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La IA en la cultura en español

Ilustración de Pablo Amargo. La IA en la cultura en español
Ilustración de Pablo Amargo.

La IA en la cultura: cómo la inteligencia artificial transforma educación, creación literaria y políticas del español, entre derechos de autor, sesgos y humanismo digital.

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La digitalización de la vida humana nos conduce a la mayor revolución cultural, tecnológica y social desde la llamada revolución de la imprenta —parafraseando el concepto de Elizabeth Eisenstein en su célebre libro—. Sin embargo, algunos analistas ya indican que esto es quedarse corto y que estamos ante la mayor revolución desde la invención de la escritura en Mesopotamia, o la del alfabeto (el cananeo antiguo o protocananeo, el primer alfabeto, del que proceden los demás: fenicio, hebreo, arameo, griego, latino y, por ende, casi todas las modernas lenguas occidentales) en la península del Sinaí. Esto es, a mi juicio, decir demasiado.

Si al decir revolución digital se incluye, por supuesto, a los algoritmos conectados en red, a los modelos extensos (o masivos) de lenguaje —LLM en sus siglas en inglés—, muchas veces mal llamados IA —chatbots, etcétera—, y a la, stricto sensu, inteligencia artificial generativa (IAG) como tal, entonces sí estamos inmersos en una revolución humana que puede ser, como mínimo, igual de profunda y transformadora que la que experimentaron nuestros ancestros europeos en el siglo XV (circa 1440-1500).

Siempre he pensado que la educación es una consecuencia de la cultura y, viceversa, la educación genera más y nueva cultura. No son elementos exógenos, externos uno respecto al otro. Están unidos, fusionados como el símbolo zen del yin y el yang, con un poco de uno en el otro. El yin —fondo de color negro— sería la cultura y el yang —fondo blanco—, la educación. Una dualidad unida, fusionada, en un solo concepto. De nuestra cultura y de nuestra educación nace todo: nuestra ética, el derecho, la sociedad y sus valores humanos, cada civilización humana, en definitiva. La IA y, muy especialmente, la IA generativa pueden modificar todas las civilizaciones para conformar una cultura digital global. ¿Será positiva o negativa esa modificación? ¿Cómo se producirá y cuál será el alcance de la revolución de la IA? Nos lo preguntamos todos los ciudadanos, pero muy especialmente los que llevamos décadas inmersos en el llamado sector de la cultura. Que, como digo, para mí es indisociable del de la educación. Se puede culturizar educando y se puede educar culturizando. De hecho, se debería hacer así.

Valga por delante que el asunto de cómo está actuando la inteligencia artificial en los sectores educativos y culturales en lengua española es amplísimo, y daría para un libro extenso como mínimo, un largo ensayo de autoría colectiva. O una colección de libros.

¿Qué es lo que nos une, en este caso, a escritores y a lectores hispanohablantes? El español. La lengua en la que pensamos, creamos, soñamos y nos comunicamos. La tercera lengua más hablada del planeta. Y la tercera más usada en internet.

Hay profesores de innovación como Enrique Dans que afirman, en un artículo reciente, que el actual fenómeno de la IA es una burbuja, como la de las criptomonedas o la punto com y que, como las anteriores, estallará. Aunque la IA se esté magnificando por algunos —pues al fin y al cabo somos y seremos siempre seres de carbono, no de silicio—, estimo que el profesor Dans aquí está completamente equivocado. La IA no es una tecnología más. Y no podemos dejarla solo al arbitrio de los poderes anglosajones.

En un decálogo que publiqué hace pocas semanas en el último número de la revista Archiletras, titulado «Decálogo: La IA en la cultura y educación en español», dejo claro que la IA en español debe estar guiada por un humanismo crítico, ético y ecológico, promoviendo diversidad cultural, justicia social y fomento de la lectura y el pensamiento profundo. Subrayo la importancia de la formación crítica en IA desde la escuela, con transparencia algorítmica y respeto a la propiedad intelectual. Defiendo el fortalecimiento del español como lengua global en el ámbito digital y reclamo una colaboración interdisciplinar e institucional para que la IA sirva a la cultura y a la educación, no solo al mercado, regido por un peligroso y muy nocivo tecnofeudalismo —basado en el llamado capitalismo de vigilancia (surveillance capitalism), que la socióloga Shoshana Zuboff lleva estudiando desde hace más de una década—; quiero, por tanto, reflejar mi espíritu como defensor de la cultura profunda (en sus múltiples acepciones, como ya dejé escrito en mi libro de 2022, En el vientre de la ballena. Ensayo sobre la cultura, ensayo que, por cierto, surgió de un sueño), la educación crítica y el legado humanista en la era digital, aspectos que quiero transmitir al lector.

Pero antes permítaseme una anécdota reciente. Un sueño real. Decía que el español es la lengua en la que soñamos los hispanohablantes —en otras épocas he soñado también en portugués y en gallego—. Anoche, lunes 25 de agosto, tuve precisamente un sueño lúcido —utilizando la expresión de mi querido amigo Alejandro Jodorowsky—: dormía y soñé que las autoridades europeas creaban en el CERN, situado en Suiza, una inteligencia artificial que se dedicaba a rastrear y mapear a las demás inteligencias artificiales, la mayoría de ellas gestionadas por multinacionales de Estados Unidos. Me desperté. Tomé una nota de voz en donde recogí lo que acababa de soñar y luego la transcribí. Se trataba de una app de una IA-policía de la propiedad intelectual, que perseguía a las otras IAs en busca de violación de derechos de autor. Luego enviaba la información a la unidad de ciberseguridad de todos los países miembros del CERN y, a su vez, a todos los países de la Unión Europea. En el caso de España, la información se enviaba a todas las instituciones vinculantes de forma automática, lo que incluía ministerios, entidades de gestión como CEDRO o la SGAE, entre otras, sindicatos y asociaciones profesionales, centros de investigación, centros educativos, universidades, academias y, en el caso de las violaciones de derechos de autores o traductores en lengua española, además de a CEDRO, a la Real Academia Española y al Instituto Cervantes (con sus sedes por todo el mundo, en países no hispanohablantes). A su vez, la RAE, mediante una inteligencia artificial, enviaba esa información a todas las academias miembros de ASALE (Asociación de Academias de la Lengua Española). Ningún delito quedaría impune, ni los cometidos por inteligencias artificiales. Sí, lo sé, sueño cosas raras. Pero es lo que soñé. Continúo. Nos ponemos serios.

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Uno de los pilares de mi decálogo —la promoción del español como lengua global y el compromiso con la transparencia algorítmica— encuentra una traducción institucional clara en el proyecto LEIA (Lengua Española e Inteligencia Artificial), liderado por la Real Academia Española (RAE) y ASALE. Iniciado en 2019, LEIA persigue velar por el buen uso del español en tecnologías digitales mediante alianzas con gigantes como Alphabet (Google, YouTube y la IA Gemini), Microsoft (propietario de Windows y de LinkedIn; su IA es Copilot), Telefónica (y su chatbot Aura), Amazon (con su IA Alexa, Amazon Robotics, etc.) y X (Twitter), para garantizar que sus asistentes de voz, redes sociales, sistemas de mensajería y buscadores empleen un español correctamente normativizado.

En 2022, la RAE firmó además un convenio con el Gobierno español en el marco del PERTE «Nueva economía de la lengua», que contemplaba una inversión de 1100 millones de euros para desarrollar recursos lingüísticos, herramientas de verificación ortográfica y gramatical, y un observatorio de neologismos, todo accesible de forma gratuita y abierta. En 2023 se sumó un acuerdo específico con Google, que insertó el repertorio léxico del Diccionario de la lengua española (DLE) en su buscador y en el teclado virtual Gboard, ampliando así el alcance del español normativo en el uso cotidiano digital.

Como es sabido, el Instituto Cervantes desempeña un papel decisivo en la proyección del español en el ámbito tecnológico, docente y cultural. En 2021 firmó un protocolo con la empresa One Million Bot para impulsar herramientas de IA aplicadas a la enseñanza del español y la difusión de la cultura, como el asistente conversacional DulcineIA, ideado para facilitar la lectura del Quijote y promover la literatura clásica entre los jóvenes. Más recientemente ha lanzado el proyecto TeresIA, en colaboración con el CSIC y otras entidades, con el fin de reforzar la traducción de terminología en español mediante inteligencia artificial.

Además, el Instituto Cervantes impulsa el Observatorio Global del Español, iniciativa respaldada por el Ministerio de Asuntos Exteriores, Unión Europea y Cooperación. Entre sus objetivos está el estudio de la situación del español en la era digital, incluyendo su presencia e influencia en la inteligencia artificial. En 2024, el Instituto firmó con la UNAM un acuerdo para establecer un observatorio específico del español en Hispanoamérica y el Caribe, orientado a consolidar su uso como lengua científica, con atención especial a los desafíos que plantea la IA.

Vamos ahora de la lengua a los contenidos educativos y la IA (lo que incluye la IA generativa y la robótica). Como no soy un profesional ni ingeniero de IA, pero sí leo todo lo que puedo sobre ella, lo primero que hice fue consultar con un reconocido experto: David Vivancos, con quien ya había hablado en persona y guasapeado sobre el tema con intensa frecuencia. Él ha acuñado en español el concepto de artificiología.

Lo primero que le pregunté fue: ¿cómo crees que afectará la IA a la educación en español en el corto y medio plazo? Vivancos me respondió: «Permitiendo conectar de la mejor forma los estilos de aprendizaje con las formas de comunicarlo y democratizando los contenidos con independencia del idioma de origen, a medio plazo con la coeducación de IAs y robots humanoides en el aula». Luego le pregunté: ¿y al aprendizaje de idiomas, como por ejemplo el español? Me respondió: «Integrándolo mediante dispositivos ubicuos que enseñen en tiempo real mientras son útiles en casos de uso reales». Perfectamente resumido.

Para explicaciones extensas y detalladas, se deben leer sus últimos libros, que publica simultáneamente en español e inglés, pensando en un público lector global.

Como escritor en español, me preocupa cómo puede afectar la IA a la creación literaria y a la producción de libros en nuestra lengua. También al aprendizaje del español, que comparten más de seiscientos millones de personas —cien millones de ellas, por cierto, viven en países no hispanohablantes, dato nada baladí—. Se ha llegado a decir que, con la IA, un autor ya puede escribir y autopublicar más de mil libros en un año. Esto ha llevado a Amazon a limitar la autopublicación a tres libros diarios —sigue siendo un disparate—.

¿Ese autor que factura libros es realmente el autor? ¿De quién es, en realidad, la autoría de esos libros? ¿Estamos ante un nuevo concepto de autoría?

Le mandé dos mensajes de WhatsApp a Jorge Corrales, director general del Centro Español de Derechos Reprográficos (CEDRO): Chomsky escribió que la IA es el mayor robo de propiedad intelectual desde la llegada de los europeos a América —es decir, desde la expansión de la imprenta, siglos XV y XVI—. ¿Estás de acuerdo? Corrales me respondió:

«Sí, ya que, aun a sabiendas de que las reproducciones de las obras protegidas llevadas a cabo por los modelos de lenguaje vulneran lo fijado en el Convenio de Berna, cuyo artículo 9.2 indica que: “Se reserva a las legislaciones de los países de la Unión la facultad de permitir la reproducción de dichas obras en determinados casos especiales, con tal que esa reproducción no atente a la explotación normal de la obra ni cause un perjuicio injustificado a los intereses legítimos del autor”, se está haciendo todo lo posible para impulsar por la vía del derecho y por la vía de los hechos una nueva tecnología transformativa que va a diluir el valor del libro en el mercado mediante la comoditización, la saturación y el uso no apropiado de dicha tecnología por parte de empresas privadas y administraciones públicas».

Mi segunda cuestión fue: ¿qué papel tiene que desempeñar cada parte de la industria editorial y de las instituciones competentes para que los escritores y sus editores no vean copiados, plagiados o manipulados sus libros y artículos por la IA?

El director de CEDRO me escribió: «Los gobiernos simplemente deberían respetar lo fijado en los convenios internacionales firmados o lo determinado por la Carta de Derechos Fundamentales de la Unión Europea donde, en su artículo 17, aparece la propiedad intelectual. Ya existen precedentes donde la Comisión fijó un “marco de juego” de un derecho fundamental en su relación con las empresas tecnológicas (con serias dudas del Parlamento Europeo) y el Tribunal Europeo de Luxemburgo lo rechazó. Desde hace más de veinte años se ha venido debilitando el sistema de derechos de autor en Europa. Los creadores solamente piden lo siguiente:

Poder ejercer libremente el derecho a decidir sobre los usos (comerciales o no) que terceros realizan de sus obras, como ocurre con cualquier tipo de propiedad privada.

Que, en su caso, se definan condiciones adecuadas y transparentes de remuneración de dichos usos que reconozcan el valor de las obras en sus diferentes usos o actividades económicas.

Que el mercado de derechos para los usos de IAG (entrenamiento de modelos, fine-tuning —literalmente, ajuste fino— y usos realizados por usuarios con contenidos sujetos a derechos) sea transparente».

Le dije: Jorge, ¿cuál crees que será la relación entre las empresas tecnológicas que desarrollan IA y las empresas editoriales?

Me respondió: «Si no ponemos las bases suficientes para poder equilibrar la capacidad de negociación entre las Big Tech y los titulares, no habrá relación. Se potenciará no solo la precarización de la situación de los escritores, traductores, periodistas y editores, sino que también afectará a la capacidad crítica y la reserva cognitiva frente a la manipulación de los individuos, el aprendizaje, el progreso personal y una sociedad con más futuro. Esto no lo decimos nosotros, son datos recogidos en la segunda edición del Observatorio de la Sostenibilidad de la Cultura Escrita, una iniciativa de CEDRO que tiene como objetivo realizar un análisis de la situación de los derechos de autor del sector editorial en España. El sector editorial necesita de políticas predistributivas y no de potenciales políticas redistributivas. Un marco estable y fuerte de derechos de autor constituye un ejemplo de este tipo de políticas».

Aclarado el asunto legal y de derechos de los autores españoles, pasé al de los contenidos culturales y sus industrias. Le pregunté a mi amigo Jorge Morla, periodista de la sección de Cultura de El País y el articulista de videojuegos y realidad virtual más leído de España.

Jorge, en medio de los incendios de León, su provincia natal, me mandó un audio por WhatsApp, que transcribo literalmente:

«Por la parte cultural, lo que te puedo decir es que la inteligencia artificial va a cambiar muchísimo en muy poco tiempo todas las industrias culturales. Yo no sé si en el fondo, o sea, es decir, los productos que salgan van a cambiar porque integran una inteligencia artificial, pero desde luego, los procesos de fabricación de esos productos culturales van a cambiar un montón.

En la industria editorial, por ejemplo, se me ocurre Grammarly, que es muy buena, ahora ya digamos que tiene IA. Es una herramienta que utilizan escritores profesionales, que les dice: bueno, aquí hay un agujero de guion, o este personaje necesita más desarrollo… Quiero decir, trata los textos como el mejor editor de Anagrama podría hacerlo.

La industria musical, qué te voy a contar. Quiero decir, ahora mismo, si ya llevábamos una época en la que la tecnología posibilitaba que gente que no sabe leer una partitura, o que si le dices toca fa en el piano no tendrían ni idea de qué hacer, fuese reconocida como algunos de los músicos más famosos del mundo, pues si veníamos de ahí, imagínate hacia dónde vamos. Estamos hablando de que yo puedo hacer ahora mismo un hit de Bad Bunny —como ya pasó el año pasado— sin que él tenga conocimiento y que de repente lo pete. Habría que preguntarse también quién se lleva todos esos royalties, la publicidad de YouTube y esas cosas. Pero va a posibilitar que cualquier persona en su casa haga literalmente lo que quiera con la música.

En el audiovisual, mira, la semana pasada, digamos que el último modelo de Grok ya hace vídeos cortos partiendo de una fotografía. Ahora mismo, sobre todo, vídeos de contenido sexual, pero bueno, quiero decir, en el momento en que alguien se siente con un poco de talento y sepa ordenar cosas, pues ya saldrán cosas chulas. Recordemos siempre que estamos como en los primeros pasos de todas estas nuevas tecnologías.

En los videojuegos se utiliza la IA en un montón de sitios. Es verdad que siempre queda un reducto para la creatividad, pero a partir de ahora tú lo que vas a tener en la industria cultural es, creo yo, un asesor musical, un asesor editorial, un asesor en la construcción arquitectónica de los videojuegos, un asesor al que tú le darás órdenes y ejecutará por ti. Es decir, espero que nunca se pierda la capacidad de pensar, pero la capacidad de trabajar la inteligencia artificial la va a modificar por completo».

Muy impactante, lo que avanza Morla. Todos los autores debemos prestar mucha atención a esto y unirnos contra cualquier intento de expolio de nuestros derechos intelectuales.

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Para mi siguiente cuestión, avanzando desde la cultura española a la educación y, en concreto, a la enseñanza del español a no hispanohablantes, hice lo que hago siempre desde niño cuando no sé lo necesario de un tema: preguntar a los que saben mucho más que yo. Guasapeé a Javier Muñoz-Basols, con amplia experiencia en la Universidad de Oxford y nuevo director del Instituto Cervantes de Los Ángeles (California).

Le pregunté: Javier, ¿cómo afectará en la próxima década la IA a la enseñanza de lenguas y a la de la lengua española?

Muñoz-Basols, amablemente, me respondió con gran rigor académico:

«El desarrollo de la IA en los próximos diez años plantea retos y oportunidades tanto para la didáctica de lenguas como para la evolución del español. Son estos dos ámbitos que se van a desarrollar más que nunca en paralelo.

En el plano educativo, su éxito dependerá de la capacidad de integrarla pedagógicamente, superando el «efecto novedad» (Muñoz-Basols y Lvova, 2025) y evitando una dependencia excesiva de esta tecnología. En el plano lingüístico, el desafío radica en gestionar el impacto del «sesgo lingüístico digital (SLD)» (Muñoz-Basols, Palomares Marín y Moreno Fernández, 2024) y en preservar la diversidad dialectal del español, principalmente a nivel escrito y textual, frente a un español artificialmente estandarizado y homogeneizado, sin corresponderse necesariamente con el uso real de una comunidad de hablantes y, por lo tanto, carente de anclaje sociolingüístico.

1. En la enseñanza de lenguas

El impacto de la IA en la enseñanza y el aprendizaje de lenguas puede sintetizarse en tres conceptos clave: interacción ilimitada, feedback inmediato y autonomía en el aprendizaje (Muñoz-Basols y Fuertes Gutiérrez, 2024).

Aplicaciones como la plataforma de aprendizaje de lenguas Duolingo Max han comenzado a integrar elementos de IA que incluyen un avatar conversacional con el que el usuario puede conversar y simular interacciones. El repertorio comunicativo es, de momento, limitado (p. ej., aficiones o comidas favoritas) y la experiencia interaccional resulta aún poco natural. No obstante, existen ya chatbots que permiten desarrollar una interacción ilimitada y practicar competencias lingüísticas en distintos contextos y que requieren niveles diversos de competencia: desde una interacción básica en un aeropuerto hasta una simulación de entrevista de trabajo.

La posibilidad de recibir feedback inmediato en estos intercambios añade un valor pedagógico significativo: el estudiante no solo detecta errores, sino que obtiene indicaciones específicas para corregirlos y progresar en su aprendizaje. Finalmente, todo ello puede desarrollarse en un contexto de autonomía en el aprendizaje, ampliando las oportunidades de práctica más allá del aula y reforzando la idea de la IA como recurso de apoyo.

Ahora bien, este cambio plantea también interrogantes sobre el rol del docente. La figura del docente se redefine en la era de la IA como «mediador tecnológico», cuya tarea consiste en guiar hacia un uso crítico, ético y pedagógicamente significativo de la IA. Entre sus funciones destacan, entre otras:

a) orientar al aprendiente en la identificación de los beneficios y limitaciones reales de estas herramientas;

b) promover el pensamiento crítico y la reflexión sobre los sesgos presentes en los outputs generados;

c) diseñar interacciones más efectivas a través del dominio de estrategias como la elaboración de prompts eficientes.

En este sentido, resulta fundamental contar con marcos conceptuales que permitan estructurar la integración de la IA en la enseñanza y formar a los docentes. El Marco IMI+ (Integración, Multimodalidad, Interacción + Literacidad Digital y Pensamiento Crítico) constituye una propuesta en esta dirección (Muñoz-Basols et al., 2023; Muñoz-Basols y Fuertes Gutiérrez, 2024).

La integración se refiere a la incorporación coherente de la IA dentro de la planificación docente y los objetivos curriculares; la multimodalidad subraya el valor de los diversos canales de aprendizaje y herramientas potenciadas por IA (oral, escrito, audiovisual, interactivo); la interacción pone de manifiesto el carácter dialógico de la enseñanza de lenguas y la necesidad de aprender a interaccionar con estas herramientas; la literacidad digital apunta a la capacidad de interpretar, producir y evaluar información en entornos mediados tecnológicamente; y el pensamiento crítico implica analizar de manera consciente los usos y los límites de la IA. La combinación de estos cinco ejes ofrece al profesorado una hoja de ruta clara para aprovechar las posibilidades de esta tecnología emergente.

No obstante, la implementación de la IA en la enseñanza debe, como punto de partida, afrontar el reto del denominado «efecto novedad» (Muñoz-Basols y Lvova, 2025). Este fenómeno describe la fascinación inicial que suscitan tecnologías emergentes, como la IA, que tiende a desviar la atención hacia la experiencia novedosa en sí misma en lugar de hacia el aprendizaje que pudiera derivarse de ella.

Un paralelismo claro es la realidad virtual (RV): la primera vez que se utilizan gafas de RV, la atención cognitiva se concentra en la inmersión sensorial más que en los contenidos. Para evitar que algo similar ocurra con la IA, será esencial diseñar experiencias con objetivos pedagógicos explícitos y evaluar su impacto en términos de aprendizaje real.

De lo contrario, el riesgo es que los chatbots y otros sistemas potenciados por IA se conviertan en simples herramientas de «uso instrumental», comparables a un motor de búsqueda, sin generar ventajas para el aprendizaje que sean sostenibles en la adquisición de la lengua a corto plazo. De hecho, un uso «acrítico» podría propiciar una dependencia tecnológica —por ejemplo, en la redacción de textos en la lengua meta—, lo que iría en detrimento del desarrollo de la competencia escrita de cualquier aprendiente de lenguas.

2. La lengua española

El impacto de la IA no se limitará al ámbito pedagógico, sino que también afectará a la evolución del español como lengua. Uno de los efectos más visibles se relaciona con el concepto de «sesgo lingüístico digital» (SLD) (Muñoz-Basols, Palomares Marín y Moreno Fernández, 2024). Este término hace referencia a la hibridez lingüística que producen los sistemas de inteligencia artificial generativa (IAGen) en sus outputs, tanto a nivel interlingüístico (p. ej., calcos lingüísticos del inglés, tanto a nivel léxico como sintáctico) como intralingüístico (p. ej., en relación con las distintas variedades de la lengua).

La familiaridad creciente de los hablantes con textos generados por modelos de lenguaje masivos (MLM, LLMs en inglés), entrenados mayoritariamente en inglés, puede conducir a una dificultad progresiva para distinguir entre lenguaje humano y lenguaje artificial. Por un lado, los sistemas conversacionales están alcanzando mayor precisión gramatical; por otro, su difusión masiva en ámbitos como los medios de comunicación, la publicidad, los productos audiovisuales o las redes sociales contribuye a la interiorización por parte de los hablantes de patrones lingüísticos que, aunque correctos, no reflejan el uso natural o espontáneo de la lengua por parte de una comunidad hispanohablante en particular.

Por ejemplo, en las interacciones actuales con chatbots se percibe la transferencia de estructuras discursivas del inglés al español, especialmente en el uso reiterado de adjetivos valorativos o de giros poco frecuentes en la comunicación espontánea entre hablantes nativos. Este fenómeno, aparentemente anecdótico, podría convertirse en una tendencia de largo alcance si se normaliza a través de diferentes canales de difusión.

A nivel dialectal, la situación plantea desafíos aún más complejos. El español generado por IA no responde a ninguna de las variedades reconocidas (mexicana, peninsular, rioplatense, caribeña, etc.), sino que constituye una variedad artificial y algorítmica, producto de combinaciones estadísticas. El riesgo es que esta variedad se imponga y que la IA esté ya promoviendo una «pseudolengua» o una «lengua neutral artificial» (Muñoz-Basols, Palomares Marín y Moreno Fernández, 2024, p. 638), desplazando o invisibilizando la riqueza dialectal existente.

En la próxima década, es posible que la exposición continuada a estos usos conduzca a la adopción inconsciente de innovaciones léxicas y sintácticas originadas en outputs de IA, fruto de la combinatoria algorítmica de los MLM, que generan secuencias lingüísticas estadísticamente probables y gramaticalmente correctas. Aunque al principio estos rasgos puedan percibirse como extraños o poco naturales, a medida que se difundan a través de los medios, la publicidad, las redes o los productos audiovisuales, estos usos podrán terminar incorporándose de forma inconsciente al acervo lingüístico colectivo de los hispanohablantes».1

No cabe duda de que todos los profesionales de la cultura estamos atentos a cómo la transformación digital, que encabeza la inteligencia artificial, va a modificar tanto la educación como la cultura y las ciencias. Y, por supuesto, al propio periodismo y a la comunicación personal o corporativa. Jot Down ya se ha ocupado de algunos aspectos desde el enfoque del humanismo digital, con dos ejemplares homónimos de la revista (cfr.: «Los algoritmos sueñan con Notre Dame: humanismo digital by Jot Down», por Ángel L. Fernández Recuero) y artículos de calado intelectual, como el de Martín Sacristán«Hacia un siglo de las sombras: la fuerza del humanismo digital oscuro»— o la reflexión filosófica acerca de la alienación provocada por la digitalización algorítmica, caso del artículo de Irene Mozo, «Alienación: la libertad saluda desde el televisor». Conviene leerlos al concluir este artículo.

En el fondo, vivimos una bulimia de contenidos de la que la algoritmocracia —parte también del capitalismo de plataforma, como me escribió Ingrid Guardiola en mi libro citado ut supra— extrae los datos para este nuevo sistema económico destinado al lucro de una ultraminoría social. Ante esto, no basta solo con estar atentos y tener juicio crítico, sino que hay que volver a la cultura, ejercer un sano y necesario activismo cultural.

Ya todos somos conscientes de ello. No solo en el ámbito hispánico, claro. Es algo global. Por ejemplo, hoy, cuando concluyo estas líneas para Jot Down, escucho con atención en YouTube las conferencias que la UNESCO desarrolla en Barcelona con motivo de MONDIACULT 2025, la Conferencia Mundial de la UNESCO sobre Políticas Culturales y Desarrollo Sostenible, que se está celebrando en Barcelona (29 de septiembre al 1 de octubre de 2025). Se reúnen dirigentes de los ciento noventa y cuatro estados miembros de la UNESCO, además de organizaciones culturales, artistas y creadores de la sociedad civil, para definir la agenda global de la cultura.

Sus ejes temáticos incluyen, cito, «los derechos culturales, cultura digital, educación cultural, economía de la cultura, cultura y acción climática, y patrimonio en crisis; además de enfocarse en la cultura para la paz y la inteligencia artificial». Hay dos paneles titulados: «Cultura y tecnologías digitales / Cultura e inteligencia artificial» y «Cultura y transformación digital & Cultura e inteligencia artificial». Queda claro que el asunto es inagotable y dará mucho de qué hablar.


Notas

(1) Fuentes propias que aportó Muñoz-Basols

Muñoz-Basols, J., Palomares Marín, M. y Moreno Fernández, F. (2024). «El sesgo lingüístico digital (SLD) en la inteligencia artificial: implicaciones para los modelos de lenguaje masivos en español». Lengua y Sociedad, 23(2), 623-647.

Muñoz-Basols, J. y Lvova, Y. (2025). «El efecto novedad en la integración de la IA generativa: perspectivas de docentes y aprendientes en la preparación de exámenes de certificación DELE». Revista Internacional de Lenguas Extranjeras / International Journal of Foreign Languages, (23), 121-160.

Muñoz-Basols, J., Neville, C., Lafford, B. A. y Godev, C. (2023). «Potentialities of applied translation for language learning in the era of artificial intelligence». Hispania, 106(2), 171-194.

Muñoz-Basols, J., Fuertes Gutiérrez, M. y Cerezo, L. (Eds.). (2024). La enseñanza del español mediada por tecnología: de la justicia social a la inteligencia artificial (IA) (1.ª ed.). Routledge.

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2 comentarios

  1. Completísimo artículo. Abre tantas vías de reflexión que podría ser el origen de un monográfico colectivo sobre el tema de la IA en la educación y en industrias culturales.

  2. Maite Rodríguez

    Me ha gustado mucho el afán divulgativo y la humildad de Diego Moldes, que, en los aspectos que no conoce bien en lugar de escribir sin saber, da voz a los que saben de sus temas, citándolos en extenso. Eso enriquece el artículo. Como soy profesora de lengua española, lo que dice Javier Muñoz-Bassolls, es muy interesante.
    Maite.

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