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Los falsificadores (7): Bolívar Coronado, inventor de poetas

Rafael Bolívar Coronado. (DP)
Rafael Bolívar Coronado. (DP)

Cualquiera de ustedes se sabe unos versos suyos, aunque no sepa que se los sabe: fue el autor de Alma llanera, considerada himno oficioso de Venezuela. Es una zarzuela que termina con un tema que se hizo muy popular y que llegó naturalmente a España: «Yo nací en una ribera del Arauca vibrador / soy hermano de la espuma / de la zarza, de la rosa / soy hermano de la espuma, de la zarza, de la rosa / y del sol». Periodista venezolano que se codeó en España con los ases del modernismo a principios de siglo, logró que Villaespesa se apiadara de él y le diese trabajo como corrector de pruebas de la revista Cervantes, que el almeriense dirigía. Era un pésimo corrector, pero es que además colaba entre las pruebas textos firmados por grandes autores que había escrito él. La cosa funcionó y la revista pareció elevar su estatura gracias a aquellas colaboraciones, hasta que uno de los autores falsificados protestó a la dirección asegurando que él no había escrito el cuento que se le infligía. Bolívar fue despedido, dado que sus explicaciones no resultaron convincentes. Un compatriota suyo, Blanco Fombona, director de la editorial América, le ofreció trabajo: consistía en acudir a la Biblioteca Nacional y copiar unas crónicas de Indias para componer con ellas un volumen de su colección selecta. Bolívar pensó que le cansaría menos inventarse las crónicas que copiarlas en la Biblioteca Nacional y, ni corto ni perezoso, escribió él las crónicas que supuestamente tenía que copiar. Lo mejor de todo es que eran muy buenas, o eso pensó Fombona, que las celebró antes de publicarlas, y hasta que el historiador Vicente Lecuna no las leyó y le demostró minuciosamente al editor que eran falsificaciones, pasaron por auténticas crónicas de Indias. Fombona acudió precipitado a la Biblioteca Nacional a comparar los manuscritos que mandó copiar con las redacciones de Bolívar: se le cayó el alma al suelo primero y estalló en una carcajada después.

Bolívar en pocos años llegó a firmar textos de casi quinientos autores en periódicos y revistas. Entre ellos, alguno del propio Blanco Fombona. También es obra suya la primera biografía en español del nuevo zar ruso Vladímir Ilich Lenin, publicada en 1917.

Su nombre lo reservaba Bolívar para artículos incendiarios contra la dictadura venezolana que lo había condenado al exilio. Esos artículos militantes y crudísimos activaron al embajador de Venezuela en España, que solicitó que se le expulsara del país acusándolo de anarquista peligroso y simpatizante comunista.

Su anterior jefe, Blanco Fombona, historiador del modernismo, poeta regulero pero excelente duelista, del que la leyenda dice que había matado a doce adversarios, se propuso cazar a Bolívar y hacerle pagar la afrenta de haberlo ridiculizado ante el mundo literario hispano. Lo persiguió por toda Europa: si le decían que andaba lampando por París, a París se iba; si le decían que había conseguido que sus filias marxistas le hicieran sitio en un gabinete de prensa en Moscú, en Moscú se encajaba. No lo encontró. Lo que se encontraba de vez en cuando eran artículos contra la mediocridad de su obra, firmados por anagramas o juegos de sílabas que recordaban su propio nombre: Rufino Negro Assesin y cosas así.

Pero la gran obra de Bolívar Coronado, la más monumental, es la que le coló a la casa Maucci, que se había propuesto compilar lo mejor de la poesía en español en volúmenes dedicados a cada una de las repúblicas americanas. A Bolívar se le confió la antología que mostrara lo más destacado de la lírica ecuatoriana, la costarricense y la boliviana. Modesto como era, dijo que sus conocimientos le alcanzaban para ocuparse de la costarricense y de una Antología de poetas americanos, pero que gestionaba la asignación de las otras a unos amigos suyos, uno de ellos nada menos que José Brissa, conocido por haberse ocupado de hacer una de las primeras antologías de la poesía española del XX, quizá solo adelantada por la que a principios de siglo realizara Emilio Carrere, La corte de los poetas. Sin que Brissa tuviera idea del encargo, apareció con su firma el Parnaso ecuatoriano, compuesto por sesenta poetas ecuatorianos que se inventó Bolívar Coronado, que además inventó a los poetas del Parnaso boliviano, adjudicado a un seleccionador también inventado. A esos libros añadió el Parnaso costarricense, que sí firmó con su nombre (aunque los poetas antologados eran igualmente inventados). No hizo el menor esfuerzo por leer autores de esos países para entresacar sus piezas más honrosas: le costaba menos escribirlas e inventarse autores. Decenas y decenas de autores tuvo que inventarse, autores de épocas diversas, para llenar esos tres tomos que, una vez publicados, recibieron sendas reseñas entusiasmadas, todas ellas escritas, naturalmente, por el propio Bolívar Coronado.

Un amigo suyo tenía un ejemplar del libro Sucesos extraordinarios de un tal Santos Pérez con una dedicatoria en la que Bolívar Coronado reconocía su autoría y declaraba que lo que se publicaba en ese volumen contenía las páginas de las que menos insatisfecho estaba. Pero dado que la primera edición de Calleja de ese libro es anterior a la llegada a España de Bolívar, y si bien es verdad que no sabemos nada del autor Santos Pérez, resulta más que dudosa la atribución: solo sirve para fijar el colmo de la superchería de Bolívar tomándole el pelo a su amigo, al que indujo a pensar que los cuentos infantiles de Santos Pérez los había escrito él y se los había asignado a un nuevo autor inventado. Bolívar, no contento con inventar autores y escribirles obra, daba un paso más —antes de Pierre Menard— y se apropiaba alegremente de lo que no había escrito él (apropiarse a escondidas, claro, porque tampoco lo firmaba).

Así pues, la obra literaria de Bolívar Coronado consta —excluyendo la infinidad de artículos que le adjudicó a varios centenares de autores— de tres tomos en los que se recogen varias crónicas de Indias, cuatro antologías poéticas en las que la casi totalidad de autores seleccionados y sus composiciones fueron invenciones suyas (y cuando son de otros autores, todas ellas aparecen remendadas por el antólogo), una biografía de Lenin que firmó junto a un ignoto Jesús de Castilla (el libro para niños hay que descontarlo de la bibliografía que se le suele adjudicar). A todo ello hay que añadir los libros en los que se hizo pasar por autores que sí existían, como la antología que firmó José Brissa, llena de poetas inventados; un volumen con Obras científicas de Agustín Codazzi (en el que estudia las costas de Suramérica, los yacimientos de Yururay, las cuencas hidrográficas de Venezuela y los volcanes); un examen de la literatura española de la primera mitad del siglo XIX que le enjaretó al erudito Rafael María Baralt (con prólogo entusiasmado de Blanco Fombona, que ni se olió que, junto a ensayos que se ocupaban a destiempo de publicaciones viejas, había otros ensayos que versaban sobre obras que no habían tenido la precaución de haber sido escritas y publicadas cuando los ensayos consignaban sus apariciones: también en esto es muy protoborgiano Bolívar, simular la existencia de libros que reseña minuciosamente para aplaudirlos o aborrecerlos; pero es que, buena prueba de que lo que hoy tomamos por voz inconfundiblemente borgiana, al leer a Bolívar, disfrazado de Baralt, se nos aparece nítidamente como voz de la época: «¿Qué idea abrigarían de estos autores no despreciables que apenas vacilaban al consignar en sus escritos, tras fatigar erudiciones, que la catedral de Toledo calcaba el templo de Diana en Éfeso? ¡Cuántos sabios que se han ocupado de las antigüedades de Andalucía solo han parado en árabes y romanos, apellidando fenicio todo aquel resto cuya cuna no pudiesen determinar!»). También, para que se viera la flexibilidad de su esgrima verbal, un estudio sociológico sobre Venezuela titulado El llanero, firmado por el historiador Daniel Mendoza.

Tal cantidad de obra no le reportó beneficio suficiente para salir de la miseria en la que murió en 1924.

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2 comentarios

  1. ¡Pero qué hombre más maravilloso! lástima el final que tuvo…

  2. Me encanta esta serie.

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