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‘Materialistas’: las chick flicks y el amor vacío

Materialistas. Imagen A24.
‘Materialistas’. Imagen A24.

«He estado soñando con las primeras personas que se casaron. Dos cavernícolas que se enamoraron entre caza y recolección. Y en mi sueño sigo preguntándome: ¿qué les hizo perfectos el uno para el otro? ¿Un perfil financiero parecido? ¿Las mismas ideas políticas? ¿Que eran igualmente atractivos? ¿Una educación similar? ¿O fue otra cosa? ¿Algo como lo que tenemos tú y yo?». Al final de Materialistas, Celine Song retoma la idea con la que abre su segundo largometraje: las primeras personas en darse el «sí, quiero» en el Paleolítico. Una idea que recuerda a la empleada por Greta Gerwig en la introducción de Barbie (2023), donde unas niñas sacadas de los años cincuenta pero ubicadas en la prehistoria —concretamente, en la imaginada por Stanley Kubrick para 2001— están jugando con muñecas. Para ambas cineastas, remontarse a los orígenes es la manera de situarse en el terreno de la reivindicación, de la relectura. Porque para poder ejercer la subversión es necesario un suceso primigenio que, legitimado por el paso del tiempo, se vincule con el presente. Decir «desde el origen de la humanidad» es la hipérbole perfecta que viene a significar el «de toda la vida» que sostiene la mayor parte de las costumbres sociales y antropológicas del ser humano actual. Pero mientras Gerwig utiliza la ironía de la escena como punto de entrada humorístico a la sátira que propone, el prólogo de Song resulta ser una anomalía en disonancia con el resto del filme. Tanto es así que cuando, al final de la cinta, vuelve a aparecer la pareja troglodita, el gesto se siente como un intento forzado de enmarcar toda la historia en esta excéntrica idea del matrimonio cavernario.

Eran muchas las expectativas puestas en el segundo largometraje de Celine Song. Con su primera película, Vidas pasadas, el éxito entre la crítica y el público fue rotundo: avalada por los reconocimientos en el circuito de festivales y premios (nombrada la mejor película del año por la National Society of Film Critics, premio a mejor película y directora en los Independent Spirit Awards, nominada a mejor película y guion en los Óscar), el impacto sirvió para movilizar a los espectadores al cine (en España se mantuvo en salas diez semanas y con una recaudación en taquilla de más de un millón de euros). Vidas pasadas es una rareza dentro del género romántico, una historia contada en distintos tiempos donde el amor se presenta como un sentimiento tan complejo que no puede resolverse dentro de los parámetros de una película. En ella, Song expone su tesis sobre el amor a través de las imágenes, de la manera en que filma y encuadra, en que sus personajes dialogan y recuerdan, sin apenas emplear las palabras para analizar su significado o teorizar al respecto. En otras palabras, Vidas pasadas era pura forma fílmica, una poética visual sobre amar y ser amado. Con Materialistas, Song vuelve de nuevo al género romántico, a la búsqueda del amor o, más bien, a la pérdida del mismo como sentido de la existencia. De nuevo la nostalgia aparece en un primer término y condiciona la vida de sus protagonistas, el pasado como presente, incluso como carga ancestral… Pero poco más. En sus imágenes no puede rastrearse mucho más de aquel debut tan elogiado e inesperado.

La ambigüedad no es una brújula

El problema de Materialistas —y digo problema sabiendo que es un mal del crítico ejercer de juez o corrector (cosa que no es), como si tuviese la posibilidad de proponer soluciones, o estuviese puntuando un trabajo con una rúbrica… pero es un problema porque de verdad que no se entiende— es su falta de rumbo. Desde el principio, el filme se siente como una de esas películas que quieren ser demasiadas cosas a la vez, o tal vez lo que quieren es no molestar a nadie. Esa indefinición permea una narración que, además, está construida a partir de múltiples diálogos que tratan de verbalizar su esencia. Lucy (Dakota Johnson), Harry (Pedro Pascal) y John (Chris Evans), los protagonistas de esta historia, van a hacer explícita una y otra vez su manera de entender el romance. Pero, ¿es esta una película sobre el amor?

Promocionada como comedia sobre un triángulo amoroso, en realidad cuesta mucho ubicar la cinta en un subgénero concreto dentro del cine romántico. Con la casi total ausencia de humor, el drama tampoco parece ser la etiqueta idónea para un filme que se caracteriza, sobre todo, por la falta de sobresaltos. En realidad, las sacudidas dramáticas se producen por hechos que suceden a los personajes secundarios y que tienen un impacto directo en su protagonista, Lucy, el centro de esta historia. Quizá por eso, por ser una mujer independiente y que toma las riendas activamente del relato, resulta tan decepcionante que esta sea una chick flick al uso.

Surgido en los años treinta, el término se utilizaba para referirse a esas películas «para chicas» con tramas sencillas y predecibles que siempre abordaban la misma cuestión: el amor romántico. Las alarmas feministas no saltaron de inmediato, pero con el tiempo, décadas de teoría fílmica feminista no solo han cuestionado la terminología, sino que han propuesto nuevas fórmulas que permitan hacer evolucionar un género tan denostado como el romántico. No hay duda de que las chick flicks siguen siendo hoy un reclamo para el público femenino que sigue consumiendo este género, pero al que se le exige adaptarse a los tiempos que corren.

Materialistas no esconde su naturaleza, y su misma campaña de promoción se ha sustentado en abrir el debate de las primeras citas. Al principio de la cinta, Lucy explica que ella sabe mucho sobre citas, pero no sobre el amor. Como casamentera, define el amor como algo fácil que puede surgir o no, mientras que su trabajo se centra en algo más complicado que exige riesgos, dolor, equivocarse… Es aquí donde Song va a desarrollar su tesis: una reflexión que, avisa ya de antemano, no va de amar aunque opere en el mismo terreno. Pero sacar el amor de la ecuación de una chick flick no contribuye a subvertir el género. Al contrario: lo deja sin corazón, desnortado.

Entonces, ¿de qué va Materialistas?

A finales de los años ochenta, mientras investigaba sobre las distintas relaciones de pareja, el psicólogo estadounidense Robert Sternberg propuso la teoría triangular del amor. De una forma muy sencilla, dicha teoría establece que el tipo de amor entre dos personas va a depender de la combinación de tres componentes: la intimidad (el vínculo, la cercanía y el afecto), la pasión (el deseo sexual, romántico) y el compromiso (la decisión de amar a la otra persona). Según se manifiesten o no estos elementos, Sternberg estableció siete formas de amor: desde la falta de amor (donde no se da ninguno de estos elementos) hasta el amor consumado (la forma más completa de amor, que combina los tres aspectos). Lo que propone Sternberg permite aproximarse a esa ambigüedad que reina en el filme de Song. La búsqueda de la media naranja tal y como se presenta aquí es en realidad la búsqueda del compromiso. «El final feliz de una primera cita no es una segunda cita. Es cambiarse los pañales entre sí, enterrarse el uno al otro. Buscamos un compañero para la residencia de ancianos y la tumba. Quién sea nuestra pareja determina toda nuestra vida y cómo vivimos. No uno, dos o diez años, sino para siempre», explica Lucy a un montón de solteronas durante una boda.

A esa forma de amar basada en el compromiso Sternberg la llamó «amor vacío». La cineasta va a radiografiar esa manera de amar tan superficial, de datos y cifras. Son muchas las escenas en que Lucy y Harry conversan acerca de sus intereses y gustos, un frío listado de información mostrado en planos muy estáticos con un movimiento de cámara casi imperceptible que va acortando distancias con ellos mientras conversan. Requisitos, condiciones, virtudes, defectos… no hay fluidez en un intercambio verbal que bien podría ser el preludio al apareamiento de dos ordenadores de última generación trasmutados en cuerpos humanos.

Esta ausencia de pasión e intimidad es la que permite a Song dar un volantazo narrativo para llegar, precisamente, adonde llegan todas las cintas románticas. No hay forma de entender que se trate de una crítica al negocio del amor: aunque en Estados Unidos se celebran alrededor de dos millones de bodas al año y hay más de cuarenta millones de personas registradas en las apps de citas del país, Song no apuesta verdaderamente por desmontar esa forma de entender las relaciones. Porque debajo de Materialistas late un alma conservadora y tradicional que busca el amor desesperadamente. Lo que pasa, o más bien lo que pesa, es la hora y media de pragmatismo que repite como un mantra la importancia del estatus económico.

Para cuando llega el final de la cinta, el caos no puede ser más absoluto: de la banalidad salta al ideal romántico, del conformismo al amor verdadero, del empoderamiento femenino a la manipulación sexista, que bajo la apariencia de una rendición final al romanticismo sigue escondiendo una lista de exigencias y concesiones… Por eso, llegados a este punto, Materialistas se asienta como la «no pero sí» chick flick más inverosímil de todos los tiempos: cuando el conflicto central de la protagonista consiste en elegir entre Pedro Pascal o Chris Evans, sabemos que estamos verdaderamente ante problemitas del primer mundo.

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3 comentarios

  1. Uff, ya me daba pereza verla pero tras la crítica prefiero ahorrarme la enésima película de Pedro Pascal.

  2. Pingback: ‘Materialistas’: una mirada crítica a las chick flicks y el vacío emocional del amor moderno - Hemeroteca KillBait

  3. Lo interesante es como expresa lo que muchas personas sienten cuando se vinculan a otra: les hace sentir valiosos. Eso no es amor, sino ego. La tan manida validación actual que tanto demandan influencers de todo pelaje. No es más que otra expresión de derrumbe moral, de la renuncia a los sentimientos auténticos y como se permite que la propia existencia y felicidad se vean condicionadas por criterios ajenos. No se busca amor, ni complicidad, sino validación.

    Además, parece que la película transcurre en un universo en el que la vida en solitario es sinónimo de fracaso vital, como si nadie que no esté emparejado fuera incapaz de alcanzar una vida plena.

    Dakota Johnson es una de las peores actrices del momento. Más que actuar, posa, y es incapaz de transmitir ninguna emoción. Ignoro cual es el trato que hay para que le sigan ofreciendo papeles.

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