
1. Introducción: todos somos adictos
Si es usted de mi generación, recordará que una de las cosas que más había que temer y contra las que siempre se nos prevenía antes de salir a jugar eran las jeringuillas. Y, por descontado, aquellos que las usaban. Yo no sabía, y quizá usted tampoco, qué encerraba ese término tan despectivo, yonqui, pero sabíamos que competía en la misma liga que el Hombre del Saco y aquel asesino en serie al que distinguíamos sentado en nuestro dormitorio durante la noche, camuflado entre la ropa. Nunca me pinché con una jeringuilla y, aunque conozco a alguno que sí, nadie a mi alrededor murió de eso. Ojalá los suyos también se libraran. Pero la epidemia de la heroína disminuyó —gracias a labores encomiables que merecen un artículo aparte— y el yonqui desapareció del imaginario de la mayoría de niños. O, más bien, dejó de ser un monstruo terrorífico para devenir en lo más pedestre: un ser humano.
La figura del yonqui se deconstruyó y diversificó —menos mal— para convertirse en la del adicto. Y aquí es donde la cosa se vuelve truculenta, porque, cuando hablamos de adicciones, la mayoría pensaremos en aquel pobre hombre huesudo que apenas podía articular seis palabras seguidas en su camino a la defunción. No obstante, esa imagen quedó atrás y ahora es solo una de las múltiples acepciones del término adicto.
El resto de acepciones son más populares. Seguro que usted conoce a alguien autoproclamado adicto a las redes sociales, adicta al chocolate o adicte a la cafeína. Y con bastante probabilidad, la mayoría fruncirá el ceño o pondrá los ojos en blanco cuando lo escuche. Porque un adicto, maldita sea, era el Hombre del Saco, no alguien que come por compulsión ni que puede beber más de lo normal en una noche cualquiera. ¿O es que las cosas han cambiado? Bueno, si me pregunta a mí —nadie me ha preguntado—, casi nunca cambian las cosas, sino nosotros. Y a nosotros se nos hace cada vez más innegable que la adicción no comporta solo las jeringuillas que podían hacer un parque inhabitable.
Bien está que así sea, porque las adicciones son un fenómeno cuya comprensión conviene ampliar. Por su bien. Por el mío. Por el de todos.
2. No quiero vivir aquí
En su libro Antropología de las adicciones, José Luis Cañas dice lo siguiente:
La antropología cultural y la sociología actuales confirman que la primera causa que empuja a los jóvenes y adultos al mundo adictivo es la falta de claras y convincentes motivaciones en la vida. La falta de puntos de referencia, la convicción de que nada tiene sentido y que, por tanto, no vale la pena vivir, es el sentimiento trágico y desolador de ser viajeros desconocidos y solitarios en un universo absurdo que empuja a la huida desesperada hacia el vacío existencial y de valores. (Cañas, 2015, p. 44).
Tengo muchos desacuerdos con el señor Cañas y su obra, pero aquí solo puedo asentir. No es mal punto para empezar. La humildad. Dejar de creer que sabe usted todo cuando no sabe nada. No usted en concreto, entiéndame: usted como yo. Y yo como cualquier adicto al que usted conozca. Porque un servidor no se pincha nada ni inhala estimulantes a través de billetes enrollados (no tengo, ni de lejos, suficientes para darles ese uso), pero sí que le he hablado antes del sentimiento que describe Cañas. Él habla de «la convicción de que nada tiene sentido» como catalizador existencial de la adicción. ¿Por qué iba a ser eso así? La respuesta evidente es que las sustancias y los comportamientos adictivos tienen un efecto primordial: llevarle a usted a otra parte. A menudo esa parte no será positiva, o dejará de serlo con rapidez. Pero será otra, y durante el tiempo que dure no tendrá que estar aquí.
Y es que aquí puede ser un lugar realmente aburrido. No hace falta que venga yo a describirle ese momento en el que uno despierta, mira al techo y caen sobre él todas las tareas del día y de la semana, del mes y de la vida, y no le apetece hacer ninguna. Se siente abúlico y la planicie emocional rebosa por los poros. No quiere vestirse para ir a trabajar, ni teletrabajar encerrado entre cuatro paredes. Tampoco quiere pasar ocho horas ganándose el sustento (como si hubiera que ganárselo, porque se conoce que el derecho a vivir no va con la economía de mercado) para volver a casa y ocuparse del resto de tareas en las que vuelca dicho sustento: cocinar, limpiar, tender, llevar a los chiquillos a kárate, sacar al perro, ir a por comida para el hámster. Elija usted. La cuestión es que ese aburrimiento marida muy bien con la saturación propia de la sociedad del cansancio del filósofo surcoreano Byung-Chul Han:
A la vida desnuda, convertida en algo totalmente efímero, se reacciona justo con mecanismos como la hiperactividad, la histeria del trabajo y la producción. También la actual aceleración está ligada a esa falta de ser. La sociedad del trabajo y rendimiento no es ninguna sociedad libre. Produce nuevas obligaciones. (Han, 2017, p. 45).
En realidad, es razonable: si usted se despierta anedónico y perdido pero forzado a levantarse y echar a correr al trabajo, ¿quién puede culparle si recurre, digamos, a la cocaína? Vaya por delante que esto no es una justificación ni, mucho menos, un consejo. Pero imagino que ya es usted mayorcito como para que yo tenga que decirle que las drogas son malas. Partimos de ahí. Pero, para comprender el fenómeno, las visiones maniqueístas deben quedarse en la puerta.
Así, cierta cantidad de cocaína volcará sobre usted dopamina bastante para que se le olvide el pozo grisáceo en el que ha despertado. Quizá incluso para que lo encuentre agradable. Huelga decir lo que todos sabemos: los cambios estructurales y homeostáticos que producirá en su cerebro le impulsarán a repetir la experiencia. El error está en concluir que, equilicuá, de ahí viene la adicción.
Como apuntó Gawin (1991):
El efecto fundamental de la cocaína es la intensificación de casi todos los placeres normales. El ambiente adquiere cualidades intensificadas, pero no distorsionadas. Las emociones y el deseo sexual incrementan. La autoconfianza y la percepción de la propia habilidad incrementan, a la vez que la ansiedad disminuye. Las inhibiciones sociales se reducen, y la comunicación interpersonal se facilita. (Gawin, 1991, p. 1581; traducción mía).
Si se fija, en esta descripción sobresalen palabras que, aunque de genealogía neuronal (como casi todo en la condición humana, por otra parte), remiten a una realidad más existencial que psiquiátrica. No son excluyentes, pero usted me entiende. Que la intensificación de los placeres normales se nos aparezca como algo a buscar implica, por defecto, que los placeres normales no son lo bastante placenteros. O, al menos, que había cierta insuficiencia. Vivir no es un juego de suma cero. No se trata de ponderar lo negativo y lo positivo de su día y, en función de si obtiene una puntuación de un signo o de otro, drogarse o no. Hay una asimetría fundamental en el dolor estructural de la existencia que hace que el aumento artificial de nuestras capacidades y emociones nos resulte un arma a desear. Amén de que, en el caso de la cocaína, disminuirá su sensación de cansancio cuando haya atendido al septuagésimo noveno cliente que le echa a usted la bronca, por teléfono o tras el mostrador, por una falta de existencias en su tienda de la que usted no tiene la culpa. Solo es un ejemplo. Si quiere llevárselo al Congreso de los Diputados, también vale.
Y hablando de ratas: ¿conoce el experimento del Parque de Ratas que llevó a cabo el psicólogo canadiense Bruce Alexander en la década de los setenta? En resumidas cuentas, Alexander estaba mosca con aquellos estudios que afirmaban que, si a una rata se la encierra en una caja con acceso a morfina, la rata pasará las mejores horas de su vida hasta que su cuerpecito diga: «Aquí me bajo yo». Para explorar esa noción desde otro ángulo, a nuestro psicólogo se le ocurrió una idea:
Parque de Ratas es el nombre que reciben una serie de estudios iniciados en la década de 1970 con Bruce K. Alexander en su laboratorio de la Universidad Simon Fraser, en Vancouver, Canadá, donde descubrió que las ratas que viven en un ambiente social eran menos propensas a administrarse morfina que aquellas encerradas en aislamiento. Alexander y sus colaboradores interpretaron estos hallazgos como prueba de la importancia del entorno en el desarrollo y mantenimiento de la adicción, y su concepto claro e intuitivo ha cautivado la imaginación popular. (Gage y Sumnall, 2019, p. 917; traducción mía).
Es decir: que si a la rata la meten sola en una caja sosa, la morfina fluirá a palas, pero si la sitúan en un «parque» con parejas sexuales, laberintos, juguetes y dos temporadas de Arrested Development, será bastante menos propensa a tocar la sustancia. ¿Conclusión de Bruce Alexander? Que la forma de relacionarnos y crear vínculos, tanto entre seres humanos como de un individuo hacia sus conceptos, objetos, rutinas y funciones, es determinante para que incurra en la condición de adicto o no. ¿Esto es del todo así? Ha habido muchos estudios dedicados a expandir, desmentir y corroborar la idea, pero desde estas páginas le digo: oh, sí, desde luego que lo es.
La adicción no se reduce a un proceso fisiológico, sino a la acción de individuos multidimensionales comportándose de una manera concreta en ciertos contextos. Aunque muchos profesionales e individuos de a pie hablan de la adicción como si fuera sinónimo de tolerancia y abstinencia, ambos fenómenos pueden darse sin un comportamiento adictivo. […] Dicho de forma general, las personas consumen drogas porque las drogas les hacen sentir bien (reforzamiento positivo) [y] porque las drogas reducen o eliminan la experiencia de sentirse mal (reforzamiento negativo). (Gifford y Humphreys, 2007, p. 353; traducción mía).
La socialización, la salud psicológica y la posición existencial no son lo único que influye en el desarrollo de la enfermedad de la adicción, pero sí que son pilares tanto de su inicio como de su mantenimiento. ¿No le convence? Veamos un par de casos reales.
3. ¿Qué haces cuando ganas? ¡Bebes! ¿Qué haces cuando pierdes? ¡Bebes!
Vale, entiendo el truco: la heroína y la cocaína son sustancias demasiado adictivas en la escala de King y Saulsbury (2007) como para que la vivencia psicológico-existencial de su consumo sea extrapolable al ser humano de a pie. Ya sabe, ese como usted y como yo, que no se junta con malas compañías y siempre ha sabido lo que le conviene porque es más listo que nadie. Al fin y al cabo, uno elige hacerse adicto porque le tiene poco aprecio a sus dientes. De acuerdo: tomemos sustancias a priori menos invasivas, como el alcohol, con un par de ejemplos populares.
¿Y qué hay más popular que Friends (1994-2004)? «So no one told you life was gonna be this way…» (cuádruple aplauso). ¿Se acuerda? Entonces, seguro que recordará a Matthew Perry (1969-2023), el actor que daba vida a Chandler Bing y a las portadas de muchos tabloides con sus fotos entrando y saliendo de rehabilitación. Antes de morir como consecuencia de los efectos agudos de la ketamina, Perry escribió —justo a tiempo— un libro titulado Amigos, amantes y aquello tan terrible, donde explicaba:
La única razón por la que los alcohólicos y adictos como yo bebemos es para sentirnos mejor. Bueno, al menos en mi caso, lo único que siempre he querido ha sido sentirme mejor. ¿Que no me encontraba bien anímicamente? Pues me tomaba un par de copas y arreglado. Pero a medida que la enfermedad avanza, cada vez necesitas más y más y más y más y más para sentirte mejor. Cuando traspasas la membrana de la sobriedad, entra en juego el alcoholismo y te dice: «Oye, ¿te acuerdas de mí? Qué bien volver a verte. Ahora ponme la cantidad justa que me diste la última vez o de lo contrario te mataré o haré que te vuelvas loco». (Perry, 2022, p. 343).
La forma en que uno puede morir por la ingesta de una sustancia (casi cualquier sustancia) es más o menos intuitiva; el misterio está en a qué se refiere Matthew cuando dice «haré que te vuelvas loco». La locura en cuestión proviene del miedo. Miedo a despertarnos sin fuerzas ni ánimo y no tener nada de lo que echar mano para remediarlo. Miedo a vivir cansados. Miedo a que nos asole la tristeza. Miedo a que llegue la noche, todo se silencie y nos encontremos con el vacío. Sobra para volver loca a una persona. De esa manera, la sustancia (o la conducta en las adicciones comportamentales, como el juego o las compras) se convierte en una suerte de anestésico contra la condición misma de la existencia.
La mayoría de nosotros se acostumbra, por la cuenta que le trae, a lidiar con ella sin adicciones flagrantes, lo cual nos provee de una red de recursos —variante en solidez— para enfrentarnos a lo que ocurra. Pero quienes han tomado el camino artificial para imbuirse de un ánimo que no tenían o de una esperanza que no encontraban, comprobarán que les es terrorífica la idea de volver atrás, donde solo estará uno mismo, sin muletas. Mi abuelo alegórico (y el de tantos otros) escribió en la primera parte de El mundo como voluntad y representación:
Querer y ansiar es todo su ser [de la persona], en todo comparable a una sed imposible de saciar. Pero la base de todo querer es la necesidad, la carencia, o sea, el dolor, al cual pertenece en origen y por su propia esencia. En cambio, cuando le faltan objetos del querer porque una satisfacción demasiado fácil se los quita enseguida, le invade un terrible vacío y aburrimiento: es decir, su esencia y su existencia misma se le vuelven una carga insoportable. Así pues, su vida, igual que un péndulo, oscila entre el dolor y el aburrimiento, que son de hecho sus componentes últimos. (Schopenhauer, 2007, p. 369).
En ese pendular, puede pasar que tengamos asideros psicoafectivos sólidos o que no. Y lo triste es que, muy a menudo y en gran medida, no dependerá de nosotros. Abunda por ahí la gente que quiere amar, pero a la que no aman; que quiere sentirse cómoda con otros, pero que no lo está; que anhela sentirse vista, pero que es invisible; que tiene sueños, pero que siempre vive despierta. En esos casos, incluso las formas más elementales de vinculación pueden verse corrompidas.
Y en un mes en el que Charlie Sheen nos azota con tres horas de documental autobiográfico para hablar (un poco) de sus adicciones, es importante atender al sexo. El sexo, como el teléfono o la comida, no tiene nada de malo per se. Más bien al revés: salvo conductas imprudentes y epidemiológicamente reprochables, casi todo es positivo. Pero lo positivo se convierte en esclavizador antes de que a usted le dé tiempo a parpadear, y al igual que un videojuego de lo más entretenido puede hacer que le despidan del trabajo por no poder separarse de él, el sexo puede llevarse por delante su sistema inmunológico, sus relaciones afectivas, su tiempo, su autoconcepto, su falta de antecedentes penales y cualquier manera de enchufarse al mundo.
Y de ninguna manera pretendo decirle que la única forma de aproximarse al sexo sea la puritana ni la que lo vincula de forma necesaria al amor romántico. Lo que pretendo es establecer que es una conducta cuya preparación y recompensa pueden ser de tal impacto que toda nuestra idea de placer, entretenimiento y estimulación se construya a su alrededor. Cierto es que no es la adicción más popular, entre otras cosas porque:
Si resulta difícil hablar de la prevalencia de cualquier tipo de comportamiento sexual, lo es mucho más en el caso de la adicción al sexo porque a la naturaleza «privada» de la conducta sexual, que hace que ésta sea difícilmente observable, se añade la negación de los síntomas o de su verdadera relevancia, en el caso de la mayoría de los adictos y, en especial, los adictos sexuales. (Carrasco, 2005, p. 409).
A nadie le gusta considerarse un adicto, pero, en el caso de la adicción al sexo, identificar las señales de alarma más elementales puede ser muy truculento porque no contamos con una visibilización de la fenomenología emocional que acarrea. Sin embargo, aunque el sexo, a diferencia del crack, parezca un entretenimiento poco menos que inocuo y más bien manejable, «es importante considerar los cambios de humor relacionados con la conducta sexual, caracterizados por euforia tras la práctica sexual y ánimo depresivo durante la abstinencia» (Verdura, Ponce y Rubio, 2011, p. 5815).
Como con casi todas las sustancias, si lo piensa. Uno anticipa la llegada del fin de semana para cogerse una borrachera y lo disfruta como si acabara de cruzar las puertas del cielo, porque durante ese rato su vida no será la que es normalmente, ni sus sentimientos tampoco. Pero, finiquitada la juerga, la vuelta a la realidad es un jarro de agua aún más fría, porque el contraste entre una cosa y otra es muy pronunciado. De manera que no resulta raro que alguien encare un lunes pensando que, bueno, al fin y al cabo, no pasa nada por tomar algo a mediodía o por alegrarse un poco el café de las once de la mañana.
La cuestión no es si tomar nosequé a deshoras (concepto ambiguo donde los haya) es o no algo preocupante, sino por qué iba usted a tomarse nosequé a deshoras. El motivo, en el caso del alcohol, es sencillo y, además, está protegido por la ley: lo toma por los efectos desinhibitorios y potenciadores del estado de ánimo que tiene, y está protegido porque beber goza de una gran aceptación social. Mucho tiene usted que dar el cante para que a alguien, sobre todo en España, le llame la atención cómo o cuánto bebe. Las conductas más censurables encuentran cierta excusa en la ebriedad. Es una combinación peligrosa, puesto que el fácil acceso a la bebida, la aparente sencillez para disimular su consumo y los efectos intoxicantes que presenta son ideales para que alguien existencialmente socavado o aislado se vea sometido por ellos, o incluso los busque deliberadamente.
¿Le suena la escritora Carson McCullers (1917-1967)? Dos de sus obras más conocidas tienen títulos que a alguien más suspicaz que yo le extrañarían: El corazón es un cazador solitario (1940) y Balada del café triste (1951). No le sorprenderá saber que, «invadida por el alcoholismo, la depresión y las tendencias suicidas, McCullers no pudo encontrar refugio en sus logros literarios. Irónicamente, su éxito le trajo el mismo aislamiento que ella trataba de explorar y superar con su escritura» (Colton, 2018, p. 51, traducción mía). Lo cual no es tan irónico si miramos la correlación desde el otro lado: alguien que se percibe solo, triste y desesperanzado es el mejor candidato para hablar de ello, y si de eso nace una profesión, tendrá que encontrar la manera de aguantarlo.
Durante mucho tiempo, el ahogar las penas se ha entendido como una excusa para un comportamiento reprobable, pero a menudo es, de hecho, el objetivo de dicho comportamiento. No se trata de beber, sino de no sentirse de cierta manera. Pero es conocida la relación: cuanto más se bebe, más se sentirá uno de tal manera, incluso dentro de la ebriedad. Sin embargo, no debemos subestimar los recursos cognitivos del ser humano para justificar su ingesta y demás comportamientos. Los desgarradores Diarios del escritor John Cheever dan buen testimonio:
Una pelea con el alcohol a cuatro asaltos, que empieza cuando llevo a Susie a la ciudad y los nervios me dan dolor de estómago en Ardsley. Se produce el torbellino psicológico habitual y tomo dos martinis antes de comer y me siento juguetón. A medida que pasa la tarde se aplaca el torbellino y cuando llego a casa me parece que merezco más cócteles. Sé que a la mañana siguiente tendré que cuidar a Federico, no podré trabajar, y con esa excusa bebo después de la cena. Por la mañana me siento mal, disgustado conmigo mismo, desesperado y obsceno. A las once y media tomo un trago para fortalecerme y empiezo a beber en serio a las cuatro y media, que es cuando empiezo a cocinar. Tengo mis propias excusas. (Cheever, 2019, p. 181).
Todo el mundo las tiene. Es una lección que ni usted ni yo deberíamos olvidar. Y no solo para las adicciones destinadas a apagar nuestro mundo, sino también para aquellas con la vocación de potenciarlo, porque no crea que, para escapar de la realidad, el ser humano se limita a hacerlo cavando bajo el muro. A veces salta sobre él, aunque haya alambre de espino. Buen ejemplo de esto es mi tío alegórico (y el de tantos otros): el escritor ganador del Nobel de Literatura Jean-Paul Sartre (1905-1980).
Movido siempre por un argumento de orden intelectual, Sartre, en los años 1950, descubre el Corydrane, una mezcla de anfetamina y aspirina […]. Impaciente por escribir lo más rápido posible una de sus obras filosóficas más relevantes, Crítica de la razón dialéctica, Sartre abusa de esta sustancia tomando a menudo casi diez comprimidos al día cuando debería limitarse solo a uno. (Noudelmann, 2023, p. 129).
La obsesión por producir es la obsesión por mantenerse ocupado, y una especialmente apta para la autojustificación, porque lo producido puede a menudo verse y tocarse. En el caso de Sartre, especialmente. Eso le da a uno la sensación de estar haciendo algo con su vida y, en el caso del arte, algo trascendente que justifica dejarse la propia salud. Porque, no le quepa duda, después de los éxitos vienen las celebraciones:
El alcohol es otra de las grandes adicciones de Sartre. A esta habría que asociar el tabaco, tan presente en forma de pipas o cigarrillos en los célebres retratos del intelectual. […] El whisky era su bebida preferida y solía acompañarlo con Corydrane, una combinación que demora la sensación de borrachera e incita a beber más. (Noudelmann, 2023, p. 131).
Es fácil romantizar las propias adicciones. El propio Sartre y compañía heredaron una imagen estética del tormento y la convirtieron en sexy. Hay un motivo por el que Albert Camus (1913-1960) aparece fumando en casi todas las fotos que encuentre. Y entiéndame: su vida es suya para hacer con ella lo que le dé la gana, pero pongamos énfasis en hacernos cargo de lo que hacemos con ella. Ante la angustia, la melancolía y la desesperación, el mejor primer paso es llamar a las cosas por su nombre. Escoja el que quiera, pero sea sincero. No se trata de esperanza ni de prometerle un futuro mejor. Yo no puedo hacerlo, y cualquiera que le diga que sí miente o tiene demasiada confianza en sí mismo. El único que puede hacerlo es usted. Pero la mayoría de adictos no digieren bien la filosofía de empoderamiento que solo entiende la tristeza como un síntoma patológico.
Algunas personas han asociado la psicología positiva con ideas socialmente conservadoras, como la preservación del statu quo, sugiriendo que poner el foco, por ejemplo, en incrementar el nivel de felicidad personal puede restar la energía necesaria para lidiar con la ira y otros sentimientos «negativos» necesarios para el cambio social. (Krentzman, 2013, p. 4, traducción mía).
Nada más cierto. Y, al igual que aprender a vivir con poco no es solución para la pobreza estructural de una sociedad, opacar la ansiedad y el vacío con ingestas y comportamientos compulsivos tampoco lo es para la desorientación existencial.
Hay un acuerdo general en que la dependencia psicológica se refiere a la «compulsión por consumir una droga para producir placer o evitar el malestar». Esto contrasta con la adicción fisiológica, donde la amenaza de la privación, con su consiguiente y doloroso síndrome de abstinencia, impulsa al consumo constante. (Johnson, 2003, p. 135, traducción mía).
Esta distinción entre «adicción psicológica» y «adicción fisiológica» es complicada de validar y no siempre útil. Pero, para el caso que nos ocupa, es fundamental, puesto que, si bien la abstinencia y sus síntomas son un plato de paupérrimo gusto, la genealogía de la adicción que da lugar a ella debe buscarse en la vida previa, la que llevó al individuo a la adicción y la que permitió, e incluso fomentó, que permaneciera allí.
Muy bien, podría usted decirme. Compro toda esta vaina del origen psicológico-existencial de las adicciones. ¿Y ahora qué?
Pues eso digo yo: ¿ahora qué?
4. Conclusión: Nadie le obliga a dejarlo ni a seguir haciéndolo
Si le suenan las adicciones, le sonarán las famosas «recaídas». En mis clases hago un especial énfasis en que ese término es muy peligroso. No es que no sea intuitivo; si uno ha caído en el alcohol, ha dejado de beber y luego ha vuelto a hacerlo, ha recaído. Vale, de etimología todos bien. El problema surge cuando alguien, en efecto, reincide en las conductas de las que ha luchado por separarse. Para esa persona, la noción de haber vuelto a caer tendrá en la mayoría de los casos connotaciones muy pesadas. Por ejemplo, la de que todo el trabajo previo no ha servido de nada. O la de que todo cuanto ha vivido deberá vivirlo de nuevo en su proceso de recuperación, convirtiendo en fútiles sus resistencias. En pos de evitarlo, le recomiendo no perder de vista que esa idea de la recaída solo es una entre tantas.
Por ejemplo, cuando una persona que tiene un problema con la bebida es incapaz de mantener la abstinencia total, desde la perspectiva de Alcohólicos Anónimos […] se asume que ha recaído. Sin embargo, una revisión de la literatura científica revela que, de hecho, entre el 5 % y el 15 % de los alcohólicos vuelven a beber después de adoptar la política de abstinencia sin volver a patrones de consumo «alcohólicos» o «problemáticos». (Shaffer, 1986, p. 293, traducción mía).
Esto no significa que reincidir en el consumo o en la conducta sea algo inocuo. No lo es; más bien al contrario, entraña un peligro extremo. Pero puede ser una experiencia de aprendizaje y, si hemos colegido que el origen ontológico de las adicciones está en la estructura psicológica de la persona, más nos vale no confundir a un alcohólico en rehabilitación que le da un sorbo por error a la bebida de otro con el que vuelve a patrones de violencia, descontrol, irresponsabilidad y puesta en peligro propio y ajeno como consecuencia.
Si la desazón existencial puede empujar a alguien a la adicción, salir de ella requerirá el tratamiento de dicha desazón. Reincidir en la conducta puede ser un aviso, pero no pasar de ahí. Hasta puede proveernos de información útil para recuperar la ruta y no volver a extraviarnos. Pero, para eso, el adicto debe ser consciente de su enfermedad. Y utilizo el término «enfermedad» porque, contra toda evidencia, me gusta pensar que la sociedad ha avanzado lo bastante como para no pensar que quien desarrolla una adicción lo hace por debilidad. A este respecto, siempre recuerdo las palabras dichas en el primer especial de la fantástica Euphoria por parte de un padrino a su pupila adicta:
Pero la peor parte de padecer la enfermedad de la adicción, además de la propia enfermedad, es que nadie más en el mundo lo ve como una enfermedad. Te ven como a alguien egoísta, como a alguien débil, como a alguien cruel. Te ven como a alguien autodestructivo. Piensan: «¿Por qué me iba a importar esa chica si a ella no le importan una mierda ella misma ni los demás? ¿Por qué se merece mi tiempo, mi paciencia o mi simpatía? Si quiere matarse, que se mate». Todas preguntas y respuestas razonables. (Levinson, 2020, traducción mía).
Son, desde luego, razonables. Pero más importante que cómo le vean a uno es cómo se vea uno a sí mismo. Porque, en último término, solo uno puede rescatarse. Y ¿cómo? ¿Cómo se redime uno de la desesperación? Aquí es donde le digo que a mí no me mire. No tengo respuestas que vayan a satisfacerle, y mucho menos que quepan en estas líneas. No trato de hacerme el misterioso. Solo le digo que, si consigue usted encontrarse cómodo sin entender según qué cosas, tendrá mucho terreno ganado. Qué terreno sea ese depende de usted.
A veces se trata solo de aguantar. Otras de construir, y otras de escapar. Ni usted ni yo cambiaremos lo que las cosas son, pero siempre tiene uno la esperanza de cambiarse a sí mismo. La esperanza de la revolución de la persona contra sí misma. No sé si es real o una quimera, pero si hay alguna posibilidad de que ocurra, créame: es mejor que le pille sobrio.
Bibliografía
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Noudelmann, F. (2023). Un Sartre muy distinto. Ediciones del Subsuelo.
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Verdura, E., Ponce, G., Rubio, G. (2011). Adicciones sin sustancia: juego patológico, adicción a nuevas tecnologías, adicción al sexo. Medicine, 10, 2-8.







Magnifico articulo. Da una visión profunda sobre «la enfermedad» y su porqué. Ese porqué que abonó el camino es el objeto de trabajo fundamental vital. Estoy tambien muy de acuerdo con que lo más importante es como se autoperciba uno… pero que gran peso ejerce la sociedad que juzga sin estar en los zapatos de la persona que lucha contra si misma y su adicción.
Coincido, Irene. Gracias por el comentario.
Acertadisima y honesta aproximacion para entender las conductas autodestructivas que en realidad buscan equilibrar profundos vacíos en el ser humano. Sin perspectivas simples sino comprendiendo la complejidad del asunto para entender las causas del síntoma.
Muchas gracias por tu comentario, Sausalito. Se hace lo que se puede, pero me alegra que te haya gustado :).
La creatividad humana no se entiende sin el aporte de las adicciones de infinidad de individuos, desde chamanes a artistas y científicos. A costa de muchos cerebros y cuerpos adictos hemos avanzado mucho.
Muy interesante el texto, gracias.
Coincido, David, aunque es cierto que la peligrosa línea entre el talento de ciertos adictos y la causalidad de ese talento respecto a la adicción ha sido y sigue siendo materia de discusión.
Aun así, parece claro que existe una correlación entre ciertas formas de crear arte y el consumo de tales o cuales sustancias.
Muchas gracias por tu comentario 😊.
Un artículo muy interesante. gracias. Los vicios no se dejan se substituyen.
Voy a tomar una lata de cerveza o dos.
A tu salud, Carpa 😉.
Se ha olvidado el autor del gran adicto, convicto y convencido. Diario de un opiomano, el Diccionario general, etc.
A su juicio, qué enfermedad tenía. O qué pudo hacer que escogiera una vida al servicio y militancia de la adicción.
¿Hablamos de Escohotado, Kezabe? Si es así, te digo: hacer un diagnóstico en la lejanía y a posteriori es poco fecundo, pero puestos a tirar, parece más o menos seguro decir que padecía la enfermedad de la adicción. Qué le llevó a ella lo ignoro, y solo puedo especular, pero sí que parece que se entregó de forma convencida, como tú dices, y que, en su sistema y para su constitución, los problemas que le trajeran no bastaron para volverlo en contra de las sustancias, al menos, discursivamente.
También es verdad, y no debemos olvidarlo, que el porcentaje de consumidores que desarrollan una adicción es menor del que creemos popularmente. Quizá en su caso hablaríamos más de dependencia de que de adicción, aunque trabajando múltiples sustancias, me cuesta creerlo.
Pero vaya, que yo qué sé.
¡Gracias por el comentario!