Música

The Hill Country Devil: música para sobrevivir a la aguja

The Hill Country Devil. Imagen GemsOnVHS. po
The Hill Country Devil. Imagen: GemsOnVHS.

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A The Hill Country Devil hay que llegar con cierto respeto, como se llega a un templo incendiado que todavía huele a humo. No se trata de un grupo ni de un proyecto musical en el sentido habitual, sino de la identidad que Hayden Karchmer, nacido y criado en Texas y el tipo de singer-songwriter que parece haber salido de un reformatorio más que de una escuela de música, se construyó cuando ya no le quedaba otra cosa que vender, un nombre como refugio y un puñado de canciones que suenan a documento de centro de rehabilitación. Entre ellas, «Rats Get Fat» no es exactamente una canción sino un expediente clínico con guitarra, el parte médico de alguien que aprendió a narrar su propia degradación con la precisión de un geómetra. Desde el primer verso —«Better men have died for less, rats get fat no matter where you’ve been»— Karchmer establece una economía moral tan simple como despiadada: los hombres se mueren, las ratas engordan, y el mérito o la culpa no tienen nada que ver con el resultado. No hay redención ni justicia poética, solo la constatación de que no sobrevive el más fuerte, sino el más carroñero.

San Antonio aparece en la canción no como escenario, sino como una catacumba de asfalto donde las sirenas anuncian turnos de metadona y donde el idioma de las personas rotas se compone de frases a medio terminar, de murmullos que no esperan respuesta. Cuando Karchmer canta «They say your body is a credit card, sell your ass they’re sure to get you well», no está invocando una metáfora social, está ofreciendo un tutorial de supervivencia, el cuerpo como moneda de cambio, poner el culo como fuente de ingresos para una dosis más y la dignidad como interés compuesto. La economía del yonqui, al fin y al cabo, tiene algo de eso.

El verso «Bleach the ends, add a crack upon your belt» funciona como un latigazo porque no busca la poesía, solo exactitud, describiendo el gesto de preparar la aguja, de atarse el brazo, de hacer del cuerpo un laboratorio para olvidar el dolor. Y aunque la letra continúe con un rosario de imágenes de centro de desintoxicación —la bata abierta, el vendaje arrancado del pecho, el tiempo dilatado como la peor tortura— lo que realmente importa no es el sufrimiento en sí, sino la disciplina con que se describe, el lenguaje de alguien que ya no necesita compasión porque se la ha extirpado con la misma precisión con la que otros se explotan un grano.

Perdonad que me meta en el texto pero yo, que soy hijo de dos yonquis, no puedo escuchar esa canción sin reconocer en ella un eco físico y mental. No me refiero a la tragedia romántica del adicto ni a su épica televisiva, sino al tono de voz de quien lleva demasiadas horas sin ponerse y sabe que ya no puede permitirse pensar en otra cosa. «Every second is a minute and every minute is another endless hour», canta, y escucho las cucharillas, las bolsas, el papel albal y el mechero, la promesa de un alivio que nunca llega. La canción no habla de drogas, habla del tiempo, de cómo el cuerpo mide la duración de la miseria cuando la puta cabeza ya no tiene dónde huir.

La grabación de este vídeo corre a cargo de Anthony Simpkins, el hombre que convirtió GemsOnVHS —ese canal con base en Tennesse que es uno de los epicentros del country y folk alternativo norteamericano— en una suerte de exilio portátil para músicos que viven entre la intemperie y la gloria, y que decidió registrar a Karchmer con la reverencia con que se registra un fenómeno sobrenatural: una sola toma, sin artificio, con Benjamin Tod acompañándolo como si estuviera velando a un hermano antes del entierro. De él, y de Ashley Mae y su Lost Dog Street Band hablaremos más adelante, si este artículo sobrevive a su propio tono y alguien en esta santa casa considera que merece la pena que siga escribiendo sobre todas estas personas de la Norteamérica más rural y devastada.

A medida que avanza, la letra se vuelve más lúcida, más cruel, como si cada verso arañara un poco más de piel para alcanzar el hueso. «Cowardice is baring teeth, a fit of shakes in wait before the sight», dice, y en esa línea hay más verdad que en todas las campañas públicas de prevención de drogas. El miedo no redime, solo enseña los dientes para seguir respirando. «To only kill a part of me, the cost that buys some shelter for the night» podría ser el resumen exacto de toda la biografía de los adictos, no solo de Karchmer: sacrificar una parte de ti para dormir unas horas, hipotecar el alma para pagar un día más la adicción. Por eso «Rats Get Fat» conmueve tanto como desinfecta, pues no habla del infierno como una metáfora, sino como una experiencia compartida por innumerables personas, desde el suburbio más redneck de Texas hasta Vallecas. Porque en lugar de pedir perdón por lo que fue se limita a mostrarlo y en la voz de The Hill Country Devil suena a verdad.

Si el infierno de The Hill Country Devil tuvo dirección postal, el rescate fue un enlace de YouTube. GemsOnVHS no es solo un canal radicado en la mítica Apalachia, es una catedral de la música folk contemporánea, un archivo ambulante donde Anthony Simpkins, con una cámara que parece heredada de un documental escolar y una paciencia casi monástica ha ido construyendo una comunidad de náufragos que cantan al borde del río rodeado de colinas, entre grillos, óxido y porches destartalados. A Karchmer no lo descubrió, lo recogió, que no es lo mismo. Simpkins no solo le apuntó una cámara, sino que le dio un sofá, un techo y el tiempo suficiente para no morirse. Le ayudó a buscar un centro de desintoxicación, lo acompañó en el proceso y, cuando volvió, le produjo su primer disco. No hubo contrato, ni épica, ni anuncio en redes, solo un tipo sosteniendo a otro mientras grababan lo único que sabían hacer. Canciones.

«Tarot Card», grabada también para GemsOnVHS, es una confirmación de que alguien creyó en él lo suficiente como para ponerle un micrófono sin pedirle explicaciones. Simpkins tiene mucho de sacerdote accidental, un médium de los tiempos digitales que consigue lo que ya casi nadie hace: verdad. Lo suyo no es producir música, sino documentar almas en bruto. Graba en su casa, o en su porche, o al aire libre, con un viento que parece siempre dispuesto a corregir el tono de las cuerdas, como si la naturaleza misma se reservara el derecho de edición. Lo que antes fue geografía —Nashville, Austin, Seattle— hoy es GemsOnVHS y otros canales similares, un ecosistema virtual donde los músicos se reconocen en una escena.

En GemsOnVHS, Hayden Karchmer grabó varias canciones que consolidaron su relación con Anthony Simpkins. «Tarot Card» fue una de las primeras en difundirse y en mostrar al músico en una etapa de transición, ya más estable y con apoyo cercano. El vídeo mantiene la estética habitual del canal: registro directo, sin estudio, una sola toma al aire libre en una azotea de Nueva York, donde Karchmer vivía en ese momento. Eso es lo que hace GemsOnVHS, rescatar del silencio a todo lo que podríamos habernos perdido. No es negocio, es arqueología emocional. Y Anthony Simpkins, sin pretenderlo, se ha convertido en el Alan Lomax de los desposeídos digitales, un tipo que en plena era del autotune sigue empeñado en grabar lo que la industria no quiere ni escuchar hablar, la música escrita con el alma.

De esa arqueología nació también el primer disco de The Hill Country Devil, Nicotine & China White, no como una epifanía o una segunda oportunidad, sino el testimonio de un tipo agotado al que todavía le quedaba voz. Simpkins, más obstinado que piadoso, decidió que aquel yonqui con ojeras y un cigarro perenne aún tenía algo que decir antes de desintegrarse. No hubo milagro más allá del gesto práctico de poner un micro delante de alguien que tenía canciones y algo que contar. El título parece un chiste privado entre dos viejos amigos: la nicotina y la heroína, la rutina y la muerte. En realidad resume una biografía sin metáforas, pues Karchmer no cantaba sobre la adicción, cantaba desde ella. El disco es eso, un parte de guerra doméstica donde las canciones suenan como si hubieran costado un pedazo de pulmón y un trocito de vena. Lo que en otros sería épica de superación aquí es parte del proceso químico, la combustión de alguien que aún está dentro del fuego.

En ese fuego, «Rats Get Fat» es la consunción de la que ya hablamos al principio, el síndrome de abstinencia, la fiebre, el delirio, la certeza de que la miseria también engorda. Es la canción de quien conoce la transacción entre el cuerpo y la aguja, entre la culpa y el alivio, es la tristeza brutal y el humor amargo de centro de desintoxicación que atraviesa todo el disco. «Kerr County Dopesick Blues» es la elegía al amigo que murió de sobredosis, pero también la carta de un culpable que lo ha sobrevivido. «Dream of you in the Kerr County dopesick blues» no suena a homenaje sino a castigo porque Karchmer no pide perdón, asume la deuda. Cada palabra lleva el pulso de quien ya no puede distinguir la tristeza del síndrome de abstinencia. El duelo y el mono se confunden, y la voz arrastra ambos. En «New Kind of Lonely» el dolor se convierte en costumbre: «There’s comfort in familiar pain», dice, y lo repite con la calma de quien ha hecho del sufrimiento una forma de orden porque ya no hay caída y el fondo se alcanzó hace tiempo. La canción es una conversación con la abstinencia, esa compañera que no deja dormir ni morir. La nicotina sustituye a la heroína, el insomnio a la euforia, la soledad al delirio en la rutina de la supervivencia, con la lucidez como castigo. «October» baja un escalón más y ahí la adicción ya no es ni siquiera tema, es el propio territorio. Los cajones llenos de cristales rotos, la biblia vacía y las cartas marcadas son símbolos e inventario de daños que The Hill Country Devil escribe como quien rellena un informe de alta hasta la próxima y la única esperanza es el sarcasmo, ese «fuck him too» lanzado contra el demonio como si aún le debiera dinero. Cuando el polvo se asienta, queda el espejismo. «Forever Gold» y «Glory» son las dos caras de la misma resaca. En la primera sueña con un brillo que ya no existe, en la segunda admite que está demasiado cansado para buscarlo. La fatiga es la única certeza que le queda, no hay redención, solo un inventario de penas, y esa obstinación en seguir escribiendo cuando todo se ha perdido es lo que hace de The Hill Country Devil uno de esos casos raros dentro del folk. Un adicto que, en vez de esconder o exhibir la ruina, la documenta con ternura brutal. Nicotine & China White no es un disco solo sobre la droga, es un disco también sobre lo que la droga deja atrás. No suena a victoria ni a derrota, suena al saldo de los días que sobreviven a los días. Karchmer no busca limpiarse sino dejar constancia de que aún recuerda el ruido que hacía su vida cuando se caía a pedazos.

Después llegó The Magnolia Sessions, grabado todavía con los dedos manchados de hollín de heroína y la cabeza atascada en el ruido de andar por la vida muy puesto. Las Magnolia Sessions —publicadas por el sello independiente Anti-Corporate Music, responsable de registrar a decenas de músicos rurales con una honestidad religiosa— son grabaciones al aire libre bajo un magnolio de Nashville donde lo único que suena además de los instrumentos y las voces son los grillos de fondo y el crujido de la madera, como si el árbol se hubiera quedado escuchando a ver si aquel tipo aguanta la noche sin desmoronarse. Ahí Hayden canta con la voz de alguien que aún no ha salido del fango, pero ya ha empezado a hablarle de tú a tú. En «Restaurant Rat» vuelve el humor corrosivo de quien ha aprendido a reírse de su miseria antes de que lo haga otro. «Then getting fat like a restaurant rat / When they throw my ass in jail», canta, y hay en esa frase algo que roza la ternura por esa lucidez del yonqui que ya ha dejado de engañarse. No busca especial simpatía, solo constatar que la ruina, si se mira lo bastante de cerca, también tiene ritmo. La canción se mueve con una energía que parece prestada, un blues de motel con olor a grasa y colillas, donde la autodestrucción se confunde con el oficio. «Tarot Card», de la que ya hablamos en el inicio, es la otra cara del espejo. Si «Restaurant Rat» es el cuerpo, «Tarot Card» es la mente tratando de poner orden en el desastre. Habla de engaños, de patrones que se repiten, de esa compulsión a tropezar siempre en el mismo escalón. «Pain gives birth to lies, patterns will always show», canta, y suena a diagnóstico clínico más que a verso. La canción no tiene consuelo, no es más que el inventario de una vida que se juega a cartas marcadas. Y sin embargo algo cambia, pues la rabia empieza a tener forma de pensamiento. No es una rabia sobria todavía, aunque ya no está perdido.

Hace ya más de un año que Karchmer puede decir que está sobrio. No presume de ello, lo menciona como quien confiesa una recaída y da gracias cada día. Su publicación de «One Last Song About Dope» no es una victoria tanto como un acto reflejo. «Well, lo and behold, I’m on the needle again», empieza, y la frase tiene la honradez primordial de quien no se permite la épica. Es una despedida de las drogas que no promete nada, un adiós con la jeringa aún caliente porque en esa canción no hay arrepentimiento ni orgullo, solo cansancio, una especie de rendición lúcida, el deseo de dejar de escribir sobre la droga aunque la droga siga escribiendo dentro.

Hay una frase que Hayden Karchmer dijo una noche, entre canciones, con la voz ya cansada de su propia historia: «A veces pienso que esto es una penitencia más que un oficio». Y cuesta no creerle. En «Glory», una de las canciones más hermosas del hermoso Nicotine & China White, no hay un solo verso que no sepa a ceniza. «The tortured howls of a motel ghost / And the worship songs of a well-worn throat», canta, y todo suena a misa oficiada por un hombre solo, con la garganta como único órgano y el remordimiento como salmo. El motel, el cuerpo, la cama pagada por horas, todo lo que antes era escenario de la adicción se convierte aquí en un altar improvisado. La canción es brutal porque no suplica, no hay petición de ayuda ni de perdón. Hay cansancio, sí, pero un cansancio que se canta, que se sostiene a base de repetirlo como quien reza sin fe solo para no callarse. Esa insistencia, ese seguir cantando cuando ya no queda nada que decir, es lo más cerca que The Hill Country Devil ha estado nunca de la pureza. No porque haya dejado atrás la miseria, que parece que sí y yo cruzo los dedos para que así siga, sino porque ha aprendido a nombrarla con una precisión casi religiosa. En «Glory» no hay Dios, pero hay ceremonia. Cada verso funciona como una estación de vía crucis doméstico, un tipo desnudo en un motel barato, pagando por no morirse del todo, a hostias con el ataúd de su pasado. Es el reverso blasfemo de los viejos himnos sureños: la redención sin redentor, el arrepentimiento sin absolución. Lo que queda es la voz, tosca y humana, sonando como una sierra oxidada que se niega a dejar de cortar.

Quizá por eso la breve obra de The Hill Country Devil no puede entenderse como la historia de una caída ni de una recuperación, sino como una larga misa de medianoche donde el pecado y la salvación se confunden en la misma estrofa. Hayden Karchmer no canta para ser recordado, canta para no desaparecer. Su música es tanto penitencia como documento, la prueba de que sobrevivir en la Norteamérica de las adicciones, esa donde el country alternativo y el folk sucio poetizan el relato del fracaso, no es un milagro sino un oficio rudo y diario.

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