Arte y Letras Los falsificadores

Los falsificadores (4): Mazher Mahmood, cuando el periodismo gonzo se vuelve vergonzoso

Mazher Mahmood, el «falso jeque». Imagen BBC.
Mazher Mahmood, el «falso jeque». Imagen: BBC.

Los falsarios más famosos son aquellos que, naturalmente, hicieron de la fama su meta —es decir, buscaban la fama a cualquier precio y solo vieron la oportunidad de obtenerla mediante la falsificación—. Es el caso de Enric Marco, que llegó a presidir la Asociación Española de Supervivientes de Campos de Concentración sin haber estado nunca jamás en uno. Estaba en Alemania, sí, pero como uno de los trabajadores enviados por Franco para ayudar a los nazis. Es el caso de Tania Head —nombre falso de Alicia Esteve—, que se presentó como superviviente de los atentados de las Torres Gemelas, se implicó en las reivindicaciones de los familiares de los muertos, llegó a liderar una asociación y a dejarse ver en cuanto homenaje a los fallecidos se hiciera, recorrió el mundo dando conferencias sobre lo ocurrido el 11 de septiembre de 2001… hasta que una investigación de The New York Times la bajó del pedestal donde recibía admiraciones y se convirtió en apestada por jugar con el dolor de tantos. Hay que decir que Marco ha tenido más suerte que Esteve al suscitar obras contando su historia: Javier Cercas lo convirtió en centro de la diana de El impostor y Garaño y Arregi, con la interpretación de Eduard Fernández, lo hicieron protagonista del largometraje La verdad inventada.

Lo común, sin embargo, es que al falsificador le convenga la oscuridad. Incluso cuando esa oscuridad lo haga famoso y sea invitado a acudir a platós: para elevar su misterio exigirá que nunca se muestre su rostro y se distorsione su voz. Es, al menos, lo que hizo el periodista Mazher Mahmood, conocido como el falso jeque. A día de hoy nadie sabe dónde está, después de haber penado unos meses de cárcel por sus métodos, unos métodos con los que obtuvo la gloria de destrozar unas cuantas vidas.

En sus Confesiones, libro de 2008, cuando estaba en la cresta de la ola y no era raro que, de vez en cuando, le diesen a alguna de sus impactantes exclusivas el premio a reportaje del año, defiende su método reclamándose como King of the Sting («rey del aguijonazo»). En realidad, su método era una perversión del periodismo gonzo de Hunter S. Thompson (tipo de periodismo en el que el periodista es protagonista y necesita experimentar las sensaciones con las que elaborará su reportaje, de tal manera que, si hace uno sobre ludopatía, no preguntará a quienes padezcan ese mal, sino que se convertirá en ludópata; si quiere saber qué es la anorexia, no acudirá a un centro médico a preguntarle a quienes van borrándose del mundo paulatinamente a base de no comer, sino que dejará de comer, etcétera). A veces el método sirve como denuncia —Cabeza de turco, de Günter Wallraff, en el que el periodista se convierte en minero para contar el trato que se da a los inmigrantes turcos contratados por empresarios alemanes—. A pesar de la efervescencia del truquito a partir de lo escrito por algunos capitanes del nuevo periodismo norteamericano, el invento es muy anterior, ya que, tan pronto como a finales del siglo XIX, la periodista estadounidense Nellie Bly se hizo diagnosticar una psicopatía para que la internaran en un manicomio de mujeres y poder contar de primera mano el trato que se les daba allí a las pacientes, cosa que repetiría Magda Donato en los años treinta del siglo XX con una serie de «reportajes vividos» en los que ingresaba, no como periodista, en albergues para mendigas, manicomios y cárceles de mujeres, para ser una de ellas durante algunos días y luego salir y contar el trato recibido y el comportamiento de quienes estaban allí recluidas (sin parar en el hecho de que saber que se va a estar «algunos días» y no años o para siempre ya trastorna el enfoque de lo que se cuente). Es evidente que los trabajos de Nellie Bly, Magda Donato o Günter Wallraff tuvieron una utilidad social que muchos de los «reportajes vividos» de los adalides del nuevo periodismo no rozaron, conformándose con ofrecer meramente el espectáculo de un privilegiado pasando hambre en una selva con unos soldados o poniéndose hasta las trancas de coca para contarnos los efectos dañinos de abusar de cualquier sustancia.

Mahmood también se hacía pasar por alguien, pero él no quería ser protagonista, sino tender trampas. Había llegado al periodismo, decía en sus Confesiones, para denunciar hipocresías y tratar de enrejar a peligros públicos, a gente insana que nos amenazaba. Para descubrirlas, según su método, bastaba con tenderles una trampa. A todo esto llegó bien temprano: cuando, enterado de que unos vecinos habían montado una red de pirateo de vídeos, no le tembló el pulso para redactar su primer reportaje y venderlo con el éxito consiguiente. La policía tardó un día en desmantelar la red en la que el periodista había penetrado casi por casualidad. Dado que sus padres eran periodistas y, procedentes de Pakistán, se establecieron en el Reino Unido en los años sesenta, se enorgullecía de que el periodismo le corría por las venas. Y era el arma más poderosa para cambiar la realidad: que ello significase abolirle la realidad a quien más rédito le proporcionase, más periódicos vendiese, no era su problema. Como no se cansaba de decir, él no era un catequista, ni un juez, ni un soldado del Ejército de Salvación: era solo un periodista. El «solo» resultaba falsamente humilde, por supuesto. Lo de periodista no podía discutirse, pues brilló en la rama más floreciente del periodismo inglés de los años noventa y comienzos de milenio: el sensacionalismo de titulares con letra de cuerpo 60 y aullidos de hincha: LOS PILLAMOS. En eso consistía su labor principalmente; en español tenemos una expresión invencible para definirlo: «quedarse con alguien». Mahmood invitaba a quien fuese —su presa— a que mostrara su debilidad y cometiera un delito (lo que él consideraba un delito) y luego lo sacaba a la luz pública. Por ejemplo, disfrazado de jeque de Dubái y gastándose miles de libras, concertó un encuentro con los dueños del Newcastle con el propósito de convencerlos de llevar a aquellos desiertos el fútbol de élite (curiosamente, en eso se adelantó a la realidad, porque ha acabado pasando lo que fraudulentamente les proponía a los altos ejecutivos del club inglés). En el encuentro que tuvo con ellos, después de hartarlos de vino, consiguió que hablasen pestes de las hinchas femeninas del club, logró que admitieran que estaban interesados en expandir los negocios del equipo porque Inglaterra no daba más de sí y otras necedades semejantes. Tuvieron que dimitir en cuanto el falso jeque se quitó su disfraz de superhéroe y volvió a ser periodista. (Es curioso, pero acaso Mahmood se viera como un Superman al revés; quiero decir: se disfrazaba de tunante para que el verdadero superhéroe —es decir, el periodista— consiguiese aniquilar villanos).

i no había villanos, se los inventaba, seguro de que todos llevamos dentro un villano si creemos que nadie nos observa, y desde luego todos tenemos un precio. Naturalmente, no todos los triunfos de Mahmood fueron mezquinos e insignificantes. Uno mezquino: la trampa que le tiende a Eriksson, el entrenador de la selección inglesa, ofreciéndole una fortuna si deja su trabajo y, a cambio de petrodólares, se dedica a formar entrenadores en Dubái, no puede ser más boba (en realidad Eriksson no dice ni que sí ni que no, sino que le parece interesante la propuesta y admite que podría pensarse entrenar al Aston Villa después del Mundial). Pero ese «es interesante, me lo voy a pensar» fue suficiente para que la Federación Inglesa considerase que estaba pensando más en su futuro que en el de la selección y, después de la eliminación por penaltis contra Portugal en el Mundial de fútbol de 2006, tuvo que dejar su puesto. Uno de alcance: Mahmood podía enorgullecerse de haber evitado que un médico —que había dejado embarazada a su amante y lo amenazaba con traer a la criatura al mundo y dársela a conocer a la esposa— matara a su mujer. El médico contactó con un tipo que era amigo del periodista: buscaba a alguien que hiciera un trabajo criminal. Mahmood se hizo pasar por sicario profesional. Por cinco mil libras se cargaba a quien hiciera falta. El médico acepta el trato y en ese momento firma su sentencia, pues News of the World, periódico para el que trabajaba el periodista, amanecía con un LOS PILLAMOS en cubierta y, a renglón seguido, Scotland Yard se ponía en marcha para detener por presunto intento de homicidio frustrado al médico.

Mahmood también se vanagloria en sus Confessions de las redes de pedofilia que su trabajo desmanteló —naturalmente, él se hacía pasar por proveedor de imágenes pedófilas para captar clientela— y de haber sacado a la luz lo muy drogadictas que eran algunas de las estrellas del firmamento británico. Le destrozó la carrera a la modelo Jodie, a la que contrató a través de su hermano, jugador de polo. La producción del reportaje obligaba a montar un partido de polo seguido de un desfile de modelos. En cierto momento de las negociaciones para poner en marcha semejante tinglado, después de unas copas, algún ejecutivo o el propio jeque falso preguntaba quién sabía dónde conseguir cocaína, y le insistían tanto a la modelo que esta se limitaba a hacer una llamada a un amigo que conocía a alguien que podía quizá contactar con otro que, a lo mejor, les vendía unos gramos. Era más que suficiente: «Jodie trafica con drogas» fue el titular que quebró la carrera de la modelo. Una llamada telefónica que acaba con unos gramos de coca, y ahí se terminan tus contratos con grandes marcas mientras se eleva el prestigio del periodista invisible.

Idéntica estrategia siguió con otras mujeres jóvenes cuando empezaban a cosechar fama. El caso que llevó más lejos fue el de Tulisa, una cantante que empezaba a llamar la atención de los medios y empezaba a consagrar su popularidad gracias a su papel como examinadora en el programa Factor X. También había hecho algún papel en una serie más o menos aplaudida de producción británica. Recibió la llamada de su agente, con quien se habían puesto en contacto para que se reuniera con un productor multimillonario de Bollywood en Las Vegas: al parecer quería proponerle que protagonizara una cinta que saliera del circuito indio y optara a los Óscar con la estética de las producciones musicales asiáticas o algo así, algo, en cualquier caso, que iba a ser pagado con un cheque con demasiados ceros como para no hacer, al menos, el esfuerzo de aceptar un asiento en el jet privado que la llevaría a Las Vegas. El primer encuentro era solo un aperitivo. El segundo se produciría más tarde en Londres, donde habrían de firmar el contrato. Tulisa acudió al primer llamado, quedó encantada con el trato y el sueldo prometido. En la segunda reunión todo parecía ir sobre ruedas: se fijó la paga en cuatro millones de dólares por hacer la película y, en un momento dado, los ejecutivos que rodeaban al multimillonario se encendieron con ganas de fiesta y preguntaron si alguien sabía cómo conseguir coca. La pregunta llegó a Tulisa que, dada la insistencia de aquellos tipos y dado que no quería que corriera el menor riesgo ninguno de los ceros del cheque con el que iban a pagar su estreno como actriz de Bollywood, hizo una llamada a un amigo que seguro que sabía cómo conseguir coca. Era más que suficiente para que el periodista que había ideado la encerrona la considerara traficante. Al día siguiente, The Sun, periódico en el que oficiaba Mahmood después de que News of the World se fuera al garete, ofrecía la exclusiva y el mundo se derrumbaba para la joven estrella.

La cosa, esta vez, llegó a los tribunales. Parecía que todo estaba perdido porque, según su abogado defensor —un hombre con orejas de dibujos animados que es el primero en hacer chistes acerca de su propio aspecto—, no pintaba bien, dado que había evidencias de que ella había conseguido la cocaína, y no importaba demasiado que no la hubiese probado o lo hubiera hecho por indicación de quienes estaban reunidos con ella y a través de un tercero. No se podría acusar al periódico de mentir y sí se la podía acusar a ella de comerciar con sustancias ilegales. Pero entonces apareció el chófer del periodista, dispuesto a declarar: en el viaje de vuelta, cuando llevaba a Tulisa a su casa, ella no paró de hablar por teléfono con alguien, asqueada de que le hubiesen hecho conseguir 800 libras de droga, despreciándose por haber obedecido y lanzando un discurso contundente contra el polvo blanco. Curiosamente, la declaración del chófer desapareció del caudal de testimonios que había de evaluar el juez. Durante el juicio, por proteger su identidad —necesaria para hacer su trabajo—, el periodista Mahmood se ocultaba tras una mampara; la única expuesta a las cámaras era la joven estrella. Cuando ya parecían haberse agotado las esperanzas de que pudiera salvarse de la condena por tráfico de drogas, el chófer volvió a comparecer con dinamita pura: no solo se iba a ratificar en su primera declaración, sino que, además, ahora podía declarar que el periodista Mahmood le había coaccionado para obligarle a que la retirara y no la perjudicara. Fue definitivo. No había caso. Por lo menos ese caso.

Que Tulisa saliera sin ser condenada le daba la oportunidad de querellarse contra el periódico que había querido destruirla y contra el periodista que le había tendido una trampa en la que había caído por no poner en riesgo el proyecto prometido de Bollywood. Y eso es lo que hizo. Y ganó el caso. Y la derrota por K. O. acabó con el hasta entonces intocable Mahmood, pues esa derrota abrió la prueba a nuevas demandas —hasta dieciocho personas presentaron casos en los que Mahmood les había tendido trampas con fantásticas propuestas y gastos inusitados—. No era raro que News of the World quebrara con los presupuestos que manejaba Mahmood, pero, en honor a la verdad, lo que hizo caer a esa basura de periódico no fueron las carísimas trampas que diseñaba Mahmood para tentar a actores, futbolistas y celebrities de cualquier división, sino el hecho de que se demostrara que el periódico pinchó centenares de teléfonos para tener acceso a conversaciones privadas de las que cosechar datos para sus informaciones. En honor de Mahmood, hay que reconocer que en Confessions es altamente crítico con ese recurso de escuchar las conversaciones privadas de nadie: asegura, sin que le tiemble el teclado, que para él eso va contra la ética periodística.

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