Mitología y tradición oral en un pueblo perdido de Galicia

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Fotografía: Javier Pais (CC)

A don Aquilino le gustan las castañas cocidas con una rama de laurel recién cortado y una pizca de sal. Cuenta Dorita, su mujer, que agradece acompañarlas con un trozo de pan de maíz, algo de unto cocido y un poco de vino tinto de la cosecha familiar, nada excesivo, servido en aquella taza tan vieja que le regaló un militar valenciano del que nadie recuerda ya el nombre, bien agradecido el hombre por haberlo rescatado nuestro vecino de una muerte segura durante un naufragio frente a la isla de Sálvora, a principios de los setenta. Para aposentar el estómago y templar el ánimo, don Aquilino remata la ingesta con media copa de aguardiente tostado que su mujer compra cada otoño a un vecino con fama de maestro alquimista del bagazo y el alambique. Que el antiguo patrón del Anduriña muriese allá por el año 83 no tiene la mayor importancia y, cada víspera del día de Todos los Santos, sin darse la menor importancia, la familia al completo se esfuerza para que cada cosa esté en el lugar correcto y a su completo gusto: «Siempre fue un cabrón de mucho carallo; mejor no enfadarlo», asegura uno de los hijos.

Galicia sigue siendo un país de profundas creencias pagano-cristianas pese a la evidente mejora de las carreteras, el tendido eléctrico, los tres aeropuertos, las nuevas tecnologías y la segunda temporada de True Detective, razones más que suficientes para socavar cualquier tipo de fe antigua en otros lugares del planeta. La presencia de lo sagrado se descubre todavía hoy en centenares de piedras, ríos, fuentes, puentes, plazas, caminos e incluso modernos jardines de casas particulares, que es donde han terminado un buen número de los cruceiros levantados por la iglesia, en esta tierra, desde los tiempos del Concilio de Trento. Resulta incontable el número de gallegos que siguen creyendo en la capacidad de vírgenes y santiños para intervenir en los asuntos más cotidianos del día a día, como una legión de especialistas terapéuticos a los que acudir, sin cita previa, según el tipo de mal que aqueje al interesado, también aquellos de índole más espiritual que física. ¡Y qué mejores aliados para luchar contra las malas artes y la legión de criaturas diabólicas que pueblan nuestra tierra! Aquí, aun por encima de Dios, se sigue creyendo en el demonio, una cultura popular asentada sobre una educación centenaria de «púlpitos y lareiras», que decía Vicente Risco, y que ha sobrevivido al paso del tiempo y las imposiciones de la modernidad gracias a la tradición oral, la escasa concentración urbana y una imaginación desbordante que ha impedido el suicidio en masa de sus gentes frente a la estúpida y concreta realidad que nos rodea.

Santa Compaña

Fotografía: Javier Pais
Fotografía: Javier Pais (CC)

«La Santa Compaña era una fila de muertos que andaban por los caminos, siempre de noche, y quién la veía moría a los quince días, sin remisión», recuerda don Manuel, que es el vecino más viejo de Campelo. A sus casi cien años suele ir cada tarde a tomarse una cerveza al bar y dormir una pequeña siesta mientras en la pantalla de televisión resuenan los disparos de algún wéstern en blanco y negro o tecnicolor. «Yo me acuerdo de que la Compaña salía en procesión entre las nueve y las diez de la noche, por eso los mayores nos advertían de que “Das nove as dez deixa a noite para quen é”».

«A Compaña era “a Cita”. Citaban a los difuntos cuando iba a morir una persona. En nuestra casa, contaban los mayores antes de marchar yo a la mili, que una vez miraron a la Compaña y uno de los difuntos era mi abuelo», asegura don Enrique, al que todos apodan el Cantamañanas. Tiene una barriga enorme, el pelo blanco, muy repeinado, y en el brazo luce tatuada una sirena con la cara grotesca, casi deforme, pero unas tetas perfectas y apetitosas. «Ahí arriba, en la aldea de O Sartal, una mujer salió una noche a buscar al cura pues su hermano estaba enfermo. Al pasar junto a la carballeira se encontró con una procesión de sábanas blancas con faroles y echó a correr, asustada. Al llegar a casa, su hermano ya había muerto. Eso sí fue verdad».

«Mi abuela contaba que al poco tiempo de casarse, en Combarro, allá por los años veinte, una noche escuchó una música roma en la calle de A Chousa, y un viento frío que la empujaba y terminó por tirarla al suelo, donde perdió el conocimiento». Lo cuenta Estela, la camarera. Todavía no ha cumplido los treinta años y mientras habla aprovecha para pasar una bayeta a la mesa que ocupan los viejos. «Al despertarse, ya por la mañana, regresó a casa y se encontró con su hijo pequeño muerto».

«La Compaña existió en su día pero ahora ya no se ve nunca, sobre todo porque se instaló luz en los caminos y, además, ahora se dicen muchas misas», zanja el asunto don Manuel antes de repasarse los labios con la lengua y pedir otra cerveza. Recordar todas estas historias de muertos y vivos le ha dado sed.

Bruxas e Meigas

Fotografía: Dani Vázquez (CC)
Fotografía: Dani Vázquez (CC)

La mayoría de los etnógrafos e historiadores coinciden en distinguir meigas y bruxas de un modo muy sencillo: mientras que las meigas son consideradas seres maléficos dispuestas a causar todo tipo de daños, las bruxas resultan ser bondadosas y beneficiosas para quien las requiere, capaces de contrarrestar las malas artes de las primeras o simplemente ayudar a quien necesite de su magia para cualquier cuita de salud, fortuna o amor.

«Aquí no había meigas e bruxas, fillo: son la misma cosa», recuerda Fina mientras friega un Levi’s 501 de etiqueta sospechosa sobre la piedra del lavadero comunal. Está construido sobre una antigua fuente a cuyas aguas se otorgaban, en otro tiempo, increíbles propiedades curativas y en especial se recomendaban para tratar infecciones de los ojos y otros males relacionados con la visión. Hoy cuelga sobre ella un cartel que advierte de que su agua no es potable. «Antes la llamaban A Fonte do Limoeiro, pero ahora todo el mundo la llama A Fontiña, no sé por qué». Cuando le pregunto si es cierto que el lugar se conocía antes como el Outeiro das Bruxas, Fina tuerce el gesto y comenta que a los vecinos no les gusta recordar esas cosas pero, mientras remoja el pantalón y vuelve a enjabonarlo con una pastilla de jabón Lagarto, reconoce que sí, que antiguamente se reunían allí las bruxas del pueblo, las cuales acumularon fama de ser las mejores y más poderosas de toda la Ría. «En la noche de San Juan se reunían todas aquí y decidían a qué casas iban a mandar plagas de piojos y a cuales darían protección y buena suerte».

A la conversación se une la tía Mercedes, que pasa por allí con su oveja Amalia amarrada por una cuerda medio roída, y tras plantarme dos besos húmedos y desagradables, apartarme los pelos de la cara con una mueca de desaprobación y preguntar por la familia, enseguida comienza a relatar lo que ella recuerda de aquellos tiempos y reuniones nocturnas. «Siempre venían acompañadas por un hombre muy alto, con cara de cabestro, todo vestido de negro. No dejaban que se acercara nadie y recitaban conxuros y oraciones extrañas para desearle el mal a la gente». A la tía Mercedes le huele el aliento a coñac pero su memoria resulta envidiable, sin duda. «Ahí había unos tres o cuatro salgueiros, muy altos, y ellas se subían a sus ramas y gritaban como lobas y se reían con escándalo, así hasta que amanecía el día».

«La difunta de mamá contaba que no eran tan malas», la interpela Fina. «Siempre hablaba de una rapaza de Lourido que estaba enamorada de un chaval de As Laxes. Él se iba a casar con otra mujer, que era una bicha, y las bruxas la ayudaron a conquistarlo. Le dieron una harina para que cociera un pan y se lo regalara a su enemiga, y esta empezó a adelgazar tanto que en pocas semanas ya no valía nada, de tan flaca que estaba, así que el chaval se enamoró enseguida de la de Lourido y se casaron al poco tiempo».

«Puede ser, no digo que no, pero las había muy envidiosas, unas verdaderas puercas, hijas de mala madre… Y echaban el mal de ojo al primero que pasaba por delante», contesta la tía Mercedes sin mirar a la otra. «A la difunta de la tía Rosa la miraron tan mal, un día que estaba dando de comer a la Marela que, al llegar a casa y querer ordeñarla, del teto de la vaca comenzó a salir sangre», dice abriendo tanto los ojos que consigue provocarme cierto miedo, así que decido cerrar la libreta y despedirme de ambas, no sin antes darles las gracias. «Ya me dijo tu abuela que ahora eras periodista, ya… ¡Ay, qué pena!».

Mouros

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Fotografía: Alexander Boden (CC)

Saladina y Lola son dos hermanas solteronas que no se soportan pero a las que les encanta contar historias de mouros y mouras, se saben un ciento. «Los mouros eran hombres de piel negra que vinieron de África y vivían bajo tierra. Eran muy buenos trabajadores, sobre todo para las labores de la pesca», me dice Saladina. «Las mouras, en cambio, eran rubias y de piel blanca, no parecían de la misma raza, y solo se dejaban ver al abrir el día. Aparecían en las fuentes o en los ríos, peinándose con horquillas y peinetas de oro: eran muy presumidas. Yo nunca las vi pero el difunto de papá, sí».

Lola, que viste de luto cerrado y es un poco bizca, asegura que en la mámoa del Monte de O Castro estaba la entrada a sus guaridas. «Allí guardaban todo el oro, eran gente muy rica, no le hagas caso a esta lianta… ¿Qué sabrá, si es parva de todo?». Las dos se miran con cierto desprecio, pero luego continúan desgranando espigas y Lola se lanza a contar una leyenda que escuchó de pequeña: «Tres hermanas mouras fueron desterradas de su país tras la muerte de su padre, el rey. Vinieron a parar a un lugar llamado Outeiro do Peixe, aquí al lado, en Samieira. Cada una de ellas traía un tesoro grandísimo: calderos llenos de monedas de oro, brazaletes y collares decorados con diamantes, perlas… Además de un caballito de mazapán cada una. Un día apareció un mago, amigo del rey, y mediante un conjuro convirtió los mazapanes en caballos voladores para llevarlas de vuelta a su tierra. Birbiana, la pequeña, comiera parte del suyo una noche de hambre, a escondidas de las hermanas, así que su caballo no pudo volar y la pobre se quedó allí sola hasta que murió de pena. Entre las piedras del Outeiro do Peixe sigue escondido su tesoro».

«Eso es un cuento, no hagas caso», contesta Saldina. «Os mouros eran pobres de solemnidad y trabajaron como esclavos para construir el convento de Poio antes de que llegaran los mercedarios, que los mataron a cientos; eso lo sabe todo el mundo. Los enterraron a todos en camino que pasa por detrás del mismo convento, junto a la Ponte do Demo, por eso nadie quiere pasar por allí de noche: aún se puede escuchar a las ánimas de tanto mouro que enterraron vivos. Eran más salvajes los curas que ellos».

Lola se persigna y reza un avemaría casi murmurado. Luego empieza a cantar una vieja cantiga que dice algo así como: «Entre Torre Liberia e o Monte Cabalo, hay una mouriña con sete reinados». Después continúa con sus historias de tesoros. «En el camino de A Renda, por donde discurría la procesión de los devotos de la Virgen, había un boi de ouro (buey de oro), que los mouros enterraran allí. Había otro en el Pereiro, en un lugar que se llama A Sividá… Y en Ríomouro, cerca de A Escusa, estaba el tercero; todos enterrados por los mouros para que no se los robaran los vecinos».

«Tu cabeza sí que es un boi de ouro… ¡Arre Demo!».

Trasnos

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Fotografía: Simon Bleasdale (CC)

Mi padre recuerda que en la casa de su abuela materna vivía un trasno que se llamaba Fachendoso. «No era malo pero era un poco cabrón», me dice. «Por las noches le gustaba sentarse sobre el pecho de la gente, mientras dormían, y a la mañana siguiente se levantaban con náuseas y dolor de barriga; a mí me paso varias veces. La abuela dejaba migas de pan esparcidas delante de la puerta de las habitaciones, para mantenerlo entretenido, ¿sabes por qué?». Sin darme tiempo para contestar me da la explicación. «El trasno es muy ordenado, no le gusta ver las cosas tiradas por el suelo, y además tiene el vicio de llevar cuenta de todo. Pero como solo sabe contar hasta tres, al llegar a la cuarta miga se confunde y tiene que volver a empezar».

Yo creo que se lo inventa pero papá dice que Fachendoso tenía un agujero en la mano, cara de viejo y un pantalón de tirantes muy sucio, ello vio. «Nunca se lavaba pero olía muy bien, a flores y hierba fresca, y cuando se ponía muy rebelde había que amenazar con mearle encima, que era la única manera de asustarlo».

Mientras desfonda un barril, en la bodega del bar, recuerda alguna de las historias que escuchó tantas veces, como aquella de doña María, una mujer de O Muíño. «Un día encontró un cerdo pequeño en un camino del monte, así que se lo llevó a casa y comenzó a cebarlo con maíz y pan mojado en leche. A la mañana, cuando fue a llevarle agua, el animal desapareciera. Extrañada, le contó lo sucedido a un vecino y este le dijo que, seguramente, era un trasno de monte que tenía hambre y la había engañado».

Al preguntar a doña María por aquel incidente del cerdo me mira extrañada, como si no se creyese que un rapaz tan joven se interese por sus cuentos de vieja. «Pero fue el día que estaba acostada en la cama y sentía un animal respirándome en la espalda», me cuenta cambiando el paso a mi pregunta. «Severino no estaba en casa, andaba de marea por Bueu, y al girarme vi la cabeza de un animal que se parecía a un porco bravo. Salí corriendo de la cama, fui a la cocina a coger un cuchillo pero al volver al cuarto ya no estaba: era o trasno». Según me cuenta María, a otros vecinos se le aparecía en forma de caballo blanco, de cabrito, de cuervo, de rata… «Pero nunca hacía nada, solo asustaba, sobre todo de noche».

A Pastoriña

Ya no queda nadie en Campelo que haya visto a la Pastoriña, pero la viuda de Pepe O Candela se acuerda perfectamente de lo que le contaba su marido y de aquella noche en que tuvo que cubrirlo con rodajas de tomate para refrescarle las quemaduras que traía en cuello y espalda. «A Pastoriña era una mujer con patas de castrón y escupía fuego por la boca. Pepe la encontró en el camino del muelle, por donde bajaban los furtivos a la playa sin que los vieran los guardias, ¿no sabes?». Me mira fijamente, como si tratase de averiguar la intención de mis preguntas, pero como a ciertas edades poco importa más que encontrar a alguien que te escuche, sigue. «Se le apareció en medio del camino, cortándole el paso, y para salvarse le dijo que tenía que cantar una canción. Con el miedo, Pepe dio la vuelta y echó a correr, cosa rara porque era muy valiente y muy buen cantarín», presume. «Entonces a Pastoriña le escupió fuego y le prendió en el gabán de mariscar, uno de aquellos buenos, de los de antes». Luego me presenta a todas sus gallinas, una por una, y para que no me vaya con las manos vacías me llena de huevos, todavía calientes y manchados de mierda humeante. «Huevos como estos no hay, filliño… No me comas de esas porquerías de pollería, ¿oíste? ¡Sabe dios cómo los fabrican!».

O Urco

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¿Campelo o True Detective? Fotografía: Nacho Pintos (CC)

Otro ser que rondaba los caminos de los montes cercanos era o Urco, un perro enorme con cabeza de lobo que se transformaba en un engendro mitad caballo mitad buey. Solía surgir del mar, en las playas, y aunque no hay constancia de que atacase a nadie todo el mundo lo temía. Emilio, al que todo el mundo llama Patrón, me confirma esta leyenda y sostiene que o Urco anunciaba la muerte. «Algunas noches salía del mar, corriendo como un demonio. Se transformaba en un caballo con cabeza de vaca y se paraba a bufar delante de la puerta de alguna casa. A la mañana siguiente aparecía alguien muerto en esa misma casa pero no los mataba él, ¿eh? ¡Qué va!», me tranquiliza.

Adolfo, que está junto al Patrón comprobando el aparejo de pesca, me suelta de repente uno de esos dichos populares que yo había escuchado alguna vez de pequeño pero que apenas sí recordaba: «O Urco, o Urco… de cada berro un difunto». Luego se quita el pitillo de la boca, lo tira al mar y sigue con su faena, sin dar mayor importancia al asunto.

En Campelo, como ven, el pueblo que me vio nacer y me verá morir si el todopoderoso Cebrián no lo impide, todavía se conserva una importante tradición de costumbres, creencias y leyendas que parecen sacadas de algún manuscrito perdido de H.P. Lovecraft, uno de esos gallegos que asombraron al mundo, a pesar de haber nacido él en Providence, la capital del estado norteamericano de Rhode Island. Son historias escritas en la memoria de los más viejos del lugar, rescatadas de bocas silbantes y sin apenas dientes de padres, abuelos y otros vecinos con alma de libros andantes, deformadas por el paso del tiempo y adornadas con las experiencias personales de cada uno de sus nuevos dueños. Son cuentos con protagonistas reconocibles, a menudo el propio narrador, y en los que la vida y la muerte, el bien y el mal, comparten el mismo plano de la realidad cotidiana que confiere a Galicia ese carácter tan especial, reservado y a veces confuso… Quizás porque en algunos lugares de esta tierra la única verdad reside en la propia duda y los temores no son más que la consecuencia de las grandes certezas que nos envuelven y, todavía hoy, nos acunan.

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26 comentarios

  1. Jesús Couto Fandiño

    Como otro gallego mas por el mundo, leer un articulo como este me trae sensaciones contradictorias. Porque si, describe no sólo toda una serie de mitologia o leyenda popular del “rural” gallego, sino en el mismo estilo y encuadre del mismo, describe a esa Galicia de aldea que nos es tan familiar, tan nuestra.

    Y ahi esta el problema

    Uno se debate entre lo enxebre del asunto, que lo es y mucho, y trae muchos recuerdos, y una cierta rebelión interna, de preguntarse cando carallo chega a modernidade por aqui… no se, un poco como los repelentes besos de la tia Mercedes, no todas las sensaciones son tan agradables y algunas son de desear salir de ese marco “pintoresco”.

    Claro que luego llega la modernidad esa y a veces te quedas pensando que te han dado gato por liebre, asi que yo que se. Será que como dice el autor, como gallego, lo único seguro es no estar seguro de nada.

  2. Félix

    Sí, resulta cansino que cuando se hable de Galicia se recurra a la Galicia rural, también hay una Galicia moderna, aunque me gusta que se conserven las tradiciones y mitos, que no nos tachen de aldeanos fascinados por la muerte y devotos de tal o cual virgen.

  3. Courel

    A mi lo que me gusta de Galicia es el equilibrio que han conseguido entre tradicion y modernidad y espero que las primera nunca se pierda.

  4. María Jesús

    Gracias por recuperar estas historias. En unos cuantos años ya no será posible recoger testimonios como estos.

  5. Roberto

    Todo me resulta tan familiar.

    En la otra punta del mundo, con un clima peor, hay un archipiélago con rías parecidas (esteros los llamamos) e historias más parecidas.

    Por su color y aspecto, su gallego conquistador lo llamó Nueva Galicia, aunque no pegó. Por casualidad, dos apellidos comunes son Bahamonde (en el noreste) y Andrade (en el sureste).

    Pero a los cuentos: en las noches vuelan los brujos y se reúnen en cuevas, la noche de San Juan “arden” los tesoros enterrados, el Trauco inspira sueños eróticos o embaraza a muchachas en el monte, pero no puede entrar a una casa si se dejan montones de arena en las esquinas, porque no puede resistirse a contarla, los muertos en el mar andan siguen navegando en un barco fantasma y de vez en cuando vuelven a visitar a su familia con algún regalo, la Serena (je) se peina en las peñas o los pozos y un toro con un solo cacho en la frente destruye todo a su paso cuando se abre camino hacia el mar, casi siempre en noches de invierno.

    Hace pocos años, unos gallegos que supieron de la relación entre la antigua Galicia y la que no alcanzó a ser nueva donaron un cruceiro y ahora está a la entrada de la capital, que también casi por casualidad es (Santiago de) Castro.

  6. Pingback: Mitología y tradición oral en un pueblo perdido de Galicia | Notas de navegación

  7. Esteban Orive Castro

    Bonitos relatos, muy reales todos, excepto el detalle del unto que come el protagonista del primero. ¿Unto? Suele ser solo un ingrediente para dar sabor al caldo o freir as troitas y suele dejarse a un lado, aunque pueda gustarle a alguien untar el pan en el. Pero fuera de estos servicios…no entiendo cómo se pueda comer. ¡Es rancio de carallo!

  8. Verónica Parra Graca

    Esteban Olive Castro, gallego entre gallegos y gran profe del Cardenal Cisneros… ¡Que placer encontrarte por aquí!

  9. Anisor

    Nosotros somos del valle del Deza, y además de la Santa Compaña teníamos una moura. Mi bisabuela contaba que un día se la encontró mientras cortaba hilos con unas tijeritas de plata y piedras preciosas, y se quedó ensimismada mirándola. La moura la vio y le dijo “Neniña, gústanche as miñas tesouras? achégate e heiche corta-la lingua!”
    A la moura no la vimos más, pero aún seguimos invocando a Pedro Chosco, el trasno que pone arenas en los ojos de los niños para que se los froten y les entre sueño.

  10. Precioso relato e investigación.

  11. Me pareció estar leyendo al gran Cunqueiro, estilo fresco y rápido como un lustro, tómate tu tiempo y visita la casa natal de Colon que la tienes ahí bien cerca, Campelo, Lourido, Samieira, …. Están habitadas por infinidad de seres fabulosos que a veces van y vuelven de Irlanda en alguna noche tormentosa, done los trasnos se convierten en elfos… Saude

  12. Leyendo esto recuerdo mis veraneos en Galicia de pequeño, recuerdo “os contos” que se contaban mis abuelos, pero a mi tio que es de Rodeiro cada vez que le preguntamos por la Santa Compaña nos dice que él no la vio. A mi me llevaron de pequeño a una meiga en Lalín para curarme las enfermedades, batallitas pa contar…

    Mitología popular y sorprende que esto siga vivo, hay que celebrarlo.

  13. Rafa Cabeleira

    ¡Muchas gracias a todos, almiñas! Por cierto, querido Esteban, el unto sí se come… No sé cómo pueden, la verdad, pero en mi casa todavía se pelean por él, lo juro. #Apertas

    • DePeixes

      Falamos de ‘unto’ ou de ‘touciño branco’?

    • Charly

      Boas vesiño!! Bo artigo!! Miña avoa contaba sempre que na nosa finca tamén estaba enterrado un gran tesouro; o tesouro da mixiriqueira.
      O carallo e q desde pequeno sempre que fixemos obras na finca (pra faser unha casa, pra faser unha piscina, pra faser un pozo, etc… Eu sempre tiña a espranza de topalo… jajaaa
      E non moi lonxe de onde ti vives: en san salvador de poio (Viñas)
      Saudos

  14. Artzailarre

    Como hijo de gallegos con infancia en Galicia me resulta todo tan familiar que lo siento en la piel erizada, pero por una doble razón: Me he encontrado releyendo mitos y creencias de pueblo de una tierra que también me es mía, Euskadi. Aquí también tenemos las sorgiñak y se sigue creyendo en ellas, tenemos a los seres mitológicos relacionados con los “moros” y hasta al genio maligno que se sienta por las noches en tu tripa. Y todo eso sigue muy vivo en los pueblos; aunque sea un entorno más moderno que el gallego (que nadie se lo tome mal, pues conozco ambos), en Euskal Herria se sigue conservando a flor de piel esa “vivencia” de cosas irreales entre la gente vascohablante más mayor.

    Maravilloso, vamos.

  15. Me ha encantado leer este articulo como Gallego desde el extranjero. Me ha recordado a historias que me contaban de pequeno que espero que sigan vivas.

  16. Esther Freire

    ¡Qué placer de lectura! De un tirón, y eso que acabo de despertar… ¡Bravo, Rafa!

  17. poquetacosa

    En la zona de Levante también existe la figura de la “morica” que se peina en las fuentes con peines de oro y guarda tesoros en cuevas ocultas.

  18. Pingback: Mitología y tradición oral en un pueblo perdido de Galicia

  19. Regento una wiki pequeña de mitología (no pongo links ni nada, pero si se buscan con las palabras clave más obvias, sale en el primer resultado) y hace poco absorbimos el contenido de otra más pequeña que estaba abandonada. Esta era de mitos y dioses de la península ibérica, y en ella me encontré este tipo de leyendas: trasnos, anjonas, cuélebres, entre muchos otros.

    El caso es que no estaba familiarizado con muchas de esas leyendas. Algunas coincidiendo con las aquí mencionadas (como el trasno y la santa campaña), a pesar de ser de mi propio país. Al leerlos allí y aquí, considero que, aunque sean mitos, no se deben olvidar porque cuentan más de lo que parece en una primera lectura. Por ejemplo, el problema del trasno para contar es común con los vampiros o criaturas vampíricas de todo el mundo. En vez de pan, lo típico era usar arroz. Además, las presencias que presionan el pecho recuerdan a las parálisis nocturnas. Hay incluso leyendas gallegas que son comunes al resto de Europa, pero debido a que el desarrollo industrial llegó más tarde, su presencia duró más tiempo.

    Podrían escribirse muchísimos más artículos del tema, no solo situándose en Galicia, sino en toda la geografía española: María Cuchilla, ojáncanos, Musgoso, Diañu burlón, el escornau…hay cientos de ellos.

  20. seijas

    Siempre y seguira encantada, y encantadora, en todos los modos.
    “miña terra, miña terra”

  21. Jacobo Feijóo

    Me sentí totalmente identificado, como gallego y autor de obras de terror. Esas tradiciones las sigo oyendo en Coruña, ciudad puntera en Galicia y muy alejada de lo rural… y sin embargo… Tales leyendas representan el verdadero espíritu de Galicia, más allá de lo nuevo o lo viejo. Son formas de entender la vida y la muerte, la magia y la razón. Como dije una vez, “el más ferviente de los racionalistas temblaría como un cachorrillo si le dejasen solo una noche en el bosque”.
    Cosas similares las sigo escuchando en el corazón de la ciudad. ¿Por qué? Porque como decía Savigny, va en el Volksgeist, en el “espíritu de un pueblo”.
    Llevo años viviendo en Madrid y (pese haber nacido en Coruña ciudad, de padres y abuelos de Coruña ciudad), se me siguen poniendo los pelos como escarpias con estas historias.
    Y sí, me las creo a pies juntillas.

  22. Pingback: El trasno y el tardo, los duendes barbudos | No sin mi barba

  23. Cristina

    Al igual que las historias que recuperas en este artículo que te agradezco infinitamente por lo que rescato de mi memoria gracias a mis abuelos, ésta es una historia asimismo que engancha hasta el final por tu forma de contar. Muchas gracias y muchas veces!!

  24. Pingback: Meigas – El Sol Revista de Prensa

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