
Hay maestros que dictan testamento como quien lanza un conjuro. Umberto Eco, que de jugar con los signos sabía un poco, dejó por escrito que durante diez años nadie debía homenajearlo, escribir su biografía ni convertirlo en estampita académica. La fecha del desencantamiento se cumplió el 19 de febrero de 2026. Y ahora recién expirado el plazo, en un acto en Valencia, los protagonistas de esa orden de silencio se sentaron juntos para desobedecerla con el respeto que se debe a las desobediencias cariñosas. Se presentaba Umberto Eco (desclasificado), de Mayte Aparisi, publicado por Jot Down Books con prólogo del editor Ángel L. Fernández. La protagonista del libro, la semióloga argentina Lucrecia Escudero —discípula y amiga íntima de Eco durante cuarenta años—, ofició como testigo principal. La acompañaba Cristina Peña Marín, otra discípula del famoso curso boloñés de 1976, sentada en primera fila, diciendo unas palabras por aclamación tácita a mitad del acto.
El comienzo, como toda buena historia de Eco, empezó por una mirada. Ocurrió en el verano de 2023, en una cena organizada en Valencia por el editor argentino Carlos Schmerkin. Lo cuenta Mayte Aparisi, Lucrecia había caído a su lado por azar de comensales y la conversación derivó al inevitable «¿y tú a qué te dedicas?». Cuando ella respondió que era semióloga, Mayte soltó la frase que casi siempre suelta uno cuando oye la palabra de marras. «Ah, como Umberto Eco. Ahora me dirás que lo conociste». Y Lucrecia la miró. Una mirada que Mayte describe en términos casi fotográficos, una mirada inquietante, dura y nostálgica al mismo tiempo, la mirada de quien sabe que un peso de cuarenta años de amistad acaba de aparecer en una conversación de cortesía. «Éramos como familia durante cuarenta años», dijo, «pasamos las navidades juntos». La periodista olfateó el reportaje y lo propuso. La discípula puso como condición que antes de febrero de 2026, ni hablar.
Aquel maleficio testamentario, lejos de ser un capricho, daba al proyecto una arquitectura temporal perfecta. Mayte trabajó dos años entre 2024 y 2025, primero como reportaje publicado en la web de À Punt, la televisión autonómica valenciana, y luego, por insistencia de un amigo periodista, como libro. La autora confiesa que la idea le imponía respeto, porque enfrentarse a la sombra de Eco asusta a cualquiera. Pero las notas amenazaban con perderse, y la memoria oral, esa cosa frágil que solo existe mientras alguien quiera contarla, exigía papel. Lo curioso es que Lucrecia tampoco se atrevió a leer el manuscrito y en su lugar mandó a su hijo Manolo de avanzadilla, después de comentar con humor argentino que con todo lo que había pagado por su educación, bien podía hacerle al menos un favor crítico. El hijo llamó. El libro era bueno. Y entonces Lucrecia abrió el archivo. Le encantó. Y, sobre todo, se sintió aliviada de no haber olvidado a nadie, porque dentro de pocas semanas los dos congresos boloñeses por el décimo aniversario de la muerte del maestro funcionarán también como tribunal de antiguos discípulos, y la cobra, ese animal mitológico de los círculos académicos, está siempre lista para morder al despistado.
El libro, como reconoció Manolo Gil, editor curtido y amigo crítico al que las flores le caben pocas en la mano, no es una hagiografía. Y eso, viniendo de un terreno minado por las biografías reverentes, ya es mérito. Umberto Eco (desclasificado) es la historia de Lucrecia Escudero —argentina exiliada de la dictadura de Videla que aterriza en Bolonia en 1976 para estudiar con Eco— usada como texto y pretexto para hablar del maestro sin caer en la vida de santo. Gil señaló que la prosa es cristalina, que no hay repeticiones, que los guiones —su manía personal— están donde deben estar y no donde sobran. Y dejó caer, con la oportunidad táctica de quien lleva años en el oficio, que es un libro muy cinematográfico. Como mínimo, dijo, un imprescindible de Televisión Española. Como máximo, una serie. Lucrecia, con la salud económica del semiólogo siempre presente, deslizó que esperaría regalías si Netflix llamara a la puerta.
El año central del libro es 1976. Bolonia. Movimientos estudiantiles, represiones policiales, amores contrariados, infidelidades entre parejas establecidas y una semiótica que, según confesó Lucrecia entre risas, era una asignatura dificilísima y espantosamente aburrida que solo Eco lograba volver interesante. Muy interesante. En aquellas aulas se forjó la amistad de cuarenta años con un grupo de españoles que serían familia.Y allí Lucrecia descubrió a un Eco maestro severo y libre. Severo en lo que él mismo formulaba sin reparos: «no puedo poner mi firma en un producto que no sea perfecto», exigía la excelencia del pensamiento y de la escritura. Libre porque no era un tirano de los que quieren clones. Citaba a sus estudiantes en sus libros, escuchaba, sacaba ideas de las conversaciones. Esa generosidad, dijo Lucrecia, venía de una humildad concreta, la humildad de quien sabe que la propia ignorancia es el territorio más amplio que se administra.
El capítulo favorito de Mayte se titula «Otoño en Nueva York» y ocurre en el legendario Studio 54. La escena es para enmarcarla. Un grupo de semiólogos europeos llega en taxi a la puerta de la discoteca, en la vereda se agolpa medio panteón del estrellato —la mujer de Mick Jagger, Florinda Bolkan, top models, fotógrafos, el mito en estado puro—, y entre los semiólogos hay un comunista convencido y militante, Mario, director de una editorial prestigiosa de izquierdas, que monta una arenga sobre la imposibilidad moral de entrar en aquel antro de perdición donde se regodeaba la crema del capitalismo mundial. Los demás se miraron. Entraron igual. Tarea ineludible del intelectual integrado.
Lo que vieron por dentro lo describe Lucrecia con precisión semiótica. El Studio 54 era el laboratorio del nuevo género de discoteca que después se replicaría en el Paradiso de Ámsterdam o en Pachá. Un dispositivo que no era solo de baile, sino de mirar y ser visto, con música ensordecedora invasiva y luces que producían un dislocamiento del yo, asistido por la cocaína ambiental que Lucrecia se ocupó de aclarar que no probó nunca. La anécdota guarda además un detalle que solo los testigos podían dar: los semiólogos no sabían bailar. Lucrecia, Cristina y Jorge Lozano les enseñaron en la discoteca Scorpio de Urbino. Los pataduras del estructuralismo aprendiendo a moverse al ritmo de la música. Eco, claro, estaba en medio, curioso siempre, atento al fenómeno como si Studio 54 fuera un texto.
Porque Eco era, y aquí Lucrecia rescata una imagen unamuniana, Eco y su circunstancia, un imán. Estabas con él y de repente aparecía Noam Chomsky, o Tomás Maldonado, o el modisto Kenzo. Era él y la gente inteligente que su gravitación atraía. Lo cual, para una estudiante recién aterrizada de Buenos Aires, era una educación paralela tan intensa como el seminario. Y aquí entra una de las revelaciones que mejor justifican la existencia del libro. Mayte le pide a Lucrecia que cuente la frase. La segunda o tercera frase que Eco le dijo cuando, a los cinco minutos de conocerla, se la llevó a una pizzería para escapar del enjambre permanente de gente que le pedía cartas de presentación, correcciones, favores. Y Eco soltó algo así: «Mira, me he comprado un convento en la región de Pésaro, en Montecerignone, con una capilla desacralizada donde voy a montar un teatro». Lucrecia, con la perspicacia argentina, preguntó lo único razonable «¿Y tu mujer qué dijo?» Y Eco contestó con la frase que Mayte ha sabido detectar como la semilla de una novela. «Cuando Renata me preguntó por qué, le dije que quería pasearme por esos corredores con un candelabro encendido y probar el sentido del poder».
A los nueve meses Eco empezó a escribir El nombre de la rosa. No es metáfora ni cronología forzada. Nueve meses exactos. Lucrecia recuerda la mesa de madera del convento restaurado, las cajas de zapatos llenas de fichas de la Edad Media, los viajes con Renata a abadías de Alemania e Irlanda buscando el modelo arquitectónico, y el estupor del grupo cuando el maestro anunció con naturalidad que estaba escribiendo una novela. Un disparate, pensaron. Un bartocomo. Cómo se le podía ocurrir a un teórico semejante saltar del género argumentativo a la ficción. La operación del lenguaje, en cambio, a Lucrecia no le pareció tan extraña, y el libro se chequeó con Omar Calabrese, Paolo Fabbri y media plana de amigos profesionales más atendibles —decía ella con sorna— que los que estaban en aquel convento.
Cristina Peña Marín, sentada al fondo y reclamada al estrado, añadió una observación que cualquier biógrafo agradece. Sus recuerdos y los de Lucrecia del mismo momento histórico no coinciden. Lo cual, lejos de ser un problema, es una suerte. Se complementan. Y reconoció que Lucrecia tiene mejor memoria, y que cuenta con más pasión. Por algo Mayte había caído en la tela de araña narrativa argentina aquella noche en casa de Schmerkin. El libro tiene además un detalle que merece comentario. Mayte no escribió nada sin contraste. Las memorias de Lucrecia se devolvieron a Lucrecia para validación. Las fuentes —datos históricos, artículos de prensa, referencias bibliográficas— se verificaron al margen. Y luego, solo luego, comenzó la fase creativa. El método explica la sensación del lector, la de leer una memoria oral muy bien afinada, donde la prosa de la autora respeta el tono argentino de la testigo y al mismo tiempo construye un ensayo literario propio. Como broche, Mayte recomienda a los lectores que busquen en Spotify dos canciones que aparecen en el libro. Una resume la llegada de Lucrecia a Bolonia. La otra define el personaje de Umberto Eco. No reveló ninguna. La discreción, también ella, forma parte del conjuro.
Eco escribía sus novelas, según confesó muchas veces, a partir de imágenes. Una primera imagen, otra, y a partir de ahí el núcleo narrativo. Umberto Eco (desclasificado) se construye igual. Una mirada en una cena valenciana. Una pizzería boloñesa con un candelabro imaginario. Un Studio 54 al que entran los semiólogos a regañadientes. Un convento con cajas de zapatos llenas de fichas medievales. Y, atravesándolo todo, la pregunta que el libro deja flotando con elegancia. ¿Cuánto de El nombre de la rosa nació en aquella primera comida con Lucrecia, cuando Eco confesó que el sentido del poder era pasear por un corredor con un candelabro encendido y probar?
Diez años después de su muerte, el conjuro se ha levantado. Y lo primero que vuelve a la luz no es el semiólogo del Tratado, ni el novelista del best seller, ni el catedrático de Bolonia. Lo primero que vuelve es el amigo de sus amigos, el que escribía con cajas de zapatos llenas de fichas medievales, el imán que atraía a Chomsky y a Kenzo en la misma sobremesa. El maestro, en suma, que enseñaba sin domesticar. Y eso, para los que estuvimos del otro lado de la mesa en aquella presentación valenciana, es exactamente la clase de Eco que valía la pena desclasificar.









Umberto Eco vino a dar una charla en la universidad de Glasgow, igual el año 1990 que yo asistí…
Fue una charla memorable, fue un gran evento, Eco estaba en su mejor momento, pero creo recordar que era en italiano la charla y nadie entendía nada… Vinieron a dar sus charlas en Glasgow por entonces gente de nivel, por ejemplo, Carlos Fuentes, con su inglés perfecto… un señor…
Yo, entonces estudiante, en la Facultad de Ciencias Políticas, tenía dos amigos italianos en Glasgow, una mujer maravillosa, Silvia se llamaba, y su novio… no me acuerdo su nombre (así de viles somos; igual era Pierre)
Me instaban a volver a leer a Eco, porque no me había gustado EL PENDULO DE FOUCALR, me decían que no lo había entendido («lo has leido en mal momento» me decían para suavizar) y luego me decían cosas para mi realmente revolucionarias y brillantes como «Es al revés, es Eliot quien influye a Shakespeare, no ves?»…
N sabia que cara ponerles… eran europeos, nosotros no, aunque éramos aspirantes y very apt pupils..
Aquella noche, después de aquella charla impenetrable de Eco, fuimos de bares, y acabamos en un restorán griego en EL Great Western Road en Glasgow, una calle francamente maravillosa. Estaba alli Umberto Eco cenando solo (o igual no, no me acuerdo muy bien).
Le invitamos a emborracharse con nosotros, los de la Facultad de Ciencias Políticas, igual éramos 5 entonces, y vino a sentarnos en nuestra mesa. Acabamos a las 2 de la noche, borrachos todos, después de una especie de concurso de pulsos…
Ganó Eco, nos ganó a todos. Tenía un antebrazo muy potente y no lo tomaba a risa…
Es fácil, si lo piensas un poco, entender porque Umberto Eco ganaría un concurso de pulso con unos universitarios escoceses en el año 90 en Glasgow. Era él, un hombre muy fuerte, fornido. Tenía unos antebrazos muy potentes…
Nosotros, en cambios, éramos delgados y lánguidos, con las mechas de los universitarios de siempre, bajo el signo de Morrissey y The Smiths…
No queríamos ganar…