
Viene de «El suicidio de Japón (2)»
Será imposible conquistar Japón por la fuerza. (Carta de Alessandro Valignano, misionero italiano, a Francisco de Sande, gobernador de Filipinas).
A finales del siglo XVI; el proponente más entusiasta de la idea de invadir Japón era Francisco de Sande. Nacido en Extremadura, fue más famoso —o cabría decir infame— por sus posteriores tropelías como administrador colonial en América. Pero de haber triunfado en sus ambiciosos planes de expansión imperial de España en Asia, es posible que hoy fuese un nombre tanto o más relevante que el de Hernán Cortés.
En 1574, cuando Francisco de Sande fue nombrado gobernador de las recién conquistadas islas Filipinas, comenzó de inmediato a tramar nuevas conquistas para asegurarse gloria y fortuna. Convencido de la superioridad tecnológica y táctica de las fuerzas españolas por sobre las naciones orientales, consideraba que la expansión española en Asia era natural e inevitable. Sabía que la inferioridad numérica en el mar no era un obstáculo. Diez años antes, un galeón y una carraca portuguesas habían aniquilado a toda una flota japonesa en la batalla de la bahía de Fukuda, demostrando que la tecnología naval europea no conocía rival en Asia.
La inferioridad numérica en tierra sí podía plantear un serio problema, pero estaba la posibilidad de emplear la misma estrategia que tan bien había servido a los conquistadores Hernán Cortés y Francisco Pizarro en América: buscar aliados entre líderes nativos que se opusieran a los gobernantes locales. En 1578, después de cuatro años en el cargo, Francisco de Sande obtuvo la autorización del rey Felipe II para iniciar sus aventuras de conquista. Primero declaró la guerra al sultán de Brunei. Desde la gran isla de Borneo, el sultán gobernaba partes de las Filipinas que aún no estaban en manos españolas. Una victoria permitiría solucionar el asunto y, ya de paso, convertir Borneo en posesión hispana. El conflicto duró apenas cuatro meses. Tal y como Sande anticipaba, quedó reafirmada la superioridad de las fuerzas militares europeas y la eficacia de la política de alianzas con los disidentes borneanos. Los soldados españoles ocuparon la capital de Brunei con facilidad y el sultán se vio obligado a huir. La rápida conquista sufrió, sin embargo, un revés inesperado y casi propio de La guerra de los mundos. Las tropas invasoras se vieron vencidas por un enemigo invisible: los gérmenes. Una epidemia de cólera hizo que los españoles abandonasen la isla de Borneo para no volver, aunque como resultado de la victoria militar pudieron conservar las partes de Filipinas que hasta entonces habían pertenecido al sultán de Brunei.
Aquella victoria deslucida por las circunstancias no hizo que Francisco de Sande desesperase. Seguía viendo en Asia su pasaporte a la gloria y volvió sus ojos hacia China. El imperio chino había parecido, en un primer vistazo, intocable. Ocupaba un territorio enorme y muy poblado. Era una nación muy avanzada, incluso imponente en ciertos aspectos. Su organización interna impresionaba a los visitantes. En décadas recientes, además, China se había defendido con éxito de varios intentos de invasión japonesa en Corea y, como hemos visto, había vencido a buques portugueses. Era cierto que otras flotillas portuguesas saqueaban puertos chinos con poca oposición, pero los chinos se empeñaban en considerar estos hechos como simple actos de piratería y no como indicio de una posible debilidad defensiva. También se sentían seguros porque habían capturado arcabuces portugueses y, como harían los japoneses, habían empezado a fabricar sus propias versiones. En general, los europeos compartían estas visiones y el invadir China no les parecía una empresa prometedora. Hasta que empezaron a ver más allá de la deslumbrante fachada y descubrieron que se trataba de un gigante con los pies de barro.
Francisco de Sande empezó a recibir sorprendentes informes procedentes de los diplomáticos, comerciantes y misioneros occidentales que operaban en China. Todos coincidían en que el imperio chino, convertido en un gigante regional, había caído en la complacencia. Apenas guardaba sus fronteras, casi siempre protegidas por barreras naturales. Estaban acostumbrados a rechazar con éxito incursiones marítimas de otros países de la zona gracias a su mayor número de buques, y la mencionada victoria sobre cinco carabelas portuguesas los había convencido de que no era necesario ampliar o modernizar su flota, pese a que era muy primitiva en comparación. Francisco de Sande dedujo que una flota bien provista de cañones podría fulminar cualquier oposición china sobre las aguas. En tierra, además, la debilidad defensiva china estaba agudizada por una particular lectura del confucianismo que, como hemos visto, había convertido la profesión militar en un gremio despreciado. Así como los japoneses fundaban su estructura política en la habilidad militar, los chinos pensaban que el ejército era un innoble mal necesario y reservaban la profesión de soldado para hombres sin otros talentos. Las autoridades chinas, que demostraban gran astucia en la diplomacia y el comercio, estaban lastradas por aquella noción de que su nación era el centro del mundo y la sola cúspide de toda civilización. En realidad, China sobrevivía como entidad independiente porque una invasión era una empresa que, si bien posible en lo militar, también era muy costosa, y pocas naciones europeas estaban en posición de permitirse semejante empresa en un territorio tan lejano.
España, no obstante, sí lo estaba. O eso pensaba Francisco de Sande, quien empezó a imaginar un desembarco exitosa, pues la guerra anfibia, el apoyo marítimo de las tropas recién desembarcadas, se habían convertido en una especialidad española. Una vez en tierra, todos los informes indicaban que la resistencia sería débil y fácil de doblegar. Sande escribió al rey Felipe II explicando las posibilidades de la invasión, para la que solicitaba autorización y financiación. El monarca dio el visto bueno y pronto comenzaron los preparativos. En su base de Manila, Sande se dispuso a reunir buques, tropas y pertrechos. Cuando todo parecía encaminado, el plan se torció por motivos ajenos a Asia. En 1588, la flota española de Europa, la famosa Armada Invencible, sufrió un espectacular desastre en el intento de invadir Inglaterra. De inmediato, Felipe II entendió que era mal momento para desviar sus recursos hacia una guerra en el Lejano Oriente, y la invasión de China fue cancelada. Los chinos, habiéndose librado sin saberlo de un súbito y serio problema, continuaron pensando que una invasión a gran escala por parte de los irrisorios europeos era impensable. Durante los siguientes doscientos años, las circunstancias les dieron la razón y los llevaron a creer que eran intocables, dado que las naciones europeas estaban por lo general ocupadas en otros asuntos. Los chinos no tuvieron motivos tangibles para dejar de creerse intocables hasta que, ya en el siglo XIX, los británicos rompieron el encantamiento; de hecho, los chinos bautizarían el XIX como «el siglo de la humillación».
Francisco de Sande había visto cómo dos prometedores planes de conquista eran frustrados por circunstancias ajenas. Eso sí, siendo ambicioso como era, siguió tanteando posibilidades de expansión. Japón le pareció el siguiente objetivo obvio. Era una nación no lo bastante rica como para suponer una presa difícil, pero no tan pobre como para no ofrecer un suculento botín. Sande confiaba en que una flota española de tamaño apreciable jamás podría ser detenida por los numerosos pero inefectivos juncos japoneses. Y sin duda tenía razón en cuanto al ámbito naval. Quizá los barcos japoneses nunca podrían impedir un desembarco. No obstante, Sande bien pronto tuvo que cambiar de opinión con respecto a la posibilidad de invasión.
Los informes que los occidentales enviaban desde Japón eran muy distintos a los informes procedentes de China. Sí, los japoneses carecían de una flota efectiva y los buques españoles no tendrían oposición. Sin embargo, de poner el pie en el archipiélago nipón, los soldados españoles podrían verse metidos en serios problemas. Todos los occidentales que operaban en Japón pensaban que una invasión terminaría en desastre. Japón no era China, ni mucho menos Borneo. La guerra era natural para los japoneses, y toda su estructura social se vertebraba en torno a ella. Además, no sería fácil engañar a unas facciones para facilitar la invasión, pues los japoneses estaban demasiado acostumbrados a esa clase de artimañas. La nación carecía de un ejército centralizado, sí, pero era posible que todos sus ejércitos feudales se unirían frente a los invasores extranjeros. Y esto sería un obstáculo insalvable porque, según fueron averiguando las autoridades españolas, los japoneses eran fieros guerreros. Su sentido del deber, su disciplina y su obediencia a la cadena de mando no conocía parangón en Europa. El jesuita italiano Alessandro Valignano, que estaba ejerciendo como misionero en Japón y fue una figura clave en la diplomacia intercontinental de la época, envió a Francisco de Sande una carta que contenía una seria advertencia: «Será imposible conquistar Japón por la fuerza». De una sociedad vertebrada por soldados cabía esperar cualquier cosa excepto debilidad.
El ambicioso gobernador de Filipinas no tuvo más remedio que renunciar también a este plan. Abandonó sus sueños expansionistas en Asia. Poco después fue nombrado gobernador del Nuevo Reino de Granada, la actual Colombia, donde los desmanes que cometió —arrastrado, cómo no, por su desbocada ambición— provocaron la alarma en el máximo órgano de la administración española en América, el Consejo de Indias. El Consejo destituyó a Sande y lo sometió a una seria acusación criminal. Aunque Francisco de Sande murió antes de que se iniciase el proceso judicial, la historia impuso su propia condena cuando los bogotanos le adjudicaron un apodo ciertamente memorable: Francisco de Sangre.
Someter Japón por la fuerza, pues, quedaba descartado. Había, pese a todo, una llave que podría abrir las puertas del país: el cristianismo.
El sintoísmo era la religión tradicional de Japón y el budismo llevaba en el país un milenio, pero los japoneses no parecían inflexibles en cuanto al asunto religioso. Al principio, los misioneros más fanáticos habían provocado enfrentamientos y trastornos diversos, provocando que en algunos feudos se llegase a prohibir el cristianismo. No obstante, los evangelizadores más sensatos sí obtuvieron algunos éxitos entre las clases altas japonesas, de natural impulsadas por la curiosidad intelectual; empezó a haber nobles, incluidos algunos daimios, dispuestos a escuchar la doctrina sobre el dios cristiano al que los japoneses conocían por su nombre latino Deus (aunque es muy posible que adoptaran este nombre directamente del portugués). Los conversos japoneses eran, además, apasionados aprendices de todo lo occidental. Un peculiar ejemplo fueron dos adolescentes bautizados con los nombres cristianos Cristóbal y Cosme (o quizá las versiones portuguesas Cristóvão y Gusmão; no se sabe con seguridad porque los cronistas que los mencionaron escribían en inglés y usaron la traducción inglesa de sus nombres, Cristopher y Cosmas). En 1587, aquellos dos adolescentes conversos y deseosos de conocer los dominios occidentales viajaron a bordo de un buque español hasta Norteamérica, donde fueron capturados por el corsario británico Thomas Cavendish. Después, fueron llevados por la fuerza hasta Inglaterra. Por lo que cuentan los diarios de varios marinos y viajeros británicos, los dos japoneses hablaban con fluidez «español o portugués» (los angloparlantes no conseguían distinguir entre ambas lenguas). Una vez en Inglaterra, los dos jóvenes se unieron a una expedición hacia Sudamérica y protagonizaron aventuras dignas de una película. No se sabe bien cuál fue su desenlace final. Sencillamente desaparecieron de la historia, pero se cree que murieron en un naufragio durante 1592. Este colorido ejemplo de dos japoneses deseosos de aventuras en Occidente ilustra la manera temprana en que algunas familias nobles no solo se convirtieron a la nueva religión, sino que se sintieron muy atraídas por la cultura de los nanban, los «bárbaros del sur». La conversión de los nobles era importante para los misioneros pues, siendo Japón una sociedad vertical, los señores feudales podrían acelerar la cristianización de las clases bajas de sus respectivos territorios.
La fascinación era mutua. Entre los europeos que visitaban Japón imperaba la admiración. Los misioneros, en particular, comentaban las exquisitas maneras de los japoneses y su refinamiento. Eso sí, lamentaban la elevada incidencia del alcoholismo y, sobre todo, la muy visible frecuencia de las prácticas homosexuales entre varones (eran frecuentes además las descripciones del sexo anal en imágenes artísticas, por lo general de carácter mitológico). Los misioneros también encontraban inquietante la fijación nipona con las armas y todo lo referente a la guerra. No obstante, achacaban estos males a la falta de evangelización y sostenían que un Japón cristiano mejoraría estos aspectos y se convertiría en una nación encomiable, casi modélica. Describían la sociedad japonesa como pobre en recursos pero sofisticada, culta y ordenada. Había escasos robos y estaban mal vistas las apuestas. Les impresionaba cómo se animaba a que las mujeres recibiesen educación (aquellas que podían permitírselo, claro) y, en general, se deshacían en elogios hacia muchos otros aspectos del modo de vida nipón. El misionero jesuita Francisco Javier, que había visitado India, China y otros países de la región, describió a los japoneses (o japanes) como el pueblo más admirable de Asia, «los mejores que hemos encontrado». Francisco Javier se sentía inspirado por la frugalidad del estilo de vida nipón y le asombraba el efecto positivo que la dieta desprovista de carne, escasa en trigo y abundante en pescado y verduras ejercía sobre la salud general de la población:
Hízonos Dios tanta merced en traernos a estas partes, las cuales carecen de estas abundancias que, aunque quisiésemos dar estas superfluidades a el cuerpo, no lo sufre la tierra. No matan ni comen cosa que crían, algunas veces comen pescado y arroz y trigo, aunque poco. Hay muchas yerbas de que se mantienen y algunas frutas, aunque pocas. Vive la gente de esta tierra muy sana a maravilla, y hay muchos viejos. Bien se ve en los japanes cómo nuestra naturaleza con poco se sostiene, aunque no hay cosa que la contente. Vivimos en esta tierra muy sanos de los cuerpos.
El mismo Alessandro Valignano que había desaconsejado con buenos motivos una invasión española, se adelantó en varios cientos de años a lo que sucedería en el futuro cuando vaticinó que Japón tenía los mimbres para convertirse en el país más occidentalizado del lejano Oriente. Era, cuanto menos, el país más apreciativo de la cultura europea. Invadir Japón parecía imposible, pero convertirlo en aliado y correligionario sí era imaginable. Con esta posibilidad en la cabeza, Valignano convenció a un señor feudal para que organizase una embajada a Europa. En 1592, cuatro varones adolescentes de familias nobles cruzaron medio mundo para que los occidentales conociesen de primera mano el alto nivel de civilización del Japón. Y, a la inversa, para que ellos mismos quedasen deslumbrados por las maravillas de las naciones cristianas, y pudiesen describirlas a su regreso. Los cuatro jóvenes eran cristianos y se habían bautizado adoptando nombres de pila portugueses: Mancio Ito, Miguel Chijiwa, Julião Nakaura, y Martinho Hara. Por cierto, en Japón es la norma situar el apellido por delante del nombre de pila (por ejemplo: «Kurosawa Akira» en vez de Akira Kurosawa, «Ono Yoko» en vez de Yoko Ono). Pero también es costumbre que los japoneses que se hacen famosos en occidente cambien el orden para presentarse ante su nuevo público. Este es un debate aún existente entre historiadores nipones; unos son partidarios de respetar la tradición, otros son partidarios de adaptar los nombres cuando sus textos son escritos o traducidos para los lectores occidentales. Aquí, por afán de evitar la confusión del lector hispanoparlante, usamos la forma occidental (nombre de pila primero y apellido después), pero haciendo notar que es muy posible encontrarlos a la inversa en diversas fuentes, y que la transcripción de nombres y términos al alfabeto latino también varía (por ejemplo, Hasekura o Hashekura, nanba o namba, etc).
Aquella primera misión diplomática en Europa fue conocida como «Embajada Tensho» porque tuvo lugar en la Era Tensho del calendario japonés (1573-1592). En realidad, el carácter diplomático residía más en las formas que en la existencia de una misión concreta, pues los cuatro adolescentes carecían de poder para negociar o firmar tratados. Aun así, se los recibió como potentados tanto en Portugal, que era su principal objetivo, como en España e Italia. Se entrevistaron con el papa Gregorio XIII en Roma, con el rey Felipe II de España en Talavera de la Reina, y con la emperatriz consorte del Sacro Imperio Romano Germánico, María de Austria, que era española (hermana de Felipe II) y justo en ese momento se encontraba de visita en el Monasterio de El Escorial.
El éxito social de los cuatro jóvenes japoneses fue indiscutible. Se les concedió la ciudadanía italiana y fueron admitidos de manera oficial en la nobleza europea cuando recibieron de manos del papa la Orden de la Espuela de Oro. La llegada de estos cuatro adolescentes causó un gran impacto entre la realeza occidental, pero también entre el público de los lugares por donde pasaban. Quedaron documentadas aglomeraciones de personas deseosas de contemplar a los fascinantes visitantes llegados desde la punta opuesta del planeta. Con todo, la Embajada Tensho resultó intrascendente en lo económico y político. Había funcionado de maravilla en cuanto a la imagen y percepción que los europeos tenían del Japón, pero poco más.
Durante las siguientes dos décadas no se envió otra embajada a Europa, aunque sí hubo idas y venidas de comerciantes y diplomáticos entre las Filipinas y América, que podemos considerar intentos de acercamiento entre japoneses, portugueses y españoles. Los holandeses también hicieron acto de presencia por esa época: aparecieron por primera vez en Japón en 1600, y en 1609 obtuvieron autorización para establecer un puesto comercial en la isla de Hirado, situada en el sur del Japón, a unos sesenta kilómetros de Nagasaki.
Tres décadas después, se organizó la segunda embajada. Fue idea del daimio de la región de Oshu, Masamune Date (o, como algunas fuentes hispanas de entonces lo mencionan, «Idate»). También era conocido por el sonoro apodo Dokuganriu, «Dragón de un solo ojo», porque durante la infancia su ojo derecho había quedado ciego debido a un ataque de viruela y después, según la leyenda, se lo arrancó él mismo para tener un aspecto más temible en la batalla. Masamune es hoy célebre gracias a la enorme influencia de su figura sobre la cultura popular. Su armadura negra, que se conserva y exhibe en el Museo Históriuco Masamune Date de Matshushima, inspiró la armadura de Darth Vader en la película La guerra de las galaxias. Además, el casco de Masamune está tocado por una característica luna creciente que ha sido imitada numerosas veces en la ficción y que mucha gente ha interpretado erróneamente como un símbolo universal de los samurái (la media luna era el emblema personal de Date, pero otros samuráis tocaban sus cascos con emblemas diferentes).
Date supo que los españoles estaban enviado buques repletos de oro y plata desde América hasta Manila, donde estos metales preciosos eran usados para comprar productos asiáticos muy preciados en Europa. Los comerciantes chinos estaban siendo los principales beneficiarios de este intercambio. Pese al habitual desdén de la casta samurái hacia el comercio, Masamune Date entendió que sería provechoso sacar tajada de aquella oportunidad. La manera de conseguirlo era negociar con España para asegurarse un trato preferencial frente a China. Así pues, redactó una carta con una oferta dirigida a quienes consideraba los dos principales líderes de occidente: el rey Felipe III de España, líder político, y el papa Pablo V de Roma, líder religioso. En su carta, Date confesaba no ser cristiano, pero se comprometía a permitir y fomentar la actividad de los misioneros en su territorio («Envíen más padres») a cambio de un trato de favor en el enclave comercial de Manila. También se ofrecía a expulsar de Japón a británicos y holandeses, entonces considerados enemigos de España. Escribía Masamune Date:
He sabido de la Otra Vida tras escuchar las enseñanzas de Deus. Debido a motivos imposibles de evitar, todavía no soy capaz de aceptar estas enseñanzas para mí mismo. No obstante, con objeto de extender el Evangelio en mi tierra, he pedido a fray Sotelo su ayuda, y he enviado a un samurái llamado Hasekura. Confío en que se presenten sanos y salvos a los pies del rey y el papa, y que transmitan mis deseos. Es mi intención, demostrando la viabilidad del viaje por mar entre Japón y Sevilla, establecer viajes marítimos anuales.

Date seleccionó para la misión a uno de sus más distinguidos súbditos, el samurai Hasekura Rokuemon Tsunenaga. Iría acompañado de un grupo de hombres que eran, casi todos ellos, también pertenecientes a la casta de los samurái. Tanto Tsunenaga como sus acompañantes eran hispanófilos convencidos y pertenecían a la todavía reducida comunidad cristiana del Japón. Tsunenaga también llevaría consigo al misionero franciscano Luis Sotelo, mencionado en la carta, cuya labor como traductor e intermediario sería fundamental en la empresa. Por descontado, tratándose de un asunto de diplomacia internacional, Masamune Date necesitaba el permiso del entonces shogun Hidetada Tokugawa. Este shogun no sentía particular aprecio hacia el cristianismo, más bien al contrario, pero se sintió atraído por las posibilidades comerciales de la empresa. Concedió su permiso, además de autorizar la construcción del buque San Juan Bautista, uno de los primeros ejemplos de la proverbial habilidad japonesa para reproducir con éxito la ingeniería extranjera. Diseñado y fabricado por entero en el puerto nipón de Ishinomaki, a trescientos kilómetros de Tokio, fue construido y bautizado al estilo de un galeón español o, como decían los japoneses, un nanban sen, «barco de los bárbaros del sur». Excepto por la asesoría de dos españoles (el propio Luis Sotelo y el aventurero Sebastián Vizcaíno), todos los técnicos y operarios implicados en la construcción del galeón fueron japoneses. Aun así, era un buque que podría haber sido botado en Europa. Lo cual era motivo de comprensible orgullo; aún hoy, se exhibe una espectacular réplica del galeón en Ishinomaki.
La mayoría de los ocupantes del buque eran también japoneses: los veintidós samurái que formaban el séquito privado de Tsunenaga, más la mayoría de marineros y sirvientes, así como un centenar de comerciantes. Junto a ellos iban cuarenta occidentales, españoles y portugueses, que ejercían diversos papeles como traductores, asesores, comerciantes, etc. El San Juan Bautista partió en 1613 con rumbo a América. Después de tres meses atravesando el pacífico, ancló en Acapulco a principios de 1614. En Acapulco se produjo un serio incidente, registrado por el cronista nahua Domingo Francisco Chimalpahin: estalló una sangrienta pelea entre miembros de la expedición. Por un lado, un grupo de samurái; por otro, un grupo de españoles. La causa, según parece, fue la discusión por el reparto de una recompensa que el gobernador local había ofrecido como regalo. El arriba mencionado Sebastián Vizcaíno sufrió graves heridas durante la pelea y, como la situación amenazaba con descontrolarse, el gobernador decidió prohibir que los samurái continuasen llevasen sus armas mientras estuviesen en su territorio. No obstante, dice mucho de la alta consideración en que el gobernador tenía a Hasekura Tsunenaga el hecho de que lo excluyese a él, y a los ocho miembros de su escolta personal, de esa prohibición de portar armas.
Tsunenaga atravesó México por tierra hasta llegar a la costa atlántica. Muchos de los miembros cristianos de la comitiva se bautizaron en México, pues antes de este viaje ya existía la costumbre de que algunos cristianos japoneses peregrinasen a América para bautizarse en lo que entonces era suelo español, pero el propio Tsunenaga prefirió esperar para hacerlo en la propia España. Una vez en Veracruz, dejó a parte de la comitiva mientras embarcaba hacia Cuba acompañado por el resto. Desde Cuba atravesó el Atlántico, desembarcando por fin en Sanlúcar de Barrameda. De Sanlúcar se dirigió a Sevilla, entonces el centro neurálgico del comercio con América. Al igual que había sucedido décadas atrás, la llegada de los japoneses causó conmoción y admiración entre los europeos. Una comitiva de autoridades sevillanas, que incluía al alcalde y al arzobispo, se situó en el puente de Barcas para recibir la embajada. Todos quedaron impresionados con la vestimenta y la conducta de Tsunenaga, un hombre al que describieron como «tranquilo, modesto y razonable». A ojos del arzobispo, Tsunenaga recordaba la exótica nobleza de los tres magos orientales que habían visitado al niño Jesús en la Biblia, lo cual era un elogio considerable en boca de una autoridad cristiana de su tiempo. Como agradecimiento por la bienvenida, Hasekura les obsequió con una katana y una daga presentadas en fundas de seda. Después, la comitiva montó en carruajes e inició el viaje hacia la capital Madrid. Los japoneses tardaron varias semanas más de lo previsto en atravesar el sur de España porque, allá por donde pasaban, eran agasajados por la población y las autoridades de los municipios locales.
El entusiasmo popular ya no era compartido por el gobierno central español, que meses antes había empezado a recibir noticias inquietantes desde Japón. Porque las noticias de Asia llegaban con meses de retraso, pero llegaban. En enero de 1614, mientras Tsunenaga estaba todavía en América, el shogun Ieyasu Tokugawa había cambiado de opinión con respecto al cristianismo. Su reluctante tolerancia se había convertido en hostilidad. Los motivos eran varios. Para empezar, estaba el «asunto Daihachi Okamoto», una especie de escándalo Dreyfus que involucró a dos daimios cristianos. El escándalo estaba relacionado con la preocupación de Tokugawa hacia una posible rebelión de los daimios conversos apoyados por las naciones europeas, a quienes suponía tentadas de situar como nuevo shogun a un noble cristiano. Además de la conspiración interior, estaba el temor ante la posibilidad de una invasión unilateral por parte de España o Portugal. En realidad, los dos países ibéricos habían descartado ya esa posibilidad tras recibir los arriba mencionados informes sobre la combatividad japonesa. Pero Tokugawa no sabía esto. Sus sospechas se dispararon cuando un fraile franciscano enviado por el virrey de Nueva España solicitó permiso para la construcción de una fortaleza en suelo nipón. El shogun dedujo que los españoles pretendían establecer una avanzadilla de tropas para comenzar la invasión. Tokugawa decidió que la mejor manera de evitar todos estos peligros era deshacerse de la influencia occidental, empezando por el cristianismo que estaba ayudando a cultivar posibles traidores. Tokugawa emitió un decreto prohibiendo la nueva religión y ordenando la expulsión de los misionarios. Cuando esto se supo en Europa, se hizo patente la posibilidad de que la evangelización de Japón y la existencia de los kirishitan estuviesen en serio peligro.
Tsunenaga llegó a Madrid precedido, sin saberlo, por estas noticias. Para su sorpresa, el rey Felipe III retrasó la fecha de su audiencia. Los asistentes del rey aseguraron al embajador japonés que sería recibido, pero la fecha fue retrasada varias veces más. Esto tenía un claro significado diplomático: sí, sería recibido, pero el interés estaba matizado por el descontento. Cuando por fin Tsunenaga fue recibido en el Real Alcázar, encontró que Felipe III lo trataba con frialdad. Aun así, haciendo gala de su carisma personal y sus excelentes dotes para la diplomacia, el japonés consiguió ganarse el favor del rey en lo personal. No obtuvo una garantía de tratado porque la situación en Japón lo dificultaba, pero Felipe III autorizó que Tsunenaga fuese bautizado teniendo como padrino al duque de Lerma, valido del rey y, en la práctica, el hombre que gobernaba la nación española y su imperio. La ceremonia sería oficiada por el arzobispo de Toledo (aunque este enfermó y hubo de ser sustituido). Todo esto demuestra la gran impresión que Tsunenaga causó en el rey. Al ser bautizado, Hasekura decidió adoptar el nombre de pila Felipe Francisco, en honor del Felipe III y de la orden franciscana. Como apellido, adaptó su antiguo nombre de pila al castellano de la época: Faxicura o Fachicura. Así pues, su nombre cristiano pasó a ser Felipe Francisco de Faxicura, aunque en ámbitos formales donde los nombres todavía eran latinizados se presentaba como Philippus Faxecura. Él mismo gustaba de firmar en latín, y así se lo conocería en el resto de Europa. También en Madrid encargó retratos de sí mismo, ataviado al modo español y rezando ante un crucifijo; Tsunenaga apreciaba mucho estos retratos y se los llevaría consigo a su regreso.
Las decisiones del shogun Tokugawa se habían interpuesto en lo que había parecido una misión de éxito garantizado. Aunque todavía quedaba el recurso de pedir la intercesión del papa. Tsunenaga y su séquito embarcaron hacia Italia, aunque una repentina tormenta los obligó a hacer escala en Francia. Invitados por las autoridades locales de Saint-Tropez, se convirtieron en el tema de conversación de toda la ciudad. La gente estaba fascinada por el exotismo y la elegancia de los recién llegados. Un cronista francés escribió con asombro que «los japoneses nunca tocan la comida con las manos, sino que usan dos palillos que sostienen entre los dedos», y que «se suenan la nariz con pañuelos de papel que después descartan». No menos asombro provocaban sus katanas, tan afiladas que podían cortar en dos un pañuelo que se dejase caer sobre ellas.
Pasada la tormenta y después de causar sensación en Francia, embarcó de nuevo hacia Italia. En Roma, el papa le ofreció una calurosa bienvenida, pero le dijo que no estaba en posición de interceder para conseguir la firma de un tratado comercial, pues esto era competencia exclusiva del rey de España. Esto puede interpretarse como una elegante evasiva; también Pablo V había recibido las inquietantes noticias de Japón. No obstante, Tsunenaga tenía que seguir intentándolo y, confiando en las simpatías que había conseguido despertar en Felipe III, le envió una carta pidiendo de nuevo que considerase la firma del tratado. El rey respondió con una cálida misiva, de tono muy amistoso, pero donde hablaba más de religión que de comercio, lo cual era una alusión apenas velada a la imposibilidad de firmar mientras la situación del cristianismo en Japón estuviese empeorando. La misión de Hashekura Tsunenaga había fracasado. La nueva política anticristiana del shogun hacía imposible un acuerdo. Tsunenaga dejaba tras de sí una imagen impecable, pero poco más.
Esto no impidió que el enamoramiento de la comitiva con Europa y en particular con España, continuase. Cuando Tsunenaga embarcó para regresar a su patria, varios samuráis de su escolta personal decidieron quedarse a vivir en Sevilla o sus alrededores (Espartinas y Coria del Río) donde se casaron con mujeres nativas, tuvieron descendencia y dieron origen al apellido «Japón», habitual en la zona. El vínculo cultural y emocional ha pervivido: en 1992, el gobierno de Sendai, ciudad natal de Hasekura Tsunenaga, regaló a la ciudad de Coria del Río una estatua que representa al que fue el samurái más famoso de Europa.
Tsunenaga volvió a poner pie en Japón en 1620, todavía acompañado por Luis Sotelo, quien dejaría una breve crónica del momento de la llegada. El daimio Masamune Date, el dragón tuerto, recibió a Tsunenaga con honores. Tsunenaga le habló entusiasmado de las maravillas que había visto en Europa y parecía aún más convencido de la necesidad de occidentalizar Japón. Ya en su hogar, Tsunenaga convirtió a un buen número de familiares, allegados y sirvientes. Murió poco después, en 1622, sin llegar a ver en toda su extensión la magnitud de la persecución a la que iban a ser sometidos los kirishitan.
El shogun Hidetada Tokugawa murió en 1623, pero su sucesor Iemitsu Tokugawa implantó una política todavía más hostil al cristianismo en el interior y al contacto con los europeos en el exterior. Aquellos cristianos japoneses que no quisieron renunciar a su fe fueron condenados al exilio, el ostracismo e incluso la muerte (en especial cuando eran de clase baja). Algunos se transformaron en kakure kirishitan, «cristianos encubiertos» que practicaban su religión a escondidas. Otros pagaron con su vida; por ejemplo, varios siervos de la familia Tsunenaga que habían sido convertidos por el propio Hashekura fueron sometidos a tortura pero se negaron a renunciar al cristianismo y terminaron siendo ejecutados.
La dinastía Tokugawa dominaría el shogunato durante los siguientes doscientos años. Sería aquella una era aislacionista que mantendría al Japón como la más hermética de entre las grandes naciones del mundo. El factor religioso había parecido el desencadenante más visible, pero en realidad se trataba de un mecanismo de defensa de la dinastía Tokugawa ante la posible alianza entre sus enemigos internos y los europeos. Incluso el comercio se vio coartado, salvo un enclave cedido a los holandeses, a quienes se les dio cierta manga ancha para comerciar porque no insistían con la evangelización, no parecían interesados en la política japonesa, y tampoco poseían el poder militar de España o Portugal. Pese al cortocircuito diplomático de la era Tokugawa, quedaron algunos rastros curiosos de la influencia occidental. Por ejemplo, en el lenguaje culinario: los japoneses aún llaman al pan horneado con ese mismo término español, pan. La palabra tempura refiere a las verduras rebozadas que católicos portugueses comían en los días de abstinencia de carne, o «témporas», con los que celebraban la llegada de cada nueva estación.
El aislacionismo funcionó como un nuevo kamikaze, un nuevo viento sagrado que servía para que Japón volviese a vivir la fantasía de ser, si no el centro del universo como China, sí una nación elegida y protegida por el cielo. Mientras aquellos occidentales cuya existencia tanto esfuerzo hacían por olvidar los Tokugawa continuaban progresando, los japoneses fingían, y con cierto éxito, que vivían en un planeta aparte. Pero la historia no se detiene ante nadie. El encantamiento empezó a resquebrajarse a principios del siglo XIX cuando empezó a hacer aparición en el litoral japonés una nueva, y si cabe aún más inquietante, modalidad de bárbaros occidentales: los estadounidenses.
(Continuará)









Oriente, oriri, que surge, orígen. Occidente, occiso, ocaso. Es difícil ignorar las propuestas esotéricas que conllevan las palabras. Y sospecho que esto lo sabe Putin quien considera a su Rusia un gran país oriental en contraposición a Occidente, un obsesión geopolítica para este último. En la memoria colectiva todavía están presentes los tres intentos para doblegarla: una guerra de invasión, los suecos; otra de saqueo, los franceses; y otra de exterminio, los alemanes. Después del Medio Oriente y su humillación que terminó con los Protectorados, al Lejano Oriente tenía también que llegarle la avidez occidental. Y esta vez con la otra fuerza de conquista, el catolicismo con su enfermizo proselitismo. Si además del dios único copiado de los hebreos, también hubiera adoptado de sus “hermanos mayores” -según el papa polaco-, el no querer imponer ideas religiosas por la fuerza, nos hubiéramos ahorrado conflictos aberrantes, comenzando con el antisemitismo. El tratado de Namkín, una humillación para China, y todo por el opio. De frente a las potencias coloniales en el Sudeste asiático, se entiende porqué Japón decidió “suicidarse” adhiriendo a Roma y Berlin cuyo enemigo común era Inglaterra, dueña de medio mundo, incluyendo Las Malvinas y los dos intentos de invasión de las Provincias Unidas del Rio de la Plata. Hay más restos arqueológicos de Medio Oriente en los museos de Europa que en sus lugares de orígen. Y esto no es cultura exportando la democracia y modas, es arrogancia, expolio. El imperio belga en el Congo, el holandés en Sudáfrica, el inglés en el Sudeste asiático y no solo, fueron y serán actos de prepotencia, sin olvidar a los franceses cuyas experiencias militares en Indochina fueron ignoradas por los que venían detrás. Y el broche de oro: esas dos bombas atómicas sobre poblaciones inermes, con la justificación de que erean necesarias. No bastaba un bloqueo como el de Cuba. No, había que demostrar la potencia. Excelente continuación.
Fascinante historia