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Bestsellers de otros tiempos: ‘Los Thibault’ de Roger Martin du Gard

Portada del volumen 3 de 'Los Thibault', de Roger Martin du Gard, en su edición francesa.
Portada del volumen 3 de ‘Los Thibault’, de Roger Martin du Gard, en su edición francesa.

Cuando hablamos de novelas río, o verdaderos monstruos de la extensión, solemos pensar en esas obras rusas del siglo XIX de las que ya hemos comentado alguna por aquí, o folletones infinitos donde la gente sufre mucho, estilo Dickens, o el autor tiene muchas ganas de describir, por ejemplo, el alcantarillado de su ciudad, como le pasa a Victor Hugo en la parte final de Los miserables.

Pero también en el siglo XX, aunque a primeros, se daban estas raras plantas, verdaderos prodigios de la frondosidad, la incontinencia verbal y la grafomanía. Podemos citar, sin ser muy exhaustivos, a Marcel Proust, y su En busca del tiempo perdido, publicada entre 1913 y 1927, o La montaña mágica de Thomas Mann, escrita entre 1912 y 1924, y más corta que la francesa.

Sin embargo, a pesar de disponer de estas dos obras clásicas, de calidad indiscutible, el gusto de la época se decantó hacia autores más asequibles como Roger Martin du Gard y su obra, casi infinita, Los Thibault.

Roger Martin Du Gard nació en Neuilly-sur-Seine, Francia, el 23 de marzo de 1881 y falleció en Sérigny, el 22 de agosto de 1958. Era miembro de una familia acomodada de abogados y jueces, lo que le permitió dedicarse por entero a la literatura sin muchas más preocupaciones materiales.

Dicen, y es de creer, que su vocación literaria se despertó tras leer Guerra y paz, de Tolstói, y que eso le puso en la cabeza la idea de que, para ser novelista, le vendría bien licenciarse en Letras. Con el tiempo se convenció de lo desatinado de la idea, bastante absurda, por cierto, y se dedicó a escribir realmente, dejando los estudios. Aun así, se presentó a unas oposiciones de archivero paleógrafo, obteniendo la plaza, lo que le otorgaba aún mayor tranquilidad mental y económica.

Un par de años después, y cuando contaba veintisiete años, Du Gard publica Devenir, su primera novela, y poco después, en 1910, publicaría su segunda obra, Uno de nosotros, que el autor excluyó posteriormente de sus obras completas, pero aún se puede encontrar en varios catálogos digitales.

En 1913 publicó la obra Jean Barois, que se acercaba al polémico asunto Dreyfus y que permitió a Du Gard trabar amistad con autores tan importantes como André Gide y Jacques Copeau.

Cuando en 1914 comienza la Primera Guerra Mundial, Du Gard, que por entonces tenía treinta y tres años, es movilizado de manera forzosa y adscrito como soldado de intendencia a un batallón de transportes, perteneciente al Primer Cuerpo de Caballería. Al regresar de la guerra es cuando comienza a escribir los primeros tomos de Los Thibault, donde aparecen algunos episodios de su vida juvenil, su encuentro con la poesía, y su enfrentamiento con las autoridades académicas. 

En 1937, cuando aún no había publicado el octavo volumen de su gran obra, recibió el Premio Nobel de Literatura, seguramente por lo oportuna que parecía Los Thibault en ese momento para los laberintos históricos y emocionales en los que se debatía Europa. La obra, que había sido muy aplaudida y vendida, comienza en ese momento a caer en la irrelevancia, y su octavo volumen, publicado en 1940, ya tiene poca repercusión. Hay que tener en cuenta que Francia, en 1940, ya estaba ocupada por los nazis, que seguramente no serían muy proclives a hacerle publicidad a una novela que habla sobre la victoria francesa en 1918. Sin embargo, tampoco la prohibieron como sí se prohibió, curiosamente y contra todo pronóstico, el Mein Kampf, otro famoso best seller del que no hablaremos aquí, a pesar de los muchos millones de ejemplares que vendió.

A partir del Premio Nobel, la obra de Martin Du Gard pierde interés para la crítica, hasta que Albert Camus la volvió a reivindicar unos cuantos años más tarde. Dejó una obra inacabada, El teniente coronel de Maumort, que ocupaba dieciocho volúmenes en el momento de su muerte.

En cuanto a la obra que nos ocupa, Los Thibault, se trata de ocho tomos, escritos entre 1922 y 1940, y de extensión muy desigual. En total, para quien quiera leer la obra entera, hablamos de unas 2750 páginas de las que yo llamaría normales, es decir, de 1800 caracteres incluidos los espacios.

Después de leerla, en lo que ha sido uno de esos ejercicios de voluntad y osadía que no intento a menudo, tengo que decir que me siento indeciso a la hora de comentarla. Por una parte es una obra muy valiente, que mira de frente a temas como la homosexualidad, el incesto, la adolescencia, el racismo, el sexo fuera del matrimonio, las drogas, la eutanasia y la objeción de conciencia frente a las armas, en un momento histórico poco dado a debatir públicamente casi ninguno de estos temas.

Los personajes de Los Thibault se lanzan a debates constantes sobre estos asuntos, o reflexionan largamente sobre ellos, en un café cualquiera, en un restaurante, o esperando que les sirvan la comida.

Ese es el problema con la novela: que sus hechos, las cosas que realmente suceden, podrían haber ocupado cuatrocientas páginas, y los pensamientos, no lo dudo, otras setecientas. Y no me quejo, porque para eso sé que me he acercado a una de las cumbres del naturalismo. Pero para cualquiera que se tome la molestia de sumar, verá que hay 400 páginas de hechos y 700 de reflexiones, por lo que aún nos quedan unas 1650 páginas de no se sabe muy bien qué. Sí, de descripciones, porque hay muchas descripciones insulsas de sitios insulsos, gente desplazándose de un lugar a otro con enorme lujo de detalles sobre la decoración de los bares, la frecuencia de los trenes, la calidad de los tejidos, y otras fruslerías similares.

El autor a veces se siente filósofo, y como filósofo es bastante malo. Sin embargo, como cronista es simplemente magistral. Todo su acercamiento al estado de ánimo francés durante los meses, las semanas, e incluso los días antes de que estallara la Primera Guerra Mundial es simplemente magnífico. La séptima y penúltima parte, titulada El verano de 1914, ocupa quizás 1400 páginas, y en ella se va narrando cómo el socialismo renuncia lentamente a la revolución para caer en las fauces de un patrioterismo y un nacionalismo estériles, agresivos y de consecuencias devastadoras. Porque aquí hay poco que destrozar de la trama: unos intentan evitar la guerra, y otros creen que será buena para sus intereses. Martin Du Gard explica a la perfección estas dos posturas, y como el lector ya sabe que la guerra se produjo, y que fue absolutamente catastrófica, se encuentra enfrentado a las noticias, detalladas de aquellos días, y a los argumentos de ambas facciones, con la misma sensación de impotencia que parecía padecer el autor cuando escribió esas páginas.

Las historias políticas, pues, son perfectamente creíbles y de altísima calidad. Las historias de amor parecen, en general, escabrosas, y menos creíbles, además de bastante dependientes de las historias políticas. Las historias sociales son realmente tremendas, desde un principio y hasta el final de la obra. Los dos hermanos protagonistas tienen que encontrar el punto de equilibrio, de amor, o de menor roce en su relación, y también un modo de convivir con un padre al que no consiguen amar, ni dejar de respetar, ni apartar como referente en todas sus vidas, ya sea positivo, para imitarlo, o negativo, haciendo lo posible para no parecerse a él.

La novela trata también, mucho y muy profundamente, sobre la amistad, pero con tantas facetas y tantas aristas que a menudo resulta inquietante. De ahí mi comentario sobre que el autor no da la espalda ni a la homosexualidad ni al incesto, porque el autor se aproxima a la amistad y al amor de una manera tan amplia que en ocasiones se desdibujan y confunden los límites.

Las escenas de guerra, que las hay, son realmente brillantes, y demuestran que Du Gard no solo sabía escribir mucho y bien sobre cualquier cosa, si no que también conocía el frente de batalla, en el que permaneció largos años. De hecho, dedica su novela a un compañero de armas caído poco antes de que acabase la guerra.

Por mi parte, creo que recomiendo este best seller de los años 20 y 30. Por humano, por preciso, y porque nos ayuda a cultivar la paciencia.

Se pueden encontrar varias ediciones en español. Yo la he leído, a ratos, en dos diferentes. Por un lado, en la colección de los Premios Nobel de Literatura, Plaza y Janés, 1969, en papel biblia y cuerpo apretado, compartiendo inmenso tomo con El doctor Zhivago de Boris Pasternak, y traducción de Hortensia Corominas Vigneaux y Aurora Bernárdez. Aviso de que la traducción es buena, pero peca aún de ese vicio antiguo, tan molesto, de traducir los nombres, dejando a Jacques en Jaime, por ejemplo, y a Antoine en Antonio.

La mayor parte del tiempo leí, no obstante, los tomos más manejables de Alianza Editorial, 1975, con la traducción de Félix Caballero Robredo, que encuentro más fresca y más actual. Y además respeta los nombres originales de los personajes.

Existe una serie francesa, de 1972 y 1973 basada en este libro. Como ya dije, los hechos que se narran no son tantos, así que les dio para nueve capítulos de una horas. La serie está protagonizada por Philippe Rouleau, François Dunoyer y Françoise Christophe. Tiene en general buenas críticas.

No quisiera terminar sin compartir una impresión sobre esta obra: una de las sensaciones más inquietantes que transmite es la incredulidad de la gente pocos días antes de la guerra. Nadie creía que los políticos estuviesen tan locos como para meterse en un desastre así. La guerra estaba ahí, delante de ellos, pero todo el mundo pensaba que la cuestión se arreglaría de una manera u otra, porque no podía ser de otro modo. Y siguieron con sus vidas y su veraneo. Pero la catástrofe llegó, porque los políticos sí eran así de imbéciles, insensatos y criminales. A lo mejor nos dice algo.

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10 comentarios

  1. Existe una reciente edición en Punto de Vista Editores.

    La traducción parece ser la misma que la de Alianza.

  2. «…peca aún de ese vicio antiguo, tan molesto, de traducir los nombres, dejando a Jacques en Jaime, por ejemplo…»

    De traducir los nombres y de hacerlo mal: Jacques no es Jaime sino Santiago (St.Jacques de Compostelle).

  3. Artículo escolar, mal escrito, sin duda por alguien muy joven y muy poco acostumbrado a escribir.

    Yo lo he dejado tras haber leído esto: «Dejó una obra inacabada, El teniente coronel de Maumort, que ocupaba dieciocho volúmenes en el momento de su muerte.»

    18 volúmenes el manuscrito. En la colección de la Pléiade se publicó en uno solo.

  4. Pablo75, Don refunfuñón de nuevo al ataque. Qué exquisitos nos ponemos…

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