Arte y Letras Literatura

Una

Este texto es un avance de Una, novela de Jose Valenzuela editada por Mutatis Mutandis, a la venta a partir del 15 de octubre.

Una, de Jose Valenzuela. Imagen: Editorial Mutatis Mutandis.
Una, de Jose Valenzuela. Imagen: Editorial Mutatis Mutandis.

Cero. Dos. Cero. ¿Uno? Siete. Son las 02:07. Bueno, tal vez sería más acertado decir que ese reloj marca las 02:07. Son las supuestas dos y siete. Lo demás es oscuridad. Cuatro dígitos azules flotantes y un destello que aparece y desaparece a intervalos regulares desde un lugar aún indefinido a la izquierda de su cabeza. Aún queda un buen rato para que Una decida si puede fiarse de esas cifras. Nunca ha visto ese reloj y no sabe si funciona correctamente. ¿Las dos y siete de la madrugada? Tendrá que conformarse hasta descubrir, para empezar, si el reloj funciona bien. Tal vez atrase, o vaya adelantado, o su propietario —que no descarta que sea ella misma— no se haya percatado de que se ha quedado marcando la misma hora desde que se estropeó, o tal vez lo sepa pero no le importe. O puede que alguien haya programado esas cifras para que ella crea que es ese momento del día y no otro. ¿Por qué iba a hacerlo? Las dos y siete no le sugiere nada en concreto, y se pregunta si debería esforzarse por desentrañar ese posible misterio. Aunque, por otro lado, son muchas otras las incógnitas que aún le quedan por resolver. Son las dos y siete de qué día. Las dos y siete en qué zona del mundo. Las dos y siete de qué realidad. Puede estar imaginando ese lugar. O recordándolo, aunque aún no sea capaz de encontrar esa pista que identifique el momento y lugar de esa misteriosa incursión en su memoria, si es que está sucediendo tal cosa. ¿Y un sueño? Puede estar soñando con ese reloj. ¿Acaso no estaba soñando otra cosa justo antes de empezar a pensar en el reloj? Puede estar alucinando en ese preciso instante. O puede estar dentro de una simulación. Puede tratarse de la experiencia de otra persona. Cree estar drogada.

Son tantas las posibilidades que, en lugar de sentirse abrumada por la incertidumbre, lo que acaba sufriendo es auténtica y genuina pereza. O tal vez es la costumbre, una costumbre que por el momento no recuerda, pero que está ahí como algo que subyace a esa falta de orientación que supone pasajera. Le debería sorprender la constatación de que, a pesar de encontrarse completamente perdida, se muestra serena. ¿Debería? Está acostumbrada, o al menos cree estarlo (y será suficiente por el momento), a tal desconcierto cada vez que siente que ha cruzado de una realidad a otra. Y cada vez que ese acontecimiento tiene lugar, cree que debe intentar seguir unas pautas para orientarse, aunque siente, o cree, que esta vez le está costando un mayor esfuerzo dar con esas directrices. Sí, definitivamente está drogada. Ha estado fuera de sí demasiado tiempo, o lo que se ha perdido era demasiado gordo. Lo piensa así: demasiado gordo. O tal vez sea lo que siempre se dice cuando vuelve de una desconexión. Y una intuición le dice que siga pensando en eso de la desconexión, que tire de ese hilo, ese Hilo, y también le dice que las intuiciones no son más que constataciones de cuyo origen aún no tenemos consciencia, por lo que le parece un camino lo suficientemente sólido como para seguirlo y ver hasta dónde la lleva. Pero pensará en ello más tarde, se dice. Ahora lo importante es saber dónde se encuentra, cómo ha ido a parar ahí y hacia dónde se dirige. Porque su mente se está despejando y acaba de descubrir (¿acaba de hacerlo, o ha sucedido hace unos minutos?) que viaja en el asiento trasero de un vehículo y los dos bultos que la amenazaban con su presencia no son más que los asientos delanteros, y esa luz que parpadea con cierta cadencia no es una sola luz sino muchas; en concreto, las farolas de lo que parece ser una autopista al otro lado de la ventanilla tintada. Incluso empieza a diferenciar los distintos tonos de negrura y puede distinguir, o intuir, su propio cuerpo recostado contra la puerta y envuelto en su gabardina negra. Sus dedos parecen estar agarrotados y sus brazos apenas pueden levantarse, pero no está sujeta a nada que no sea la gravedad y el cinturón de seguridad. El cuerpo al completo está entumecido, aún dormido, y tiene la sensación de estar estrenándolo. Y le arde el coño. Ahí no tiene duda posible. Ya no son las 02:07.

La desconexión. Aunque no pretende hacerlo, vuelve a pensar en esa idea. ¿Cómo ha sido capaz de ver la hora que marcaba el reloj? Piensa en lo que acaba de suceder. El reloj no ha sido lo primero que ha visto. Han tenido que pasar unos minutos hasta que su vista se ha acostumbrado a la baja iluminación del ambiente. Sí, ahora recuerda mejor. Lleva despierta más tiempo del que creía. Un tiempo desaprovechado pero necesario tras cada desconexión. Primero los sentidos, después la movilidad, luego la sensibilidad y, por último, la conciencia. Ah, así funciona. Sentidos, músculos, sensibilidad, conciencia. Siempre en último lugar la conciencia. Debe tratarse de una activación progresiva que va desde lo más primario a lo más complejo. El sentido del yo es lo último que vuelve. Es el que tarda más tiempo en reconstruirse. Al fin y al cabo, nos lleva años poder definir nuestro sentido más personal e íntimo, ¿no? Tampoco se abandona el propio cuerpo así como así para que otro lo emplee a voluntad y a la vuelta te deje volver a ser su propietaria de golpe, como si nada hubiera sucedido. Pasa lo mismo con las borracheras. Por muchas veces que hayas bebido, siempre acabas sufriendo la resaca. Y ella ha bebido mucho de esa botella que es prestar su cuerpo. Ya recuerda a qué se dedica. Hay un largo proceso de adaptación, dicen que también para los visitantes, o clientes, o usuarios, o ladrones de cuerpos. Ladrones con permiso, por supuesto, previo pago mediante. Se pregunta qué sentirán; debe ser toda una experiencia vestirse con un cuerpo ajeno y ser otra persona durante el tiempo acordado. El cuerpo. Vuelve a pensar en su cuerpo. Intenta moverlo. Empieza a responder y nota que sus entrañas se retuercen. Se siente vacía, pero no tiene hambre. También sufre un fuerte cansancio y decide que lo mejor será descansar un poco más, que no hay prisa por irse a ningún sitio si, a fin de cuentas, ya la están llevando. Cierra los ojos y vuelve a zambullirse en esa nada propia de una no existencia en la que, para qué engañarse, tampoco se está tan mal.

You float like a feather

In a beautiful world

I wish I was special

You’re so special

But I’m a creep.

La canción no suena en su cabeza, viene de una radio. Sí, se encuentra en la parte trasera de un taxi, o eso indica la licencia de conductor que puede ver cada vez con mayor nitidez. Mira su cuerpo. No sabe qué es, pero tiene la impresión de que hay algo que no encaja. Es como estar viendo una película. Disociada. Tampoco le importa demasiado. Se siente sola, sí, una soledad física y mental causada por el abandono reciente de la otra mente que ocupaba su cabeza. Se siente desorientada, aún más perdida que tras saberse en un vehículo sin origen ni destino conocidos, pero es una sensación sin emoción, el sufrimiento que aún es de otra y no le pertenece. Aún. Alguien se instaló en su interior durante mucho tiempo y ahora no está, y eso le hace sentirse extraña, incluso molesta por sentirse obligada de nuevo a tomar sus propias decisiones, a vivir una vida que hasta hace un rato era de otra persona, y que tal vez Una no estaba dispuesta a vivir, o no le apetecía, o qué sé yo. ¿Yo?, se pregunta con cierta teatralidad. ¿Quién puede considerarse «yo» cuando otra persona mueve mis brazos y piernas y crea recuerdos vicarios, experiencias que nunca sabré que experimenté a pesar de ser yo, yo, yo, quien las protagonizó? No, definitivamente algo no ha funcionado bien. Debería recordar cuándo tuvo lugar la desconexión. Debería saber quién ha usado su cuerpo, durante cuánto tiempo y con qué propósito. Pero no recuerda nada. No es tanto una oscuridad de ideas como una niebla pertinaz. Es incapaz de identificar caras, objetos, acontecimientos de su pasado reciente, pero sabe que están ahí, potencialmente accesibles. Sé práctica, se dice, me dice, me digo. Ya buscarás respuestas cuando estés en casa, si es que te están llevando allí. Tendrá que bastarle esa resolución para no dejarse llevar por el miedo, aunque no es exactamente miedo lo que sufre, sino más bien la conciencia del miedo ajeno, aunque extrañamente propio a la vez.

Se dice en voz alta que ella es Una y alguien parece removerse en el asiento delantero. Alcanza el tirador de la puerta y nota el metal frío en la mano. Insiste en que ella es Una y se pregunta, también en voz alta, si no se ha dado cuenta todavía. Otra voz responde, pero no es capaz de entender lo que dice, suena como si alguien le hablara bajo el agua. Alcanza el botón del elevalunas y lo pulsa y la ventanilla baja y el viento la golpea de lleno en la cara y súbitamente se produce un enorme chasquido en su interior y todo vuelve a estar en orden. Eres Una. Eres Una. Eres Una.

Joder, yo soy Una.

Oh, está bien. Soy Una. Aplausos. Ahora supongo que debería alegrarme. Decirme aquello de que por fin he recuperado mi vida y voy a poder hacer todo lo que desee. Y una mierda. Sé que no es así porque ya recuerdo quién soy y por qué hago lo que hago. ¿Debería estar aliviada? Cómo voy a estar aliviada si ahora tengo que volver a elegir. A decidir. Constantemente. En. Cada. Puto. Momento. Del. Día. La libertad de decidir es un castigo cuya naturaleza desconocen quienes no han cedido el control a otros. Quienes no han prestado su cuerpo. Con lo cómoda que se vive siendo un polizón de tu propio ser. El cuerpo. Me está costando volver a mi cuerpo a pesar de no haberlo abandonado. Qué bien se está en ese no-lugar. Cómo definir el lugar o no-lugar donde dejas de existir mientras otro toma las riendas. No hay sentidos. No hay conciencia. ¿No la hay? La mente sólo puede alimentarse de sí misma como sucede durante una anestesia. Entonces el cuerpo se convierte en un refugio frente al caos, un no-espacio donde habitar sin más. Cierras los ojos, vuelves a abrirlos y han pasado horas, días, semanas, meses. Qué bien se vive cuando desconectas del mundo.

Menudas gilipolleces estoy diciendo. Como siempre. ¿Por qué me enrollo tanto cuando vuelvo? Necesito aclarar mis ideas.

Siempre me pasa lo mismo. Tengo miedo de volver a la vida. Me resguardo en mi interior durante un tiempo y luego me cuesta salir. Debe ser como nacer otra vez. Nacer. Dicen que el nacimiento es traumático para el recién nacido, aunque de adulto no lo recuerde. Si tuviera que explicárselo a alguien, le diría que lo más parecido a reconectar es estar desnuda envuelta por la calidez de un hogar climatizado en pleno Polo Norte y que de una patada en el culo te manden a la tormenta de nieve del exterior. ¿Quién va a querer hacerlo? ¿Qué bebé querría escapar de la seguridad de la matriz materna? O puede que simplemente me esté poniendo excusas porque yo, yo, yo soy así. Siempre huyendo, siempre escapándome. Una ha demostrado poseer un trastorno evitativo de la personalidad con tendencia a la disociación a través de la despersonalización y la desrealización, cualidades que la hacen única para llevar a cabo su trabajo. He nacido para evitar el conflicto en un mundo donde todo es conflicto. Lo que pasa es que estoy estropeada. No sirvo para nada. No sirvo ni para ser yo.

El taxi se detiene. La luz roja del semáforo se refleja en el parabrisas delantero. Todo parece extraño. ¿Qué les pasa a mis sentidos? ¿O el problema está en la realidad que procesan mis sentidos? Tal vez me han dado alguna droga que me hace percibir el tejido de este mundo de una forma artificiosa. El universo al completo parece hecho de cartón piedra como el decorado de un teatro de barrio. El taxista se acomoda en su respaldo, suspira. Intento incorporarme apoyando unas articulaciones que responden o no responden como las de una muñeca de trapo. Demonios, nunca me había costado tanto como ahora. O eso creo. Debe haber sido una larga desconexión. ¿Cuánto tiempo habré estado fuera? ¿Qué habrá hecho quien sea que me estuvo usando? Al principio me mataba la incertidumbre de no saber si había estado tomando un café, bailando en una discoteca, escalando una montaña o siendo follada por un mastín tibetano. Ya no. Te acabas haciendo a todo. Esta vez ha sido mucho tiempo. Morir y volver a la vida. ¿Cuándo desconecté? ¿Qué día será hoy?

—Cuatro de febrero, señorita.
—¿Qué?
—Le digo que estamos a cuatro de febrero. Es lo que ha preguntado.
—¿Lo he dicho en voz alta?
—¿También quiere que le responda a eso?
—No, supongo que no. ¿Cuánto rato llevo hablando?
—No se ofenda, pero he dejado de prestar atención a los cinco minutos. Hablaba usted de una manera muy extraña. Ahora la entiendo mejor.
—Es por la falta de práctica.
—¿Qué?
—Hacía mucho tiempo que no usaba la lengua. Ni el resto de mi cuerpo. Es casi como estrenar uno nuevo. —El hombre se remueve en su asiento.

Arranca.
—¿A dónde vamos?
—A su casa, señorita.
—¿Sabes dónde vivo?
—Me lo han dicho sus amigos.
—No sé a qué amigos te refieres.
—A los que la dejaron en el coche.
—¿Y te fías de unos desconocidos?
—Con todos mis respetos, es usted a la que han tumbado dormida en el asiento trasero de mi coche —carraspea—. Tal vez debería tener más cuidado con las compañías que elige.

Intento recordar algo. Lo que sea. El nombre del cliente. Para qué me contrataron. Nada. No recuerdo nada. ¿Suelo sufrir una amnesia tan exagerada? Ahora mismo sólo guardo en la memoria lo que mi cuerpo me dice, o tal vez ni eso. No sé si lo que acabo de pensar es cierto. ¿Existe una memoria implícita? ¿La llaman así? Tengo un vacío enorme en el estómago, un ardor tremendo en el coño y un desajuste emocional que parece bastante sofocado por lo que creo que son calmantes. Siento culpa. Mucha culpa. Y esa culpa a la vez me da rabia, porque sea lo que sea que haya sucedido, no lo hice yo. ¿Ahora también tengo que expiar los pecados del otro? Rebusco en mis bolsillos. Ahí están. Han tenido el detalle de dejarme dosis para una semana como mínimo. Todo dependerá del ritmo al que decida tomármelo. Me trago dos pastillas. Cuatro. Por si acaso. Conozco estas calles. Estamos cerca de mi barrio y se me empieza a erizar la piel. Mierda. No sé qué pasó exactamente, pero lo intuyo. No me apetece volver a un hogar que me hace revolverme al pensar en llamarlo así. Hogar.

—Le pido disculpas si antes he dicho algo inapropiado, señorita.
—No te preocupes. No estabas equivocado.
—Pero no tenía derecho a decírselo.
—Vivimos en un país libre, cielo.
—¿Se encuentra bien? Quiero decir, ¿le han hecho algo?
—Me pagan para eso. Seguro que me han hecho muchas cosas. Pero si nos ponemos estrictos no ha sido a mí, sino a otra persona siendo yo.
—Ya.
—¿Sabes a qué me refiero?
—No.
—¿Sabes al menos a qué me dedico?
—Creo que sí.
—Y no te gusta.
—Eso no importa.
—Tú sólo conduces.
—Eso.
—¿Me dirías cómo eran las personas que me dejaron aquí, o dónde lo hicieron?
—¿Serviría de algo?
—¿A qué te refieres?
—El daño ya está hecho.

Me cae bien. Con frasescitas lapidarias. El daño ya está hecho. Crees que odias al mundo, pero en realidad te odias a ti misma. Pero sí, vuelve a tener razón. Qué más da quién me contrató. Ya estoy de vuelta. Y voy de camino al último sitio en el que me gustaría estar ahora mismo. Joder, déjate de lamentaciones. Qué rabia me estoy dando y no llevamos ni quince minutos desde que he regresado. Última esquina.

—Es aquí.
—Gracias —digo, manipulando con dificultad el tirador de la puerta.
—No parecían malas personas —dice mientras trato de ponerme de pie en la acera con torpeza.
—¿Qué?
—Los que la dejaron en el coche. Parecían preocupados por usted.
—Algo es algo.
—Tenga cuidado.
—Gracias, papá.

Y aquí estamos. Hogar, dulce hogar. Supongo que en la información que tienen de mí no aparecía que aceptaba el trabajo precisamente para huir de casa. Busco cualquier buena excusa para no subir, pero el cansancio y los dolores me empujan a zanjar cualquier conflicto interno hasta mañana, cuando haya descansado. Menuda mierda de benzos. ¿Eran benzos? Luego lo miraré. Me cuesta horrores llegar hasta la segunda planta, me voy a partir por la mitad. Malditas escaleras. No recordaba lo empinadas y estrechas que eran. No recordaba que había que ir esquivando las mierdas del perro del vecino de arriba que usa los escalones como su parque particular. No recordaba la maldita peste que crece conforme me acerco a nuestra puerta. ¿Abro? Abro. El hedor se acaba de colar por mis fosas nasales para dejarme aturdida durante un momento. Parece que estoy esnifando amoníaco. Bienvenida a casa, Una. No se me ocurre mejor recibimiento en esta casa que ahogarme con el pestazo del puto meado de gato.

SUSCRIPCIÓN MENSUAL

5mes
Ayudas a mantener Jot Down independiente
Acceso gratuito a libros y revistas en PDF
Descarga los artículos en PDF
Guarda tus artículos favoritos
Navegación rápida y sin publicidad
 
 

SUSCRIPCIÓN ANUAL

35año
Ayudas a mantener Jot Down independiente
Acceso gratuito a libros y revistas en PDF
Descarga los artículos en PDF
Guarda tus artículos favoritos
Navegación rápida y sin publicidad
 
 

SUSCRIPCIÓN ANUAL + FILMIN

105año
Ayudas a mantener Jot Down independiente
1 AÑO DE FILMIN
Acceso gratuito a libros y revistas en PDF
Descarga los artículos en PDF
Guarda tus artículos favoritos
Navegación rápida y sin publicidad
 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*