Alberto Rojas: Un baile con Miss Kinshasa

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No recuerdo su nombre exacto, pero sí que al pronunciarlo sonaba como un tam-tam. Se llamaba Yembeyembe, o algo así. Aquel fulano juraba conocer a un grupo de ‘sapeurs’ de su barrio y yo quería hacerles unas fotos. Los ‘sapeurs’ son esos tipos que se tiran todo el año ahorrando lo poco que ganan para hacerse un traje a medida en París y luego pasearse por calles de Kinshasa como dandis del trópico.

Comencé a coger taxis con el amigo Yembeyembe y su acompañante Sam, que era el que me traducía al inglés. Ningún blanco coge en el Congo ese tipo de transporte, así que todos los conductores y compañeros de viaje me miraban como se mira a un pirado. Y no te llevan más allá de la frontera del barrio en el que estés, así que debes parar, bajarte y pillar otro al vuelo.

Los taxis en Kinshasa son, en la mayoría de los casos, esqueletos de vehículos abollados donde se suben, dependiendo del trayecto, seis o siete personas, a veces unos encima de otros. A veces son también pequeñas furgonetas destartaladas con bancos de madera en la parte de atrás donde se apiñan 20 almas en un sarcófago maloliente. Más que volante, parece que lleven timón de barco pirata.

Parte de un trayecto lo hice con una mujer embarazada sobre mis piernas y con un jefazo del ejército, con sus entorchados dorados y tal, tan pegado a mí que entre los dos no cabía ni un protón. Vas sin aire acondicionado y con un calor húmedo que te tiene todo el día sudando. Tanto sudas que se te pasan los días sin mear. El conductor lleva un canuto de billetes en la mano izquierda para ir soltando la mosca a los guardias de tráfico corruptos que te paran en cada rotonda.

Tres horas de atascos y cinco taxis después llegamos a nuestro destino. A la trasera de un garito cochambroso fue arribando la chavalería con sus mejores trajes en una bolsa. Eran los días prelectorales, el pasado octubre, y comentaban preferían cambiarse allí dentro, que a Kabila no le gustan los ‘sapeurs’ ni cualquier otra organización contracultural, igual que le sucedía al dictador Mobutu, que obligaba a los hombres a vestir traje africano, nunca el europeo. Por eso los ‘sapeurs’, más que una imitación del gusto colonial, tienen mucho de rebeldes.

Ella llegó después, ya con el trabajo de fotos y entrevistas casi terminado. Su novio, chulapo negro con tatuajes de malote, chaqueta de domador de leones, boina blanca, zapatos de gánster y andares de Pedro Navaja, también era un ‘sapeur’. El más elegante de todos, un ‘auténtico sapeur’, como me dijo él. Pero cuando ella bajó del taxi media ciudad se dio la vuelta para verla, como si en vez de pendientes llevara cascabeles. Me dijo el novio que aquella centaura que ya anclaba con el brazo a su cuerpo era Miss Kinshasa. No era verdad, claro, pero podría haberlo sido.

Le hice unas fotos con toda la calle mirándome. Clic, clic, clic, y nos fuimos todos juntos a tomar unas cervezas a casa de Sam, que vivía cerca. Se despedía un sol rojizo y africano y allí mismo aprovechamos para cenar un plato de insípida mandioca y cerveza Primus bien fría. Alguien trajo un radiocasette y aquello se animo rápido. Música picante. La gente comenzó a bailar y entonces comprendí que los ritmos caribeños son, en realidad, una mala copia de lo que la gente escucha junto al río Congo, la rumba incandescente de Papa Wemba, maestro ‘sapeur’, para revivir a los muertos en sus tumbas.

Me levanté para coger otra cerveza y cuando me quise dar cuenta estaba en el centro de la fiesta, con Miss Kinshasa agarrada a mi cintura, la música sonando cada vez más alta, ella cada vez más cerca y la gente aplaudiendo al ‘mundele’ (hombre blanco, en lingala) haciendo el canelo con aquella pantera subida a los tacones de la noche, con mirada de pirómana y cintura en llamas. No había distancia de seguridad: árbitro, penalti, y el novio allí, mirando esquinado bajo la boina. Una canción. Y luego otra… Pensé: este es el sitio en el que me van a dar dos hostias. La chica se separa y mira a mi pantalón. Un bulto… y vibra… Coño, es el móvil. Sí, dígame. Llaman del periódico. Que si nos mandas el reportaje de Tintín en el Congo aquel que nos comentaste, que lo necesitamos ya. ¿Ya? Claro, claro, si lo estaba escribiendo.

Cuando me despedía de la gente el novio se me acercó, me chocó la mano como los negros de Harlem y la miró delante de mí. Y no necesité que me tradujera nada. El tipo estaba enamorado de aquella diabla y me hacía partícipe de la conquista.

Miss Kinshasa, que ya digo que no era Miss Kinshasa, me regaló el collar que aún llevo puesto. Y vuelta a La Gombe, atravesando un infierno de perfumes, gambeteando por las aceras de una ciudad sin alumbrado público, que late iluminada por los fuegos que queman la basura en la calle, con sus 10 millones de personas en movimiento como un hormiguero. Venga, mama, déjeme un hueco en el taxi. Le pago 500 francos. Venga, a escribir el reportaje de Tintín para el periódico. El que se supone que ya estoy escribiendo.

 

8 comentarios

  • Muy bueno.

  • Hacía mucho tiempo que no leía una crónica tan deliciosa y tan bien escrita. Hasta con cierta tensión narrativa. Además, en un castellano que nos incluye a todos los hispanohablantes.

    A tu salud.

  • Que buena historia y preciosa foto

  • Envidia regular de sana de que hayas estado en el Congo, el autentico corazon de Africa. Muy entretenido y bien escrito, enhorabuena. Yo tambien me hubiese casado con ella.

  • Yo fue a recoger a mi hija a Kinshasa y he revivido lo que has relatado. La basura quemándose por todas partes, los olores, los apretujones… Lástima que no pude verles bailando al ritmo de Papa Wemba. Son realmente espectaculares. Como bien dices la “rumba congoleña” es la raíz de la música caribeña. Mucho más vibrante. Y mi niña es un ejemplo de todo ello. Todo sensualidad…
    Gracias por tu artículo

  • las “sapeurs”, tintín, papa wemba, mobutu, kabila, etc. solo faltaba la cita de conrad y algo de diamantes, y ya teniamos casi todos los lugares comunes. me imagino que saldrán en la próxima crónica africana (en la que todo vale desde melilla a ciudad del cabo, como todo uno)

  • No entiendo muy bien el último comentario teniendo en cuenta que el autor está hablando de una experiencia concreta y real en la ciudad de Kinshasha. No hace ninguna referencia al continente en conjunto ni me parece que pretenda recoger en su artículo la vida en el Congo. Está hablando de su propia experiencia, nada más.

  • Señor Rojas, se esta convirtiendo usted en uno de los indispensables de JotDown (y éso es mucho decir), un placer leerle.

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