
1. Introducción: todos somos adictos
Si es usted de mi generación, recordará que una de las cosas que más había que temer y contra las que siempre se nos prevenía antes de salir a jugar eran las jeringuillas. Y, por descontado, aquellos que las usaban. Yo no sabía, y quizá usted tampoco, qué encerraba ese término tan despectivo, yonqui, pero sabíamos que competía en la misma liga que el Hombre del Saco y aquel asesino en serie al que distinguíamos sentado en nuestro dormitorio durante la noche, camuflado entre la ropa. Nunca me pinché con una jeringuilla y, aunque conozco a alguno que sí, nadie a mi alrededor murió de eso. Ojalá los suyos también se libraran. Pero la epidemia de la heroína disminuyó —gracias a labores encomiables que merecen un artículo aparte— y el yonqui desapareció del imaginario de la mayoría de niños. O, más bien, dejó de ser un monstruo terrorífico para devenir en lo más pedestre: un ser humano.
La figura del yonqui se deconstruyó y diversificó —menos mal— para convertirse en la del adicto. Y aquí es donde la cosa se vuelve truculenta, porque, cuando hablamos de adicciones, la mayoría pensaremos en aquel pobre hombre huesudo que apenas podía articular seis palabras seguidas en su camino a la defunción. No obstante, esa imagen quedó atrás y ahora es solo una de las múltiples acepciones del término adicto.
El resto de acepciones son más populares. Seguro que usted conoce a alguien autoproclamado adicto a las redes sociales, adicta al chocolate o adicte a la cafeína. Y con bastante probabilidad, la mayoría fruncirá el ceño o pondrá los ojos en blanco cuando lo escuche. Porque un adicto, maldita sea, era el Hombre del Saco, no alguien que come por compulsión ni que puede beber más de lo normal en una noche cualquiera. ¿O es que las cosas han cambiado? Bueno, si me pregunta a mí —nadie me ha preguntado—, casi nunca cambian las cosas, sino nosotros. Y a nosotros se nos hace cada vez más innegable que la adicción no comporta solo las jeringuillas que podían hacer un parque inhabitable.
Bien está que así sea, porque las adicciones son un fenómeno cuya comprensión conviene ampliar. Por su bien. Por el mío. Por el de todos.
2. No quiero vivir aquí
En su libro Antropología de las adicciones, José Luis Cañas dice lo siguiente:
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Magnifico articulo. Da una visión profunda sobre «la enfermedad» y su porqué. Ese porqué que abonó el camino es el objeto de trabajo fundamental vital. Estoy tambien muy de acuerdo con que lo más importante es como se autoperciba uno… pero que gran peso ejerce la sociedad que juzga sin estar en los zapatos de la persona que lucha contra si misma y su adicción.
Coincido, Irene. Gracias por el comentario.
Acertadisima y honesta aproximacion para entender las conductas autodestructivas que en realidad buscan equilibrar profundos vacíos en el ser humano. Sin perspectivas simples sino comprendiendo la complejidad del asunto para entender las causas del síntoma.
Muchas gracias por tu comentario, Sausalito. Se hace lo que se puede, pero me alegra que te haya gustado :).
La creatividad humana no se entiende sin el aporte de las adicciones de infinidad de individuos, desde chamanes a artistas y científicos. A costa de muchos cerebros y cuerpos adictos hemos avanzado mucho.
Muy interesante el texto, gracias.
Coincido, David, aunque es cierto que la peligrosa línea entre el talento de ciertos adictos y la causalidad de ese talento respecto a la adicción ha sido y sigue siendo materia de discusión.
Aun así, parece claro que existe una correlación entre ciertas formas de crear arte y el consumo de tales o cuales sustancias.
Muchas gracias por tu comentario 😊.
Un artículo muy interesante. gracias. Los vicios no se dejan se substituyen.
Voy a tomar una lata de cerveza o dos.
A tu salud, Carpa 😉.
Se ha olvidado el autor del gran adicto, convicto y convencido. Diario de un opiomano, el Diccionario general, etc.
A su juicio, qué enfermedad tenía. O qué pudo hacer que escogiera una vida al servicio y militancia de la adicción.
¿Hablamos de Escohotado, Kezabe? Si es así, te digo: hacer un diagnóstico en la lejanía y a posteriori es poco fecundo, pero puestos a tirar, parece más o menos seguro decir que padecía la enfermedad de la adicción. Qué le llevó a ella lo ignoro, y solo puedo especular, pero sí que parece que se entregó de forma convencida, como tú dices, y que, en su sistema y para su constitución, los problemas que le trajeran no bastaron para volverlo en contra de las sustancias, al menos, discursivamente.
También es verdad, y no debemos olvidarlo, que el porcentaje de consumidores que desarrollan una adicción es menor del que creemos popularmente. Quizá en su caso hablaríamos más de dependencia de que de adicción, aunque trabajando múltiples sustancias, me cuesta creerlo.
Pero vaya, que yo qué sé.
¡Gracias por el comentario!