
La astronomía, en el sentido amplio del término, no solo como ciencia sino también como cultura del paisaje celeste o celaje, ha desempeñado siempre un papel predominante en la mayoría de las civilizaciones que en el mundo han sido. Incluso hoy, en nuestra civilización tecnológica en la que otras ciencias naturales desempeñan un papel decisivo en la vida cotidiana, la astronomía es capaz de inflamar las mentes de miles de personas por su papel cultural como principal fuente de inspiración para la visión metafísica de la naturaleza. Estudiar este papel es el objetivo de una disciplina científica controvertida, pero a su vez fascinante.
Arqueoastronomía, astroarqueología, astronomía cultural, etnoastronomía, historia de la astronomía… En las últimas décadas, el mundo científico en lengua castellana, y por extensión el público especializado y no especializado, se ha visto invadido por la aparición de toda una serie de términos, algunos ya anticuados, como astroarqueología, otros más novedosos, como el británico skyscape archaeology (o arqueología del celaje), en los que, de un modo u otro, se trataba de relacionar la vieja ciencia de la astronomía con diversas ciencias del ámbito comúnmente categorizado como humanidades o ciencias sociales: arqueología, historia, etnografía, antropología, historia del arte, filosofía, incluso sociología y religión.
La promoción de nuevos términos para abordar el viejo «conflicto» entre arqueoastronomía y arqueología ha sido una actividad preferente en la disciplina desde que el primer término fue acuñado por el irlandés Ewan McKie hace más de medio siglo. La investigación de los sistemas de creencias y las prácticas rituales relativas a los cielos en el pasado, así como los usos a los que se destinaba la comprensión del firmamento por parte de la gente, han sido durante mucho tiempo de gran interés para los especialistas en estos temas y, especialmente, para el público en general. Michael Hoskin, desde Cambridge, a través del suplemento Archaeoastronomy de la revista Journal for the History of Astronomy, promovería «arqueoastronomía» como término triunfante desde mediados de los años 80.
Desgraciadamente, la confusión terminológica desembocó en una situación distópica, en la que un término completamente válido como astroarqueología, para vincular la orientación de los restos arqueológicos con la astronomía, utilizado por primera vez por Gerald Hawkins en sus trabajos sobre Stonehenge en los 60 (Figura 1), ha acabado definiendo aquellas prácticas que relacionan ciertos restos arqueológicos de nuestro planeta con visitas de supuestos seres extraterrestres a los que medios modernos de difusión han dado demasiado pábulo. Se repetiría así un fenómeno habitual, como es la apropiación de terminología científica por parte de pseudociencias, supersticiones y supercherías, que, a lo largo de los siglos, han obligado a los astrónomos a negar el término lógico para definirnos, «astrólogos» (véase sino, biólogos, ecólogos, antropólogos, y un largo etcétera de: «tratantes de»… astros serían en este caso), en beneficio de un más prosaico «(los que estudian) las leyes de las estrellas» (del griego nomos, ley).
Pero, ¿qué es en realidad la arqueoastronomía? Edwin Krupp, director del Observatorio Griffith de Los Ángeles, un referente cinematográfico desde que un rebelde sin causa se paseó por allí, propone la siguiente definición del término: «la arqueoastronomía es el estudio interdisciplinar de las astronomías prehistóricas, antiguas y tradicionales de todo el mundo dentro de su contexto cultural. Incluye registros escritos y arqueológicos. Abarca los calendarios, la astronomía práctica [como en navegación], la ciencia del cielo y los mitos celestes, la representación simbólica de objetos, conceptos y acontecimientos celestes, la orientación astronómica de tumbas, templos, santuarios y centros urbanos, las manifestaciones simbólicas relacionadas con fenómenos celestes en el entorno natural, la cosmología tradicional y la aplicación ceremonial de la tradición astronómica».
Como puede verse, la definición es sumamente amplia, quizás demasiado, y variados los temas que abarcaría la disciplina. Sin embargo, la arqueoastronomía así definida deja de lado dos áreas muy importantes en las que la astronomía está absolutamente relacionada con las ciencias sociales, la propia historia de la astronomía y la etnoastronomía. La primera, que ya cuenta con una larga tradición, se ocuparía propiamente del avance histórico de la astronomía como disciplina científica y de la evolución del pensamiento astronómico desde el punto de vista de las ciencias experimentales y, como tal, no debería ir mucho más allá de la Grecia clásica.
De hecho, la arqueoastronomía podría catalogarse como cualquier estudio de las prácticas de observación del cielo con fines culturales (religión, metafísica, adivinación, arquitectura, decoración, pintura, urbanismo, medición del tiempo, navegación, etc.), en cualquier región del planeta, que no se considere una aportación directa al estudio de la historia de la ciencia astronómica moderna e, incluso en este caso, la frontera seguiría siendo muy difusa.
Así, por ejemplo, en el caso europeo, el estudio del fenómeno megalítico, como el caso de Stonehenge y otros menos conocidos, pero también de las prácticas astronómicas de las sociedades cristianas medievales (Figura 2), se considera tradicionalmente arqueoastronomía. En realidad, la presencia de textos escritos, como en el caso del Egipto antiguo (Figura 3) o China, por citar dos ejemplos de grandes civilizaciones, no implica necesariamente un cambio de paradigma, ya que en muy raras ocasiones estos textos «astronómicos» contribuyen al estudio de la astronomía como ciencia mientras que, por el contrario, pueden ser de gran utilidad para comprender el marco cultural en el que se habían desarrollado.
La etnoastronomía, por su parte, se ocupa del estudio astronómico de las tradiciones culturales, en su mayoría orales, aún existentes en la actualidad y, en opinión de algunos investigadores, de las fuentes escritas, como las crónicas de conquista, las sagas y los antiguos estudios antropológicos de culturas extinguidas (a menudo denominados etnohistoria), abarcando una serie de temas que se superponen en gran medida con los de la propia arqueoastronomía.
El platense Alejandro López ha definido más recientemente la etnoastronomía como «una perspectiva, una forma de aproximarse etnográfica, etnológica y antropológicamente a los conocimientos y prácticas sobre el cielo de cualquier unidad social contemporánea, como un grupo étnico, una clase social, una familia, un grupo profesional o una institución; tanto «occidental» como «no occidental», entendiéndolos como parte integrante de su vida social y cultural, tratando con ello de situar esos conocimientos y prácticas en su contexto regional y mundial, así como en su desarrollo histórico». Por tanto, se interesa por saberes y prácticas generalmente compartidos y en gran medida implícitos (cosmovisiones) y también, por aquellos más explícitos y frecuentemente asociados a los especialistas (cosmologías, ontologías); entendiendo todos ellos como articulados, pero siempre inacabados y en construcción.
Entre los paradigmas que caracterizan la mirada etnoastronómica, López menciona una serie de enfoques, como la intención holística, la influencia de la presencia directa de los investigadores, el distanciamiento, el pensamiento inductivo y la aplicación de técnicas combinadas de investigación, entre otros. La arqueoastronomía no se enfrenta a muchos de estos enfoques al no estar disponibles las gentes que crearon ese paradigma. De ahí que las fronteras entre estas tres «disciplinas»: arqueoastronomía, etnoastronomía e historia de la astronomía sean extremadamente tenues, pero significativas, aunque, de hecho, los cruces de información entre ellas sean más la norma que la excepción.

Camino de Santiago. Los máximos significativos se encuentran en color verde, amarillo y rojo, de menor a mayor
significancia. Se aprecian las diferencias en los patrones para orientar las iglesias entre los diferentes reinos
que atravesaba el Camino en el Medioevo. Mientras en Galicia (León) se favorecía el equinoccio eclesiástico o en
Castilla las fechas de la Pascua, en Navarra se prefería el equinoccio astronómico. Aragón es más complicado.
Imagen corteía de mi colega, colaboradora y antigua pupila Maitane Urrutia Aparicio.
En consecuencia, hoy defendemos el uso de un término globalizador como una necesidad perentoria. Se trata de la denominada astronomía cultural, también conocida como astronomía en la cultura, o astronomie dans la culture, ya que el término fue acuñado por primera vez en francés por Carlos Jaschek a principios de la década de los 90, y ha sido la preferida por la mayoría de los investigadores, el autor incluido, en las últimas tres décadas. En según qué entornos, usamos el término arqueoastrónomo para definirnos a nosotros mismos, pero en el mundo académico se prefiere el de astrónomo cultural, porque evita connotaciones eventualmente ambivalentes, incluso peyorativas. Curiosamente, los etnoastrónomos no tienen ningún problema en definirse a sí mismos como tales.
La astronomía cultural trataría pues de incluir cualquier tipo de estudios o línea de investigación, en los que la astronomía se relacione con las ciencias sociales. Por ello, en 1992 se fundó en Estrasburgo la Société Européenne pour l’Astronomie dans la Culture (SEAC). Pronto le seguiría (1996) la International Society for Archaeoastronomy and Astronomy in Culture (ISAAC), en la que se mantuvo la confusión terminológica, en realidad un pleonasmo, con el propósito quizás de crear un acrónimo atractivo, cuando las fronteras entre disciplina y subdisciplinas aún no estaban claras. Ya en este milenio, la Sociedad Interamericana de Astronomía Cultural (SIAC), que agrupa a los países de lenguas ibéricas, ha fijado la situación. Por tanto, aunque arqueoastronomía resulta evocador, astronomía cultural pueda considerarse el término ganador, aunque, de hecho, ambos se utilizan a menudo como sinónimos, incluso por el autor de este artículo.
Quisiera destacar que muchos aspectos han cambiado en esta disciplina y uno de los más importantes ha sido, sin duda, la sustitución de un lenguaje «astronómico» por otro más cercano a la epistemología de las ciencias sociales. ¡Seamos claros! La astronomía cultural, o sus subdisciplinas arqueo y etnoastronomía, no es una línea de investigación más de la astrofísica moderna, ni sirve al propósito fundamental de esta última, que es el avance del conocimiento físico del universo. Hoy, por el contrario, la astronomía cultural es una especialidad que puede enmarcarse dentro de los estudios antropológicos, al servicio de disciplinas como la arqueología del paisaje, la historia de las religiones o, lo que sería casi lo mismo, la arqueología del poder. Es, por tanto, equiparable a la antropología, tal como se define en México, que incluye tanto la arqueología como la etnología o la antropología social. La historia de la astronomía sigue jugando un papel porque los astrónomos culturales, al estudiar una sociedad concreta, no pueden evitar discutir conceptos astronómicos precisos de carácter científico, allí donde estén presentes (es decir, los que han sido objeto tradicional de la historia de la astronomía), aunque el énfasis se ponga en su función social.
La astronomía cultural puede ser controvertida y cuenta con enemigos, el autor lo sabe por experiencia, pero sus estudiosos deben estar orgullosos de ella y promulgarla, realizando la mejor ciencia proactiva posible, a veces con gran costo (Figura 4). Esto es lo que muchos investigadores han estado haciendo en las últimas cuatro décadas en muchos países de todo el mundo y con una variedad de culturas, desde la remota Rapa Nui hasta la revolucionaria transición del paleolítico al neolítico en Göbekli Tepe (Figura 5).
Podríamos extendernos hasta el infinito por las diversas formas en que se han relacionado la astronomía y los más diversos aspectos de la cultura, en los miles de años de desarrollo humano. Sin embargo, a estas alturas, hay dos ideas básicas que se han querido expresar claramente en el texto. Por un lado, los paisajes celestes (o celaje) han sido, y serán, uno de los principales generadores de metafísica para la creación de una cosmovisión para cualquier sociedad. Esto se aplica incluso a la cosmología y la astrofísica modernas, con disciplinas como la astrobiología, que intentan ofrecer respuestas a las preguntas básicas.
Por otro, la astronomía ha sido tradicionalmente la herramienta más poderosa que posee el ser humano para orientarse adecuadamente en el tiempo y el espacio. Por tanto, la astronomía en su contexto cultural, estudiado por la arqueoastronomía y la etnoastronomía, es sin duda una de las mejores guías con las que ha podido contar la humanidad, desde los albores de la especie, para encontrar su lugar en el Cosmos. En este sentido, creo que tiene un buen porvenir. No es difícil imaginar a investigadores en un futuro lejano tratando de entender por qué los astrónomos del siglo XX inventaron términos tan divertidos y confusos como materia oscura y energía oscura; o por qué miles de edificios potencialmente sagrados en toda la Tierra se orientaron de forma aproximada hacia un entorno desértico en algún lugar de la península arábiga.








Lo que me apena de las estrellas es que en un dia bien lejano se estrellarán, contra la vejez o contra sus hermanas. Y será una fiesta de destellos estelares para la materia que supo saber que es materia con algo de luz sopranatural, como lo tienen los mapas cósmicos desde el Bing Bang para acá, inabarcables, que nos hacen sentir desorientados o derrotados por el derrote que nos ha tocado. Por suerte y para consuelo tenemos los domésticos almanaques hogareños, memoria enumerada y en colores del más arriba allá y de los cumpleaños pa festejar. Excelente divulgación, Don Juan Antonio. Sólo una observación: Se hace mención de figuras que que no veo. Gracias por la amena y provechosa lectura.