Arte y Letras Literatura

Medea, la gran hechicera de la antigüedad

Medea y Jasón, de John William Waterhouse.po
Medea y Jasón, de John William Waterhouse.

Todo aquel interesado en conocer las intrigas del perpetuo contencioso matrimonial, el que quiera saber algo más de la embrollada querella de los sexos y enumerar las causas del pleito conyugal tendrá que irse tan atrás como le sea posible. Y retroceder, por lo menos, hasta el gran autor de la tragedia griega, el memorable escritor teatral de los festivales atenienses.

Cultivaba Eurípides un gran interés por la personalidad de las mujeres. De las diecinueve obras que se conservan del autor, diez llevan nombre de mujer o aluden a las mujeres: Andrómaca, Ifigenia, Alcestis, Helena, Hécuba, Electra, Las suplicantes, Las troyanas, Las fenicias, Las bacantes.

Si un hombre caía en la imprudente tentación de ver a la mujer como una dócil ama de casa, un refugio sentimental o una esclava sexual, descubría en las representaciones teatrales de Eurípides los más remotos, ancestrales y oscuros temores. Es la imagen que Eurípides procuraba transmitir con elocuentes recursos escénicos y alta tensión dramática.

Fue un maestro poniendo en escena los motivos del deseo, la conquista, los celos y la venganza. Cuenta el profesor Adrados que «Eurípides se enfrentaba a las tontas pretensiones de superioridad de los aristócratas y defendía la causa de los esclavos, de los hijos naturales y de las mujeres». Las tenía en gran consideración y las situaba en el centro de un drama perenne. Y siempre conseguía hacer realidad una de sus principales intenciones: aterrorizar a los hombres de Atenas.

Las representaciones de Eurípides provocaban el escándalo y una razonable irritación entre los espectadores. Si alguna vez fue motivo de preocupación la posibilidad de ser emasculado, amputado y castrado, la sospecha revivía ardientemente en cada una de sus obras.

Con Medea lleva a la cumbre de la representación la más inquietante figura de la historia teatral: la más implacable de las mujeres, la más poderosa de las hechiceras. Medea, la mujer enamorada, arrebatada por la lealtad y la pasión. Medea, la mujer ofendida, humillada y despreciada.

La tragedia de Eurípides se estrenó en el 431 a. C., el año en que comienza la devastadora guerra del Peloponeso, un momento especialmente adecuado para recordar a los atenienses que una guerra mucho más cruenta se estaba librando desde tiempo inmemorial en el oscuro aposento de todos los hogares, en la discreta habitación de los cónyuges.

Eurípides pone en escena una tragedia que convendrá no olvidar. Jasón, esposo de Medea, se siente repentinamente atraído por la bella Glauce, no solo por su hermosura, sino porque a sus múltiples cualidades —juventud, elegancia, donaire— añade el nada despreciable detalle de ser la hija del rey de Corinto.

Ante el indudable atractivo de tan prometedor partido, Jasón comprende que lo más recomendable será repudiar a su envejecida esposa, deshacerse de los vínculos caducos y prometerse en matrimonio con la espléndida heredera de la corona.

Cuando Medea descubre el idilio de su marido, prorrumpe en airadas maldiciones y suelta improperios que muy rápidamente llegan a oídos del rey de Corinto, el futuro suegro de Jasón. El monarca comprende que Medea puede llegar a ser una presencia muy molesta y decreta que sea inmediatamente expulsada de la ciudad.

Así, de repente, Medea ve su lecho deshonrado, su estado civil disuelto, su estatus social degradado, su hogar destruido y su futuro condenado a la penosa errancia del destierro.

Eurípides introduce en el espectador las intensas emociones que estallan en el corazón de Medea, pero también lo conduce con sus artes escénicas a contemplar la digna y desconcertante reacción de la gran dama.

Medea, una vez aceptada la traición de Jasón, anuncia que enviará a la novia regalos que «superan en belleza a los que existen entre los humanos». Así cuenta Eurípides cómo recibe la hija del rey los valiosos presentes de Medea:

La joven Glauce «se pone el velo bordado con hilos de oro y coloca la áurea corona en torno a sus bucles, arregla sus cabellos ante el brillante espejo, sonríe a su propio rostro y, levantándose de su trono, marcha por la estancia andando graciosamente, y poniéndose de puntillas se contempla, muy contenta, adornada con los regalos de Medea».

En este momento el público ateniense no sabe qué pensar.

¿Será el de Medea el más espléndido regalo de bodas? ¿Entregará sus propias joyas a la joven amante del marido? ¿Le resultará tan fácil a Jasón cancelar el viejo matrimonio y sustituirlo por uno más ventajoso? ¿Podrá repudiar el viejo amor gastado por el aburrimiento y adquirir uno nuevo, de bellas y suntuosas carnes juveniles? ¿Será posible que Medea acepte con docilidad su destino de mujer repudiada?

Muy pronto deshará Eurípides el desconcierto del espectador.

Glauce, la hermosa novia, ataviada con las joyas que le ha regalado Medea, se tambalea. Abundante espuma blanca brota de su boca, le giran las pupilas fuera de las órbitas. Y se oye un espantoso gemido.

La áurea diadema colocada en torno a su cabeza lanza asombrosa fuente de fuego devorador y el fino velo desgarra su delicada carne. Intenta huir levantándose abrasada, agitando los cabellos que arden. Pero cae al suelo: ya no se distingue la posición de sus ojos ni su hermoso rostro. La sangre gotea desde lo alto de la cabeza mezclada con fuego y las carnes, a modo de lágrimas, fluyen de sus huesos con las invisibles dentelladas del veneno llameante.

El rey de Corinto —sigue contando Eurípides— se abraza al desdichado cuerpo de su hija y perece junto a ella víctima del mismo fuego. Pero la venganza de Medea no acaba aquí.

Todavía debe cometer el horrendo crimen, la consumación última del rencor, la rabiosa ejecución de su corazón furioso. Medea coge a sus hijos, los que tuvo con Jasón, y los mata con despiadada saña.

Se sube al carruaje, se eleva hacia los cielos, amparada por la más alta autoridad de las deidades celestes, y desde lo alto de las nubes clama como la terrible heroína de los tiempos antiguos: «¡Hijos míos, hijos míos, habéis perecido por la locura de vuestro padre!».

Han sido numerosas las representaciones de Medea, las versiones (como la de Séneca o Corneille), las óperas (como la de Cherubini), y espléndidas las encarnaciones que se han hecho de la terrorífica mujer en los escenarios teatrales de medio mundo.

En la versión cinematográfica que Pasolini hizo de Medea, María Callas expresa con soberbia habilidad la fuerza de una mujer enamorada, feroz y vengativa. La fulminante mirada de sus ojos negros brilla sobre una benévola sonrisa de mujer dócil y transmite el terrorífico mensaje de Medea a todos los hombres del mundo.

El director italiano captó magistralmente la atmósfera arcaica que evoca el propio Eurípides con su tragedia, pues el dramaturgo griego remueve con su obra el oscuro fondo de unos recuerdos temibles. Poderes maléficos, sacrificios humanos, infanticidios rituales reverberaban en la memoria de la Atenas del siglo V a. C.

Ciertamente, la historia de Medea sembraba el terror entre los hombres del público ateniense. Y no es difícil imaginarlos con una expresión de pavor en su rostro. Pero el enigma de la tragedia reside en un diálogo que a menudo pasa desapercibido.

Es el momento en el que Jasón le cuenta a Medea los motivos por los cuales la abandonará. Le dice: «¿Qué hallazgo más dichoso podría haber encontrado que casarme con la hija del rey? Lo hago —añade Jasón— por tu bien y por el bien de nuestros hijos. Seré rico y todos saldremos ganando».

Al espectador ateniense no podía pasarle por alto la imprudencia de Jasón. ¿Acaso no sabes con quién estás hablando? ¿Acaso has olvidado lo que fue capaz de hacer esta mujer? —dirían para sí mismos los expectantes con el labio tembloroso—. En Atenas todos recordaban la historia de cómo conoció Jasón a Medea.

Jasón se había adentrado en las tierras bárbaras para robar el Vellocino de Oro. Medea, la hija del rey de la Cólquide, se enamora del viajero y le ayuda con sus malas artes a conseguir la codiciada pieza. Medea abandona a su familia y huye con Jasón y la sagrada reliquia del Vellocino. Para impedir que las naves del padre les den alcance, Medea mata a su propio hermano, al que había embarcado, despedaza su cuerpo y va arrojando los trozos por la borda del barco para que su padre se demore recogiéndolos uno a uno y así ella pueda escapar con Jasón.

Esta es la mujer a la que Jasón se atreve a traicionar. Si pones atención, todavía podrás oír el clamor del público ateniense: ¡pero qué haces, insensato!

Incomprensiblemente ajeno a la poderosa hechicería de su esposa, Jasón decide abandonarla, humillarla, deshonrarla, pero no sin dejar de explicarle juiciosamente las razones que le han llevado a tomar tan arriesgada decisión.

«Es natural —dice Jasón— que el sexo femenino se encolerice contra el marido si contrae nuevo matrimonio. Afortunadamente, Medea, tú eres una mujer prudente y has comprendido lo que te conviene».

Imaginad al espectador ateniense contemplando con terror la escena y preguntando con unánime murmullo a Jasón: pero ¿tú sabes lo que estás haciendo?

Habiendo sido testigo de cómo tu esposa sacrificó a su hermano, lo despedazó y arrojó por la borda sus vísceras, enloqueciendo de dolor a su propio padre; conociendo sus maléficas artes, sabiendo de su falta de escrúpulos, y de cómo fue capaz de abandonar su reino para ir enamorada detrás de ti, sabiendo eso, ¿cómo te arriesgas a provocar la ira de su corazón?

Este es el fascinante enigma de la tragedia de Eurípides. ¿Cómo se atrevió Jasón a desafiar la poderosa furia de Medea? ¿Cómo osas decirle a tu esposa, engañada, repudiada y abandonada, que todo lo has hecho «por tu bien»?

Mientras Medea asciende hacia los cielos, Jasón se queda solo en medio del escenario: ha perdido a la mujer que deseaba, a sus hijos, al suegro rico y poderoso y al trono que ambicionaba. Pobre Jasón. Pobrecito Jasón. El gran aventurero, el capitán de los argonautas, descubre demasiado tarde la futilidad de la presunción masculina.

La obra de Eurípides se ha considerado hasta ahora una modélica versión del género teatral dedicado al trágico desenlace de la condición humana. Una forma literaria que evoca los enigmas del infortunio, el dolor y el mandato fatal del destino. El memento de la tragedia padecida por el héroe instalado en el escenario del mundo. Aunque quizá haya llegado la ocasión de concebir un nuevo ajuste dramático para la clásica e inolvidable Medea. La descuidada insensatez de Jasón, su imprudente osadía, su incomprensible y desnortado candor permitirá componer una versión adaptada a las exigencias de la ópera bufa. La escena final de la obra, con Jasón en el centro del escenario contemplando con la boca abierta a la Medea que asciende con su carro hacia los cielos, es uno de los momentos más sublimes de la ridícula figura del hombre. Las confidencias que Jasón comparte con Medea —pariente de la bruja Circe que conoció Ulises—, confesándole su intención de abandonarla y sustituirla por una mujer más joven, rica y bella, resaltan la potencia cómica con que Eurípides quiso burlarse de los hombres.

SUSCRIPCIÓN MENSUAL

5mes
Ayudas a mantener Jot Down independiente
Acceso gratuito a libros y revistas en PDF
Descarga los artículos en PDF
Guarda tus artículos favoritos
Navegación rápida y sin publicidad
 
 

SUSCRIPCIÓN ANUAL

35año
Ayudas a mantener Jot Down independiente
Acceso gratuito a libros y revistas en PDF
Descarga los artículos en PDF
Guarda tus artículos favoritos
Navegación rápida y sin publicidad
 
 

SUSCRIPCIÓN ANUAL + FILMIN

105año
Ayudas a mantener Jot Down independiente
1 AÑO DE FILMIN
Acceso gratuito a libros y revistas en PDF
Descarga los artículos en PDF
Guarda tus artículos favoritos
Navegación rápida y sin publicidad
 

Un comentario

  1. La mujer mata a sus hijos, pero la moraleja es que los hombres son muy malos y ridículos. Curioso.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*