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Alienación: la libertad saluda desde el televisor

Alienación: la libertad saluda desde el televisor

Los más pequeños de la casa ya no se sienten captados por los colores de la «caja tonta», sino por la pantalla del smartphone de mamá o papá. El móvil se puede agarrar entre las manos y, además, se parece mucho a los juegos interactivos modernos que regalan los tíos el día del cumpleaños. Lucecitas, sonidos, aparente elección, flujo sin fin; peligroso descubrimiento… demasiados estímulos para mentes que crecerán aisladas de la vida con los demás.

Este podría ser un buen encabezado para aquellos que esperan encontrar un artículo más sobre cómo los jóvenes acaban perdiéndose en las perversidades de la red, empezando por la naturalización de lo digital en las edades tempranas: la nueva alienación. Tal lectura es plausible y esperable; sin embargo, nuestros jóvenes están tan alienados como libres, en la misma proporción que cada una de las generaciones anteriores. En efecto, no se inventó la libertad más que como espejo del alienado. 

Si decimos eso no es porque tales nociones tengan una solidez sustantiva, aplicable a individuos concretos —de modo que los haya de un tipo y de otro—. Somos todos tan libres como alienados sencillamente porque son dos polos de la misma moneda: uno ayuda a entender al otro y, ambos, a la sociedad. Exponer una realidad consiste siempre en recurrir a mitos, a imágenes, a objetos hipotéticos, cuya entidad depende de su manejo constante y de su potencia explicativa dentro de la comunidad (en ciencias sociales y naturales y, antes que ellas, hasta en religión). La «libertad» ha sido ese gran mito que nos ha explicado a nivel teórico la alienación propia del capitalismo de una manera excepcional, con Smith o con Marx. Como binomio sociopolítico, el eje libertad-alienación se ha mostrado eficiente para analizar fenómenos económicos y sociales, pero justo en razón de ser, uno y otro, términos ideales. Eso implica que su valor no puede ser el de un significado absoluto —como si alguien pudiera saber cuál es sin ser sospechoso de comulgar con alguna secta—, sino la capacidad de mostrar la equidistancia. 

La cuestión es que, ciertamente, los teóricos del siglo XIX y XX lo hicieron muy bien acudiendo a esa terminología (Durkheim, Weber, Adorno, Heidegger, Foucault, Marcuse, Sartre…), pero su popularidad y genialidad han propiciado que el mito explicativo se devore a sí mismo (si acaso no llevaba ocurriendo durante toda la historia). La gente ha terminado creyéndoselo. Hasta debajo de las piedras aparecen gurús de la libertad, que se diferencian del resto de mortales porque no han sucumbido —ya sea porque hacen gimnasio o porque leen muchos libros— a la dictadura de la mayoría. Así, la libertad o ausencia de ella ha pasado de ser una categoría analítica a transferirse al circo de las identidades, donde las cosas no se analizan desde un marco u otro, sino que se reducen de manera irrevocable y engañosa a una instancia absurda de la voluntad (la que sea, en función del interés catártico del opinador de turno). Para que se alienen los que suben selfis a redes sociales, se alienan también los señores que escriben editoriales contra ellos; cada uno «eligiendo» su libertad y su opresión. No resulta extraño, entonces, que en los bares y conversaciones del parque los viejos sean siempre «más listos» que los jóvenes y los jóvenes «más listos» que los viejos, solo porque las alienaciones de unos son invisibles para los otros.

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3 comentarios

  1. Gracias Irene por estas joyitas que dejas en jotdown. Se leen y releen encontrando matices y recordando.

  2. Este excelente, claro y elaborado artículo sería una promesa de liberación, con la alienación bien identificada, en manera tan nitida que quien lo ignore por considerarlo otra teoría más, tendría que avergonzarse de considerarse libre, o alienado si son espejos o medallas. Este comentario me suena a sarcasmo. Puede ser. Será porque el sarcasmo o la ironía serían las últimas pancartas para protestar mientras descendemos por este tobogán alucinante del progreso. Muy buena lectura, estimada, para leer y releer sabiendo que nada cambiará. La lectura es un buen sedante, o placebo.

  3. Cambiar todo para que nada cambie era el lema en la novela del Gatopardo, y es verdad que aunque vivamos en tiempos convulsos, ningún tiempo pasado fue mejor ni peor, fueron simplemente otros tiempos. Tiempos de esclavos que buscan ser libres para esclavizar a otros ilienados. Tiempos de guerra, siempre de guerra, terminada una empezada otra y la anhelada paz que no llega del todo. Ni libertad ni alienación y ambas ahí, para acercarse a cada una de ellas dando bandazos, yendo de la una a la otra. Lo mejor de todo : el articulo motivador de este comentario que inspira a no quedarse enterrado en la cuneta

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