
Introducción
Quizá no podréis crearlo vosotros, pero podríais convertiros en padres y ascendientes del superhombre. ¡Que esa sea vuestra mejor creación!
(Nietzsche, 2013, 61)
Siguiendo la línea del anterior trabajo, en el que se acaba concluyendo que, tras la muerte de Dios, ningún valor guía el obrar del mundo, con todas las implicaciones que este hecho tiene, parecería ahora interesante reflexionar acerca de algo que a todos nos produce cierto rechazo, precisamente por estar todavía «impregnados» de la doctrina moral cristiana: la violencia y su componente estético.
Como ya se ha dicho, nos encontramos actualmente en un proceso de decadencia, trágico, porque no hay una fuerza guiadora que nos destine histórico-espiritualmente, pues lo que ahora vivimos no es más que una continuación de la muerte de Dios, es decir, del nihilismo. De todas maneras, y como ya dijo Ortega en su Historia como sistema, el tiempo nos dejará ver cuál será el nuevo paradigma, a pesar de que quizá no lleguemos a presenciarlo… Las filosofías que ahora se estudian son filosofías «transitivas», pues ninguna de ellas se mueve en un marco total, sino que son pequeñas ramas de disciplinas muy concretas. No hay actualmente ningún autor con una metafísica, pues no hay nada que guíe metafísicamente, que sea aprehendido por la voluntad de poder y destine cada átomo del mundo.
A pesar de ello, y como que siempre cabe la esperanza de un nuevo resurgir espiritual, nos preguntamos ahora acerca de cómo será la «existencia» misma cuando, la voluntad de poder, en un gran éxtasis espiritual, en una gran tormenta existencial, se manifieste y coloque a cada ente en su posición histórica, física y espiritual, siempre acorde a su obediencia a ella (la voluntad de poder).
Dios ya no tiene una posición ontológica absoluta, sino que es parcial, es decir, que solamente se manifiesta en algunos ámbitos de la realidad. Ya no es un ser-para-Dios, sino que Dios, como ente, ha perdido toda su fuerza creadora. Esto ya se empezó a notar en la Modernidad, época durante la cual el foco se puso en el ser humano, y surgieron doctrinas, o filosofías como el humanismo, la Ilustración, etcétera. No sería legítimo ni honesto calificar al humanismo y la Ilustración como meras doctrinas «transitivas», pues siguen vigentes y no se puede decir que sean minoritarias o parciales, en un sentido físico-ontológico. El problema con estas doctrinas es que no han conseguido afianzarse como un paradigma, que propicie lo que Ernst Jünger llamaba «movilización total». También durante la Modernidad surgieron otras doctrinas, como el empirismo científico ―o cientifismo―, que luchaban ontológicamente por convertirse en paradigma. El resultado de esta guerra metafísica ha sido desgraciadamente la continuación del nihilismo. Actualmente se rinde culto a la técnica, a la vez que se defiende la llamada Declaración de los Derechos Humanos. Este sinsentido, esta gran paradoja, esta asimilación y afirmación de dos fuerzas totalmente opuestas, no es más que un mero signo de la decadencia en la cual nos encontramos. Los trabajos de Immanuel Kant y los de Francis Bacon no han valido para generar un paradigma, sino que se han convertido en una «ley», en una política, en un método; en burocracia.
Se acabó «concluyendo» en el texto de hace unas semanas que no nos queda otra opción que disciplinarnos con tal de estar preparados para el advenimiento del ser, que no es otra cosa que la voluntad de poder. Se dijo también que quizá no visualizaremos el ser, pero que quizá presenciaremos una nueva fuerza guiadora que dotará de sentido espiritual e histórico a nuestra existencia. En todo caso, si hacemos un breve repaso de las fuerzas guiadoras que ha habido, no resultaría alocado pensar que quizá el próximo advenimiento, la próxima fuerza, sea la voluntad de poder: 1) la πόλις, que guiaba a los griegos en prácticamente todas las esferas de su existencia, exceptuando, quizá, el arte y la filosofía natural; 2) tras un período transitivo, en el que surgieron escuelas como el estoicismo o el epicureísmo, que a pesar de estar fundamentadas en una concepción física concreta, su punto más «fuerte» no era otro que el ético, surgió la idea de Dios, que sí que guio todas las esferas de la realidad. Su punto más débil fue, probablemente, el hecho de no haber conseguido paradigmatizar la cuestión de la Razón y la Fe, manteniéndose siempre en duda hasta que Dios pereció como ente. Tras la muerte de Dios también han surgido algunas disciplinas de carácter ético, que ni siquiera han conseguido llegar a ser tomadas en serio ni en las academias, ni en el ámbito social, sino que por su absurdidad han sido meros instrumentos para lobotomizar a aquellos más débiles. Como vemos, las grandes fuerzas guiadoras ―la πόλις y después Dios―, han ido, poco a poco, abarcando cada vez más esferas de la realidad. Parece imposible pensar que haya algún ente con pretensiones de abarcar más que Dios. Por ello, este texto podría servir como un intento de reflexionar acerca del advenimiento del ser; con tal de estar preparados para su advenimiento, con tal de estar disciplinados espiritualmente para el devenir de un nuevo destino.
Para ello, deberemos reflexionar acerca de todos los aspectos de la realidad que nos conciernen, que son los que debemos reafirmar cuando este advenimiento surja. La disciplina idónea para empezar es la estética, pues una concepción acerca del arte y la belleza puede determinar la visión que se tiene acerca de todos los demás conceptos. El propio Nietzsche consideraba el arte como «la gran actividad metafísica de la vida», que no significa otra cosa que lo siguiente: el arte es la máxima expresión de la voluntad de poder a través de un individuo, pues con este el artista va más allá de sí mismo, dejando de ser hombre, reafirmándose en la esencia del mundo mientras espera a que esta se manifieste.
Cabría desarrollar la idea del arte y del artista, así como explicar la concepción antropológica de ir-más-allá-de-sí a través del arte, provocando la muerte del hombre. Entonces abriremos el camino hacia la reflexión sobre el componente estético de la violencia, pues es este el gran tabú dentro de la estética cristiana, precisamente por su dogma moral.
La metafísica del arte y el artista
A lo largo de sus obras, Friedrich Nietzsche trató de reflexionar e indagar en una cosmogonía que tenía pensado culminar en su última obra: La voluntad de poder: transvaloración de todos los valores. La primera parte de dicha obra es el Anticristo, seguido por El ocaso de los ídolos, y que, como se ha dicho, Nietzsche quiso culminar con el ensayo La voluntad de poder, en el que pretendía sistematizar todo su pensamiento. Por desgracia, en el año 1890 el alemán sufrió un colapso mental que le impidió continuar su ejercicio intelectual, hasta que, diez años después, en el 1900, falleció a la edad de cincuenta y cinco años.
Ya en el anterior texto hemos reivindicado a Nietzsche como un pensador metafísico, más allá de sus aportaciones a otras disciplinas. Se determinó también que como metafísico elaboró la teoría de la «voluntad de poder», con la que trataba de explicar, sistemáticamente, el hacer y deshacer de la esencia del mundo , y por ende, todo acontecimiento histórico y espiritual. A pesar de haber intuido que esta «esencia del mundo» no es otra que la voluntad de poder misma, y que debemos estar disciplinados y preparados para su advenimiento, no se ha reflexionado todavía sobre cómo determinar nuestro acercamiento o alejamiento a esta esencia. Es decir, sabemos que debemos estar preparados para la gran tormenta de la voluntad de poder, mas no sabemos cómo podemos estar preparados para ella.
Martin Heidegger, que consideraba a Nietzsche como el «predecesor de su propia filosofía», dedicó toda su carrera intelectual a la cuestión del ser, es decir, de la esencia del mundo y de la existencia. En El ser y el tiempo, al inicio del ensayo, reflexiona acerca de lo que se conoce, en la antropología filosófica, como la «muerte del hombre». Lo introduce de la siguiente manera: «Las ciencias tienen, en cuanto modos de conducirse el hombre, la forma de ser de este ente (el hombre). Este ente lo designamos con el término «ser ahí»» (1977, 21). ¿Por qué Heidegger decide, ya en el cuarto párrafo de su Ser y tiempo, acabar con la posición ontológica del «hombre», y nombrar a este con el nombre de ser-ahí (dasein)? Para responder a esto debemos recapitular y volvernos a Nietzsche, concretamente a su obra Así habló Zaratustra.
Al comienzo del Zaratustra, cuando este decide iniciar su ocaso hacia la civilización, y tras haber anunciado la muerte de Dios, se encuentra con una marabunta de gente, a los cuales exclama:
Yo os muestro al superhombre. El hombre es algo que hay que superar. ¿Qué habéis hecho para superarlo? Hasta ahora todos los seres han creado algo que estaba por encima de ellos mismos. ¿Es que vosotros queréis ser el reflujo de esa inmensa marea y regresar al animal en vez de superar al hombre? ¿Qué es el mono para el hombre? Un motivo de risa o una dolorosa vergüenza. Habéis recorrido el camino que va del gusano al hombre y todavía hay en vosotros mucho de gusanos. En otro tiempo fuisteis monos y aún hoy el hombre es el más mono de todos los monos. El más sabio de vosotros no es más que un ser dividido, un híbrido de planta y de fantasma. Pero, ¿os estoy yo exhortando a que os convirtáis en fantasmas o en plantas?
¡Yo os muestro al superhombre!
(2013, 37)
Aquí Nietzsche nos dice: tras la muerte de Dios, su gran creación ―el hombre―, ha perdido toda su razón de ser, pues ha desaparecido aquel que les ha creado. Como ya dijimos, Dios se desprendió de la voluntad de poder, propiciando así lo que llamamos nihilismo, entrando así, primero, en una época transitiva y, segundo, en el surgir de un nuevo paradigma. El problema reside en que no ha surgido ―ni parece que vaya a hacerlo pronto― un nuevo paradigma que guíe y destine. El hombre ―y el ‘yo’ filosófico― que surgió en la Modernidad, ha perdido su esencia, que era Dios. El hombre no existía por sí mismo, sino que existía precisamente porque había una fuerza superior a él, que le guiaba teleológicamente hacia el Paraíso, siendo siempre hombre, a pesar de su muerte física. Con la pérdida de una posición ontológica de Dios, el hombre pasó también a un segundo plano en la escena del ser. Así como en la Grecia clásica el hombre era para la πόλις, pasó a serlo para Dios. Mas ya no existe ningún ente superior al hombre. El hombre como concepto, es decir la humanidad como ente, trató de imponerse en el plano de la realidad, trató de ser aprehendido por la voluntad de poder con tal de convertirse en un nuevo paradigma, iniciándose este proceso ya con Descartes, pasando por la Ilustración. Pero como ya se ha dicho en la introducción, la humanidad no consiguió convertirse en la esencia, en el paradigma de una época guiada histórico-espiritualmente por ella, pues el hombre era o bien el hijo de la πόλις o el hijo de Dios, y ambos murieron.
Por ello Nietzsche anuncia a su superhombre (übermensch), que a partir de ahora llamaremos sobrehumano, pues es la traducción más acertada en este contexto. El hombre ha muerto, precisamente porque ha muerto su gran guía. Y la humanidad no se autoafirma, pues es un enser de la esencia del mundo. El sobrehumano nietzscheano no fue plenamente desarrollado por su autor, precisamente porque necesitaba toda una cosmogonía para poder siquiera pensar este nuevo tipo de hombre. Ahora bien, con el prefijo über, ya nos denota un «estar por encima de», y con el mensch, ya nos afirma que este «estar por encima» hace referencia a la humanidad misma. Por ello, Heidegger utiliza el término dasein (ser-ahí), pues un humano que está por encima de su propio ente ―la humanidad― no es ya humano, sino que es otra cosa. El übermensch de Nietzsche es, a pesar de no haberlo desarrollado en sus obras, aquel «ente» que se reafirma a sí mismo en la esencia del mundo, es decir, la voluntad de poder. ¿Qué es, pues, el ser-ahí? La máxima representación de la esencia del mundo. Es la esencia observándose a sí misma, actuando, por tanto, en concordancia con ella, pues ni siquiera puede hacer lo contrario. Es la voluntad de poder en sí misma, una vez esta ya ha completado su advenimiento. El ser-ahí heideggeriano y el sobrehumano nietzscheano son dos maneras de llamar al mismo concepto: la representación de la esencia, que todavía no está, ni puede estar determinada, pues solamente con el advenimiento de dicha esencia podremos ver en qué consiste esta representación.
A pesar de no poder determinar esta representación de la esencia, precisamente porque sólo se podrá determinar cuando la esencia misma llegue, sí podemos reflexionar acerca de cómo acercarnos a dicha esencia, cómo disciplinarnos con tal de estar preparados para su advenimiento. La pregunta entonces es: ¿a partir del estudio de qué ente podemos acercarnos al ser? O ¿qué ente es el que nos puede abrir las puertas hacia el conocimiento de la voluntad de poder, con tal de poder prepararnos para la obediencia hacia esta? Esto Martin Heidegger no lo desarrolla en su obra El ser y el tiempo, pero sí lo hace en su Nietzsche.
Hemos preguntado a partir de qué ente podemos abrirnos la puerta hacia el conocimiento del ser. Sabemos también que este ‘ser’ no es otra cosa que la voluntad de poder. Nietzsche, en El nacimiento de la tragedia, nos dice que «el arte es la tarea suprema y la actividad propiamente metafísica de la vida» (2012, 48). Esto significa: 1) la metafísica no es otra que la voluntad de poder; 2) nuestro deber no es otro que acercarnos a esta esencia; 3) como existe la duda de cómo acercarnos al ser, Nietzsche nos dice que es a través del arte, por ser nuestra tarea suprema. Sabiendo esto, habiendo determinado el porqué de la reflexión acerca de la belleza, podemos comenzar a indagar en ella.
(Continuará)
Referencias bibliográficas
Bibliografía citada:
Heidegger, M. (1977). El ser y el tiempo (J. Gaos, Trans.). Fondo de cultura económica.
Heidegger, M. (2023). Nietzsche (J. L. Vermal, Trans.). Ariel.
Marinetti, F. T. (2013). Necesidad y belleza de la violencia (G. Berghaus, Compiler; J. J. Gomez Gutierrez, Trans.). Gegner.
Nietzsche, F. (2012). El nacimiento de la tragedia o Grecia y el pesimismo (A. Sánchez Pascual, Ed.; A. Sánchez Pascual, Trans.). Alianza Editorial.
Nietzsche, F. (2013). Friedrich Nietzsche: Asi Hablo Zaratustra / el Ocaso de los Idolos / Mas Alla Del Bien y Del Mal / el Anticristo. Edimat Libros.
Sorel, G., & Berlin, I. (2016). Reflexiones sobre la violencia (F. Trapero & M. L. Balseiro, Trans.). Alianza Editorial.
Unamuno, M. d. (2010). Del sentimiento trágico de la vida. Planeta DeAgostini.
Bibliografía recomendada y consultada para la redacción del presente texto:
Evola, J. (2006). Metafísica de la guerra. José J. de Olañeta.
Guinart, P. (2022). Dalí – Nietzsche. Edicions Reremús.
Nietzsche, F. (1981). La voluntad de poderío. Biblioteca EDAF.








Albert Serra, gana premios!
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El sesudo artículo del Sr. Marcos Castells y Giménez ha dado lugar, al menos, a este estimulante comentario de Maria sin tilde…
En Wisconsin la i, no se acentúa
Bueno, pero siendo usted de Algete…
Cierto y resido en la calle Félix Rodríguez de la Fuente. Personaje, por cierto, que nos mostró la belleza y la violencia (o viceversa) de la naturaleza