
Este artículo es un adelanto de nuestra revista trimestral Jot Down #54 «El Dorado», ya disponible aquí.
Partieron una mañana clara, cuando el norte todavía era una promesa ordenada y el sur un relato de selvas húmedas, costas abiertas y peligros imprecisos. El barco cargado de bananas se alejaba del puerto dejando una estela como huella efímera que anunciaba la desaparición de todo lo que quedaba atrás. Karen miró la línea del agua sin nostalgia, con esa serenidad que no es paz sino decisión. Olaf, a su lado, llevaba el cuerpo recto, el gesto contenido, como si hubiera aprendido demasiado pronto que amar el mundo implicaba tensarlo hasta el límite. No sabían si alguno regresaría. Tal vez sí lo sabían y por eso no lo dijeron.
Buscar el paraíso no era para ellos un gesto turístico ni una metáfora naíf. Era la materialización de un deseo mitocondrial: encontrar un lugar donde la vida pudiera sostenerse sin traicionarse. Venían de una Europa que todavía olía a guerra, a burocracia ordenada en cuadrículas, a progreso entendido como sierra y motor. Olaf había aprendido a leer el paisaje con su padre, a medir árboles, a obedecer jerarquías. Karen había aprendido otra cosa: a escuchar. Se encontraron en un punto improbable, entre libros de salud, dietas imposibles y una intuición compartida de que el cuerpo y la tierra no eran entidades separadas.
Viajaron durante meses. México, Ecuador, nombres que se deslizaban sin fijarse. Nada encajaba del todo. El calor era a veces excesivo, la tierra demasiado herida, la gente demasiado acostumbrada a sobrevivir. Hasta que una noche Karen soñó. En el sueño había una península, el océano golpeando con determinación, árboles inmensos con flores que no parecían de este mundo. No fue una revelación mística, sino una imagen nítida, casi mística. Al despertar no la contó como se cuentan los sueños, con pudor o ironía, sino como se señala un camino.
Costa Rica apareció primero como una palabra y luego como un territorio en los límites del mar salado. Navegaban frente a Nicoya cuando Karen sintió ese reconocimiento físico, inmediato, como si el cuerpo recordara antes que la memoria. Bajaron a tierra y colgaron una lona entre árboles. El paraíso empezó así, con un gesto mínimo, precario, expuesto al viento y a los insectos. Dormían sobre arena húmeda, escuchaban animales que no sabían nombrar, se alimentaban de hojas que veían comer a otros. La belleza era absoluta y al mismo tiempo hostil. El bosque no ofrecía consuelo, ofrecía presencia.

Compraron tierra cerca de Montezuma y plantaron árboles frutales como quien escribe una carta larga al futuro. Treinta y dos especies distintas, una enumeración que parecía un conjuro. Decidieron vivir de frutas y vegetales, confiar en que la tierra respondería con generosidad. Durante un tiempo no lo hizo. Adelgazaron, enfermaron, las infecciones se acumulaban como pequeñas derrotas. Karen seguía preparando bebidas con hojas de mono, convencida de que afinaban los sentidos, de que el cuerpo podía aprender otros ritmos. Olaf escribía cartas pidiendo medicinas, herramientas, paciencia. El paraíso, entendieron pronto, no era una postal sino una herida abierta que exigía cuidado constante.
No estaban solos. Los animales se acercaban sin miedo, como si reconocieran algo familiar en esos cuerpos pálidos y silenciosos. Un pizote los seguía como un perro. Los monos observaban desde las ramas, sin huir. La frontera entre lo humano y lo salvaje se volvía porosa, inquietante. Los vecinos los miraban con desconfianza. Olaf compraba caballos enfermos para darles una última calma antes de matarlos él mismo, con una precisión que mezclaba compasión y violencia. Lo llamaban asesino de caballos, sin entender que su gesto no era de dominio sino de límite.
El bosque, mientras tanto, desaparecía. Colinas enteras convertidas en claros, humo, ruido de machetes. Olaf subía a Cabo Blanco y regresaba con el rostro tensado por una pregunta que no encontraba respuesta: ¿adónde irían los animales cuando ya no quedara bosque? Karen escuchaba en silencio. Sabían que no bastaba con salvar su pequeña parcela. El paraíso no podía ser privado. Había que proteger algo que no les pertenecía. Comenzó entonces otra forma de viaje, menos épica y más agotadora. Cartas, peticiones, visitas a oficinas donde el bosque era una abstracción lejana. Olaf hablaba de árboles y monos en despachos que olían a papel y café frío. Viajó una y otra vez a San José, insistiendo con una paciencia que rozaba la obstinación. Durante años, la idea de una reserva natural parecía una excentricidad extranjera, una rareza sin valor económico. Mientras tanto, el bosque seguía cayendo.
En uno de esos textos que envió al extranjero escribió que aquello era «un paraíso que necesita ayuda ahora; dentro de un año será demasiado tarde». No había lirismo en la frase, solo urgencia. La palabra paraíso dejaba de ser un lugar para convertirse en un tiempo que se agotaba. Llegó el dinero, llegaron los apoyos, llegó finalmente el decreto. En 1963, Cabo Blanco quedó a salvo, al menos sobre el papel. El sendero principal llevaría su nombre, pero eso era secundario. Lo importante era que el bosque podía, por primera vez, quedarse quieto. Los años siguientes fueron de vigilancia y soledad. Los guardas iban y venían, los problemas se repetían, las amenazas no desaparecían. Olaf y Karen trabajaban sin descanso, como si la quietud del bosque se sostuviera gracias a su agotamiento. Vivían con poco, caminaban mucho, se hablaban lo justo. Su relación no era idílica, era funcional, intensa, hecha de silencios compartidos. El paraíso no los volvía suaves; los volvía atentos.
Poco a poco, la vida regresó. Las huellas humanas se borraron. Los animales se hicieron menos temerosos. La selva empezó a cerrarse sobre sí misma, como una herida que cicatriza sin olvidar. Olaf observaba ese proceso con una mezcla de satisfacción y ansiedad. Sabía que no bastaba. Había visto otro bosque al sur, Corcovado, tan rico y tan amenazado como Cabo Blanco lo había estado antes. El paraíso, una vez encontrado, exigía expansión, riesgo, desobediencia a la idea de descanso. Karen percibía ese movimiento interior. No lo frenaba. Sabía que el amor, en su forma más radical, no consiste en retener sino en acompañar hasta donde se pueda. Cuando Olaf partió hacia Corcovado en 1975, prometió regresar para su cumpleaños. Ella asintió sin dramatismo. La selva había enseñado que las promesas son frágiles, que solo el presente es fiable.
Las noches siguientes Karen soñó con él. En los sueños, Olaf tenía frío. Aparecía envuelto en su vieja capa militar, una imagen impropia, casi irónica, en medio del trópico. En uno de esos sueños sonaba un teléfono, aunque ella no había visto ninguno desde que dejó Europa. Al descolgarlo, sabía que era él. Le decía palabras que quizá no se dicen lo suficiente cuando el amor ya es costumbre. «Te quiero», sin adornos, sin explicaciones. Cuando Olaf no volvió, la intuición fue inmediata, brutal. No hubo negación prolongada. Karen alquiló una avioneta, preguntó, buscó. Encontró un rastro mínimo: un cuchillo clavado en un árbol, una brújula, una bolsa al hombro. Encontró huesos. Reconoció al hombre que había amado por objetos y por ausencia. El bosque había hecho lo que el mundo no se atrevía: reclamarlo entero.

Durante años se habló de asesinato, de intereses, de oro, de banano. Se dijo que había muerto por defender árboles. Todo era cierto y al mismo tiempo insuficiente. Olaf había vivido de tal manera que la violencia no podía no alcanzarlo. No por heroísmo, sino por coherencia. Como escribió alguien después, cayó «como las montañas devastadas al paso de la sierra», víctima de los voraces. La frase no embellece la muerte, la explica. Olaf siempre había dicho que no quería tumba, que prefería desaparecer en la selva. Karen respetó ese deseo y al mismo tiempo lo traicionó con amor. Recogió lo que quedaba de él y lo llevó de vuelta a Cabo Blanco. No dijo a nadie dónde lo enterró. Subía sola a una colina, se sentaba un rato, volvía. El paraíso, ahora, tenía un centro invisible, una gravedad silenciosa.
Siguió viviendo allí, sola, muchos años. Abrió unas cabinas sencillas para viajeros. Dormían en camas limpias, escuchaban historias a medias. Karen hablaba poco del pasado. Vivía con lo justo, como si cada exceso fuera una falta. Donó sus tierras para que siguieran siendo reserva absoluta. Su generosidad no era grandilocuente, era exacta. La enfermedad llegó sin metáfora. Cáncer, la palabra que Olaf había intentado conjurar con dietas, bosques y decisiones radicales. Karen la aceptó con la misma sobriedad con la que había aceptado la selva, la soledad, la muerte. Murió en 1994. Fue enterrada en la selva, no lejos de donde había llegado casi cuatro décadas antes. El círculo se cerraba sin estruendo.
Buscar el paraíso no los salvó del dolor ni de la violencia. No los protegió de la pérdida. Pero dejó algo en pie. Un bosque que todavía respira. Un modelo que nació sin pretenderlo. Una forma de estar en el mundo que entendió que la belleza no es un premio, sino una responsabilidad. «En la naturaleza está la preservación del mundo» (Henry David Thoreau), pero esa preservación exige cuerpos dispuestos a sostener la fragilidad, incluso cuando amenaza con desbordarse.
Hoy, quienes caminan por Cabo Blanco o por Corcovado pisan una historia hecha de decisiones silenciosas. No ven a Karen ni a Olaf, pero el aire conserva algo de su obstinación. La selva no es inocente, nunca lo fue. Es bella y herida a la vez. Y en esa coexistencia, tensa y delicada, sigue latiendo la pregunta que los trajo hasta aquí: qué estamos dispuestos a perder para que algo, finalmente, permanezca.
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Karen Mogensen Fischer fue una ambientalista danesa que llegó a Costa Rica en la década de 1950 junto a su esposo sueco, Nils Olof Wessberg, conocido allí como Nicolás. No llegaron como técnicos ni como representantes de ninguna institución, sino como dos personas que buscaban un modo de vida coherente con una idea radical para su tiempo: vivir en contacto estrecho con la naturaleza y sin someterla a la lógica de la explotación. Se instalaron en Montezuma, una pequeña localidad costera situada en el extremo sur de la península de Nicoya, en el auge de la deforestación por el negocio maderero y la ganadería intensiva.
Entre 1960 y 1963, Karen decidió adquirir unas 1250 hectáreas de bosque en Cabo Blanco con dinero obtenido en buena parte gracias a donaciones procedentes de Europa. El objetivo era detener la destrucción de la masa forestal en el extremo sur de la península. La implicación de Karen no fue secundaria ni simbólica; participó activamente en la gestión, en la vida cotidiana en condiciones durísimas y en el sostenimiento moral de un proyecto que durante años fue visto como una excentricidad extranjera.
Nicolás Wessberg, por su parte, era un conservacionista sueco con formación militar y una profunda conciencia ambiental. Junto a Karen impulsó la creación de la Reserva Natural Absoluta Cabo Blanco, considerada la primera reserva privada de Costa Rica y el germen del futuro sistema de parques nacionales. Su campaña de denuncia contra la deforestación, la caza y el fuego logró que en 1963 se declarara oficialmente la reserva, convirtiéndose en el primer gran proyecto de restauración de zonas degradadas del país.
Lejos de detenerse ahí, Wessberg extendió su lucha a la península de Osa, donde se enfrentó a intereses madereros, ganaderos y mineros en defensa de lo que acabaría siendo el Parque Nacional Corcovado. En 1975 fue asesinado mientras realizaba estas campañas, lo que lo convirtió en uno de los primeros «mártires» de la conservación en Costa Rica. Karen continuó viviendo en Montezuma hasta su muerte en 1994. En su memoria se creó la Reserva Karen Mogensen, hoy área protegida, estación de investigación y refugio de vida silvestre. Ambos están enterrados en la Reserva Natural Absoluta Nicolás Wessberg, en el mismo territorio que decidieron proteger, como si su historia hubiera quedado definitivamente anclada al bosque que salvaron.









Con tantas noticias que desaniman, esta lectura es un bálsamo, una delicia, con dos inmensos personajes que desconocía. El tercero es usted, y su prosa. Muchísimas gracias.