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Yoga: atar el fuego, enfriar la tristeza

Yoga atar el fuego, enfriar la tristeza
Agni, el dios védico del fuego, en un gouache anónimo ca. 1805. Imagen cortesía de The British Museum.

In girum imus nocte et consumimur igni

Damos vueltas en la noche y somos consumidos por el fuego

(Guy Debord, 1981)

A Agni, el dios védico del fuego, también hay que amarrarlo. Para que las llamas no desborden su lugar y estropeen el ritual. En el Ṛg Veda se usará el término «yoga» para este acto de controlar incluso al propio fuego. Se trata de una metáfora que tiene su raíz en la acción de enganchar los caballos al carro para dirigirse a la guerra. El término «yoga» evoca este momento de acción, incertidumbre y conflicto. Ahora, el sacerdote debe aplicar yoga a las llamas de Agni para reconducirlas, unciendo así a los caballos del fuego. La metáfora es generosa: también se uncirán los versos, la palabra, lo correcto, la verdad, como se uncirán los cuerpos, las emociones y los pensamientos. 

El propio ardor o tapas que emana del cuerpo ejercitante del asceta (tapasvī) debe ser uncido, disciplinado (yukta). Este ardor es el ropaje que viste a quienes se esfuerzan. Requiere castidad para no diseminarse, introspección para reconducirse. Tapas y yoga serán, con el tiempo, palabras intercambiables. Muchas son las cosas, las situaciones e incluso las personas que serán puestas bajo el yugo ardiente del yoga. Existirán muchos yogas para ello, muchas técnicas y estrategias, pero casi todos guardan relación con el ardor que conlleva el esfuerzo. No siempre ese fuego, que se desplaza de la hoguera del ritual al interior del cuerpo ascético, será empleado para fines loables. El ardor uncido, dominado, trae como recompensa poderes físicos, metafísicos y también epistemológicos, que no tienen por qué usarse para hacer el bien. Los poderes yóguicos pueden usarse para manipular a las personas, apropiarse de sus bienes materiales o alterar una determinada situación política. En el siglo XX, en plena lucha contra el colonialismo inglés, poetas y activistas políticos como Aurobindo Ghose (1872-1950) recurrirán al yoga para reposeer su cuerpo y hacer de su carne un lugar de resistencia. Frente a la desposesión social y política, uno debe ser dueño de su cuerpo, apoderarse del ardor que le ha sido concedido. El propio Aurobindo se convertirá, tras su paso por la cárcel, en uno de los maestros de yoga más importantes de la contemporaneidad. 

Si nos situamos en la cara amable del fuego, el desafío consiste en no perder nuestra sensibilidad en el incendio. Es importante recordar el objetivo último del esfuerzo: la paz conquistada, el silencio logrado, la soberanía recobrada. Solo desde este lugar podemos enfriar aquello que se ha sobrecalentado. En sánscrito, la raíz verbal śuc– acoge el campo semántico del «brillar, arder, resplandecer» y esto incluye padecer un calor o un dolor violento, es decir: «estar triste o afligido, lamentarse, llorar por algo o alguien». La tristeza es una emoción emparentada con el ardor, el resultado de un dolor abrasivo. Asociamos la depresión con la melancolía del agua, pero su semilla está en el fuego. El sustantivo śoka significa «calor» tanto como «angustia» o «pena». Por eso a los que sufren hay que enfriarlos, pacificarlos. Están metafóricamente sobrecalentados, asediados por el incendio. Y por eso cuando no sabemos o no queremos domesticar nuestro fuego, alguien o algo vendrá a enfriarnos. Aunque sea el paso del tiempo. 

Este juego de palabras y comportamientos —sobrecalentamiento/tristeza frente a enfriamiento/pacificación— se despliega en el libro doce del Mahābhārata, titulado: El Libro de la Paz (Śānti Parvan). Se llama así porque ya ha tenido lugar la guerra alrededor de la que gira la trama de esta obra épica, pero sobre todo porque ahora toca pacificar a los vencedores. En lugar de celebrar la victoria y coronarse rey, Yudhiṣṭhira no se siente con fuerzas para seguir adelante. Anuncia a su familia la intención de retirarse al bosque para convertirse en asceta. Está decidido a renunciar al trono que le corresponde por justicia y por el que toda su familia se ha dejado la dignidad y la piel durante doce intensos volúmenes. «La persuasión de Yudhiṣṭhira» —como la llamó James L. Fitzgerald— tiene lugar en este abrumador libro doce, el libro más largo de una obra cuya extensión abarca unas diez veces la Odisea y la Ilíada juntas. 

Sumido en la depresión de una posguerra, incapaz de encontrarle a la vida una migaja de sentido, a Yudhiṣṭhira no se le puede persuadir con argumentos filosóficos o con elaborados discursos de retórica. No está en posición de razonar, mucho menos de debatir. Es preciso liberarlo del estado abrasivo (śoka) en el que se encuentra. La pacificación o el enfriamiento demandan una clase de razón capaz de conjurar ya no una idea o un mero punto de vista, sino todo un estado de ánimo, ni más ni menos que la disposición de un ser humano a la escucha, la atención y el pensamiento. A Yudhiṣṭhira de nada le sirven la sensatez o la lógica: si no tiene razón, tampoco la pide. Los sabios saben cómo hay que proceder en estos casos. Primero enfriar, después convencer. La razón del «Érase una vez…», razón narrativa donde las haya, es la única que puede persuadir a alguien sobrecalentado por la tristeza. Se despliega en forma de historias, relatos y leyendas (itihāsa) que pueden contener, en su interior, intensos debates filosóficos, dilemas morales, lecciones de retórica o acertijos epistemológicos. La razón narrativa o razón-itihāsa funciona a lo largo del Mahābhārata al modo de ese ensalmo o encantamiento (epodé) que Sócrates aconseja practicar a sus amigos para que se conjurasen a sí mismos contra el miedo a la muerte. El enfriamiento narrativo de un rey que se niega a gobernar, se llevará a cabo a la manera del ritual śānti propio de la liturgia védica donde los objetos sobrecalentados se apaciguaban o pacificaban. James L. Fitzgerald lo explica magistralmente al inicio de su traducción de este libro: «Cuando se comprometió a retirarse al bosque, Yudhiṣṭhira se encontraba en un estado conocido por ocurrir frecuentemente en varios elementos del antiguo ritual védico: estaba peligrosamente sobrecalentado y Kṛṣṇa y los sabios trataron con él de la misma manera que los sacerdotes habían tratado con objetos sobrecalentados durante siglos: lo enfriaron».

Ya hubo que uncir a su hermano pequeño, Arjuna, al inicio de la guerra, cuando se desenganchó literalmente del carro de combate, negándose a liderar la batalla. Ahora, habrá que uncir a Yudhiṣṭhira para que se decida a gobernar. No por casualidad el Mahābhārata es una verdadera enciclopedia de yogas, como la llama Óscar Figueroa. Y no por casualidad, será en ese texto donde a los practicantes de tapas se les conozca como yoguis. En todos estos tropiezos y conocimientos, desbordamientos y enfriamientos opera el fuego interior, el ardor, ya sea por excesivo control o por un descuido ciego. Un fuego que algunos yogas cultivan gracias al aire, mediante ejercicios respiratorios (prāṇāyama) con los que encienden o enfrían la mente y el cuerpo. Estos ejercicios también recibirán a veces el nombre de tapas —ardor que sirve para evocar el propio ejercicio ascético. 

Lejos de una vida ascética o lejos del contexto de los yogas practicados en India durante siglos; lejos también de las epistemologías, antropologías y éticas que nos han legado, el fuego que está en juego en todas estas prácticas reside en nuestro cuerpo. Lo que está en juego es la posesión y desposesión de nuestros cuerpos. Los fines podrán ser diversos, las cosmovisiones diferentes, las épocas completamente inversas. Pero recorrer el ardor, encontrarlo, reconocerlo, reconducirlo, supone una invitación a poseernos de nuevo, a no delegarnos a un otro ni a un juicio externo, a no buscar en el número o la estadística el conocimiento acerca de nosotros mismos. Hay una lección fundamental en todas estas prácticas y es la de un poder que está dentro de la carne, disponible para la sensación y el autoconocimiento. 

El cuerpo no es ningún proyecto. Alguien poco acostumbrado a habitarse, distraído culturalmente de la experiencia de primera persona que constituye todo vivir y vivirse, está desposeído del primer poder que le ha sido concedido. En su «gramática de los objetos», el filósofo Abhinavagupta reivindicaba la primera y segunda persona —el yo y el tú— para todas las cosas y todos los seres. Al contrario, la persona desposeída de cuerpo traslada con facilidad la tercera persona, el «ello», a su propia carne. Desde la perspectiva del ardor, el culto contemporáneo al cuerpo tiene poco que ver con el cuerpo y mucho con un culto al espejo, a la mirada del otro, aunque ese otro seamos nosotros mismos contemplándonos en el espejo. No siempre quienes usaron su cuerpo como puente o su ardor como enlace, se ejercitaban de un modo atlético o gimnástico. Pero es una lección esencial de algunos de estos yogas que el propio ardor nos conduce no solo a formas privilegiadas de autoconocimiento, sino a conocimientos y percepciones que nos exceden a nosotras mismas —en la medida en que encienden formas de conocer que se encontraban apagadas o adormecidas. Son batallas que habíamos delegado, soberanías perdidas, poderes que almacenamos en la imaginación de los cuentos. 

Inmersa en la lectura de Culturas del diagnóstico (2024), constato y afirmo, niego y desmiento. La realidad que Svend Brinkmann describe tan cuidadosamente brilla por ausencia de fuego. Me imagino un desierto donde el fuego está enfermo. La lógica de la cuantificación se apodera de la subjetividad igual que la patología se adueña del sufrimiento: «Nos convertimos en personas que entendemos nuestros problemas y aflicciones con referencia a medidas cuantitativas», explica Brinkmann, mientras nos lleva de paseo por la biomedicalización, farmaceuticalización y psicologización creciente de la sociedad actual. Las formas más básicas de autoconocimiento se pierden para cuantificarse: disponemos de apps para metrificar el sueño, los pasos, la respiración, o acordarnos de beber agua. Toda clase de funciones vitales pueden ser delegadas a un software. «Datifícate a ti mismo», reza el oráculo, porque nunca fue tan fácil; serás un extranjero de tu propio cuerpo, pero tendrás métricas con las que justificar tu absoluto desconocimiento. A la pérdida de soberanía corporal se une la pérdida de nuestra privacidad: miles de agentes del bienestar viven dentro del smartphone, dispuestos a traficar con nuestros datos tanto como a disuadirnos de confiar en nosotros mismos para llevar a cabo las rutinas más banales. Vuelvo entonces al desierto donde el fuego está enfermo y sus cenizas son carne de estadística.

Giorgio Agamben contaba una historia, narrada por Scholem, sobre la pérdida generacional de los conocimientos sagrados: primero se perdió el saber hacer del fuego, después se perdieron las oraciones, más tarde se olvidó la dirección, el lugar preciso en el bosque donde se encendía aquel fuego y se pronunciaban aquellas oraciones, pero tal vez, dice la historia, contar el relato sea ahora suficiente. Agamben sospecha que esto nunca ha sido suficiente. Se pregunta entonces por el destino de la literatura: «¿Es creíble que pueda satisfacernos un relato que no tiene ya ninguna relación con el fuego?». A esto yo preguntaría, ¿y si se tratase del relato de nuestro cuerpo? ¿Es creíble que pueda satisfacernos un cuerpo que no tiene ya ninguna relación con el fuego?

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2 comentarios

  1. Pingback: El yoga como herramienta para controlar el fuego interior y afrontar la tristeza - Hemeroteca KillBait

  2. Maravilloso! Profundo, poético, epifánico!

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