La Guerra de las Galaxias de Ronald Reagan - Jot Down Cultural Magazine

La Guerra de las Galaxias de Ronald Reagan

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Ronald Reagan

«Si se me permite robar una frase de la película… “la Fuerza está con nosotros”». Ronald Reagan.

«SDI fue la mayor operación de engaño de la historia» Robert McFarlane, consejero de Seguridad Nacional 1983-1985.

Imagínese el lector en medio de una de esas escenas de Tarantino en la que se encuentra apuntando a otra persona con una pistola, quien a su vez está apuntándole a usted. Tenemos ahí una disuasión mutua: él no disparará mientras usted no dispare, porque en el tiempo en el que tarde en apretar el gatillo puede que a usted también le de tiempo a hacerlo como represalia. Así que ahí están encañonándose mutuamente sin quitarse ojo de encima, con cara de póquer mientras el sudor corre por su frente rodado en primerísimos planos y dispuestos a aguantar el tiempo que sea necesario. Entonces su rival comienza a caminar hacia un lugar en el que podrá ponerse a cubierto y seguir apuntándole. ¿Qué demonios hace? ¿Por qué no se está quieto? ¿Significa eso que tiene intención de matarlo? Si usted le dispara antes de llegar se arriesga a que él también lo haga. Pero si no lo hace, cuando él llegue a su improvisado parapeto entonces quedará usted en sus manos, será completamente vulnerable. ¿Qué hacer entonces? ¿Es él un loco temerario o un tipo astuto? ¿Al intentar ponerse a salvo no estaría precisamente poniéndose más en peligro o bien le forzaría a usted a aceptar un desarme mutuo? ¿Y si en vez de pistolas tuvieran varios miles de misiles balísticos intercontinentales con múltiples ojivas nucleares y el parapeto resultara ser una red de satélites espaciales equipados con rayos láser y cañones de partículas para destruir los misiles enemigos?

En tal caso ya estaríamos hablando de la SDI (Strategic Defense Initiative). El asombroso proyecto que anunció Ronald Reagan el veintitrés de marzo de 1983 en una solemne intervención televisada desde el Despacho Oval ante la perplejidad de expertos militares y científicos. Requería una red de más de dos mil doscientos satélites militares equipados con unas armas que aún no habían sido inventadas y cuyo coste estimado sobrepasaría el billón y medio de dólares (o trillion, según la escala norteamericana), el equivalente a casi la mitad todo el PIB estadounidense de aquel año. Así que no es de extrañar que fuera considerado de inmediato una pura fantasía de ciencia-ficción y rebautizado como Star Wars. ¿Pero qué parte de realidad y de fantasía contenía el sistema SDI? ¿Cuales fueron sus orígenes y sus consecuencias? ¿Era casual que se identificara tanto con la película de George Lucas? Para saberlo tendremos que remontarnos unos años atrás.

Ronald Regan nació en el estado de Ilinois en 1911 y desde muy joven advirtió sus aptitudes para las relaciones públicas. Tenía buena planta, era carismático y aprendió de su padre la habilidad de contar historias que atraparan la atención de la gente. Así que tras un breve paso por la radio acabó en Hollywood, donde llegó a convertirse en un actor de cierto renombre. En 1940 rodó Murder in the air, donde interpretaba a un agente secreto que debía proteger los planos de una nueva superarma llamada «El Proyector de Inercia» que, de acuerdo una línea del guión, «no solo hará de Estados Unidos invencible en la guerra, sino que promete convertirlo en la mayor fuerza jamás descubierta para la paz mundial». Según la ganadora del Pulitzer Frances Fitzgerald, en su libro Way Out There In The Blue, esta película se convirtió en una evidente influencia ideológica del SDI que propondría el futuro presidente. Al fin y al cabo se trataba de un hombre poco aficionado a la lectura (durante su estancia en la Casa Blanca pedía que los informes que elaboraban para él no superaran una o dos páginas) y cuya visión del mundo estaba moldeada por el cine y por sus fuertes convicciones religiosas. Tenía por costumbre citar diálogos de películas en sus discursos políticos, como cuando dijo «yo estoy pagando por este micrófono» durante su debate contra George Bush en New Hampshire para las elecciones primarias, que aprendió en la película State of the Union. Posteriormente durante un discurso ante la Asociación de la Medalla de Honor del Congreso narró una heroica historia de un soldado americano durante la Segunda Guerra Mundial como si hubiera ocurrido verdaderamente… y que en realidad había visto en A Wing and a Prayer. En otra ocasión retó al Congreso para que le aprobasen los presupuestos con un «Alégrame el día» sacado de Harry el Sucio. Y cuando unos rehenes americanos fueron liberados en el Líbano afirmó «anoche vi Rambo… ahora ya sé lo que hay que hacer la próxima vez que esto ocurra». El film El día después, que narra las consecuencias de una guerra nuclear, le dejó profundamente conmocionado e incrementó su interés por la seguridad nacional, según afirmaría posteriormente. En definitiva, sus referencias cinematográficas eran constantes porque era al cine a lo que dedicó buena parte de su vida y porque sabía que el público americano compartía esas referencias… incluso el mismísimo Gorbachov admiraba en él que hubiera llegado a conocer en persona a James Stewart, John Wayne y Humphrey Bogart.

Murder in the Air

Pero no adelantemos acontecimientos; tras rodar la mencionada Murder in the air Reagan continuó su carrera con otras películas de bajo presupuesto hasta que fue elegido como presidente del Sindicato de Actores. Allí durante los años 50, en pleno auge de la Guerra Fría comenzó a desarrollar un discurso ardientemente anticomunista. Los comunistas, decía, «creen en la traición, el engaño, la destrucción y el derramamiento de sangre», los comunistas eran «el enemigo más malvado que la humanidad haya conocido», querían dominar el mundo para traer «mil años de tinieblas» y la Unión Soviética era, en definitiva, «El Imperio del Mal». Vamos, que no era partidario.

Mientras tanto el enfrentamiento entre Estados Unidos y la Unión Soviética pasaba a estar marcado por la amenaza nuclear. Esta última ya dispuso de su primera bomba en 1949, aunque Estados Unidos tomó la delantera durante los años 50 para compensar la aplastante superioridad de fuerzas convencionales rusas en territorio europeo. En los años 60, la ubicación de misiles nucleares en Cuba provocó la conocida crisis que casi se lleva el planeta por delante y que se saldó con la retirada estadounidense de los suyos en Turquía. Pero la distancia a la que uno de los contendientes colocara sus armas pronto dejó de ser un problema con el desarrollo de los misiles balísticos intercontinentales o ICBM, capaces de recorrer distancias de más de diez mil kilómetros gracias a una trayectoria que los situaba en el espacio antes de reentrar en la atmósfera para caer encima de su objetivo. Ambos países llegaron a construir miles de ellos, equipados con múltiples cabezas nucleares para incrementar su efectividad. Esto llevó a la estrategia conocida como MAD (Mutually Assured Destruction) en la que ningún contendiente atacaba dado que eso supondría una completa aniquilación mutua. Este equilibrio de terror causaba un gran desasosiego a Reagan, que lo veía como «dos hombres con armas cargadas apuntándose uno a la cabeza del otro». Si el contendiente disparaba no había protección, solo la posibilidad de venganza. Esta sensación de indefensión se incrementó cuando visitó en 1979, poco antes de ser presidente, el centro NORAD. Se trataba de una base militar situada en las montañas Cheyenne en Colorado que los lectores recordarán de la película Juegos de Guerra, rodada en parte allí (aunque por desgracia no tenía una sala de control tan vistosa). En ella se realizaba un seguimiento continuado del espacio aéreo y de las tropas y misiles soviéticos para detectar inmediatamente un ataque. Pero la respuesta que daban a los visitantes cuando preguntaban qué podía hacer entonces Estados Unidos era siempre la misma: nada. De hecho en 1972 el tratado ABM entre ambas superpotencias limitó el uso de medidas antimisiles para que la carrera armamentística no se desbocase y uno pudiera ser rehén del otro. Reagan estaba dispuesto a cambiar ese equilibrio. Según escribió posteriormente en su autobiografía:

En algún lugar del Kremlin debía haber alguien que fuera consciente del peligro letal que para la supervivencia del mundo comunista y para la del mundo libre suponía seguir apostados como dos vaqueros, apuntándonos el uno al otro a la cabeza.

Ya empezó a mostrar indicios de ello durante campaña electoral de 1980 para la presidencia de Estados Unidos. La confluencia de su anticomunismo y su interés por la estrategia nuclear le llevaban siempre a señalar la debilidad militar y moral de Estados Unidos frente a su rival, sobre el que nunca desaprovechaba la ocasión de hacer chistes y criticar abiertamente:

En una larga entrevista concedida a Los Ángeles Times aquel año rememoraba su visita al NORAD, «un lugar asombroso en el que hacen un seguimiento continuado de todo tipo de objetos en el espacio pero que, irónicamente, con toda su tecnología no puede hacer nada para detener los misiles que vengan hacia nosotros». Habló además del peligro que representaba la Unión Soviética, de la que afirmaba que parte de su industria estaba bajo tierra para que siguiera funcionando tras una guerra nuclear. También sostenía que cada verano veinte millones de jóvenes rusos eran entrenados para vivir en el campo en un entorno postapocalíptico. Datos que nadie supo de donde sacó. Pero encajaban en el clima de miedo imperante y eso bastaba para darles credibilidad. Habló en sus discursos sobre las políticas de apaciguamiento de Chamberlain frente a Hitler y que el peligro y la vulnerabilidad era ahora mayor que en Pearl Harbor. Según su consejero de Seguridad Nacional, Robert McFarlane: «Él estaba convencido de que íbamos dirigidos hacia el Armagedón, la batalla final entre el bien y el mal. “Te lo advierto, está viniendo” —me decía— “ve a leer las Escrituras”».

Fue un discurso que caló en el electorado y una vez en el poder en enero de 1981 dio comienzo la «revolución conservadora»: bajar impuestos, cortar el gasto social e incrementar considerablemente el gasto militar (aunque luego el Congreso no se lo pondría fácil). Al boicot estadounidense de los Juegos Olímpicos de Moscú 80, le siguió el soviético a Los Ángeles 84. Un desgraciado incidente en agosto de 1983 con el derribo de un avión de pasajeros surcoreano que había entrado en el espacio aéreo soviético hizo temer a algunos que fuera la mecha. Mientras tanto esa radicalización en la hostilidad hacia la URSS comenzó a generar un movimiento pacifista en Europa y Estados Unidos. El apocalipsis nuclear parecía una posibilidad real y la cultura popular lo explotaba con películas, videoclips, libros o cómics. La retórica de los políticos y los informativos giraba en torno al despliegue de misiles de alcance medio, intercontinentales, misiles con ojivas múltiples, invierno nuclear, búnkers… en Nueva York hubo una manifestación de tres cuartos de millón de personas contra la carrera armamentística mientras que a las bases europeas de la OTAN acudían pacifistas pidiendo el fin de esa escalada. Eran, en definitiva, tiempos felices en los que la mayor preocupación de la gente era una guerra nuclear global. Paradójicamente todo ese movimiento pacifista contribuyó a darle más credibilidad a la retórica incendiaria de la administración Reagan ante los ojos de la cúpula soviética. Una gerontocracia en la que a comienzos de la década se sucedieron varios secretarios generales, dado que se morían al cabo de unos meses de llegar al cargo. Brézhnev, Andrópov, Chernenko… Pertenecían a otra generación, otra manera de hacer las cosas, y aparte de preocuparse por sus achaques de salud su prioridad era afrontar el estancamiento económico soviético. Así que este recrudecimiento de la Guerra Fría inicialmente los dejó aterrorizados ante la posibilidad de que Estados Unidos estuviera preparando un ataque. Hasta que llegó Gorbachov. Como veremos.

Armamento futurista

El mando militar compartía los temores de Reagan, ante lo que llamaban la «ventana de vulnerabilidad» estadounidense, por la que hipotéticamente un ataque soviético fulminante podría destruir los misiles americanos antes de que despegasen de sus silos. Así que desde el comienzo de esta nueva administración barajaron varias opciones, como bases subterráneas de gran profundidad, aviones cargados con ICBM en vuelo continuo e incluso la posibilidad de dejar misiles en boyas flotantes a la deriva. Fue entonces cuando aparecieron en escena el Proyecto BAMBI y el Proyecto Excalibur. Qué bien saben bautizar a sus inventos los americanos, por cierto.

La Agencia DARPA (Defense Advanced Research Projects Agency, dependiente del Pentágono) estaba comenzando a tantear la posibilidad de destruir los misiles enemigos apenas fueran lanzados, utilizando para ello satélites situados en órbitas encima de los silos que serían sus objetivos. Eso era el Proyecto BAMBI (Ballistic-Missile Boost Intercept). El Proyecto Excalibur por su parte experimentaba con rayos láser de alta potencia que podrían ser disparados desde el espacio y destruir sus objetivos a la velocidad de la luz, pues alcanzar a un misil en movimiento no es nada fácil para un proyectil convencional.

SDI

Representación de la época con el sistema SDI en funcionamiento.

Un eminente físico teórico llamado Edward Teller, miembro del equipo que desarrolló el Proyecto Manhattan, fue uno de los líderes de la Fundación Hig Frontier (aquí un curioso anuncio que hicieron digno de Lost) y aunando las investigaciones citadas creó el proyecto SDI. Era un hombre de ideas poco convencionales, por decirlo así, dado que otra propuesta suya de estrategia geopolítica era evitar la dependencia del canal de Panamá. Concretamente abriendo otro canal en Centroamérica mediante el lanzamiento de una bomba de hidrógeno lo suficientemente potente. También propuso crear un puerto artificial en Alaska excavado a base de explosiones atómicas, el Proyecto Chariot. Intuyo que era de las personas que no detectan el sarcasmo.

La cuestión es que en 1982 pudo presentar a Reagan su proyecto. El enamoramiento fue instantáneo. Esa debía ser la superarma secreta, su particular Proyector de Inercia. Justo lo que Reagan andaba buscando para romper ese delicado equilibrio de amenaza mutua en el que estaban instalados los dos bloques mundiales desde hace décadas. De esa manera llevaría la carrera armamentística a un terreno donde Estados Unidos contaba con ventaja: la alta tecnología. Estaba tan emocionado con esta iniciativa —le llegaba en un momento en el que su popularidad en las encuestas estaba menguando de forma preocupante— que no quiso presentarla primero al Congreso o a sus socios de la OTAN. El veintitrés de marzo de 1983 se dirigió a sus compatriotas en un discurso de grandes palabras sobre la humanidad, el futuro y la paz mundial que aspiraba a cambiar el curso de la historia. Conectando con los anhelos pacifistas que estaban haciendo oír en Europa y América, en el dijo que las armas nucleares pasarían a ser «impotentes y obsoletas» gracias a esta tecnología futurista. Aquí podemos verlo íntegro:

Hay que decir que El retorno del Jedi iba a estrenarse en los cines dentro de dos meses, cerrando así una trilogía cuyas dos primeras partes habían tenido un éxito sensacional en los años precedentes. A Reagan siempre le preocupó mucho dirigirse al americano medio mediante un lenguaje sencillo y aludiendo a sus referentes culturales. El uso de rayos láser como armas tenía un inequívoco tono de ciencia-ficción y su discurso comenzaba con la expresión «Una nueva esperanza», que es precisamente el subtítulo de la primera película y su expresión Imperio del Mal para denominar a la URSS remitía directamente al Imperio Galáctico de Darth Vader. El término battle stations para referirse a los satélites dotados de cañones láser era usado también en las películas. En definitiva, había que potenciar ese paralelismo entre la opinión pública, en palabras de su asesor de Defensa, Richard Perle: «¿Por qué no? Es una buena película. Además, los tipos buenos ganan».

Precisamente desde el primer momento sus críticos incidieron en las similitudes —esperando así desacreditar el proyecto— aunque quizá a los ojos de muchos solo conseguían hacerlo más atractivo. El congresista demócrata Tom Downey replicó de inmediato al anuncio de Reagan «la única cosa que el presidente no nos dijo anoche es que el Imperio del Mal va a lanzar una Estrella de la Muerte contra los Estados Unidos». Un sistema así además para ser eficaz debía responder de inmediato, de manera que la decisión debía corresponder a un ordenador (que a ser posible no tomase conciencia de sí mismo), lo que llevaba al senador demócrata Paul Tsongas a preguntarse si para la siguiente década entonces no tendrían a R2D2 de presidente. Respecto a la prensa, las caricaturas y bromas usando referencias de las películas fueron innumerables. Costaba mucho tomárselo en serio… y sin embargo la popularidad del presidente se disparó en las encuestas. Por mucho que los expertos hablaran de su inviabilidad técnica, sus entusiastas defensores tenían en mente la promesa cumplida de Kennedy de llegar a la Luna, también en otro tiempo considerado algo inviable. Se discutía qué porcentaje de efectividad podría tener y nada por debajo del 99% servía cuando en 1982 la URSS contaba nada menos que con diez mil misiles nucleares. Pero la confianza en la propia superioridad tecnológica era para muchos ilimitada, lo contrario sería caer en el derrotismo. Y qué demonios, la idea estimulaba mucho la imaginación, qué importaba lo demás.

TimeLa reelección de Reagan al año siguiente estaba cantada. Uno de sus ayudantes, Richard Darman, escribió en un documento interno que debía ser mostrado en campaña como la encarnación de Estados Unidos, de manera que votar contra Reagan fuera, en cierto sentido subliminal, como votar contra Estados Unidos. Una estrategia utilizada tantas veces en tantos países… y que siempre parece funcionar. Pero su segundo mandato traería cambios significativos en la relaciones bilaterales con la Unión Soviética. El principal motivo de ello fue la llegada al poder de Gorbachov en 1985. Apenas un mes después de haber sido designado, estableció una moratoria unilateral en el despliegue de misiles en Europa. No estaba interesado en ninguna carrera armamentística y logró ganarse con inusitada rapidez la confianza de los países occidentales. Por supuesto le preocupaba, como a sus predecesores, el desarrollo de la Iniciativa de Defensa Estratégica. ¿Qué otra cosa podía significar si no que en un escenario de disuasión mutua uno quisiera protegerse de la potencial represalia de su adversario? No obstante los soviéticos comenzaron a sospechar que burlar el sistema con contramedidas sería relativamente fácil y barato. De manera que tras una cumbre con Reagan en Ginebra en mayo de 1986 aceptó que la SDI quedara fuera de las negociaciones de desarme. Pero fue una consecuencia inesperada de la Glasnost, la nueva política de transparencia de Gorbachov lo que acabó definitivamente con su aura de superarma definitiva.

Andrei Sajarov era un brillante físico cuya importancia fue crucial en el desarrollo de la capacidad nuclear soviética, pero a partir de los años 70 comenzó a preocuparse por las consecuencias de lo que tanto había contribuido a crear. Naturalmente, sus inquietudes pacifistas fueron castigadas por el régimen, se le prohibió seguir con sus investigaciones y finalmente fue desterrado a la localidad de Gorky. Tuvo que esperar a la amnistía para los disidentes políticos que trajo consigo la Glasnost para regresar a Moscú a finales de 1986. En febrero del año siguiente fue invitado a un foro internacional sobre desarme y allí describió la SDI como «una Línea Maginot en el espacio». Se trataba de una eminencia en el ámbito de las armas nucleares que había acreditado sobradamente su libertad de pensamiento. Así que su análisis estaba bien fundamentado y no buscaba agradar al régimen. Su influencia en el resto de sus colegas era notable y, por extensión, en Gorbachov. Quien se vio entonces con las manos libres para continuar con sus reuniones para el desarme mutuo con Reagan. Dice la periodista Frances Fitgerald que en la mitología es aquel de corazón puro el que acaba con el dragón, y fue Sajarov quien acabó definitivamente con el miedo a la guerra de las galaxias de Reagan.

Gastarse un billón y medio de dólares en un arma que no logra asustar al enemigo y en un contexto en el que el enemigo está dejando de serlo, no es algo que tuviera mucho sentido. Así que como cualquier otro producto pop que cautiva inicialmente la atención de la gente pero rápidamente deja de estar de moda, la Iniciativa de Defensa Estratégica fue quedando relegada. Pasó a ser interpretada entonces como un órdago que habría forzado a los soviéticos a negociar el desarme. Sin duda tuvo una parte considerable de espectáculo, aunque sus promotores realmente se lo tomaron en serio y de hecho el desarrollo de un escudo antimisiles a menor escala continuó por parte de las administraciones que le siguieron. Aunque la historia posterior haya demostrado que no hay escudo antimisiles que pueda proteger a un país de ser atacado.

Peacekeeper

Reentrada en la atmósfera de las cabezas múltiples de un misil Peacekeeper.

26 comentarios

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  3. Magnífico reportaje histórico. Magnífico estilo, magnífica documentación y magnífico estilo.

    PS Aunque no lo parezca, no soy el autor, ni familiar o conocido de éste.
    :)

  4. Señores y señoras, aquí tenemos el comienzo de la tragedia actual.
    Cada día soy más consciente de que soy más Marxista por Groucho que por Karl. Pero que buenos tiempos aquellos en los que teníamos dos potencias hegemónicas. El bueno de Reagan veía comunistas en todos lados cuando no es que no leyera “el capital”, es que no lo usaba ni de posabasos, más allá de la biblia ni el Reader´s Diggest tan de moda.
    Pero el miedo al comunismo era lo que mantenía el liberalismo económico con la mosca detras de la oreja. Hoy no quedan ni las sombras y el futuro de lo que se gestó en la guerra fría lo sufrimos en nuestras propias carnes.
    Genial la referencia a Hollywood, la sublimación de la guerra fría en Star wars era de traca, Spielberg tan prosistema él, pero siempre nos quedará el bueno de John Rambo partiendose la cara mano a mano con los Mujaihdines (Talibanes), en pro del mundo libre…

    • Después de tanto tiempo sigue el tópico del “Reagan tontito, solo era un actor”. Pues no, tenía su título en económicas (en fin…), vaya, que había estudiado.

      Y sí había leido el Capital; una de sus frases favoritas era la de que “comunista es quien ha leido el Capital y anticomunista el que lo ha entendido”. Toda una declaración de principios.

      Pero no, no eran buenos tiempos. Eso trasládaselo a la gente que vivía en aquellos paises. Quizás no coincidan contigo en consideralo algo divertido.

      • “No era tontito, tenía un título en Económicas” es una afirmación equivalente a “No era de Lugo, se peinaba con la raya a un lado”.

        Por otra parte, entender “Das Kapital” requiere situarlo en el contexto histórico en el que se escribió, cosa que no parecen hacer ni sus mayores defensores ni sus mayores críticos.

    • ¿Spielberg en Star Wars?

  5. Efectivamente: Reagan era tontito, en USA no hay libertades, millones de pobres mueren sin atención médica, los americanos son unos incultos, pobrecita la URSS que lo único que quería era la paz en el mundo ,,, Pues los americanos a lo suyo: Reagan reconocido como uno de los 5 presidentes más importantes de su historia, siguen siendo la primera economía mundial, no hacen más que innovar y crear cultura que todos nos tragamos (y pedimos más tazas … otro iPhone please! ya está tardando la 7ª entrega de Star Wars!), mientras que nosotros, los super-cultos europeos, miramos por encima del hombro y criticamos.

  6. Recuerdo que en los años ochenta un grupo pop español cantaba: “¿Qué harías tú en un ataque preventivo de la URSS?”

  7. Muy buen trabajo, escrito con gracia y sólida argumentación. El material adjunto es interesante y “divertido”. A propósito de Reagan también se podría contar el chiste del cerebro de Dupont que tanto le gustaba a Franco. O recordar lo que dicen que alguien le dijo a Reagan: “Va Vd. a buscar al espacio exterior lo que no tiene alrededor: vida inteligente”.
    Sólo añadiría que más peligrosa que la SDI (al final un solo un fiasco costosísimo), fue el contemporáneo despliegue de los euromisiles y la doctrina de “guerra nuclear limitada” o “regional”, a su vez derivación de la de “respuesta flexible”. Con ellas se pensaba lo impensable: la idea de que era posible una respuesta nuclear a un ataque convencional soviético sin que el conflicto escalase a un ataque estratégico entre las potencias. Una estrategia no menos absurda que la SDI, pero más peligrosa en tanto que, en este caso, sí se implementaron los medios para su eventual puesta en práctica: los Pershing y los Crucero (frente a los SS-20 soviéticos).

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