
No sé quién lo dijo —pregúntale a la IA—, pero parece que lo dijo para dar cobertura a algunas experiencias: quien no es de izquierdas a los veinte años no tiene corazón, quien sigue siéndolo después de los cincuenta no tiene cabeza. Al parecer la evolución natural es esa. Se ve, como digo, en algunas memorias: a los veinte se militaba en alguna formación de izquierda extrema —del maoísmo a la acracia, en el caso de que esta sea posible y, de serlo, tenga que ver con la izquierda, cosa de la que no solo no estoy nada seguro sino que, por el propio significado de la palabra, parece incoherente (Agustín García Calvo lo decía cuando le preguntaban por la acracia: no puedo ser algo cuya propia definición me impide serlo)—; pasadas las décadas son las voces más sonoras de lo que entendemos por discurso de la derecha (Tamames, Trapiello, Savater, Azúa). Como toda regla que se precie, tiene —necesita— su excepción: Verstrynge. A los veintitantos años se convirtió en la esperanza de una derecha depauperada por el protagonismo caníbal de Manuel Fraga; más adelante, abandonadas las trincheras de los partidos políticos, su voz, compleja, llena de matices, se situaría a la izquierda de la izquierda más o menos oficial, defendiendo el populismo no como el abaratamiento de una ideología sino como trampolín único para alzarse hacia la democracia real (y en ese populismo entran por igual los primeros latidos de Podemos y Marine Le Pen).
Ante las evidencias de que la democracia representativa no solo no funciona sino que es mero tocomocho que va creando una realidad falsificada y a la orden de unas empresas omnívoras —los partidos políticos y quienes los sostienen—, Verstrynge entiende que el sistema no es más que un disfraz exitoso de la oligarquía y recupera la palabra «pueblo» para cifrar la entidad del tongo en el que, haciéndonos creer que somos sujetos decisivos para la suerte de una empresa común, las riendas las llevan los de siempre, todo sigue atado y bien atado, la certeza de que solo se vive una vez nos ha quitado a todos las ganas de meternos en ninguna lucha que nos complique la vida, y asistimos a la solvente degradación de la realidad encogidos de hombros, como si fuera una obra teatral en la que somos espectadores sin capacidad alguna para lo que no sea aplaudir o abuchear, en ningún caso intervenir en el desarrollo de los hechos representados.
Famosamente se ha dicho que «populismo» es un término que anda por todas partes pero en ninguna se puede obtener una definición que lo agarre con un mínimo de exactitud. Parece cierto que de los intentos de atraparla se sonsaca apenas que es siempre un movimiento de reacción de las clases populares contra una élite corrupta o vampira —y por tanto eso le da un carácter transversal, suspicaz ante la apropiación ideológica, pues es contra los dogmas ideológicos contra los que reacciona el interés primero del sujeto en cuestión, el pueblo, harto de que unos y otros lo utilicen como banco de sangre—. Pero ahí radica su propia contradicción esencial, pues no hay modo de conducir un movimiento populista sin sustituir a una élite por otra, es decir, sin hacer representantes que en nombre del populismo se alcen al peldaño del que se quiere descabalgar a quienes lleven las riendas. Una vez creada esa élite no hay modo posible de satisfacer al sujeto sin ampliar el marco de la clase elitista y, por lo tanto, la división esencial que hizo brotar el populismo, a pesar de la victoria de este, seguirá quedando establecida, pues otra élite habrá suplantado a la élite en su nombre y, al hacerlo, no tendrá más remedio que acogerse al modelo de la representación. Buena palabra esta, porque en su anfibología vale como «acto de representar a alguien» y como «idea o imagen que sustituye a la realidad». En un movimiento populista se entiende que quien lleve la voz cantante habrá alcanzado la perfección representativa: ese personaje es el pueblo (y eso vale para Mussolini, para Hitler, para Lenin, para Perón, para Chávez, para De Gaulle, pero también para el Jordi Pujol que, ante sus problemas de corrupción con el caso Banca Catalana, no vio mejor manera de defenderse que diciendo que era un ataque de España contra los catalanes, cuando la amenaza pendía solo sobre él, no sobre los ciudadanos de Cataluña). He ahí, pues, la prueba de imposibilidad del populismo: su éxito sería su muerte. Al pretender derribar a las élites no tendría más remedio que imponerse un caudillo que, enviado como embajador a las alturas del poder, terminaría protegiéndose con una corte de intermediarios, reproduciendo el mismo sistema que quiso abolir.
La primera manifestación de populismo de la que se tiene noticia procede del siglo II a. C. Tiberio Graco fue elegido senador en el 134 a. C. y propuso reformas que satisficieron a la gente pero enfermaron a los senadores, que se sintieron amenazados. Entre ellas se encontraban un impuesto a las grandes fortunas, la expropiación de tierras de terratenientes para redistribuirlas y un sistema básico de salud. Graco era un gran orador, lo que le permitió convencer a miles para organizar una huelga general que paralizó Roma en favor de sus propuestas. Por primera vez en la historia una ley fue aprobada por la amenaza de las masas imponiéndose a la voluntad de las élites. Cuando Graco murió, sus seguidores fundaron «los Populistas», una asociación política que defendía los derechos del pueblo frente a los intereses de las élites. Aunque ese protopopulismo figura a menudo en todos los recuentos de un movimiento caracterizado por su transversalidad —de donde los taxonomistas distingan entre un populismo de izquierdas y uno de derechas, cayendo en una trampa conceptual—, el populismo, por su propia generación, entiende que una vez que una élite llega al poder, disfrazada de izquierdas o de derechas, abandona los dogmas que la impulsaron para comportarse como élite, dando igual si conserva el poder y se pone una boina roja o traje de ejecutivo: la representación del pueblo da un paso más y alcanza la vampirización, la élite ya es el pueblo, se le vende al pueblo que ha alcanzado el peldaño más alto de autoridad… hasta que el tiempo pase, demuestre fehacientemente la mentira de ese postulado y vuelva a producirse un movimiento de reacción contra esa suplantación que deja las cosas como estaban.
A pesar de tantas evidencias acerca de la imposibilidad del populismo por alcanzar ningún grado de poder que no pervierta sus intenciones iniciales, Verstrynge, con muchísima bibliografía y un imponente abanico de saberes, sigue defendiéndolo como solución al estancamiento más que evidente de la democracia representativa. Que sabe de lo que habla está fuera de toda duda: debe de ser de los pocos intelectuales en España que ha estado en los picos más altos del poder —segundo del líder de la oposición, con muchas papeletas para sustituirlo y convertirse en cabeza de la derecha española en su juventud— y cayó de esas alturas al suelo de la realidad, donde su nombre y su figura fueron pisoteados o ridiculizados tanto desde la izquierda como desde la derecha. Es decir, se convirtió en la figura más interesante del panorama: alguien expulsado del partido de derechas —Alianza Popular— que había ido girando sus posiciones hacia el contrario —el Partido Socialista— y que, después de ganarse la vida con lo que le salía —dirigir un campo de golf, vender electrodomésticos—, consigue colocarse como profesor de Ciencias Políticas en la Complutense, donde compartirá departamento con Juan Carlos Monedero y tendrá como alumnos predilectos a Iglesias y Errejón, a pesar de lo cual su participación en la fundación de Podemos no es lo suficientemente importante como para que le dedique mayor atención en Memorias de un transeúnte, que —no estoy seguro de esto, pero me da que sí— reformula y pone al día Memorias de un maldito, que publicó en los años noventa. Las ha publicado en El Viejo Topo, legendario sello de la izquierda y único sitio donde le prestaron páginas para que encadenara sus artículos y reflexiones, dando una visión informada, severa, cultísima y muy a menudo brillante de la realidad, de los mecanismos de poder que van dictándonos el desarrollo de nuestras vidas para ir cosiendo ese cementerio al que llamamos historia.
El libro comienza con una lección que podría leerse en los institutos de bachillerato como resumen de la Historia. No se aleja hasta el Big Bang de milagro, pero casi. Y hace un análisis meritorio de los dos caminos que un poder suele imponerse: el crecimiento hacia el imperio o el recogimiento en lo nacional. La demostración de que la casa Borbón siempre prefirió lo segundo, contra las tácticas de los Austrias, susurrará algo de nuestras actuales señas de identidad —que son menos eternas, si es que se puede decir así, de lo que el ultranacionalismo cree—. Es evidente la tirria de Verstrynge hacia la monarquía por un sentido de la racionalidad irreprochable: que un acto sexual que genere a una criatura lo coloque en la Jefatura de un Estado no parece precisamente racional, por mucha historia que tenga detrás. Lo cierto es que, después de esa vertiginosa lección de historia, Verstrynge se para a tomar aire y, una vez acontecida la guerra con la victoria del bando nacional y comenzada la larga posguerra, se le ocurre nacer. La alianza de sangres, idiomas e ideologías produjo un niño que, a los diez años —dado el filonazismo de su padre biológico—, soñaba con haber estado en las playas de Normandía, no como muchacho de Arkansas enviado por los Estados Unidos sin tener idea de dónde estaba Europa para vencer a los nazis, sino como uno de los soldados del Reich que contuvieran la embestida de los americanos. A los quince, su padre adoptivo, partidario de Stalin, no se enfada cuando su hijastro lo ve leer el segundo libro del Mein Kampf —que en España se tituló Raza y Destino. A todo esto, el muchacho nació en Tánger, se crio en Rabat, estudió en La Sorbona, en el Madrid del 65 vivió las algaradas estudiantiles, se matriculó en Políticas y escribió una tesis que le dirigió Manuel Fraga, que lo cobijó bajo su ala y, cuando llegó la muerte de Franco y la Transición, contó con él para ir aupándolo en su conquista de un sueño que estuvo lejos de cumplir siempre: alcanzar la jefatura del Gobierno.
La posición de privilegio que unas cuantas carambolas permiten que ostente el jovencísimo Verstrynge, de peculiar estampa en un hemiciclo menos gris que el de las Cortes franquistas, pero aún gris, le permite observar la primera línea de creación de realidad que se produce ante sus narices —y a la que contribuye—. Son muchas las páginas dedicadas a los asuntos internos de la coalición de derechas —liberales, conservadores, reaccionarios— y puede que en esas páginas haya mucha dinamita para calibrar el funcionamiento de esas empresas que son los partidos políticos. Figuras deprimentes que se pasean por estas páginas con sus ambiciones personales de escudo, estrategias domésticas para hacerle la vida imposible a un compañero sin importar que ello repercuta en la estrategia del propio partido, todo fiado a la voluntad y mando del inefable Fraga. Los que más cascados resultan son Herrero de Miñón, que quizá se soñó presidente del Gobierno y veía a Verstrynge como un enemigo al que había que anular, y Ruiz-Gallardón padre, jurista que estaba más tiempo en los juzgados poniendo querellas por todo. Después de la defunción de la UCD, la lucha por ocupar el centro del tablero apenas fue encarnizada porque los socialistas tenían un estratega inconmensurable, Alfonso Guerra, del que Verstrynge habría de hacerse amigo —y que pujó finalmente para atraerlo al Partido Socialista—. Cuando Fraga entiende que jamás va a ganar unas elecciones, quien lo sustituye es Hernández Mancha, y con eso está dicho todo. Es evidente que en España —y acaso en toda Europa— la oposición no gana nunca unas elecciones: las pierde quien está en el poder después de ejercerlo y cuando la prensa empieza a sacar corrupciones que terminan en los juzgados. Aunque el puesto de jefe de la oposición tenga tanta visibilidad, solo es efectivo cuando quien tiene enfrente empieza a ser acosado por los escándalos. Hasta que el GAL y Filesa no aparecieron en el horizonte socialista, Felipe González y los socialistas no tuvieron el menor problema para ganar elecciones y renovar sus mandatos de representación. La aspiración de Verstrynge de ganar el centro cayó en saco roto ante los estrategas de la derecha, auténticos dinosaurios que de verdad pensaban que España entera era un barrio de Salamanca más grande.
Las memorias de Verstrynge quedan, pues, como un documento quizá en exceso prolijo —toda vez que la mayoría de los personajes que van compareciendo en sus páginas son hoy lo que serán casi todos los que ahora mismo ocupan las primeras planas de los periódicos: nadie, nada— de la cloaca que es un partido político cuando se convierte en empresa gestora de la realidad y coloniza las instituciones. Cuando Aristóteles decía que lo fundamental eran las instituciones, es raro que no se diera cuenta de que estas las habrían de ocupar personas, y que esas personas difícilmente, o en muy raros casos, iban a darse cuenta de que al ocupar un cargo dejan de tener nombre propio y simpatías para convertirse en herramienta de un Estado: es de ahí, naturalmente, de esa imposibilidad biológica, de donde proceden todos los males que acaban achicharrando a las propias instituciones. No hay día que no se conozcan noticias de ese deslizamiento mediante el cual los asuntos particulares acaban por gangrenar las instituciones, convirtiéndolas no en el lugar donde se da solución a los problemas suscitados por la realidad, sino todo lo contrario: el lugar de donde emergen los problemas que ensuciarán la realidad.
Quizá el libro, al ocuparse de una zona ya avejentada —Aznar está empezando a tomar posiciones, Rajoy apenas ha empezado a trepar—, hubiera potenciado su interés si Verstrynge, después de su abandono, muy por las malas, de la primera línea política, donde brilló con vibrantes discursos parlamentarios y estuvo a punto de hacer el milagro de arrebatarle la alcaldía de Madrid a Tierno Galván, hubiera aumentado su caudal contando el nacimiento de Podemos, el momento actual del populismo que, por mala prensa que genere, parece estar ganando batallas en todas partes. Solo le dedica un último capítulo muy breve, que sabe a poco, más bien anecdótico, aunque pone algunos puntos sobre las íes analizando las principales fallas del proyecto al virar de un afán por encapsular la fuerza de una decepción, la calle harta, hacia un dogmatismo que compró «wokismo» y naderías desde una «izquierda exquisita» que finalmente venía a ser lo mismo que ya teníamos. Se hubiera agigantado sin duda el interés de un libro que —a pesar de las erratas— se lee con verdadero vértigo, aporta datos y razones de peso con lucidez, retrata a falsarios y trepas sin faltarles el respeto y, para compensarlo todo, caricaturiza sin mucha piedad al propio narrador, porque si alguien sale mal parado del libro es el propio Verstrynge, y eso es lo mínimo que se le puede pedir a un libro de memorias: que huya de la autohagiografía y no cometa el impudor de querer salvarse a toda costa. Al final del volumen habla de triangulación y dice, muy garciacalvianamente también: ni izquierda ni derecha, sino su superación por otra cosa: el pueblo. Dada la imposibilidad de definirlo y, en cualquier caso, dada la capacidad del poder de dividirlo para desactivarlo, el ideario de Verstrynge acaso choca contra la propia estructura de la realidad, que está montada así para que nos conformemos siempre con la política del «mal menor». La conciencia de que solo se vive una vez hace el resto y muy a menudo, en la empresa, en la calle, en la vida cotidiana, no parece que tengamos más salida que mirar a otro lado y conformarnos con llegar a mañana.
A pesar de este evidente defecto, el de Verstrynge es uno de los libros más honestos e interesantes de los que ha producido la política española. Y además lleva a otros muchos libros, porque la batería de títulos citados es lo suficientemente atractiva como para que uno sienta deseos de leer esos títulos que el autor exprime.










Es una lástima que no sea europeo, de piel blanca sobre todo y, en especial modo español pues este libro , de acuerdo a cómo lo describe el autor merecería toda mi atención. Mi comentario solo se centrará en esa definición de “populismo” repartido en varios personajes históricos, que además de “demagogia” fueron las etiquetas que le colgó la oposición europeísta de mi pais al Movimiento Político y Social que es el peronismo, la visión de una Argentina más justa, libre y soberana y, sobre todo, desarrollada, para terminar de ser sólo un país abastecedor de materias primas, un pais con industrias e inteligencias propias, un país que incluyera a los que no son de origen europea, una país que tiene la Provincia del Chaco con su riqueza arborea arrasada irremediabelmente por culpa del valor estético del tanino para la industria de la curtiembre europea y no sólo. Entiendo que es inevitable que llegados al poder, quienquiera, se formen camarillas, componendas, etc. etc. pero de frente a un gobierno como el actual que prefiere continuar a ser un abastecedor sumiso de materias primas o estratégicas como el litio o el petroleo, prefiero el “populismo” o la “demagogia” del peronismo. Gracias por la lectura.