Del olvido al redescubrimiento arqueológico
Durante la Edad Media, el nombre de Mitra desapareció de los registros. No será hasta el Renacimiento cuando, gracias a los humanistas fascinados por inscripciones latinas y relieves en piedra, se fijen en una iconografía que se repetía con cierta asiduidad: la conocida como tauroctonía, en la que aparece una figura juvenil, con gorro frigio, degollando a un toro. Pero este descubrimiento no tuvo apenas repercusión y quedó de nuevo olvidado.
El auténtico despertar del mitraísmo como objeto de estudio llegó con la arqueología urbana del siglo XIX en Roma. Entre 1867 y 1869 se descubrió un mitreo bajo la basílica de San Clemente. Este hallazgo reveló una estructura arquitectónica que con el tiempo se vio que era una constante: una sala rectangular y oscura, flanqueada por bancadas, que simulaba la cueva donde Mitra sacrificó al toro primigenio. En la zona central de la sala también se ubicaba un altar con la imagen más importante: la ya citada tauroctonía.
A finales del siglo XIX, Franz Cumont publicó su obra clave sobre el mitraísmo (Les Mystères de Mithra, 1899), que sentó las bases de su estudio contemporáneo. Propuso la llamada «tesis irania», que postulaba un origen persa del culto, y sistematizó el canon mitraico, incluyendo los siete grados de iniciación para los adeptos a este rito, así como su vínculo astral.
Los primeros hallazgos modernos
En esos mismos años comenzaron a salir a la luz otros templos mitraicos que confirmaban la amplitud de la red de culto. En 1886, en Ostia Antica, aparecieron los primeros restos que mostraban cómo los marineros veneraban a Mitra antes de embarcarse. Poco después, en 1894, en el barrio de Nida-Heddernheim, cerca de Fráncfort, se excavó un mitreo que contenía relieves y altares votivos dedicados al dios, testimonio de la devoción mitraica en la Germania romana. También en Italia, el pequeño Mitreo de Ponza —en la isla del mismo nombre— demostró que hasta los confines insulares participaban de este culto solar.
El tránsito al siglo XX trajo hallazgos de gran valor. En 1912 se descubrió el Mitreo de Marino, célebre por sus frescos, y en esos años también salió a la luz el Mitreo de las Siete Esferas, en Ostia, llamado así por el pavimento decorado con motivos planetarios que evocaban los niveles cósmicos del rito de iniciación. Poco después, en 1922, en Santa Maria Capua Vetere, se documentó otro mitreo, considerado uno de los más ricos en decoración pictórica, con escenas de Mitra emergiendo de la roca además de banquetes rituales.
Mientras tanto, en la provincia romana de Panonia, el Mitreo II de Aquincum (la actual Budapest) mostraba la proliferación del culto en las fronteras del Danubio. Y hacia los Balcanes aparecieron los mitreos de Konjic y Jajce, en la actual Bosnia-Herzegovina, que evidenciaban cómo incluso en regiones periféricas se recreaba el mismo esquema arquitectónico subterráneo.
En el corazón de Germania, el Mitreo de Dieburg, excavado en los años veinte, reveló un conjunto escultórico sorprendente, incluidos altares votivos y relieves de la tauroctonía de notable calidad artística. Estos templos confirmaban que el culto se hallaba profundamente arraigado en las guarniciones militares y en los centros comerciales.
El Mitreo de Londinium
En Londres, en 1954, otro mitreo emergió entre excavadoras y escombros bajo la City. El hallazgo tuvo lugar durante las obras de reconstrucción de un edificio en Walbrook, una zona atravesada por un arroyo en época romana. Lo que al principio parecía una estructura secundaria resultó ser uno de los descubrimientos más célebres de la arqueología londinense del siglo XX.
El templo, datado en torno al año 240 d. C., presentaba la forma habitual de las grutas mitraicas: una sala rectangular de unos dieciocho metros de largo por ocho de ancho, con bancos a ambos lados y un ábside en el extremo donde se erigía la imagen del dios. Durante las excavaciones se hallaron también esculturas excepcionales, entre ellas una cabeza de Mitra tallada en mármol blanco, con sus rasgos serenos y el característico gorro frigio, que se convirtió en un icono del redescubrimiento moderno. Aparecieron igualmente relieves de otros dioses asociados al mitraísmo, como Mercurio, Minerva o Cautes y Cautópates, los portadores de antorchas que acompañaban al dios.
El impacto del descubrimiento fue inmediato. Miles de londinenses acudieron a contemplar el mitreo en el mismo lugar de la excavación antes de que fuera trasladado unos metros para salvarlo de la construcción urbana. Durante décadas estuvo expuesto en un emplazamiento distinto, lo que implicaba una cierta descontextualización. Sin embargo, en 2017, gracias a un ambicioso proyecto de conservación impulsado por Bloomberg, el mitreo fue devuelto a su ubicación original y se inauguró el London Mithraeum Bloomberg SPACE.
Hoy la visita combina arqueología y tecnología inmersiva. La penumbra controlada, los efectos sonoros y una proyección envolvente recrean la atmósfera del ritual mitraico, permitiendo al visitante intuir la fuerza simbólica de aquel espacio subterráneo. La exposición se completa con los objetos recuperados en las excavaciones, más de catorce mil piezas que ofrecen una ventana única a la vida cotidiana en la Londinium romana. El Mitreo de Walbrook es, sin duda, uno de los mejores ejemplos de cómo la arqueología contemporánea puede devolver la voz a un culto olvidado durante más de mil quinientos años.
El hallazgo del Mitra de Cabra
El culto mitraico estuvo presente en la Hispania romana, evidenciado en ciudades como Tarraco (Tarragona) y Emerita Augusta (Mérida), además de Cabra (Córdoba). Este último enclave se ha convertido en un referente por la excepcionalidad de su hallazgo.
En la localidad cordobesa de Cabra apareció una escultura de bulto redondo de enorme importancia arqueológica y simbólica. Se trata, cómo no, de la tauroctonía. La pieza, tallada en mármol, constituye la única representación completa de este tipo localizada en España. Mitra aparece en el momento culminante del sacrificio, con la rodilla apoyada sobre el lomo del toro y el puñal hundiéndose en el cuello del animal. La escena incluye además un perro y una serpiente que se acercan para beber la sangre de la herida, mientras un escorpión pellizca los testículos del toro, mostrando el carácter cósmico y fecundante del mito.
El hallazgo de Cabra no es solo relevante por su iconografía, sino también por su calidad artística. El tratamiento de los pliegues del vestido de Mitra, la expresividad de los animales y el equilibrio de la composición lo sitúan a la altura de las mejores piezas conservadas en el Museo Vaticano o en el British Museum. Esta calidad permite suponer que el taller escultórico que lo produjo estaba en contacto directo con modelos de gran prestigio en el Mediterráneo romano.
La escultura se halló en el entorno de la antigua villa romana de Licabrum, y los trabajos arqueológicos posteriores han confirmado la existencia de estructuras subterráneas que corresponderían al mitreo original donde se veneraba la imagen. La localización en Cabra resulta especialmente significativa: demuestra que el mitraísmo no solo estuvo presente en capitales provinciales como Tarraco o Emerita, sino que también penetró en áreas del interior, asociado probablemente a comunidades militares y a redes comerciales de cierta importancia.
Hoy la escultura se conserva en el Museo Arqueológico de Córdoba, donde es una de las piezas más destacadas de la colección romana. Su hallazgo ha situado a Cabra en el mapa del mitraísmo hispano y ayuda a comprender cómo este culto llegó también a zonas periféricas del Imperio.
El redescubrimiento continúa
En la actualidad, el redescubrimiento del mitraísmo prosigue, con la arqueología buscando reconstruir el culto original. Iniciativas como el sitio Mithraeum.eu recopilan todos los hallazgos arqueológicos sobre el mitraísmo y han elaborado un completo mapa con las ubicaciones de los vestigios de este culto. Sin duda, queda todavía mucho por descubrir de esta misteriosa religión que rivalizó con el cristianismo y que pudo haber cambiado la historia de Occidente.







