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La paradoja de la tecnología y el tiempo liberado: de la aceleración tecnológica a la aceleración social

Detalle de Robots bailando, Anton Brzezinski, 1997. La paradoja de la tecnología y el tiempo liberado
Detalle de Robots bailando, Anton Brzezinski, 1997.

Este artículo es un adelanto de nuestra nueva revista Humanismo Digital 3, ya disponible en nuestra tienda online.

Desde los años 1960 la promesa de la tecnología era la de innovar y ahorrarnos tiempo de trabajo por medio de la automatización. Esa promesa de la tecnología, como las ensoñaciones de la razón, produce monstruos, como los replicantes. Ya en los años 1980 el optimismo tecnológico se vio cuestionado desde el ámbito de la cultura popular con el estreno de Blade Runner (Ridley Scott, 1982). Con su estética de neón y lluvia constante, este film ambientado en el «noir futurista» proyectaba el futuro (año 2019) como una forma acelerada del capitalismo neoliberal, marcado por la tecnología, la publicidad masiva y la mezcla de culturas.

El futuro llegó de forma efectiva con la entrada en el siglo XXI, el internet de las cosas, la inteligencia artificial, el big data y la fusión de tecnologías digitales, físicas y biológicas. La tecnología llegó, pero sin capacidad de producir, por sí misma, el advenimiento del tiempo libre; lo que sí trajo consigo, en cambio, fue una nueva ola de compresión de nuestra experiencia espacio-temporal, un proceso que lleva activo, al menos, desde el perfeccionamiento de la máquina de vapor, allá por 1761, en el marco de la primera revolución industrial.

Esta experiencia comprimida del tiempo que vivimos desde principios de los años 2000 se materializa en la sensación de fugacidad que acompaña nuestro presente y que se hace eco en expresiones como ¡No llego a todo! o ¡No me da la vida! Como consecuencia, nos vemos arrastrados involuntaria e inconscientemente a una compulsión a estar activos que se traduce en listas interminables de tareas a realizar (to do list), ilimitadas propuestas de ocio y, en definitiva, en opciones potencialmente infinitas cuya sola representación produce cansancio e insatisfacción. Pero no nos engañemos, lo que produce hastío e incluso angustia no es ninguna de las opciones concretas tomadas en su particularidad, sino la mera representación potencialmente infinita de posibilidades que se nos presentan en el capitalismo tardío y que terminan produciendo parálisis e indecisión por saturación. Esta angustia puede expresarse recurriendo al uso idiomático cada vez más común de «tener FOMO» (fear of missing out) o «miedo a perdérselo». Aun así, sería reduccionista inferir que este proceso de aceleración social sea algo que simplemente se nos impone. No creo que seamos meros sujetos pasivos de un proceso de aceleración tecnológica resultante de procesos económicos —que también—; más bien creo que habría que reconocer que la aceleración de nuestros ritmos de vida es activamente promovida por nosotros mismos en un intento por negar la finitud real de nuestras posibilidades vitales, a base de incrementar la velocidad de nuestras vidas. Según el sociólogo Hartmut Rosa, «si vivimos “al doble de velocidad”, si nos tomamos la mitad de tiempo para realizar una acción, meta o experiencia, podemos duplicar la suma de la experiencia y, en consecuencia, “de la vida” en nuestro periodo vital» (Alienación y aceleración, Katz, 2016).

Esta aceleración del ritmo de vida es un hecho constatable, al menos en las grandes ciudades, donde se puede observar la tendencia actual a hacer más cosas en menos tiempo, convirtiendo las vidas modernas en vidas aceleradas en la medida en que se caracterizan por una sensación de escasez de tiempo. La posibilidad cada vez más empleada de acelerar los vídeos de YouTube o los audios de Whatsapp a 1,5x e incluso a 2x responde a esta pulsión aceleratoria que encuentra asidero también en nosotros mismos.

Pongamos un ejemplo. El paso del televisor al ordenador portátil, que en su primer modelo pesaba la friolera de veinticinco kilos —lo que lo hacía el más ligero del mercado cuando IBM lo lanzó en 1975—, no consistió simplemente en la sustitución de una pantalla por otra. Implicó una pequeña revolución al sustituir una relación en la que el usuario era prácticamente pasivo por una relación interactiva entre usuario y dispositivo tecnológico. Hasta entonces solo podíamos gritarle a la tele, ahora podemos ver el partido con colegas gracias a Discord o jugar a un videojuego a cuatro en modo multipantalla, además de que podemos interactuar con multitud de plataformas de streaming ampliando el mundo technicolor del teletexto hasta alcances insospechados.

La aceleración tecnológica no trajo, pues, el tiempo libre sino el tiempo acelerado propio de la misma aceleración social, es decir, la imposición cultural y económica de vivir más rápido. La falacia consiste en que el tiempo «liberado» por el uso de la tecnología es inmediatamente reinvertido en tareas que sostienen el mismo orden económico y cultural. Bajo condiciones capitalistas, el tiempo liberado no se convierte sin más en tiempo emancipado propiamente libre, sino en tiempo disponible para un consumo cultural cada vez más intensivo, más fragmentado y potencialmente diversificado. Tener tiempo disponible no es lo mismo que tener tiempo libre, suena parecido, pero no es lo mismo. La paradoja consiste en que la aceleración tecnológica no ha implicado (únicamente) una reducción del tiempo que empleamos en realizar ciertas tareas, sino también un aumento de tareas de microgestión y una nueva inclinación al multitasking (hacer varias cosas al mismo tiempo, con la correspondiente diversificación de la atención).

Ahora mismo, cuando las nuevas tecnologías (como la IA o el big data) y las no tan nuevas (como el transporte y las comunicaciones) reducen nuestro tiempo de trabajo, ese aparente acortamiento de nuestra jornada laboral no implica necesariamente un aumento del tiempo libre, sino un aumento del tiempo disponible para seguir produciendo y consumiendo. Lo que ocurre es que las formas de consumo han cambiado, el ocio se ha diversificado exponencialmente y, donde antes podíamos tener una o dos aficiones si teníamos suerte, ahora vivimos en un régimen de hiperactividad. Las formas de ocio y tiempo libre han explotado y han dado cabida a una especialización y profesionalización cada vez mayores. De esta manera, el tiempo liberado se transforma en tiempo capturado por nuevas lógicas productivas. Digamos que lo que ha cambiado es la velocidad de los procesos tecnológicos, pero no la dirección de los mismos. Nuestras herramientas tecnológicas nos permiten hacer más cosas con ese tiempo liberado, pero nunca menos.

En consecuencia, lo que ha aumentado claramente es el tiempo de consumo de productos culturales, pero estrictamente no el tiempo libre. Las redes son una tarea diaria más que atender en la era del capitalismo de plataformas (Capitalismo de plataformas, Srnicek). Podemos decir que son buenos tiempos para la industria cultural —desde el streaming a los videojuegos, de Instagram a los pódcast—. Esta industria, como todas las demás, necesita tiempo humano para sostener su acumulación. Por eso no se limita a producir contenidos a la mayor velocidad posible, sino que mejora en adaptarlos para diferentes tipos de audiencias, personalizarlos y disponerlos en el espacio cultural.

En su investigación sobre los orígenes del cambio cultural, también conocida como La condición de la posmodernidad (1989), David Harvey analiza el cambio producido en nuestras prácticas culturales y económico-políticas a partir de los años 1970 en los términos de «una compresión espacio-temporal» para concluir que las representaciones culturales y las expresiones estéticas e ideológicas producidas en un momento histórico responden a una determinada forma de experiencia del espacio y el tiempo. La tecnología pudo haber traído tiempo libre, pero en su lugar transformó la libertad temporal en disponibilidad operativa. Tiempo para «estar ready». El tiempo tecnológico podría haber servido para restituir espacios no colonizados por valores capitalistas. La automatización de tareas alienantes, la redistribución de tiempos de cuidado y asistencia, la ganancia de una mayor autonomía por medio de prótesis y herramientas tecnológicas pudieron transformar nuestras vidas para mejor, pero bajo condiciones capitalistas lo que se produjo fue una intensificación de la temporalidad existente: más velocidad, mayor disponibilidad, más presión para aumentar la productividad.

La promesa que sí se cumplió no fue la de democratizar el capitalismo, sino la de individualizar la experiencia de consumo; es decir, la tecnología al servicio del capitalismo produjo la individualización de la experiencia de usuario. Este fue el resultado de la revolución tecnológica proyectada en los años 1970 desde Silicon Valley cuyo lema era «free the user», liberar al usuario.

Lo que no trajo consigo la tecnología fue un tiempo no colonizado por el capitalismo. Cuando las condiciones estructurales permanecen intactas, la innovación técnica no transforma la vida, solo la acelera.

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2 comentarios

  1. Excelente artículo y muy cierto. Recuerdo haber leído que la utopía de la liberación del tiempo del trabajador por la tecnología ya la deseaban y preveían Maynard Keynes o Bertrand Russell, el tecnoptimismo de los años 30, como el de H G Wells. Y la máquina o los androides como liberadores del trabajo y las tareas pesadas creo que precede a éso. El sueño de la razón produce monstruos, más trabajo, menos tiempo, más cansancio, más estrés, más ansiedad, más depresión , más crispación, más control.

  2. Según la paradoja de Jevons la eficiencia no reduce necesariamente el consumo. Cuando una tecnología hace algo más eficiente, en lugar de disminuir su uso suele aumentarlo, algo que observamos en muchos ámbitos. Basta pensar en cómo el correo electrónico no solo sustituyó al correo postal, sino que multiplicó exponencialmente tanto la comunicación como nuestra dependencia de ella. Y hacia allí vamos con la IA.

    El artículo plantea muy bien la paradoja de una tecnología que promete liberar tiempo y acaba produciendo justo lo contrario: una vida, una cultura, cada vez más aceleradas, donde el sistema social convierte cada ganancia de eficiencia en una nueva obligación, una nueva oportunidad para hacer algo más, y cuyo resultado deriva efectivamente en una experiencia subjetiva de escasez permanente de tiempo.

    La paradoja, en el fondo, es cultural. No sabemos qué hacer con el tiempo que ganamos si no es volver a llenarlo.

    En el marco del capitalismo de vigilancia (Shoshana Zuboff) la atención humana se convierte en el recurso escaso y codiciado. Cuanto más eficientes son las herramientas digitales, más tiempo capturan nuestra atención y más monetizan ese aumento de actividad.

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