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Hélène Cixous: «Hay que conocer las causas de esta especie de guerra milenaria de los hombres contra las mujeres»

Hélène Cixous para Jot Down

El apartamento parisino de Hélène Cixous (Orán, Argelia, 1937), amplio y luminoso, está lo suficientemente alto como para ofrecer una buena panorámica de la Ciudad de la Luz. Desde ese séptimo piso, donde convive con sus amistosos gatos, esta polifacética mujer —escritora y profesora, filósofa y dramaturga, veterana militante feminista— contempla también una larga vida desde que naciera del matrimonio de una alemana asquenazí y un argelino sefardí, sus vivencias del Mayo francés, su amistad con algunos de los intelectuales más brillantes de su tiempo, desde Jacques Derrida a Julio Cortázar… Y están sus libros, sus obras en prosa, sus ensayos y textos dramáticos, que le han valido varios premios. El último de ellos, el Formentor, que recogerá el próximo mes de octubre en Aranjuez. Con una vitalidad que invita a olvidar que va camino de los noventa años, Cixous accede a hablar con Jot Down de asuntos de actualidad como las derivas del feminismo, la situación de Gaza o Ucrania, o el auge de la extrema derecha.

El próximo mes de septiembre recogerá usted en España el premio Formentor. ¿Conocía este galardón?

Sí, lo conozco, porque es legendario. Me he dado cuenta, cuando me enviaban los documentos, de que entre los ganadores anteriores estaba Carlos Fuentes. Sabía que existía, pero poco más.

Ha habido pocas mujeres en el Formentor. En los últimos años, algunas más: Annie Ernaux, Liudmila Ulítskaya y usted. ¿Cree que, poco a poco, las mujeres ganan más presencia en los premios literarios?

Sí, es posible. Lo que me gusta del Premio Formentor, en todo caso, es que es un premio dedicado explícitamente a la fe en la literatura, se trata de creer en la literatura. No es como otros muchos premios que hay en Francia, que no se preocupan por el ideal del arte, de las letras. Este lo forman escritores que se preocupan por lo que significa la literatura; es muy importante.

¿Usted se siente más escritora, profesora, mujer del teatro…?

No… Incluso la palabra escritora… Siempre tengo cierta precaución con la palabra escritora, porque yo vivo y escribo, escribo y vivo, no disocio las dos cosas. No puedo vivir sin escribir, es incluso un misterio para mí. Pero no es una profesión. Es un arte… Hay que recordar que la literatura es música, es escultura, es inconsciente… Freud lo ha dicho muy bien: la literatura es el camino real [de los reyes, el principal, el más noble] al psicoanálisis, pero es el camino real a todo: al pensamiento, a la filosofía. La literatura es necesaria.

Hablemos de sus orígenes. Usted era argelina, pero también extranjera, judía… ¿Qué aprendió de esta experiencia de ser diferente?

Cuando estaba en Argelia… Hay que conocer la historia, la historicidad es importante. Nací en lo que se llamaba la Argelia francesa; un país colonizado del que consideraba, o del que consideré más tarde, que era exactamente lo mismo que Sudáfrica con el apartheid. Era un país con apartheid, violento, brutal, racista; yo lo odiaba. Nací en un momento al principio de la Segunda Guerra Mundial en un país del que nunca pude pensar que fuese mi país. Hay un problema ahí. Creo que se tiene siempre una relación primitiva con el país en el que se nace, es algo arcaico. Y, políticamente, era un país horrible. Nunca pensé que pudiera ser francesa, porque Francia era un país racista, colonialista, imperialista. Cuando yo era pequeña, solo experimentaba odio. Y muy pronto, cuando tenía dos o tres años, salieron las leyes antijudías de Francia, las leyes de Pétain, que eran las mismas que las de la Alemania nazi. E incluso, si en mi familia paterna teníamos la nacionalidad francesa, nos echaron de Francia por ser judíos. De manera que, en mi infancia, yo no era nada. Luego, durante la guerra, llegaron los americanos; Argelia fue liberada por los americanos antes que Francia, pero no modificaron el estatus de judío, es decir, que de nuevo no éramos nada. No éramos franceses. Es una experiencia que agradezco, porque si hubiera tenido en mi vida la ilusión de poder ser francesa o de tener una nacionalidad garantizada… Eso nunca existió para mí. Lo mismo valía para los argelinos: no eran nada. Es una cuestión de fechas, esta sensación de estar excluida de la tierra en la que una ha nacido. Como los argelinos, que en Argelia no eran ni franceses ni nada.

Su madre era viuda, lo que venía a ser otro inconveniente. Por lo que trasluce en su libro Las ensoñaciones de la mujer salvaje, tampoco había mucha solidaridad entre las mujeres, ¿no?

La historia de mi madre era trágica de la A a la Z. Incluso si mi madre tenía una fuerza vital y un humor que siempre triunfaba… Mire, ahí hay una foto de ella cuando tenía cien años. Tenía mucha fuerza. Era alemana; su padre se había enrolado en el Ejército alemán como soldado en la I Guerra Mundial, hacia 1915, es decir, contra Francia. Murió en el frente en Bielorrusia en 1916. Eran judíos que estaban, como se dice, asimilados, se sentían alemanes, eran alemanes. Luego pasó lo contrario: esa gente que se creía tan profundamente alemana fue masacrada pocos años más tarde por ser judíos. Esta es la historia de mi abuelo. Otra historia de exclusión, otra memoria… Siempre se plantea esta cuestión: ¿qué es una nación, un país, una ciudadanía? Yo he heredado todas estas situaciones complejas, paradójicas, crueles, injustas, brutales; me han formado como lo que soy, es mi escuela. Mi escuela humana y política. Era así desde que nací. Nunca tuve ilusiones de pertenecer a algo. La cuestión de la pertenencia es una cuestión de todo ser humano, pero es también una cuestión judía. En Alemania, ellos tenían esa pertenencia. Era toda una tradición, en la literatura, la música, etcétera. En la época en la que nació mi madre, los grandes escritores, los grandes pensadores, los grandes músicos eran judíos, y ellos creían ser [alemanes]… Era eso.

¿Por qué es tan difícil que cicatrice la herida entre Argelia y Francia? Parece que la memoria sigue siendo muy dolorosa.

Creo que el problema es que en Francia no hay memoria. En Alemania —adonde voy con frecuencia y que me gusta mucho— hay lo que se llama una cultura de la memoria. Es algo obligatorio: los niños aprenden en el colegio precisamente la memoria, la responsabilidad, las consecuencias, y esto es determinante en todo el siglo alemán. En Francia ocurre lo contrario. Lo que es un gran problema político y moral en Francia es la negación de la violencia francesa colonialista. Es una negación tan tajante que se extiende también a la política interior. Lo que ahora se llama islamofobia, el odio hacia los musulmanes, es la revuelta de los musulmanes contra Francia. Porque Francia nunca ha hecho su tarea respecto a su pasado, nunca. Y esto continúa así.

Pero hay muchos libros sobre el asunto, debates en televisión y radio, charlas… ¿La gente no asume esta memoria?

El Gobierno francés sigue en su línea. Tenemos un ministro del Interior que es racista, y es todo el rato así en Francia, el siglo XX y el XXI están en la misma aporía, la misma reclusión de un racismo que se ejerce y, a la vez, se niega.

Hélène Cixous para Jot Down

Desde Argelia, usted vino a Francia y aquí conoció a escritores como Carlos Fuentes o Julio Cortázar. ¿Eran como un parisino más?

Sí, conocí bien a Julio. ¿Qué puedo decir de él? Era un gran escritor, algo que ya es raro, un escritor poeta, un soñador, un hombre adorable.

También muy político, ¿no?

Sí, pero eso lo eran todos. Cuando yo llegué a Francia, me fui instalando poco a poco en París. Era profesora en la Sorbona, y en los años sesenta me encontré por casualidad con todos estos escritores: Cortázar, Fuentes, Octavio Paz, Italo Calvino, los conocí muy de cerca. Julio venía aquí a veces; está usted ahora en un mundo en el que ha estado Julio Cortázar, ha estado Carlos Fuentes; todo el mundo ha pasado por aquí. A veces me cruzaba también con Vargas Llosa, pero no me caía bien. Todos estos escritores latinos se encontraban en París —bueno, Calvino era de Italia, claro— porque todos eran de alguna manera exiliados, gente que huía de un régimen autoritario o militar, y todos tenían los mismos ideales, la misma manera de leer el estado del mundo. Y, al encontrarse en un círculo en París, eran además unos caballeros de la Literatura: se querían, se encontraban, se hablaban. Era algo admirable. Con algunas diferencias de observación política, eso sí, por ejemplo respecto a Cuba. Ahí no todos tenían la misma opinión.

El caso Padilla dividió las opiniones, ¿no? Cortázar estaba más con Fidel Castro…

Sí, y Fuentes no era tan pro-Cuba, era… Menos soñador, quizás.

¿Era una época tan romántica como la creemos hoy?

¡Y tanto que lo era! Yo viví todo eso, era parte e hice muchas cosas con mis amigos, con Carlos y Julio, porque entonces fundé la Universidad París VIII y los invité a participar. Para mis hijos —que ahora ya están a punto de jubilarse, cómo pasa el tiempo, pero entonces eran niños— era una edad de oro. Conocieron todo ese mundo y era una edad de oro: se podía creer en algo, era una liberación, la liberación de los jóvenes, el triunfo de la juventud, del futuro, una especie de valentía general y placer de vivir. Era muy poético. Hoy día, los movimientos, entre comillas, de protesta, de rebelión, carecen de esa dimensión poética. En aquella época, los estudiantes escribían eslóganes en las paredes y eran eslóganes poéticos. Era bello.

¿No se ha mitificado este tiempo, pues?

No, no. Era así. Esto duró una decena de años, luego fue declinando, pero quedan trazas, vestigios. Por ejemplo, la Universidad París VIII que fundé. Si usted mira las posturas que expresan los periodistas en la prensa, especialmente en la prensa de izquierda, desde luego, son casi siempre personas que vienen de París VIII, de mi universidad.

Y la propia universidad, ¿no ha cambiado con el tiempo?

Yo diría que se parece mucho en lo positivo y en lo negativo. Lo positivo es que exista aún París VIII, una universidad de libertad, una manera de relacionarse entre estudiantes y profesores, una acogida política. Pero esto ha perdido fuerza, se ha aislado, marginalizado, y la vieja universidad reaccionaria está volviendo. Con cosas como la guerra de la reacción universitaria contra lo que llaman woke, trae todo lo más conservador y reaccionario, como antes del 68.

Usted fundó en esta universidad también la primera cátedra de estudios del género, ¿no? Lo pregunto porque ahora en España tenemos un debate sobre la diferencia entre género, como algo social, y sexo, como algo anatómico.

Ah, sí, pero yo no fundé los estudios de género. Cuando se dice estudios de género, efectivamente, de una manera teórica, filosófica, es una manera de alejarse de la cuestión de las diferencias sexuales, de rechazarlas, y eso no está en mi línea. Lo que yo he instaurado no ha sido nunca algo restringido, estrecho, era siempre algo abierto. Pero nunca he pensado que se pueda resolver la cuestión del destino de las mujeres a través de la práctica marxista. Eso no es suficiente; es necesario, pero no basta; solo con la igualdad no basta. Hay que ir más lejos, hay que conocer las causas de esta especie de guerra milenaria de los hombres contra las mujeres, y para eso hacen falta las herramientas del psicoanálisis. Hay que comprender qué ocurre con el fantasma de la castración entre los hombres y… Solo hay que mirar lo que pasa todos los días en Francia, los asesinatos de mujeres. Porque hay casos todo el rato, eso sigue así y sigue y sigue, porque no se trata, y no creo que se consiga a corto plazo. Pienso que harán falta trescientos años, o cuatrocientos, quién sabe si quinientos, para llegar a la comprensión de las cosas, a un progreso de verdad. Por cierto, cuando vemos a Donald Trump, es la encarnación de la masculinidad. Y otra elección: el papa. ¿Qué es el papa? Un papá, un hombre entre hombres que no permite que lleguen las mujeres. No sé hasta cuándo va a durar eso.

¿Qué opina sobre la polémica que ahora hay en toda Europa sobre si los conceptos de hombre y mujer no se deben definir biológicamente?

Pienso que esto es un límite. Es un momento de época. Decir que no es biológico es justo… Decir que es biológico no es suficiente. Hay que añadir evidentemente el aporte del género. Pero eliminar la cuestión biológica, eso está fuera de consideración. No se puede, en este momento, trabajar con las mujeres por las mujeres. Las que hacen la revolución, las que bajan a la calle, lo hacen como mujeres atacadas por hombres. Ahí hay una cuestión de género.

Una amiga me dice que con las ideas de Judith Butler que están en el fondo de este debate, es más fácil para un hombre ser mujer que ser feminista. ¿Qué respondería?

¿Y qué le impide a usted, como hombre, ser feminista? Es algo abierto a todos. De todas formas, el tiempo hace su trabajo. Lentamente, pero lo hace. Está mi seminario, que existe desde hace cincuenta años, y he visto cambios, progresos. Cuando yo inicié mi seminario en 1974, casi no había hombres, y eso que estaba abierto a todos, sin distinción, pero eran mayoritariamente mujeres, y los pocos hombres que había eran homosexuales. ¿Por qué venían? Porque era un lugar de libertad. Luego he visto cada vez más mezcla de hombres y mujeres y transgender, lo que quieras. Ha habido un tipo de progreso incesante en mi seminario, porque es un lugar de capacidad, de otredad, donde cada uno es más de una cosa. Decir «soy feminista» no me basta, no me define. Esto supone una capacidad de pensar juntos, de encontrar diferencias, trabajar con el otro, sin límites. Pero si miramos la escena política, esta es siempre nacional: el estado de la cuestión en Francia es distinto al estado de la cuestión en España o en Corea. Se ponen las mismas cuestiones, pero las respuestas son muy distintas. El lema de las mujeres en Francia, por ejemplo, es un lema norteamericano: Me too. Yo también, yo también. ¿Yo también qué? ¿Yo también he sido violada? ¿Yo qué?

Da la sensación de que, en este momento en general, asistimos a un prestigio de la víctima. Si no eres víctima de una discriminación, de una injusticia, no tienes valor, ¿lo ve así?

Exactamente eso es. Y yo no estoy para nada en esta onda.

Hay quien defiende que las ideas de Judith Butler sobre el tema transexual derivan de Jacques Derrida. ¿Lo ha oído usted también?

Pero no es cierto en absoluto. Es una manera de recuperar una figura capaz de abrir… Derrida siempre ha hecho las preguntas sobre lo múltiple, lo más de uno, lo indecidible. En la cuestión de lo transgénero, que es una cuestión actual y que se debe aceptar, cuando soy transgénero, soy uno, en todo caso. Soy un [subraya el masculino] mujer y quiero convertirme en un hombre, o era un hombre y quiero ser una mujer. Pero ¿por qué no lo quiero todo?

Para terminar con la cuestión de hombres y mujeres: ¿Cree usted que las escrituras masculina y la femenina son cualidades literarias, y que el público lector puede diferenciar entre textos escritos por hombres y por mujeres?

No, no de esta manera en todo caso. Es justo lo que acabo de decir: si es masculino o femenino es solo una mitad, una parte. La gran literatura está más allá de estas oposiciones o cuestiones, porque hace vivir todo, hace vivir lo vivo, absolutamente todo está vivo. Yo vivo con mis gatos y ¿qué voy a decir? No diré que soy masculina o femenina, también soy gato y mis gatos son yo. En fin.

Hélène Cixous para Jot Down

¿Qué opina de las iniciativas para abandonar el masculino como forma imperante para el plural común en la gramática? Porque la gramática se ha convertido también en campo de batalla ahora.

Esto depende mucho de cómo está la lengua, en cada caso. Sabemos, por ejemplo, que en Japón hay una lengua, un japonés masculino y un japonés femenino. Esto supone problemas muy específicos, distintos a los que tenemos nosotros. En España, como dice, y en Francia hay cierta analogía con lo que se ha intentado en Alemania, Inglaterra, Estados Unidos, donde se trata de deshacer el dominio del masculino en el lenguaje. Es verdad que siempre hay un trabajo por hacer, también en la lengua francesa con su ley de que el predicado masculino se impone al femenino, una ley arbitraria. Puede preguntarse: ¿por qué el masculino? Entonces hay que cambiar las leyes del lenguaje, y es interesante, pero sobre todo es interesante darse cuenta de esto, hay que saberlo y luego jugar con esto. Una tontería, pero elemental: cuando era pequeña me preguntaba por qué la luna es femenina, pero cuando hablo en alemán con mi madre, es masculina. ¿Por qué?

¿Cree que el combate por el feminismo se debe lanzar de nuevo cada veinte años, como dicen? ¿Por qué es tan difícil mantener los logros del feminismo?

Porque muchos de estos logros no existen y falta mucho por conseguir. Una cosa que ahora se plantea en Francia es la historia de los feminicidios, el hecho de que se mate a las mujeres y no se considere un crimen extremamente importante, que habría que redefinir. Estamos lejos de tener respuestas a innumerables aspectos. En Francia nunca ha habido una primera ministra mujer, salvo en la época de Mitterrand, que duró unos pocos meses [Édith Cresson, 1991-1992], y luego Élisabeth Borne [2022-2024], pero es ridículo en la historia del país, siempre es un hombre, un hombre, un hombre, un hombre. Hay países europeos mucho más abiertos a una mujer en el poder, con Merkel en Alemania, o los países escandinavos. Francia está muy atrasada en este aspecto. Hace falta que pase muchísimo tiempo para que se resuelva esto. También los salarios de las mujeres en Francia son muy inferiores, tienen menos poder, es una desigualdad flagrante. Queda mucho por hacer y se tardará generaciones, y luego hay que proteger esos derechos que querrán volver a eliminar. Cuando dije antes que faltan trescientos o cuatrocientos años era para decir una cifra que existe, pero tendría que haber dicho mil años.

Su amiga Ariane Mnouchkine, fundadora del Théâtre du Soleil, está también muy implicada en la defensa del laicismo, la denuncia del islamismo radical, de la ocultación de la mujer… ¿Usted sigue sus pasos?

Es más bien ella quien me sigue a mí en este campo. Me lo ha dicho, además, porque cuando nos conocimos, esto no era su problema. ¿Por qué? Porque en su teatro, en el gran teatro, este problema no existe. Los actores de Ariane interpretan lo que sea. Un joven puede interpretar a una anciana, o un oso, una mujer puede hacer de abuelo. No hay límite, pueden ser todo. Y no son solo los actores. Si miramos a Shakespeare, estas cuestiones ya están, y ya están resueltas. Ves una obra de teatro y sabes si te gusta. Ah, pero pensaba que era una mujer, pero ¿qué más da? Quizás sea un chico. Estas cuestiones siempre han existido en la literatura y el arte, es una forma de libertad de paso. De indefinición e incertidumbre.

Pero criticar al islamismo radical hoy puede llevar a que la califiquen de islamófoba, ¿no?

A mí no, desde luego que no. La islamofobia es un concepto, para decirlo así, actual. Yo, por definición, estoy de parte de los argelinos, y eso desde que era pequeña. Además, yo rechazo todo lo que sea fobia, porque es una debilidad, una cobardía humana tener fobia contra el otro. Luego, la islamofobia es una dimensión que se encuentra en Francia como… [vacila]… como una especie de tradición del país. También se puede decir de España, un país que se ha estructurado desde siempre en el odio hacia una parte de su población que no es católica: antisemita, antiislámica… Los católicos también son antiprotestantes, han masacrado a los protestantes en Francia, y una gran parte de ellos emigró a Alemania, donde forman parte de la nación.

Lo que quise decir es que si usted critica la ideología radical y machista del islamismo le pueden responder que usted es islamófoba para acallar las críticas.

Pueden decirlo, pero hace falta que sea verdad.

Volviendo a Derrida: ¿alguna vez ha hablado de la casualidad de que, al igual que usted, era argelino y judío?

Desde luego, y hemos escrito mucho sobre esto, tanto él como yo hemos escrito libros sobre esto.

¿Estuvo usted en la fundación del Parlamento Internacional de Escritores?

No, yo no. Eso fue Derrida, con Pierre Bourdieu y un secretario general muy activo, Christian Salmon. Luego se abrió, se invitó a más escritores, y todos participaron con el mismo ideal de este punto de vista, de la libertad de los escritores. Yo llegué un poco más tarde, no había muchas mujeres. Creo que tuvimos todos posturas parecidas.

Hélène Cixous para Jot Down

¿Y qué piensa ahora de la situación de escritores argelinos como Boualem Sansal, encarcelado en Argelia, o Kamel Daoud, contra el que la justicia argelina ha emitido una orden de arresto internacional por, supuestamente, haber utilizado la historia de una víctima de la guerra civil argelina en su novela «Houris»?

Desde luego me parece escandaloso. Sansal es muy crítico con la escena política argelina, como la mayoría de la gente que piensa; los argelinos son implacables para con los argelinos. Pero Sansal se ha quedado en Argelia. La mayoría de mis amigos argelinos no viven en Argelia. ¿Quién tiene ganas ahora de vivir en ese país, que está en deriva permanente hacia lo peor, infiltrado por un islamismo extremamente grave? Boualem Sansal ha adoptado la nacionalidad francesa, lo que tampoco está muy bien visto en Argelia. Por qué Sansal se ha quedado en Argelia es una cuestión interesante, pero es una cuestión suya. Hay gente muy crítica, como mi amigo Adel Abdessemed, un gran artista —tengo varias obras suyas aquí—, que es cabilio, por cierto, como muchos de los que reaccionan con mayor fuerza, una minoría potente, pero siempre marginada. La cuestión de Kamel Daoud, por otra parte, es distinta, porque se trata de la justicia civil, de una señora que le acusa de haberle saqueado su historia… No es el Estado el que le hace el proceso.

Aquí, en Francia, algunos me han comentado que toda la galaxia académica de Francia —universitarios, sociólogos, antropólogos— son progresistas pero ya completamente proislamistas y antilaicos. Y, curiosamente, muchos de ellos consideran a Hélène Cixous como la precursora de su ideario progresista, cuando ahora son antilaicos. ¿Qué piensa?

No, esto no es verdad: usted me está hablando de La France Insoumise, el LFI. Yo estoy totalmente en contra de este movimiento.

En España, siempre teníamos a Francia como nuestro modelo a seguir en cuestión de laicismo. Y ahora…

El laicismo ha sido usurpado ahora por la extrema derecha. Yo desde luego soy laica, Derrida era laico, Ariane Mnouchkine es laica, pero no según ese modelo actual extremista, racista. Porque la extrema derecha utiliza el laicismo como pretexto para avanzar; su laicismo es racista, cuando el laicismo ideal de principios del siglo XX, el de los socialistas ideales, no lo era.

Si comprendo bien, hemos dejado el laicismo en manos de la extrema derecha, y ahora no lo defendemos por no parecernos a ella.

Sí, pero ocurre en todos los campos. La extrema derecha ha infiltrado e infestado poco a poco todos los valores de la izquierda. Y luego está el movimiento del LFI con (Jean-Luc) Mélenchon, que está completamente contaminado. No son islamófobos, al contrario. ¿Pero antisemitas? Sí.

¿Y por qué la izquierda ha renunciado a sus ideales?

No es que haya renunciado. Es que está débil, dividida. Es un fenómeno complicado que vemos en el mundo entero, y que es realmente gravísimo. Pobre izquierda… Justamente porque trabaja con las contradicciones y la pluralidad; esta es su grandeza, pero también su debilidad. Siempre era así. Yo he pasado treinta años de mi vida o más bajo la derecha. Francia es un país de derechas. Luego hubo milagrosamente una época socialista, pero no ha durado más de dos o tres mandatos presidenciales, y luego, hop, otra vez estamos con la derecha. En todo caso, el laicismo es fundamental, pienso, es un rasgo casi… étnico [ríe], es un invento francés que no entienden en ninguna parte fuera. Siempre hay que explicar que el laicismo francés no se entiende sin tener en cuenta la Revolución francesa, que la gente tampoco conoce. Es la Revolución francesa la que ha acordado igualdad a todas las religiones, algo extraordinario, un milagro francés. El problema es que luego se ha alejado y la Iglesia ha vuelto en triunfo. También se ha separado Iglesia y Estado, que es extremamente importante, y se ha restringido la fuerza de la religión. Lo veo cuando salgo fuera: voy a Alemania y me parece pintoresco: todos son religiosos allí, ¡todos! Y no hablamos ya de Estados Unidos, donde triunfan las religiones más reaccionarias; también en Inglaterra. En Francia, el paisaje es distinto. El laicismo como principio se ha creado en Francia y su objetivo es eliminar todos los signos religiosos para que todos seamos humanos. ¿Tu religión? Humana. Pero la gente se aferra a su religión y tiende a rechazar las otras.

Para refundar la izquierda, ¿por dónde se debe empezar? ¿Cuál sería el aspecto más urgente?

Los valores ideales de la izquierda… El problema es que ya no se sabe qué es ahora la izquierda, y eso es un fastidio. Yo nunca estuve en un partido, nunca imaginé poder estar en un partido, porque es encerrarse, excluir. Pero a favor de la izquierda se puede decir que hay ciertos aspectos de la ciudadanía que son… [medita unos segundos]… que son la aceptación del derecho de ser lo que sea. El derecho a ser homosexual, el derecho al aborto, que es una victoria extraordinaria en Francia, que se ha incluido en la Constitución, y lo que importa aquí es el derecho de la mujer a disponer de sí misma. En general podemos definirlo como una resistencia a la violencia que se ejerce contra X o Y por cuestiones de origen, raza, clase. Desafortunadamente, siempre en la historia, hasta hoy, todas las revoluciones aparentemente a favor de los oprimidos han tenido una parte inversa de persecución de una parte de la población. Ahora bien, ¿qué hacer con la izquierda? Tampoco puede hacerse, en estos momentos, un tipo de ley general. ¿Qué hacer en Francia? Hay que resistir ante la derecha, eso desde luego, radicalmente. El problema es que también hay que resistir contra cierta izquierda extremista, porque los extremistas se tocan.

Hélène Cixous para Jot Down

Se afirma que hay una nueva ola de antisemitismo en Francia, en Europa. ¿Usted la percibe en su vida diaria?

No. Pero, para empezar, yo nací con el antisemitismo, no conocía otra cosa, estoy acostumbrada.

¿No se confunde a veces el concepto de antisemitismo, es decir, el rechazo a los judíos, con las críticas al Estado de Israel, es decir, el antisionismo?

Tengo la suerte de no haber sido nunca sionista ni prosionista. Es mi herencia alemana, mi madre era alemana y venía de un universo donde había un sionismo de primera hora, en las décadas 1920-1930, un sionismo de ideales socialistas, el Bund… Era un sueño y se preguntaban en qué parte de la tierra podrían posarse. La desgracia es que se hayan ido a posar en forma de colonización. Lo pensaba yo desde que era chiquita y mi madre pensaba igual, aunque ella no era en absoluto una persona de teorías, pero tenía sentido común. No se puede coger la tierra de otros y decir que es mía; eso es un problema gigantesco. Luego, yo nunca he sido una figura importante en el mundo, y pienso que es justo porque nunca he sido proisraelí. Aunque siempre he entendido —y con motivo, porque la mitad de mi familia materna fue deportada—, siempre he entendido muy bien que parte de la población judía asquenazí europea, que fue deportada, haya vivido la invención de Israel como una especie de milagro. Yo me digo que ha sido un milagro al revés. Ahora bien, ¿qué hacer con los judíos? Yo me digo que la diáspora es una manera como cualquier otra de estar vivo, no tengo obligación de tener un país que sea mío, una patria. Bien, pero no es un ideario mayoritario.

¿Qué hacer entonces ante el conflicto?

Hay cuestiones de urgencia. Cuando yo era pequeña, me decía que lo urgente era luchar contra el racismo, el antisemitismo, la postura contra el islam. Cuando llegué a Francia, me dije que no, que lo urgente no era eso sino la situación de las mujeres. Y no se puede estar en todos los frentes a la vez, hay que involucrarse a fondo en una cosa. Pero ¿tengo que hablar toda mi vida de lo mismo? Ahora, y no soy la única, me planteo qué me preocupa, qué ocupa mi corazón, y me digo: sin duda alguna, Ucrania. ¿Por qué Ucrania? Porque representa algo: un país que quería ser europeo y al que se le prohíbe esto y se le masacra. Es una injusticia increíble, una especie de liga de potencias para aplastar un país que aspiraba a ser progresista. Pero luego me digo, vale, ¿pero no será que lo más urgente es Israel y Palestina? Me lo pregunto todos los días.

Ahora, aunque muy tarde, Emmanuel Macron ha empezado a hacer algo…

Macron es para mí un hombre de derechas, típicamente francés, desde siempre. Aunque bueno, podría ser peor.

Cuando llegó al poder, muchos intelectuales franceses con los que hablaba, como Emmanuel Carrère o Pierre Assouline, estaban encantados. Decían que al menos es muy buen lector.

¡Pero si nada de eso es verdad! ¡Nunca lo ha sido, nunca! ¡Es un falsario!

Volvemos a la pregunta: ¿qué hacer ante el avance global de la derecha?

O ¿qué hacer con la izquierda? Desde luego estoy de parte de los derechos humanos, sin duda, pero parte de un partido, eso nunca se me ha ocurrido, no podría serlo nunca. ¿Qué hacer, pues? Desafortunadamente, eso exige hoy por hoy tener una libertad interior, tal vez un sentimiento de amor, que se puede proyectar a todo otro, a todo país, toda nación con la que comparto esto. En el fondo estoy haciendo trampa, porque yo tengo un país: es la literatura. Lo ha sido siempre. Pero no todo el mundo puede practicar esto.

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4 Comentarios

  1. edelweiss

    Total, que esta señora está como yo y como cualquiera que hable sinceramente con la mano en el corazón, es decir que no tiene ni puñetera idea de nada mientras vive agobiada por sus propias contradicciones y los horrores de este espantoso mundo.

  2. Traducción: Todos (y todas) son racistas, machistas, fascistas, derechistas, ultraderechistas, antisemitas, islamófobos, tránsfobos, gáifobos, éfobos, menos yo (y los que piensan como yo).

  3. Muy interesante la entrevista. Subyace, muy sutil, el continuo asesinato de mujeres por parte de sus parejas, no es algo de España, aquí habla de Francia, en otro artículo leía lo mismo de Italia, ambos con cifras superiores a las españolas. Igual la educación debería enseñarnos como canalizar la frustración.

  4. Pero canalizar la frustración de unos y otras… Y no hacer solo leyes que penden como espadas de Damocles sobre la cabeza de los hombres….

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