
Primero le ponen una tiara de mujer, pero no les convence el resultado. Luego prueban con el penacho de un caballo, pero la cosa tampoco funciona. El alzamiento casi fracasa por aquella tontería: para aclamar a un emperador hay que coronarlo con hojas de laurel, pero en aquel lugar no crecen laureles por ninguna parte. Estamos en el año 360 después de Cristo. La antigua Lutecia, o la civitas Parisiorum, la ciudad de los Parisios, como la llaman ahora sus habitantes, no es más que una isla embarrada en mitad del Sena. Al final, los soldados se conforman con el collar de un draconario, el abanderado de las legiones romanas, engarzado sobre el pelo de Juliano como si fuera una corona. Luego le obligan a encaramarse a un escudo y lo pasean por la ciudad al estilo galo.
El problema es que Juliano no quiere ser emperador. Es más: si todavía está vivo es porque nunca ha puesto interés en ello, a pesar de pertenecer a la familia real. Por el contrario, su padre, su hermano mayor y el resto de varones de la dinastía han sido asesinados uno a uno por su primo, el emperador Constancio. Juliano creció en el exilio, lejos de Constantinopla y de las intrigas palaciegas, tutelado por varios obispos y preceptores de Nicomedia y Capadocia, y ni siquiera recibió instrucción militar. En lugar de eso, dedicó su juventud a lo que más le apetecía: viajar por Grecia para aprender filosofía y retórica de los maestros neoplatónicos. A sus veintinueve años, Juliano es un verdadero erudito, capaz de citar de memoria a Platón y Aristóteles y de recitar la Odisea sin titubear. Incluso ha renegado del cristianismo para abrazar la antigua fe olímpica, aunque eso todavía lo lleva en secreto. ¿Cómo va a convertirse en el nuevo emperador, piensa él, si ni siquiera profesa la religión mayoritaria en el imperio?
La culpa de todo la tiene Constancio, el emperador actual, y su obsesión por legar el trono a un miembro de la dinastía constantiniana. ¿Quién le manda purgar a todos sus parientes masculinos, entonces, sabiendo que él mismo no puede tener hijos? Constancio lo ha intentado con tres mujeres ya, y nada. Al final, temiendo que se le echara encima la edad o algo peor, no había tenido más remedio que designar a Juliano como heredero, nombrándolo césar y poniendo varias legiones a su cargo, simplemente porque era el único hombre de la familia que permanecía con vida. Y encima le había obligado a casarse con su hermana pequeña, Helena, para que engendraran vástagos de pura sangre real. Eso fue hace cuatro o cinco años, cuando Juliano rondaba los veinticinco. Lleva desde entonces en la Galia, combatiendo con las tribus germánicas y aplicándose en la tarea de traer un hijo al mundo, pero eso no lo ha conseguido. De hecho, Helena muere poco después de la aclamación de Juliano, víctima de un embarazo que no llega a término.
Ah, la aclamación. Otro patinazo de Constancio. Los legionarios que lidera Juliano no son soldados ordinarios: son galorromanos especializados en combatir a los alamanes y francos. Por eso están acuartelados allí, en Parisiorum, y no en un enclave más templado. Aquellos hombres se habían enrolado en el ejército con la condición de no ser desplegados más allá de los Alpes, pero a Constancio se le acaba de antojar que acudan a Persia, nada menos, donde él mismo se encuentra liderando la defensa de la frontera oriental. ¿Pero a quién se le ocurre algo así en el siglo IV, cuando las sublevaciones y los golpes de Estado están a la orden del día? Al enterarse de su nuevo destino, los soldados no han dudado: se depone al emperador, se corona uno nuevo y punto. Y qué mejor candidato que el propio Juliano, a quien tienen tan a mano. Amiano Marcelino, un militar que sirvió a sus órdenes en la Galia, cuenta que Juliano llegó a implorar a los soldados que no lo aclamaran, «extendiendo hacia ellos manos suplicantes», y que tuvo que acabar aceptando porque «comprometía la vida insistiendo en la negativa». El propio Juliano lo confirma en varios textos suyos que han llegado hasta nuestros días1.
Cómo es la vida, se dice Juliano con resignación. Hace nada se encontraba tranquilamente en Atenas, estudiando a Homero e iniciándose en los misterios de Mitra, y ahora cruza Europa con sus legiones para reclamar un trono que no desea2. En público arenga a las tropas y se muestra confiado, pero en su mente cavila y rebusca para dar con la fórmula que le permita salir airoso de aquel embrollo. Quizá pueda hacer como el general Vetranión, por ejemplo. Hace un tiempo, él también fue aclamado por sus legiones, pero a la hora de la verdad se rindió ante Constancio. El emperador fue magnánimo, recompensándolo con un sueldo vitalicio y un retiro de lujo en Bitinia. O quizá Constancio acepte a Juliano como coemperador, repartiéndose Oriente y Occidente entre ambos. La fórmula lleva sin ponerse en práctica desde los tiempos de la tetrarquía, pero cualquier cosa es mejor que arriesgarse a una guerra civil. ¿Pensará su primo igual? Juliano descubre que no. Después de ofrecérselo por carta3, explicándole con sinceridad lo que ha ocurrido, Constancio le contesta con otra proposición: enfrentarse en campo abierto y que gane el mejor. El muy idiota.
Pero la dios Fortuna sonríe a Juliano, muy a su pesar. A su paso por la provincia de Dacia, ya no lejos de Constantinopla, recibe la noticia de que Constancio no acudirá a la batalla. Por lo visto, ha muerto de fiebres en Cilicia, mientras regresaba de Persia, y le ha confirmado como heredero en su lecho de muerte. El imperio romano, ahora sí, tiene nuevo emperador: Flavio Claudio Juliano Augusto, sobrino de Constantino el Grande y nieto de santa Helena de Constantinopla4. La historia le reservará un nombre menos amable: Juliano el Apóstata.
El paréntesis de Juliano
El emperador efectúa su entrada en Constantinopla el 11 de diciembre del año 361. Lo primero que anuncia es que no habrá una emperatriz a su lado. Es más, su intención es hacer voto de castidad, así que tampoco tendrá hijos. La decisión desata las habladurías, pero eso le importa poco: quien quiera conocer la razón, que lea la Política de Aristóteles. Allí el filósofo explica que la monarquía no es mala en sí, ya que se puede hacer rey a un hombre virtuoso. Lo malo es que sea hereditaria, ya que la corona pasa luego a sus hijos y no a otros hombres como aquel. Y sería ingenuo confiar en un rey bienintencionado en este sentido, porque negar el trono a los descendientes para entregárselo a alguien mejor es «propio de una virtud que excede la naturaleza humana»5. Juliano prefiere no preguntarse qué haría él llegado el caso, o quizá es que ya conoce la respuesta. Lo mejor es no tener hijos y punto.

Tampoco hay grandes banquetes y juegos con ocasión de la coronación. El emperador ha renunciado al aurum coronarium, la generosa suma de dinero que le corresponde por acceder al trono, así que las celebraciones se limitan a lo imprescindible. Ni siquiera se deja ver en el palco imperial del Hipódromo: Juliano admite abiertamente que detesta el deporte rey, las carreras de caballos. La mayoría de los romanos ven su cara por primera vez en el reverso de las nuevas monedas, que no tardan en acuñarse. En ellas aparece con una sencilla diadema de perlas, al estilo heleno, y una barba que recuerda decididamente a la de Marco Aurelio, el único emperador filósofo que ha tenido Roma hasta ahora. Sus súbditos deben saber que él se propone ser el segundo. Para ello designa como consejero a Máximo de Éfeso, uno de los mayores filósofos del momento, y se rodea de un pequeño grupo de sabios, rétores y eruditos de confianza. También reduce la guardia imperial a cincuenta efectivos, despide a buena parte de los eunucos y se instala en unos aposentos sencillos del Gran Palacio, donde vive con austeridad y se dedica a escribir intensamente. Entre la correspondencia, los discursos, las leyes y los tratados y alguna que otra composición poética, Juliano se convierte en el emperador más prolífico de la antigua Roma.
Una de sus primeras decisiones es celebrar un macrojuicio para depurar la administración central, aunque eso no debe sorprender: se trata de algo habitual durante los relevos imperiales. Lo que tienen de particular los Juicios de Calcedonia, como se acabaron conociendo, es que casi todos los procesados son oficiales del ejército que ocupan altas magistraturas, incluyendo el consulado y la prefectura del pretorio. Juliano quiere atajar la corrupción, pero no solamente eso: además está decidido a desalojar a los militares del poder y devolver el gobierno a los políticos civiles, como en los tiempos de esplendor de Roma6. Para contribuir a ello también acude con frecuencia a los plenos del Senado, designa como gobernadores a miembros del estamento senatorial y refuerza la independencia de la cámara con una nueva ley de inmunidad parlamentaria. Incluso le molesta el título que él mismo lleva, Dominus noster, que podríamos traducir como «Nuestro amo» o «Nuestro señor», e insiste en que deje de usarse. La idea de considerar al emperador como dueño de Roma le resulta incivilizada.
Al emperador también le preocupa el centralismo. Que la capital acapare los recursos y asfixie a las regiones es un problema en cualquier lugar, pero lo es más todavía en un imperio con dos capitales, Roma y Constantinopla, que precisamente ha fiado su futuro un modelo territorial descentralizado. ¿Cómo era aquello que decía Platón en la República? ¿Que «en cada Estado hay muchos Estados; si los tratas como a uno solo, te equivocarás de cabo a rabo»? El emperador dota a las provincias y las ciudades de mayor autonomía política y fiscal y desmantela el cursus publicus, el servicio de transporte de correo, dinero y mercancías estratégicas que conecta las regiones con la capital, pero no entre ellas. Es una medida controvertida, pero Juliano confía en que traerá prosperidad a la larga. En su famosa carta dirigida al filósofo Temistio, el soberano arremete contra el cortoplacismo, que responsabiliza de muchos de los males del imperio, y sostiene que un buen gobernante debe «redactar y promulgar las leyes no para los contemporáneos, sino para los hombres futuros». En el Misopogon, un divertidísimo discurso dirigido a los ciudadanos de Antioquía, desvela el principio que guía todas sus políticas indirectamente: «velar de que los pobres sufran lo menos posible las injusticias de los ricos»7.
La medida más controvertida del reinado de Juliano es reabrir los viejos templos, volver a autorizar los augurios y los sacrificios y restaurar el culto público a los dioses grecolatinos. En otras palabras: devolver al imperio la religión politeísta tradicional. Para ello también desmantela el régimen de privilegios fiscales y políticos del que gozan las instituciones cristianas, devuelve a las órdenes paganas los templos confiscados y reconvertidos en iglesias y se propone acabar con el adoctrinamiento religioso en las escuelas, prohibiendo que los maestros cristianos enseñen gramática y retórica. «No afirmo que los educadores de los jóvenes tengan que cambiar de creencias», advierte, «sino que les doy a elegir entre no enseñar lo que no creen seriamente y, si quieren seguir, que enseñen primero con hechos». Si se niegan a hablar a sus alumnos de Homero, Hesíodo, Heródoto o Demóstenes, como parece que hacían obstinadamente, «que se vayan a sus iglesias y que interpreten a Mateo y a Lucas».
Se nota el retintín, ¿verdad? Juliano desprecia a los cristianos. En su tratado Contra los galileos, como él los llama, los interpela directamente y les reprocha su intolerancia, su propensión a la violencia y su temperamento avasallador, a pesar de que «de ninguna manera Jesús os transmitió esas órdenes, ni tampoco Pablo. La causa de ello es que nunca esperaron que vosotros llegarais jamás a tal grado de poder». En sus escritos también les acusa reiteradamente de mostrarse serviles con los ricos y hostiles hacia los extranjeros, a pesar de pregonar lo contrario, y de fomentar la corrupción, ya que sus obispos administran el perdón a cambio de privilegios y recompensas, menoscabando la autoridad de los tribunales y pervirtiendo la propia idea de justicia, sin la cual es imposible la convivencia. Es evidente que Juliano piensa en la dominación cristiana del imperio como un breve paréntesis en la larga historia de Roma que se abrió con su tío, Constantino el Grande8, y que él se propone cerrar. En una carta llega a decir: «Yo, por los dioses, no quiero matar a los galileos, ni golpearlos injustamente, ni que sufran ningún otro tipo de desgracia, pero afirmo rotundamente que hay que preferir a quienes veneran a los dioses, pues por la locura de los galileos ha estado a punto de subvertirse todo».
Las reformas religiosas de Juliano disparan las tensiones entre los credos y desembocan en algunos altercados, pero cuidado: los más graves no son choques entre cristianos y paganos, sino disputas dentro del cristianismo. Las peores, las del año 362, cuando el emperador suspende la orden de exilio que pesaba contra los cristianos nicenos desde el reinado de Constancio y les devuelve sus bienes, que les habían sido incautados y entregados a los cristianos arrianos. Los cristianos también protestan airadamente cuando el emperador suprime el inclemente régimen fiscal al que han estado sometido los judíos, que considera «mucho más duro que la esclavitud de tiempos pasados», y se compromete públicamente con ellos a «que nadie pueda jamás asaetearos con tal fama de impiedad». No digamos ya cuando tiene su idea más audaz: reconstruir el templo de Jerusalén, arrasado por el emperador Tito unos trescientos años antes, como prueba del compromiso sincero de Roma con el pluralismo religioso. Es lo que más exaspera a Juliano: que los cristianos sean intolerantes entre ellos mismos y con los judíos, cuya religión tiene tanto que ver con la suya. ¿Cómo van a acatar su modelo de libertad religiosa radical si se pisotean entre ellos por disensiones doctrinales insignificantes? ¿Cómo le van a aceptar como restaurator libertatis, es decir, como restaurador de la libertad, si esa misma libertad les molesta?
La muerte de un apóstata
La historia de Juliano acabó muy poco después de aquello. El emperador murió en Samarra, junto al río Tigris, el 26 de junio del 363, después de gobernar un año, seis meses y quince días. Se encontraba dirigiendo al ejército contra el rey Sapor II cuando un soldado persa le clavó una lanza por la espalda9. Entre los cristianos cundió la leyenda de que san Mercurio guiaba la mano de aquel soldado o de que había sido el propio santo quien había descendido sobre el campo de batalla para abatir personalmente al emperador apóstata. Todavía se le suele representar de esta forma, pisoteando el cuerpo de Juliano con su caballo, en los retablos y las estampitas. En el calendario católico, su fiesta es el 11 de noviembre10.

A Juliano le sucedió Joviano, un capitán cristiano de su ejército que las legiones aclamaron allí mismo. Tampoco gobernó mucho tiempo, pero le sirvió para desbaratar las reformas de su predecesor. Los siguientes soberanos también privilegiaron el cristianismo hasta que Teodosio, en el 380, lo convirtió en la religión oficial y se dedicó a perseguir abiertamente a las demás. Las últimas grandes instituciones paganas, como los juegos olímpicos, el milenario sacerdocio de Vesta o el Serapeo, heredero de la Biblioteca de Alejandría, desaparecieron durante su reinado.
Juliano tiene defensores a ultranza y detractores encendidos. Los primeros dicen que fue un prohombre sin tacha, casi un mártir de la razón; los otros lo retratan como un lobo con piel de cordero que ascendió y gobernó con ardides maquiavélicos. En este pequeño artículo nos atenemos a los testimonios más directos de que disponemos (los de Amiano Marcelino en sus Res Gestae, los de Libanio en sus Discursos julianeos y los del propio Juliano en sus abundantes textos), pero son todos apologéticos y deben tomarse con cautela. Lo mismo debe decirse de los muchos escritos en su contra que se redactaron desde las esferas cristianas, especialmente de las famosas Invectivas contra Juliano del obispo Gregorio Nacianceno. Juliano fue un gobernante admirable en muchos sentidos, pero el hecho es que era un ser humano corriente, capaz de equivocarse y contradecirse. Durante su etapa como césar se despachó contra los pueblos germánicos con violencia, apostando por los castigos ejemplares como medio de disuasión, y durante su reinado fomentó los sacrificios de animales, la teúrgia y la adivinación, entre otras prácticas crueles y supersticiosas que poco tenían que ver con las prioridades de los pensadores neoplatónicos. A fin de cuentas, Juliano no tuvo tiempo de adquirir experiencia y aprender de los errores: murió con treinta y un años.
Lo cierto es que nunca sabremos qué habría sido del Imperio romano (y luego, del mundo entero) si Juliano hubiera tenido tiempo de completar sus proyectos. En particular, el religioso, que era el más ambicioso y el único verdaderamente revolucionario. ¿Quiere un consejo? Conténtese usted con la duda. El asunto es una entelequia en la que todavía se enzarzan los historiadores más cabales de nuestro tiempo, como si alguno fuera a tener la razón. En parte, porque la historia de Juliano entraña una disyuntiva que no hemos resuelto todavía, mil setecientos años después: ¿es tolerante quien tolera o quien no tolera a los intolerantes? Si usted cree tener la respuesta, enhorabuena: siglos de dilema filosófico resueltos de un plumazo. Nosotros, se lo confesamos, no creemos que sea tan sencillo.
Notas
(1) En una carta dirigida a Constancio poco después de la aclamación, Juliano explica que los soldados «se enardecieron de un modo increíble, llegando hasta tal punto que, como yo trataba de vencer su insistencia con ruegos, al momento me amenazaron de muerte, cercándome con sus asaltos. Vencido al fin y diciéndome que, muerto yo, quizás otro de buen grado sería declarado emperador, he consentido con la esperanza de aplacar la violencia en armas».
(2) En sus Discursos julianeos, Libanio, sofista y amigo de Juliano, se refirió al momento en el que tuvo que abandonar Atenas inesperadamente para recibir el nombramiento como césar en Milán. «Él, en su deseo de tranquilidad, rechazaba la realeza, siendo el único que rehuía lo que los demás buscaban con afán: la coronación y el reino de entonces. He aquí la prueba: vertió más lágrimas cuando fue llamado al trono, agarrándose a la doble puerta de la Acrópolis, que a quien conducen a la cicuta. Y con todo el placer del mundo habría deseado que de improviso le hubiesen brotado alas y así haberse escapado hacia el país de los hiperbóreos».
(3) Es la misma carta que se menciona en la primera nota. En ella, Juliano se pone a las órdenes de Constancio y le advierte de que su propuesta es la mejor «para el Estado romano y para nosotros, que estamos unidos por el vínculo de la sangre». Después de la muerte de Constancio, Juliano dirige otra carta a un pariente en la que afirma haber buscado el acuerdo con él hasta el último momento: «Jamás pedí matar a Constancio; más bien pedí lo contrario».
(4) Juliano y santa Helena emparentaban de una forma peculiar. Por un lado, Juliano se convirtió en nieto político de ella al contraer matrimonio con su nieta Helena, enviudar y no volver a casarse. Por la otra, Juliano ya era nietastro de la matriarca constantiniana, ya que era nieto de su marido, Constancio Cloro, y de Fausta, la esposa que tuvo él después de la propia santa Helena. Esta confluencia de vínculos ha hecho que se los caracterice frecuentemente como abuela y nieto, aunque en realidad no compartían un vínculo de sangre.
(5) Juliano cita las directrices de Aristóteles en su Carta al filósofo Temistio, pero es probable que el ejemplo de su propio linaje también influyera en la decisión. A la dinastía Constantiniana le había ocurrido lo mismo que a la Flavia y la de los Severos: el fundador había sido designado como soberano por sus méritos y luego había reinado con acierto y prudencia, pero sus hijos y nietos habían sido gobernantes nefastos. Incluso su admirado Marco Aurelio, uno de los mejores emperadores de Roma, no había tenido el valor de negar el trono a su hijo Cómodo, uno de los peores.
(6) Amiano Marcelino, que suele elogiar a Juliano en sus Res gestae, se muestra muy crítico con él a colación de los Juicios de Calcedonia, acusándolo de actuar de forma irreflexiva y vengativa contra los militares y no «a la manera de un filósofo que pretende conocer la verdad». Quizá no deba sorprender: antes de convertirse en historiador, el propio Amiano había sido soldado.
(7) No es la única frase suya que suena sumamente moderna. Juliano también se anticipó un milenio y medio al conocidísimo principio de Blackstone, ese que viene a decir que es mejor dejar escapar a diez personas culpables que hacer sufrir a un inocente. En su discurso Contra los galileos, comentando las matanzas perpetradas en nombre de Dios en el Antiguo Testamento, Juliano afirma: «Me parece que hubiera sido mejor salvar junto con mil hombres excelentes a uno solo malvado que destruir a los mil junto con ese uno».
(8) Fue Constantino quien promulgó el Edicto de Milán en el año 313, que decretaba la libertad de culto y ponía fin a la persecución de los cristianos. Constantino fue bautizado poco antes de morir, convirtiéndose, oficialmente, en el primer emperador cristiano.
(9) En su Discurso fúnebre por Juliano, Libanio cuestiona abiertamente esta versión oficial de los hechos, difundida por el sucesor cristiano del emperador. «Tal vez alguno desee oír quién fue el que lo mató. Su nombre no lo sé, pero prueba palmaria de que no fue un adversario el que acabó con él es el hecho de que ningún soldado enemigo fue recompensado por herirlo […]. Sin duda, tenemos que estar muy agradecidos a los enemigos por no haberse arrogado la fama de hacer lo que no habían hecho, sino que nos permitieron buscar entre nosotros mismos al asesino. Ya que aquellos a quienes no convenía que viviera eran los que, no viviendo conforme a las leyes, hace tiempo conspiraban contra él y, al presentárseles entonces la ocasión, lo llevaron a efecto […]. Sobre todo, lo mataron porque honraba a los dioses, lo contrario de lo que ellos pretendían».
(10) Mercurio fue un soldado romano de origen capadocio martirizado por el emperador Decio en el año 250. Un siglo después, se había convertido en una figura muy popular entre los cristianos antioqueños, con quienes Juliano protagonizó sus desencuentros más sonados. La tradición decía que san Mercurio blandía una espada cedida por san Miguel arcángel, por lo que se le consideraba una especie de verdugo divino.
Bibliografía
Amiano Marcelino (trad. F. Norberto Castilla). Historia del Imperio romano desde el año 350 al 378 de la Era Cristiana (Res Gestae). Viuda de Hernando y Cª. 1895 (s. IV).
Averil Cameron (trad. Pablo Carbajosa e Inmaculada Utande). El Bajo Imperio romano. 284-440 d.C. Encuentro Ediciones. 2001 (1993).
Juliano (trad. José García Blanco y Pilar Jiménez Gazapo). Contra los galileos. Cartas y fragmentos. Testimonios. Leyes. Gredos. 1982 (s. IV).
Juliano (trad. José García Blanco). Discursos I-V. Gredos. 1979 (s. IV).
Juliano (trad. José García Blanco). Discursos VI-XII. Gredos. 1982 (s. IV).
Libanio (trad. Ángel González Gálvez). Discursos III. Discursos julianeos. Gredos. 2001 (s. IV).
Luis A. García Moreno. El Bajo Imperio romano. Síntesis. 1998.










Puestos a fantasear vayámonos por las ramas de la Historia. Si los pueblos de las estepas del II o III dc, único caso de masiva invasión violenta del Oriente hacia Occidente, no hubiese sucedido (el grande Montanelli tituló un capítulo de su grandiosa Historia de Italia con “Oriente (¿o China?, no rercuerdo bien) creó el Occidente”) los pueblos germánicos habrían seguido estando en ese pequeño pedazo de territorio que compone nuestro Occidente, yendo y viniendo en carretas y siempre guerreando entre ellos, con esa mezcla de admiración y odio por la cercanísima civilización greco romana, con su capital intacta (al no exitir Atila tampoco hubiese existido Alarico) que los habría englobado hacia la civilización como tantos otros pueblos bárbaros, sin las consecuencias que nos han enseñado: la destrucción de Roma, la fragmentación de una sociedad única en la historia sostituida por innumerables y pequeños reinos guerreros, que tardaron siglos en unificarse para dar lugar a estados, que, como siempre volvieron a sus viejas costumbres: guerrear entre ellos, con la tribus germánicas de los francos degollando a sus primos sajones porque no aceptaban el cristianismo, y que dio lugar al odio y horror posterior que conocemos con la guerra franco prusiana, la primera y segunda guerras que siguieron a la de 30 años o más, las de religion, de los imperios (ingleses, franceses, belgas, holandeses y los “orgullosos descendientes de godos” de españoles y portugueses) con bombas al fósforo y atómicas, siempre en nombre de la libertad, de comercio pero no de religión. Si el agresivo y primigenio cristianismo se hubiera quedado en Palestina, pongamos por caso que debido a que Paulo no sobrevivió a ese naufragio que consideró milagroso, no habríamos conocido el abominio de ver sostituidas las absolutas bases fundanate de nuestra religion, la compasión y la justicia por la arrogancia, la intolerancia, la crueldad y el lujo, inventando hogueras y cruzadas. Es inútil seguir. Sólo se salva la literatura. Gracias por el ejercicio forzado.