
La basílica de San Clemente en Roma es un compendio de diferentes épocas. La iglesia que se nos ofrece a la vista, construida en plena Edad Media, se asienta sobre los restos de otra del siglo IV. Bajo esta, en un nivel todavía más profundo, se encuentran un santuario mitraico y otros edificios que sirven de base al conjunto. Tres tiempos coexisten en el mismo espacio, y para pasar de uno a otro solo hay que bajar o subir unos pocos tramos de escaleras.
El lugar no aparece específicamente en Passeggiate, pero bien podría hacerlo, pues parece la materialización en piedra de la noción del tiempo que tenía el escritor. Para Gregor von Rezzori, el presente lleva consigo restos del pasado que de algún modo se las han ingeniado para perdurar más allá de su propio tiempo, y acuñó un término, Epochenverschleppung, algo así como «arrastre de épocas», para referirse a este fenómeno.
El genial escritor era, al parecer, proclive a arrastrar tiempos pasados —no en vano escribía novelas del siglo XX con un alemán propio del siglo XIX—; por eso, no sorprende que finalmente encontrara su lugar en Italia, un país donde, al igual que ocurre en Grecia o Turquía, el hoy se entremezcla de forma natural con el ayer. Aunque fue un escritor nómada durante buena parte de su vida, Rezzori pasó sus últimos treinta años en la Toscana. Allí escribió algunas de sus mejores novelas: La muerte de mi hermano Abel, Memorias de un antisemita o el relato Sobre el acantilado. A Italia, precisamente, le dedicó algunos de sus mejores textos de no ficción, reunidos ahora en una antología a cargo de José Aníbal Campos, magnífico traductor y uno de los mayores conocedores de su figura.
Libros como Praga mágica, de Ripellino; Estambul, de Pamuk; o este Passeggiate añaden una capa extra de belleza a las ciudades o países de los que tratan, ya bellos de por sí. No son exactamente libros de viajes, aunque invitan a viajar por la manera en que están escritos. El de Rezzori tiene también mucho de comentario cultural y de crítica social. No faltan en él reflexiones sobre artistas como Fellini, Lucio Fontana o Pino Pascali, o sobre temas como el Vaticano, el nepotismo, los nuevos ricos o la mafia.
Tras una breve presentación del estudio donde trabaja, auténtico punto de partida de este viaje, el primer sitio donde se detiene es la Toscana, en concreto, Florencia. Rezzori ofrece aquí un retrato de la región en cuatro dimensiones. Más que un recorrido por el lugar, hace un recorrido por el tiempo, desde su época de esplendor cultural, cuando eclipsó a Goethe, Stendhal o Ruskin, hasta el siglo XX. Para bien o para mal, «el espíritu florentino se ha ocupado más de preservar que de dar continuidad a su legado cultural», por eso la ciudad conserva la imagen de «la Atenas a orillas del Arno» que tenía tiempo atrás. Cosa distinta es la región de la Toscana, donde se han producido enormes cambios en los últimos años. La Toscana retratada por Rezzori es parte de la Italia vacía, al menos fuera de la temporada estival.

Las ilusiones creadas por los artistas a veces acaban imponiéndose a la realidad. Eso, viene a decir Rezzori en otro de los artículos, es lo que sucedió con La dolce vita. Por desgracia, no está en la naturaleza de los espejismos durar demasiado, y aquella Roma vividora que encontró su reflejo en la película de Fellini desapareció en un abrir y cerrar de ojos.
Con todo, que nadie piense que la visión que tenía de Italia era idílica. Rezzori no se caracterizaba por morderse la lengua y nada —ni siquiera la Ciudad Eterna, casi sagrada— se libraba de su visión crítica. Sin duda, apreciaba el encanto de sus iglesias, escalinatas y palacios, pero eso no impidió que la describiera como un «mágico basurero humano» de miles de años de antigüedad, o que dijera que, si Goethe viera la «descabellada orgía de hormigón» en que se habían convertido algunos barrios, acabaría en una ambulancia camino del psiquiátrico. Hay, en efecto, una Roma vulgar, con cierta intolerancia al refinamiento, y de ella también se ocupa en sus escritos. Ni siquiera Milán, «su» Milán, se salva de observaciones como la siguiente: «Da absolutamente igual desde qué dirección nos acerquemos a Milán. Cuanto más nos aproximamos, más fea es».
Completa el magnífico volumen un pequeño ensayo sobre Italia y sus gentes. El texto lleva el sugerente título de «Italia o ¿cómo sustituir unos lugares comunes por otros?» y en él se ocupa de aspectos tan dispares como el clima, la ironía, la lengua o los mitos y leyendas que comparten los italianos.
Podemos concluir que Rezzori amaba Italia a su manera. En el texto que le dedica a Milán habla de la peculiar nostalgia que le unía a la ciudad. Curiosamente, el escritor encontró en ella la vieja Austria de su infancia. Algunos aspectos que consideraba genuinamente austriacos eran, en realidad, originarios de Milán, así que residir allí, aunque fuese de forma temporal, era un poco como volver a casa.
Al instalarse en Italia, Rezzori volvió a casa también en otro sentido. En una conversación con el escritor André Aciman, contó que su familia provenía de Rizzori, una pequeña población siciliana situada entre Ragusa y Siracusa. En el siglo XVIII, uno de sus antepasados, de nombre Gregorio, se casó con una milanesa y, tras dar algunos tumbos, acabaron instalándose en Viena. Ahí empezó la germanización de la familia. El hecho de que, dos siglos después, el escritor se estableciera en Italia completaba de algún modo el círculo del viaje iniciado por el primer Gregorio.








Por favor, Jot Down, haced llegar a esta autora mi súplica, porque posee el talento, en muy excelentes artículos, de mostrar a autores muy interesantes y, para un servidor, desconocidos en su mayoría. Y… tal y como dice Lee Strasberg, a través de Hyman Roth, en la mejor segunda parte de la historia del séptimo arte: «solo soy un jubilado que vive de su pensión».
Gracias.
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Estoy un poco dividido cuando pienso en si debo participar en la divulgación de la obra de «Grisha» Von Rezzori aquí en España.
El cínico par excellence, el Dandy apátrida fue uno de los últimos eslabones de una tradición centroeuropea, de la Mitteleuropa multicultural que creció en torno al Imperio habsbúrgico de la Austria blasonada, de Viena al Delta del Danubio, de nuevo desde Viena al tercio occidental de Ucrania.
Escribe con tal facilidad (y elegancia) Von Rezzori que resulta ameno incluso describiendo un cuarto de baño, por ejemplo.
Von Rezzori es sobre todo un estilista. Da igual lo que cuente.
Quizás sólo los germanohablantes apreciarán la sutileza y peculiaridad del alemán con el que escribía. Para los que vayan a leerle traducido, relajénse y disfruten del Maestro de Czernowitz, hoy Chernitsy, Ucrania.
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