El coronel destapó el tarro del café y comprobó que no había más de una cucharadita. Retiró la olla del fogón, vertió la mitad del agua en el piso de tierra, y con un cuchillo raspó el interior del tarro sobre la olla hasta cuando se desprendieron las últimas raspaduras del polvo de café revueltas con óxido de lata.
Mientras esperaba a que hirviera la infusión, sentado junto a la hornilla de barro cocido en una actitud de confiada e inocente expectativa, el coronel experimentó la sensación de que nacían hongos y lirios venenosos en sus tripas. Era octubre. Una mañana difícil de sortear, aun para un hombre como él que había sobrevivido a tantas mañanas como ésa. Durante cincuenta v seis años —desde cuando terminó la última guerra civil— el coronel no había hecho nada distinto de esperar. Octubre era una de las pocas cosas que llegaban.
Su esposa levantó el mosquitero cuando lo vio entrar al dormitorio con el café. Esa noche había sufrido una crisis de asma y ahora atravesaba por un estado de sopor. Pero se incorporó para recibir la taza.
—Y tú —dijo.
—Ya tomé —mintió el coronel—. Todavía quedaba una cucharada grande.
Recuerdo la mezcla de admiración y envidia que sentí leyendo esa primera página. En tres párrafos y un diálogo telegráfico, Gabriel García Márquez había esbozado uno de los grandes héroes de la literatura del siglo XX. Un héroe sin armas ni armadura, que, trabajosamente, arrancaba las últimas migas de café a una lata vacía, no para él, sino para ofrecerle un mínimo desayuno a su esposa.
Ese valeroso coronel se pasa toda la novela esperando una carta. No una gran respuesta, ni un cheque, ni siquiera una frase memorable. Esperaba algo. Una palabra oficial. Una confirmación, por pobre que fuera, de que su lucha tenía un lugar en el mundo. Y lo que recibía era silencio. No el silencio hueco del desinterés, sino ese otro, cargado de violencia, donde se cristaliza el desprecio institucional.
¿Qué versión moderna de su historia escribiría hoy una iA entrenada para imitar a Márquez? Quizás la choza del coronel estaría en Twitter. Su gallo tendría cuenta en TikTok. Y la carta, claro, seguiría sin llegar.
Y eso que el poder, nos asegura Pilar Carrera, en su potente ensayo La comunicación en el diván, nunca ha sido, valga el ripio, más poderoso. Carrera sostiene que Internet no es un espacio libre o democrático, sino un dispositivo de control que captura datos, subjetividades y tiempo a través de relatos seductores sobre creatividad, empoderamiento o magia tecnológica.
La autora hace especial énfasis en el uso de la tecnología como máquina de propaganda dentro del sistema mediático. Una tecnología, no olvidemos, que se nutre de la captura ilegal de datos como forma de explotación. Así, la iA, como Cronos devorando a sus hijos, se alimenta del trabajo gratuito de creadores, científicos, pensadores, artistas, literatos y de las vivencias de una legión de usuarios, que han aportado durante años contenidos y datos sin retribución. En última instancia y como los grandes gurús de la tecnológicas americanas han dejado claro con su descarado besamanos al nuevo emperador, las redes sociales, con todos sus cantos de sirena de igualdad y grandes oportunidades (todos, nos aseguran, podemos escribir libros, montar un negocio, hacernos ricos), no son sino otra vuelta de tuerca del capitalismo: Internet, asegura Carrera, no es un medio libre, sino un aparato ideológico que opera como extensión del capital, disimulando sus verdaderas estructuras de poder. Aunque debo confesar que, en este último punto, no estoy de acuerdo del todo, pero no porque los argumentos de la autora no me parezcan convincentes, sino porque soy aún más pesimista que ella y coincido con Yanis Varoufakis en la percepción de que los medios digitales, ahora reforzados por la iA, han creado un nuevo tecno-feudalismo, mucho más alienante para el ciudadano (que se convierte en un siervo digital) que el mismísimo capitalismo.
Vivimos en la paradoja de la hiperconexión solitaria. Nadie está más rodeado de interfaces que el usuario contemporáneo. Y sin embargo, nadie más desprovisto de un Otro con quien construir sentido, de una esposa, o un amigo con quién compartir los últimos restos de café. El coronel de Márquez no tiene quién le escriba, pero sí quién le escuche. El ciudadano (o más bien consumidor) abocado a la red, habla solo.
Habla solo, como nos asegura Pilar Carrera, sin darse cuenta. La pantalla ha eliminado progresivamente la separación entre el usuario y el medio, entre lo privado y lo público. Los medios digitales sustituyen el relato por una supuesta presentación de “hechos reales”, lo que permite al poder operar sin ser cuestionado como discurso.
El análisis de nuestra autora es espeluznante. La red global se nos presenta como la reinvención del ágora, ocultando su dimensión como aparato de control económico y político. Este último aspecto se pone especialmente de manifiesto a partir de la gran epidemia, cuando Internet se convirtió en la única ventana al mundo, lo que aceleró su instrumentalización.
No menos espeluznante es la desaparición de la figura del Gran Hermano. La gran novela de Orwell le ponía un rostro al mal, pero en la red, ese rostro desparece. El poder se presenta ahora como algo “gaseoso” e impersonal, el ojo de Saurón se convierte en La Nube.
No sólo “la nube”. En este último par de años, ha aparecido un nuevo Dios Salvaje en nuestro panteón digital, la iA, que nos ofrece dos rostros a cuál más perverso, como la pesadilla del busto de Jano. Por una parte, delegamos en el algoritmo renunciando con ello a nuestra responsabilidad. Por otra, caemos en el miedo y la superstición típico de las sectas religiosas, a medida que el discurso sobre la recién llegada divinidad oscila entre lo milagroso y lo catastrófico.
El coronel de Márquez es pobre, terco y estoico. Su mundo, a pesar de la adversidad que le rodea, es tangible. La pobreza es un tarro de café vacío. El honor, una decisión diaria. Sus enemigos tienen nombre.
El avatar del coronel pergeñado por la iA que simula a Márquez sería un usuario consciente de que todo lo que dice es capturado y procesado. Que cada palabra compartida en el diván de la red (porque la red es hoy un diván global) no se dirige a un terapeuta, sino a una ausencia.
Pilar Carrera analiza cómo esa comunicación digital ha despojado al sujeto de su relación simbólica con el Otro. Donde antes estaba la esposa y ese miserable café compartido, ahora hay una interfaz. El usuario cree que confiesa, pero no hay confesor.
El coronel tenía su gallo. No como mascota, sino como símbolo de resistencia. En el mundo digital, los gallos se convierten en emoticones, y la resistencia se estetiza. Denunciar, nos advierte Pilar Carrera, ya no es enfrentarse, sino conseguir retuits.
Y es que la tecnología, lejos de suprimir el conflicto lo convierte en contenido, lo monetiza. La crítica se convierte en trending topic. El usuario que grita “no nos escuchan” lo hace con un filtro que simula una voz más grave y dedica su pose más indignada a la cámara que lo graba. A menudo su tweet o su historia en Tik-Tok, se convierte en viral. Business as usual. La llamada a la revolución arde en las redes, pero los revolucionarios se limitan a dedicarle un like, antes de pasar a otro asunto.
Y es que lo más terrible del nuevo Dios cibernético es, precisamente, lo que llevó a la pérdida masiva de la fe tras las grandes epidemias de peste que asolaron Europa. La gente deja de creer porque sospecha que Dios no escucha. Se pierde el testigo y por tanto el interlocutor. Ya hemos dicho que el Dios digital es una ausencia y con ausencia no se puede hablar. Quizás por eso, asegura Carrera, los discursos críticos actuales sobre lo digital carecen de un punto de anclaje que les otorgue legitimidad. Sin un testigo externo que dé sentido al relato (como el Dios de San Agustín, o la posteridad de Rousseau, a ambos pensadores nos refiere el lúcido ensayo que nos ocupa), la crítica carece de efectos políticos concretos.
Nos dice Pilar Carrera que en este Brave New World de los infelices años 20 del siglo veintiuno, lo que se presenta como “hecho” es en realidad propaganda. Y lo que se presenta como “diálogo” es una secuencia de correlaciones en una matriz que atrapa el lenguaje entre billones de números. El paciente habla al terapeuta que no existe.
Y ese es el drama mayor: que no hay drama. He leído la historia del coronel muchas veces a lo largo de las décadas y en cada ocasión he descubierto un nuevo ángulo que se me había escapado, otro detalle que hace aún más punzante su historia. También la he utilizado a menudo como modelo de una novela clásica y perfecta, con su perfecto arranque, su exquisito nudo, su inevitable desenlace. Quizás ese sea el problema con la realidad enloquecida creada por el demiurgo digital. Se trata, en última instancia, de una novela sin argumento, un nudo sin desenlace. Una historia donde el coronel no sólo no tiene quién le escriba, sino que tampoco tiene a quién escribirle.
Como una moderna Casandra, el extenso ensayo de Pilar Carrera nos revela más detalles de esa realidad distópica que habitamos de lo que quizás nos gustaría. Enfrentados al espejo ni siquiera vemos nuestra propia imagen. Nos ahogamos en soledad, pero aspiramos a contar con miles o millones de seguidores. Hablamos sin interlocutor. Publicamos sin destinatario. Es el monólogo universal disfrazado de diálogo interactivo. Es el diván sin terapeuta, la carta sin remitente, el gallo sin pelea. O, en los versos de un poema reciente[1]:
And yet, the universe kept expanding
Until one day, cities grew so vast
no house could reach its neighbour;
and homes, so cavernous,
one could not cross from room to room.
People grew so lonely
they died of solitude,
while posting happy pictures on Instagram.
Y en ese mundo solitario, ese universo en expansión por culpa de la energía oscura que nosotros mismos hemos creado, solo nos queda batirnos, como habría hecho el Quevedo imaginado por Pérez Reverté, aunque batirnos sólo quiera decir, seguir esperando, como hacía el coronel. No porque creamos que llegará la carta, sino por nobleza, testarudez y valentía.







Mis disculpas por este comentario que señala una cuestión ortográfica y no la puntería analítica del autor, que la tiene, pero quienquiera que escuche al coronel, lo hace sin acento en el quién.
Gracias por el apunte, Pablo y por la elegancia del mismo. Ya está corregido.
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