
Primero le ponen una tiara de mujer, pero no les convence el resultado. Luego prueban con el penacho de un caballo, pero la cosa tampoco funciona. El alzamiento casi fracasa por aquella tontería: para aclamar a un emperador hay que coronarlo con hojas de laurel, pero en aquel lugar no crecen laureles por ninguna parte. Estamos en el año 360 después de Cristo. La antigua Lutecia, o la civitas Parisiorum, la ciudad de los Parisios, como la llaman ahora sus habitantes, no es más que una isla embarrada en mitad del Sena. Al final, los soldados se conforman con el collar de un draconario, el abanderado de las legiones romanas, engarzado sobre el pelo de Juliano como si fuera una corona. Luego le obligan a encaramarse a un escudo y lo pasean por la ciudad al estilo galo.
El problema es que Juliano no quiere ser emperador. Es más: si todavía está vivo es porque nunca ha puesto interés en ello, a pesar de pertenecer a la familia real. Por el contrario, su padre, su hermano mayor y el resto de varones de la dinastía han sido asesinados uno a uno por su primo, el emperador Constancio. Juliano creció en el exilio, lejos de Constantinopla y de las intrigas palaciegas, tutelado por varios obispos y preceptores de Nicomedia y Capadocia, y ni siquiera recibió instrucción militar. En lugar de eso, dedicó su juventud a lo que más le apetecía: viajar por Grecia para aprender filosofía y retórica de los maestros neoplatónicos. A sus veintinueve años, Juliano es un verdadero erudito, capaz de citar de memoria a Platón y Aristóteles y de recitar la Odisea sin titubear. Incluso ha renegado del cristianismo para abrazar la antigua fe olímpica, aunque eso todavía lo lleva en secreto. ¿Cómo va a convertirse en el nuevo emperador, piensa él, si ni siquiera profesa la religión mayoritaria en el imperio?
La culpa de todo la tiene Constancio, el emperador actual, y su obsesión por legar el trono a un miembro de la dinastía constantiniana. ¿Quién le manda purgar a todos sus parientes masculinos, entonces, sabiendo que él mismo no puede tener hijos? Constancio lo ha intentado con tres mujeres ya, y nada. Al final, temiendo que se le echara encima la edad o algo peor, no había tenido más remedio que designar a Juliano como heredero, nombrándolo césar y poniendo varias legiones a su cargo, simplemente porque era el único hombre de la familia que permanecía con vida. Y encima le había obligado a casarse con su hermana pequeña, Helena, para que engendraran vástagos de pura sangre real. Eso fue hace cuatro o cinco años, cuando Juliano rondaba los veinticinco. Lleva desde entonces en la Galia, combatiendo con las tribus germánicas y aplicándose en la tarea de traer un hijo al mundo, pero eso no lo ha conseguido. De hecho, Helena muere poco después de la aclamación de Juliano, víctima de un embarazo que no llega a término.
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Puestos a fantasear vayámonos por las ramas de la Historia. Si los pueblos de las estepas del II o III dc, único caso de masiva invasión violenta del Oriente hacia Occidente, no hubiese sucedido (el grande Montanelli tituló un capítulo de su grandiosa Historia de Italia con “Oriente (¿o China?, no rercuerdo bien) creó el Occidente”) los pueblos germánicos habrían seguido estando en ese pequeño pedazo de territorio que compone nuestro Occidente, yendo y viniendo en carretas y siempre guerreando entre ellos, con esa mezcla de admiración y odio por la cercanísima civilización greco romana, con su capital intacta (al no exitir Atila tampoco hubiese existido Alarico) que los habría englobado hacia la civilización como tantos otros pueblos bárbaros, sin las consecuencias que nos han enseñado: la destrucción de Roma, la fragmentación de una sociedad única en la historia sostituida por innumerables y pequeños reinos guerreros, que tardaron siglos en unificarse para dar lugar a estados, que, como siempre volvieron a sus viejas costumbres: guerrear entre ellos, con la tribus germánicas de los francos degollando a sus primos sajones porque no aceptaban el cristianismo, y que dio lugar al odio y horror posterior que conocemos con la guerra franco prusiana, la primera y segunda guerras que siguieron a la de 30 años o más, las de religion, de los imperios (ingleses, franceses, belgas, holandeses y los “orgullosos descendientes de godos” de españoles y portugueses) con bombas al fósforo y atómicas, siempre en nombre de la libertad, de comercio pero no de religión. Si el agresivo y primigenio cristianismo se hubiera quedado en Palestina, pongamos por caso que debido a que Paulo no sobrevivió a ese naufragio que consideró milagroso, no habríamos conocido el abominio de ver sostituidas las absolutas bases fundanate de nuestra religion, la compasión y la justicia por la arrogancia, la intolerancia, la crueldad y el lujo, inventando hogueras y cruzadas. Es inútil seguir. Sólo se salva la literatura. Gracias por el ejercicio forzado.