Tratan de aprender de lo que ellas mismas hicieron a partir de sus experiencias de placer y de violencia; a sabiendas de que no solo el cuerpo femenino, también su gozo, es un campo de batalla.
A lo largo de la vida, casi sin darnos cuenta, vamos atesorando frases sencillas pero reveladoras, que una vez oídas o leídas se nos quedan clavadas y actúan como faros de nuestro modo de pensar y actuar. En mi caso, una de esas frases se la escuché a la artista visual y ensayista catalana Mireia Sallarès durante unos diálogos sobre feminismo en los que explicaba, inspirada a su vez por la poeta Wisława Szymborska, que «no solo somos lo que nos pasa sino, sobre todo, lo que hacemos a partir de lo que nos pasa» y tomaba como ejemplo la violación: «¿Te han violado y ya solo te conviertes en una persona violada? ¡Eso es injusto!, porque eres también lo que haces a partir de esa experiencia de violación: si lo cuentas o no, si lo denuncias o no, si entras en contacto con otra gente a la que le ha pasado lo mismo o no».
La afirmación de Sallarès encierra una forma de rebeldía contra las injusticias, un modo de provocar su reparación. Lo comprendí al ver cómo ella misma abordaba esta complejidad o «densidad» de lo que llama «la vida vivida» en su documental sobre los orgasmos titulado Las muertes chiquitas, proyecto que la había llevado a México entre 2006 y 2009 para interesarse sobre las historias derivadas del trinomio cuerpo, placer, violencia. Para llevar a cabo su proyecto, Mireia conversó con una treintena de mujeres procedentes de realidades diversas y con edades muy diferentes. En el ánimo de la artista y ensayista nunca estuvo el «dar voz» a las mujeres mexicanas, sino al contrario, aprender de ellas la fuerza y la dignidad, a través de sus historias de vida. Aprender de lo que ellas mismas hicieron a partir de sus experiencias de placer y de violencia; a sabiendas de que no solo el cuerpo femenino, también su gozo, es un campo de batalla.
El resultado de su viaje es un largometraje de casi cinco horas de duración, distribuido en otros tantos episodios alojados en la plataforma Filmin; una exposición artística itinerante con pases del documental en centros de arte y cultura de lugares como Barcelona, Tenerife, Ciudad de México, Chicago o Moscú; y, finalmente, un libro publicado en editorial Arcadia. El proyecto recoge una diversidad de voces, entre las cuales una resuena con fuerza. Es la de la abogada y defensora de derechos humanos Malú García Andrade. Nació en Ciudad Juárez y se educó creyendo a pies juntillas las versiones oficiales del gobierno de la ciudad en relación a los feminicidios que se producían. Hasta que asesinaron a su hermana mayor.
Cuando esto sucedió, Malú no solo se ocupó de cuidar a los hijos de su hermana asesinada, de seis meses y un año y medio, sino que además tomó la peligrosa decisión de dedicar su vida a la lucha contra el feminicidio y al esclarecimiento de los asesinatos de las mujeres de su ciudad, por más que a partir de ese momento comenzó a recibir numerosas amenazas contra su persona y su familia. En el documental, Malú le cuenta a Mireia que lleva a su hija a la mayoría de actos relacionados con estas violencias y que en una ocasión en la que estaban poniendo cruces en un lugar donde aparecieron cuerpos de jóvenes asesinadas, la niña le pidió que le prometiera que a ella no la esperaría esa muerte; pero Malú no aceptó hacer la promesa, porque no quería que su hija «viviera con esa fantasía». Cuenta que ese día la muchacha, de diez años de edad, se convirtió en adulta.
En el documental Las muertes chiquitas escuchamos en primera persona y entre otras historias la de la mujer violada que se propone redimir el placer erótico, perdido por la agresión, y que siempre le había proporcionado su cuerpo; la de la performer que se desnuda en un barrio peligroso del centro de D. F. y logra dominar a los hombres que la persiguen para ser ella quien disfrute de su cuerpo, o la de Carmen Muñoz, que un día necesitó venderlo para no morir de hambre y convirtió la prostitución en su oficio, teniendo cuidado desde entonces en no obtener placer alguno con los clientes, para no mercantilizar sus orgasmos.
En la época en que es entrevistada por Mireia, Carmen dirige la casa Xochiquetzal, en la Ciudad de México. El enclave de la casa es un antiguo Museo de la Fama ahora convertido en albergue y residencia para mujeres mayores que han dedicado su vida a la prostitución y no cuentan con redes de apoyo ni lugar donde vivir. La escritora franco mexicana Elena Poniatowska fue una de las personas que intercedió para la creación de este hogar y centro de apoyo, atención médica, psicológica y de alimentación. Xochiquetzal es el nombre de una deidad de la mitología azteca, diosa de las flores, el amor, el placer amoroso y las artes. Se suele representar dando placer sexual libremente. Tomar el nombre de esta diosa para el albergue es toda una declaración de intenciones.
Otra de esas frases epifánicas se la escuché a la poeta uruguaya Ida Vitale en una entrevista que le hicieron poco después de que recibiera el Premio Cervantes. Decía algo así como que «detrás de la curiosidad de un niño está lo mejor que le puede pasar en la vida». Es, efectivamente, un pensamiento que contiene la semilla de lo que, a mi entender, es el motor de la formación y educación de un ser humano. Sin embargo, más allá de las evidentes prácticas asociadas a la curiosidad como son la escucha activa, la lectura o el interés por las artes y las ciencias, lo que también me parece importante de la palabra «curiosidad» es su relación etimológica con el concepto de cura o cuidado, y, por extensión, con la atención a lo pequeño, al detalle, a lo diferente; todo lo cual es ingrediente fundamental para una imaginación rica y crítica.
Ejemplo de esta imaginación lo encontramos en el trabajo de la escritora mexicana Cristina Rivera Garza, ganadora del Premio Pulitzer en 2024 en la categoría de Memoria o Autobiografía con su libro El invencible verano de Liliana, editado en 2021 por Random House. En este libro la autora pone bajo sospecha la versión oficial del crimen cometido contra su hermana y encuentra la forma de desentrañar su feminicidio y de relatarlo combinando los géneros de la memoria, el periodismo de investigación de perspectiva feminista y la biografía poética.
Sostiene la escritora que los papeles que encontró de su hermana la ayudaron a descubrir nuevas formas de hablar sobre lo sucedido. A la imaginación crítica que Rivera Garza labró como niña curiosa que un día fue, agrega un modo de acercarse y tratar los documentos y elementos propios de archivo de investigación de una manera curatorial, cuidadosa y meditativa; práctica que cultiva desde su primera novela, Nadie me verá llorar: narrativas dolientes desde el Manicomio General México, 1910-1930.
Este libro vuelve a publicarse en 2025 (Random House), es decir, quince años después de su primera edición. Según explica la autora ya lleva implícito el método que va a distinguir todo su trabajo: una imaginación crítica en constante insubordinación, una escritura activista e incómoda, que cuestiona narrativas hegemónicas a veces asesinas, y una labor de archivo curatorial, atenta al detalle, a lo diferente, que se detiene en el proceso escuchando y cuidando los materiales con todos los medios posibles, incluido el cuerpo. Esta categoría de corporalidad la llevó a sobrescribir mediante la técnica del papel cebolla las cartas de Modesta Burgos, personaje principal de Nadie me verá llorar, interna del Manicomio General «La Castañeda». Al sobrescribir a mano los trazos que una vez redactó Modesta, Cristina buscaba sentir la cercanía de su letra manuscrita. Esta forma de acuerpamiento es un modo de honrar los materiales.
No es México, ni de lejos, el país con mayor número de violencias en el mundo, donde, en 2023, según Naciones Unidas, cada diez minutos es asesinada una mujer o una niña, mayoritariamente a manos de su pareja u otro miembro de la familia. Esto sin contar las violencias y el tráfico de esclavos sexuales mujeres, niñas, niños y jóvenes cuya suerte conocemos gracias a periodistas de investigación como la mexicana Lydia Cacho, quien no solo es una mujer valiente porque no se deja amedrentar por las amenazas de las mafias, hecho que la obliga a vivir en el exilio, sino también porque reivindica un ejercicio ético de su profesión, como explicaba recientemente en Tinta Libre: «El verdadero esfuerzo y compromiso ético del periodismo consiste en mantenerse alejada del miedo a la latente y real posibilidad de perder el prestigio o la relevancia social a razón de cuestionarlo todo».
Decía que no es México el país con mayor número de violencias, sin embargo, me atrevo a decir, aun a sabiendas de que no hay registro que apoye mi afirmación, que en este país encontramos un número increíble de mujeres fuertes, corajudas y sabias que nos ayudan a pensar este problema universal de la violencia contra cuerpos que no son los dominantes, ni los del poder. Es muy complejo abordar la violencia (y el odio que la excita) desde el arte de la palabra. Es muy fácil provocar (se quiera o no) la revictimización de la personas vulneradas. Por eso, valga este escrito a modo de breves apuntes tomados de mujeres sabias.







