A veces hay personas que te cambian la vida sin ni siquiera pretenderlo. Por tus aulas han pasado miles de estudiantes, algunos con pena y otros con gloria. Aún recuerdo tu asignatura de primero: teoría de la computabilidad. Llegaste el primer día a clase con tu aspecto enjuto, el pelo blanquecino, tu voz profunda y tu extrema formalidad. No sonabas andaluz, aunque no tardé mucho en enterarme de que eras de un pueblo de Huelva. Con los años en Barcelona perderías el acento. Fíjate, a mi me está pasando lo mismo, ya no soy ni de aquí ni de allá.
Tus clases eran un oasis teórico en una carrera eminentemente práctica. Tú venías a enseñarnos a responder una cuestión fundamental: ¿puede un ordenador calcularlo todo?. Contigo aprendimos la genialidad de Alan Turing, pero no fue lo único que transpiraba en tus clases. Las lecciones eran arrolladoras, siempre que podías te gustaba hacer las demostraciones en la pizarra. Transmitías auténtica pasión por el conocimiento, el fervor de alguien que ha dedicado toda una vida a aprender incesantemente con una llama que no se había apagado nunca, a pesar de los obstáculos.
Un día interrumpiste la clase exclamando: “¡El irlandés! ¡Que se me escapa el irlandés!”. Luego supimos que tenías a un profesor irlandés invitado en el departamento. Eran días de intenso trabajo cuando, de repente, por la ventana del aula lo viste salir de la escuela. Aquella ventana se convirtió en metafórica, a través de ella pude vislumbrar un mundo nuevo: profesores de aquí y de allá que iban y venían en un intercambio intelectual global. No estabais estudiando lo que ya se sabía, estabais avanzando el edificio del conocimiento humano. No podía haber labor más bonita que la epopeya de la investigación. Era un privilegio poder ver esos retales de vida que se colaban en clase.
Te gustaba cerrar la nevera. Decías que para freír un huevo había que seguir unos pasos: calentar la sartén, abrir la nevera, sacar el huevo, cascarlo y freírlo. ¿Qué pasaba si un día la nevera estaba abierta? Entonces había que empezar cerrando la nevera y, luego, repetir el procedimiento anterior. Era una metáfora, claro. Recurrías a ella en muchas de tus demostraciones, cuando te llevabas el problema a algo conocido y decías “ahora cerramos la nevera” porque era evidente cómo continuar. Teníamos ese código común estudiantes y profesor.
Mi profesor de filosofía decía que para hacerte amigo de un profesor el primer paso es estudiar bien su asignatura. No fue un cálculo premeditado, pero ocurrió. Quedaban pocas semanas para tu examen, el boletín de problemas tendría 50 o 60 cuestiones. Las hice todas, para las que no supe fui a verte a tutoría. Tras resolver mis dudas sobre 5 o 6 problemas, me preguntaste por el resto del boletín. Tu mirada de sorpresa al ver que los había completado todos; fue el inicio de una relación de respeto mutuo. Aquella sería la primera de muchas visitas a tu despacho.
En tercero me iba a ir de Erasmus. Una pena, me perdería tu asignatura optativa. Cuando te lo conté te sorprendió que lo pidiera tan pronto, no era lo habitual en una carrera de cinco años. Por avatares del destino y de la incompetencia de alguien que no hace falta mencionar, aquella Erasmus nunca ocurrió. La contrapartida que nos alegró a los dos fue que podría cursar el último año de tu asignatura. El plan de estudios se extinguía. Aquel curso serían las últimas clases de computabilidad y complejidad. Ahora la pregunta era ¿qué son los problemas fáciles y qué son los difíciles?. Ese curso fue mucho más cercano. Tenía sentido, no llegaríamos a 15 estudiantes y era tu tema. Cada vez que podías nos introducías en la investigación de tu grupo. La gente cree que solo la electrónica permite calcular. Tú nos abriste al mundo de la computación no convencional, era posible hacer ordenadores con ADN, con células, con reacciones químicas y hasta con los bigotes de un gato, te atreviste a elucubrar un día. Tenías el despacho cerca del aula, venías 5 minutos antes a dejarme el maletín con tu portátil. Yo siempre te lo montaba y lo dejaba conectado al proyector. Ese cuatrimestre vimos que tu grupo era una gran familia. Cuando tenía sentido, invitabas a alguno de tus estudiantes de doctorado para que nos hablara de su trabajo.
Esa asignatura no tenía examen. Seleccionaste una serie de artículos de investigación publicados y elegimos uno cada uno. Teníamos que estudiarlo, reproducir los resultados y explicártelo personalmente en el seminario del departamento. Me sentía como un niño grande jugando a la investigación. De pequeño me preguntaba cuántas cosas habría por estudiar. Más mayor entendí que se podía llegar a un punto en que los libros se acababan y te tocaba a ti hacer avanzar el conocimiento, trabajar en un problema que no había trabajado nadie aún. Tu asignatura fue como miel en los labios, el primer acercamiento a la dulce investigación.
No todo era romántico. También humanizabas la ciencia con tus palabras. Nunca olvidaré tu gráfica descripción del trabajo investigador: para resolver un problema nuevo hay que darse muchos cabezazos contra la pared. Hay que ver cuál es más dura, a veces gana la cabeza y, a veces, gana la pared. Te gustaba decir que la inspiración te tenía que pillar trabajando y dabas ejemplo de ello. Hablabas de frustración, de cómo la ciencia da muchas alegrías pero también penas. Que a veces hay que llorar, si, los hombres también, añadiste explícitamente, rompiendo con masculinidades tóxicas. En mi mundo los hombres no podían llorar ni expresar abiertamente emociones. Y ahí estabas tú, todo un señor catedrático, con tu chaqueta formal, explicándonos en clase que podíamos llorar cuando lo necesitáramos. Tu despacho estaba al final del pasillo. Tenía dos escritorios, una zona con sofá, mesa de café y estanterías. Estanterías con muchos libros. En algunos estantes, delante de los libros había piñas, de las que dan piñones, le daban un toque más cálido a la estancia. Siempre que acudía a preguntarte tenías a mano el libro adecuado y te faltaba tiempo para prestármelo.
Nuestros intereses divergieron. Lo tuyo era bioinspirado y lo mío era la computación cuántica. Me habría quedado en tu grupo si hubierais tenido esa línea de investigación. Por supuesto, tú lo sabías. Aquel día se anunció el Nobel de Física a Haroche y Wineland. Cuando nos cruzamos por el pasillo me felicitaste por él. Uno de tus compañeros me preguntó por qué me felicitabas por eso. Yo dije que había caído en mi campo, la computación cuántica. Mi campo, como si eso fuera algo, sin siquiera haber acabado la carrera ni tener más allá de estudios autodidactas en física. Pero, para mí, era mi campo. Nunca se te cayó un anillo por tratar como un igual a un estudiante, derrochabas humildad y honestidad intelectual.
Los últimos cursos ya no había asignaturas tuyas, pero iba de vez en cuando a hablar contigo. Alguna vez fui a alguno de tus seminarios, simplemente para enterarme de por dónde iba tu trabajo. Tu no pudiste faltar a la defensa de mi proyecto fin de carrera. Era de física cuántica, por eso no lo pude hacer contigo. Me fui a otra ciudad a hacer el máster y la tesis, caí en los tentáculos de la física. A veces hace falta cambiar de ciudad para empezar a hacer cosas nuevas. Tuve novio. Un día me lo llevé a Andalucía, quería enseñarle mi tierra. Te escribí y programamos una visita, querías un seminario informal para entender a qué me dedicaba. Invitaste a los estudiantes a que vinieran a oírme también.
En el seminario del departamento teníais una pequeña despensa. Me invitaste a merendar. Llamé a mi novio para que subiera, él me estaba esperando en la cafetería. No te lo presenté como novio, pero creo que tú lo entendiste. Homofobia interiorizada. Es más fácil tener una personalidad nueva con un entorno nuevo. A veces revelarlo al antiguo cuesta demasiado. Fue una de esas veces en que me dolió no decirlo. Nos preguntaste por el viaje, qué tal el tren. El AVE de ahora no era aquel tren interminable de tus años catalanes. Como la abuela que siempre ve delgado al nieto, no nos dejaste salir del departamento sin llenarnos la mochila de magdalenas. Ahora podías pagar sin problemas una comida en el AVE, pero te parecía moralmente incorrecto el precio que cobraban, no teníamos que pasar por ahí.
Te dediqué mi tesis. La terminé en tiempos de COVID desde otro país. Como sabía que tardaría en entregarte tu copia física, te la envié por correo electrónico. La recibiste con profunda emoción. Pasó la COVID y volví a España. Ya no era mi novio, ahora era mi marido. Algún día que pasemos por Sevilla con tiempo pararemos a darte el libro.
Tú también estudiabas ecosistemas. Nos hablaste del plan de recuperación del quebrantahuesos. De cómo tu trabajo te llevó muchas veces a China, de cómo intentar salvar al panda gigante. Ahora me tocaba a mi ir a China. Era el tercer viaje. Habías sido profesor honorario en Wuhan. Me acordé de ti y quise buscar a qué universidad ibas. Te pensaba escribir para contarte mis aventuras chinas, quizás mandarte una foto desde la que fue tu Universidad. Pero entonces ocurrió. Tres días después me escribió mi compañero, el que se sentaba a mi lado en aquellas memorables clases. Habías muerto. Una leucemia que no se pudo controlar. Sabía que te habías jubilado, habías sido profesor emérito y ahora lo eras honorario. Sabía que el tiempo pasaba y que aquella tesis seguía sin entregar en mi estantería, sin piñas para resguardarla.
Ya no habría China que compartir, ni marido que presentar. Se ha hablado mucho de si las matemáticas se crean o se descubren. Tú fuiste un descubridor de mundos. Tu computación celular será sempiterna. Cuando me felicitaste por aquel Nobel, aquello era trascender para mi. Sin esperanzas reales de conseguirlo, aspiraba a optar algún día a tener mi Nobel. Con el tiempo he aprendido que lo mejor que me enseñaste no fue académico. Lo importante no es ser divino, sino ser humano, ser muy buen humano. Dejar una huella imborrable en los que tenemos alrededor, tal como hiciste tú. Cerramos la nevera.
Mario de Jesús Pérez Jiménez nació en Bollullos Par del Condado (Huelva) el 13 de noviembre de 1948, fue matemático e informático teórico. Licenciado en Matemáticas por la Universidad de Barcelona en 1971, se incorporó a la Universidad de Sevilla en 1989 y fue catedrático en el Departamento de Ciencias de la Computación e Inteligencia Artificial. En 2004 fundó el Grupo de Computación Natural, donde dirigió investigaciones pioneras en computación con membranas junto al investigador rumano Gheorghe Păun, desarrollando la formalización matemática del modelo y creando una metodología para atacar el problema P versus NP, uno de los grandes retos matemáticos del milenio. Fue el primer andaluz en ingresar en la Academia Europea en el área de Informática, institución que reúne a los investigadores más influyentes del continente. Autor de casi 300 artículos científicos de alto impacto y director de más de una decena de tesis doctorales, recibió en 2014 el Premio FAMA de la Universidad de Sevilla por su trayectoria investigadora. Fue Profesor Honorario de la Universidad de Ciencias y Tecnología Huazhong de Wuhan. Falleció en Sevilla el 17 de septiembre de 2025 a los 76 años.










Este es un excepcional artículo de “computabilidad” afectiva (cualquier cosa esto signifique), como si lo cuántico posible fueran las emociones reales. Este profesor de alguna manera se parece a aquel del secundario que me hubiera gustado conocer en mi madurez, el único que no rió cuando uno de nuestros compañeros, aquel silencioso y tímido y en un acto de coraje impensable, preguntó ¿por qué no se acaba la música, profesor? No recuerdo el contexto, sólo la pregunta. Nosotros explotamos en una carcajada con respuestas de tipo saña bromistas, que continuaron al comprobar que había iniciado una relación casi silenciosa con ese pibe mediante los cuadernos de música. La música no se acaba pues después de las semicorcheas hay otras inimaginables sobre las cuales el Tiempo es amo y señor, fue la respuesta que pude sonsacarle. Muchísimas gracias por este inolvidable artículo y sus personajes.
Qué maravilla de artículo. Gracias.
Emocionante artículo. Dos maravillosas personas aunque no las conozca.