
In girum imus nocte et consumimur igni
Damos vueltas en la noche y somos consumidos por el fuego
(Guy Debord, 1981)
A Agni, el dios védico del fuego, también hay que amarrarlo. Para que las llamas no desborden su lugar y estropeen el ritual. En el Ṛg Veda se usará el término «yoga» para este acto de controlar incluso al propio fuego. Se trata de una metáfora que tiene su raíz en la acción de enganchar los caballos al carro para dirigirse a la guerra. El término «yoga» evoca este momento de acción, incertidumbre y conflicto. Ahora, el sacerdote debe aplicar yoga a las llamas de Agni para reconducirlas, unciendo así a los caballos del fuego. La metáfora es generosa: también se uncirán los versos, la palabra, lo correcto, la verdad, como se uncirán los cuerpos, las emociones y los pensamientos.
El propio ardor o tapas que emana del cuerpo ejercitante del asceta (tapasvī) debe ser uncido, disciplinado (yukta). Este ardor es el ropaje que viste a quienes se esfuerzan. Requiere castidad para no diseminarse, introspección para reconducirse. Tapas y yoga serán, con el tiempo, palabras intercambiables. Muchas son las cosas, las situaciones e incluso las personas que serán puestas bajo el yugo ardiente del yoga. Existirán muchos yogas para ello, muchas técnicas y estrategias, pero casi todos guardan relación con el ardor que conlleva el esfuerzo. No siempre ese fuego, que se desplaza de la hoguera del ritual al interior del cuerpo ascético, será empleado para fines loables. El ardor uncido, dominado, trae como recompensa poderes físicos, metafísicos y también epistemológicos, que no tienen por qué usarse para hacer el bien. Los poderes yóguicos pueden usarse para manipular a las personas, apropiarse de sus bienes materiales o alterar una determinada situación política. En el siglo XX, en plena lucha contra el colonialismo inglés, poetas y activistas políticos como Aurobindo Ghose (1872-1950) recurrirán al yoga para reposeer su cuerpo y hacer de su carne un lugar de resistencia. Frente a la desposesión social y política, uno debe ser dueño de su cuerpo, apoderarse del ardor que le ha sido concedido. El propio Aurobindo se convertirá, tras su paso por la cárcel, en uno de los maestros de yoga más importantes de la contemporaneidad.
Si nos situamos en la cara amable del fuego, el desafío consiste en no perder nuestra sensibilidad en el incendio. Es importante recordar el objetivo último del esfuerzo: la paz conquistada, el silencio logrado, la soberanía recobrada. Solo desde este lugar podemos enfriar aquello que se ha sobrecalentado. En sánscrito, la raíz verbal śuc– acoge el campo semántico del «brillar, arder, resplandecer» y esto incluye padecer un calor o un dolor violento, es decir: «estar triste o afligido, lamentarse, llorar por algo o alguien». La tristeza es una emoción emparentada con el ardor, el resultado de un dolor abrasivo. Asociamos la depresión con la melancolía del agua, pero su semilla está en el fuego. El sustantivo śoka significa «calor» tanto como «angustia» o «pena». Por eso a los que sufren hay que enfriarlos, pacificarlos. Están metafóricamente sobrecalentados, asediados por el incendio. Y por eso cuando no sabemos o no queremos domesticar nuestro fuego, alguien o algo vendrá a enfriarnos. Aunque sea el paso del tiempo.
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Maravilloso! Profundo, poético, epifánico!