Manos del pasado, reúne y analiza todas las representaciones de manos conocidas hasta el presente en el arte rupestre de la península ibérica durante el paleolítico, es decir, ese inmenso periodo que abarca más de dos millones y medio de años hacia atrás en el tiempo y hasta, aproximadamente, el año 12 000. El periodo más largo de la existencia del ser humano hasta el presente. 

Sostiene Collado que de entre la amplia diversidad de figuras que fueron pintadas o grabadas en los distintos enclaves con arte rupestre (animales, figuras humanas, objetos, signos geométricos, etc.), posiblemente las representaciones de manos son los símbolos más universales. Esta categoría de motivos aparece plasmada en cuevas, abrigos y paredes rocosas de todos los continentes, mediante la aplicación de diferentes técnicas y a lo largo de un margen temporal de más de 65 000 años. 

La mano es la representación artística que más nos acerca a nuestro más lejano antepasado. De entre las cerca de trescientas halladas y analizadas en diversas cuevas de España, los investigadores confirman la existencia de huellas de manos masculinas, femeninas e infantiles. Mayoritariamente diestras, pero también hay zurdas. Hay representaciones de color rojo (el más abundante), negro, amarillo y marrón. La técnica de ejecución puede ser en positivo, es decir, el pigmento seleccionado se aplica directamente sobre la palma de la mano que, una vez impregnada, se apoya sobre la pared; o en negativo, en tal caso apoyaban la mano sobre la pared y luego el pigmento se aerografiaba sobre la misma, directamente desde la boca o utilizando cánulas de hueso o madera, de tal manera que, al levantar la mano, la silueta quedaba impresa sobre la roca. 

La palma, pero a veces también el dorso, se extendían sobre la pared con los dedos desplegados de forma radial; sin embargo, en algunas ocasiones, algunos dedos se plegaban bajo la palma, quedando ocultos, de manera que la forma resultante recuerda a la huella de algunos animales. 

La mayoría de huellas están en cuevas de la cornisa cantábrica, pero hay también en Extremadura, Andalucía y Gibraltar. Algunas están localizadas en zonas de semipenumbra y otras en áreas de oscuridad absoluta, lo cual quiere decir que la total ausencia de luz podría poner en peligro la integridad física del autor o autora de la representación. Cuando hay luz o algo de visión en la zona de las manos pintadas se sobreentiende un carácter público y colectivo de estas representaciones; mientras que la ejecución artística en zonas de oscuridad o zonas ocultas indicarían su carácter privado e íntimo.

La cueva de la Fuente del Salín en Muñorrodero (Val de San Vicente, Cantabria) acoge un conjunto espectacular de manos de distintos tamaños interconectadas. Parecen manifestar algún tipo de relación entre las individualidades que las plasmaron. La agrupación, colocación y tamaño de manos induce a pensar que las dos superiores y la horizontal inferior sean de adultos. Estas delimitan un espacio de protección en el que se disponen las dos manos más reducidas, quizá infantiles. El conjunto configura una «escena» donde las manos serían el trasunto de la representación de un grupo humano unido por vínculos sociales o familiares. Su ubicación, muy próxima a la entrada original de la cueva, permite que el espectador moderno perciba en este conjunto una voluntad performativa. Las paredes de la cueva y la cueva misma son el escenario que acoge lo que Richard Sennett (El intérprete, Anagrama, 2024) denomina el ADN de la expresión del ser humano: la capacidad performativa de interpretación, la fuerza narrativa de las imágenes y la llamada a la imaginación.

Junto a este grupo de manos se aprecian otras con un desarrollo importante del antebrazo. Una de ellas (ver flecha) tiene un añadido en la muñeca hecho con un pigmento ligeramente más anaranjado. Se trata de un trazo transversal pintado a modo de «pulsera». No se conoce ningún otro trazo de «pulsera» en una muñeca, ni tampoco se sabe qué quiere representar o comunicar.

Manos y esferas
Varias de las manos de la Cueva de la Fuente del Salín, en Cantabria. Fotografías: Collado Giraldo, Hipólito (coord.). HANDPAS. Manos del pasado. Catálogo de representaciones de manos en el arte rupestre paleolítico de la península ibérica. Junta de Extremadura. 2018.

El estudio de las casi trescientas representaciones muestra que hay manos aisladas, manos que se asocian y manos que se repiten. Algunas aparecen mezcladas junto con trazos de formas simbólicas y de figuras zoomorfas como caballos, bisontes y cérvidos. A veces, las reiteraciones de figuras corresponden a la misma mano de un solo individuo. Otras, se da un agrupamiento con más de cuatro ejemplares y un claro potencial escenográfico. Sin embargo, ¿qué sabemos de ese pasado remoto? Poco o nada, salvo que el ser humano fue y aún es un ser simbólico. Sostiene el escritor Pascal Quignard que nunca conoceremos cuál era la narración tras las imágenes del arte rupestre y que cualquier relato que les asociemos será ficción. 

Lo mismo parece suceder con las bellísimas petroesferas precolombinas halladas en Costa Rica, aunque en este caso el saber simbólico nos permite comprender que las esferas de piedra son la suma de la «piedra», material de alma inmortal y fuerte, y la «esfera», que es la extrapolación del círculo (geometría sagrada) y forma geométricamente perfecta. De tal modo que materia y forma dan lugar a un gran centro de mundo impenetrable: un círculo en todas las direcciones lleno de energía y vida. En palabras del poeta y crítico de arte Juan Eduardo Cirlot, un símbolo de la totalidad, un rotundus alquímico. 

Ahondando en el significado mítico religioso, se ha relacionado estas esferas con el dios del trueno y los dioses del viento y los huracanes de la mitología talamanqueña. En cualquier caso, se asocian a una creación artística y simbólica acorde a la espiritualidad de la cultura indígena del Diquís, que se desarrolló principalmente en el valle del río Grande de Térraba, en lo que actualmente es el cantón de Osa, en la provincia de Puntarenas. Por otro lado, se les ha atribuido distintas funciones, a través del tiempo: símbolos de rango, marcadores territoriales y jardines astronómicos, entre otras.

Aunque su factura es relativamente reciente, pues las petroesferas se produjeron y utilizaron durante un periodo que va de los años 400 a 500 d. C. hasta mil años después aproximadamente, el proceder artesano todavía se desconoce. Paradójicamente, si bien la ejecución de las manos rupestres está claramente comprendida y analizada, es en las petrosferas donde surgen las dudas sobre el modelaje del material pétreo, su construcción y transporte. 

Estas esferas de piedra son únicas en el mundo por su número, tamaño, perfección, formación de esquemas organizados y abstracción ajena a modelos naturales. Su gran valor radica en que se elaboraron bajo condiciones tecnológicas y sociales consideradas difíciles en la actualidad. No obstante, las sociedades indígenas que las esculpieron lo hicieron de forma casi perfecta, con acabados finos en muchos casos. Se consideran un hito del pasado prehispánico y una manifestación artística por excelencia de la escultura precolombina costarricense, íntimamente ligada a la memoria colectiva y a la identidad nacional, de hecho son el símbolo de Costa Rica.

Los tamaños de estas esferas van desde los pocos centímetros hasta cerca de 2.6 metros de diámetro y su peso puede llegar a superar las 16 toneladas. De modo que su concepción denota un grado de madurez plástico muy desarrollado. Hay algo mágico en ellas, no es de extrañar que estimularan la imaginación de Steven Spielberg, en Raiders of the Lost Ark (1981): Indiana Jones, tras robar un ídolo del altar, es perseguido por una enorme esfera de piedra impulsada por un ánimo de venganza mortal. La arrogancia o hibris del cazador del arca perdida provoca el castigo de la divinidad. 

El conjunto de asentamientos cacicales precolombinos con esferas de piedra de Diquís es Patrimonio de la Humanidad. También lo es el arte prehistórico. Aunque no tuvieran el sello de la UNESCO, solo con estar frente a manos y esferas sabríamos apreciar que estamos ante el misterio, porque todavía nos sitúan en las preguntas (de dónde venimos y adónde vamos) y, sobre todo, porque mantienen vivo el enigma que es la naturaleza humana, especialmente importante en los tiempos actuales en los que el impulso de una condición artificial y autofabricada parece dominarlo todo.

Manos y esferas
Esferas de piedra de la cultura del Diquís en el Sitio arqueológico y Museo Finca 6, ubicado en el cantón de Osa, en el sur de Costa Rica, 2020. Fotografía: Diego Padilla Durán y Mariordo y Diego Durán Ortiz (CC).

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2 Comentarios

  1. E.Roberto

    Qué haremos cuando los recién llegados no sean ayudados a salir gracias a las manos, las mismas manos que a fuerza de caricias redondean nuestra plástica cabeza inerme que tiende a lo ovalado. Es el primer contacto de la vida con lo extraño, y quizás por esto nuestros antepasados pintaban manos para atrapar y traer a lo cotidiano lo huidizo e innecesario, el primer paso del arte. Excelente divulgación, Señora. Gracias.

  2. Interesante. Me gustaría saber dónde se puede acceder al libro Handpas.

    Gracias

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