Jot Down Cultural Magazine – Asesinas en serie

Asesinas en serie

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Fotografía: topher76 (CC)

El siglo XX es el siglo de la biomedicina, la época en la que avances como las vacunas, los antibióticos y el agua sanitaria acabaron, al menos en el mundo desarrollado, con una de las principales tragedias de la humanidad, la muerte de los niños. Pero el siglo XX es también el siglo de la maldad, la era en que el Holocausto, el gulag, las bombas atómicas y las guerras industriales demostraron la capacidad de nuestra especie para violar, torturar y  asesinar. No sé qué deberemos hacer para perdonarnos a nosotros mismos esta historia abyecta, una especie que se autodenominó sabia (sapiens), que se cree racional, donde muchos piensan que están hechos a imagen y semejanza de Dios, tendrá que pagar de alguna manera esos crímenes, porque si alguna vez he dicho que somos la esperanza y la conciencia de la Tierra, somos también su principal vergüenza.

De los dos sexos se puede afirmar con rotundidad que los hombres somos los protagonistas principales de esta maldad, somos nosotros los que diseñamos, programamos y ejecutamos guerras y matanzas, somos nosotros los inventores de armas sofisticadas y torturas insufribles. No existe entre las mujeres del último siglo una sola que se acerque a los crímenes contra la humanidad de Hitler, Stalin, Mao o Pol Pot. Es triste que entre los comportamientos atribuibles a las hormonas masculinas uno de los más evidentes sea la agresividad.

El asesinato es también una actividad fundamentalmente masculina y un grupo particular son los llamados asesinos en serie. Al parecer, el término (Serienmörder) fue inicialmente propuesto en 1930 para Peter Kürten, el conocido como «vampiro de Düsseldorf» porque además de setenta y nueve agresiones y violaciones, nueve asesinatos y siete intentos de asesinato, bebió la sangre de al menos una de sus víctimas. En general se considera que un asesino en serie es alguien que comete tres o más asesinatos durante un periodo extenso, al menos treinta días, con un lapso de inactividad entre cada crimen.

Las series de televisión nos muestran una actividad muy poco realista de la búsqueda de los responsables de asesinatos en serie. Uno de los primeros pasos en su búsqueda y captura es definir su perfil psicológico, algo que permita centrar las investigaciones. Sin embargo, un perfil psicológico no es más que una probabilidad estadística y si la policía creyera, como vemos tan a menudo en la pantalla, que es una descripción real, habría un riesgo cierto de ignorar otras evidencias.

La mayoría de los asesinos en serie son hombres jóvenes, entre veinticinco y cuarenta años y con ocupaciones que pueden implicar altos niveles de testosterona como mecánico, peón de carreteras o albañil. Son carreras laborales donde es difícil progresar y por lo tanto es raro tener la autoestima alta o valorar positivamente la situación social o profesional. Es común que estos delincuentes tengan dificultades para moverse en sociedad y para relacionarse sexualmente y suelen tener rabia contra otras personas a quienes consideran responsables de sus fracasos. Pero evidentemente muchas otras personas, incluidas todas las asesinas en serie, no encajan en esta descripción. Afortunadamente estos delitos son raros y los cuerpos de seguridad trabajan de forma sistemática y organizada, muy alejada de esas detenciones «mágicas» que consiguen en un episodio de cincuenta minutos los detectives de la televisión.

Cuando se ha estudiado a algunos perpetradores de asesinatos en serie se ha visto que mucho más prometedor que el perfil psicológico es el perfil geográfico, algo que también está codificado en el cerebro. Todos tenemos mapas mentales y los crímenes nunca son al azar, siempre hay un patrón. Los criminales no son tan diferentes de una persona que va de compras o de un grupo de leones que va de cacería. Normalmente se hace, de forma consciente o inconsciente, en sitios que uno conoce, asesinan en lugares con los que están familiarizados y luego arrojan los cuerpos lejos del lugar en donde viven. Cartografiando los lugares donde tiene lugar la desaparición de la víctima y el encuentro del cadáver es posible conseguir información direccional. Un ejemplo fue Arnold Pearce el llamado «Barclays bomber», un terrorista que puso bombas en una serie de oficinas bancarias del Barclays cerca de estaciones de una línea del metro de Londres. Cuando fue capturado se vio que vivía junto a esa misma línea. Su defensa argumentó que sufría de enfermedad de Binswanger, un tipo raro de demencia causado por daños en la sustancia blanca y que puede alterar el juicio. No le sirvió de mucho, pues el 4 de abril de 1999 fue declarado culpable de veinte cargos y sentenciado a veintiún años en prisión.

29 Nov 1954, Tulsa, Oklahoma, USA --- Original caption: Mrs. Nannie Doss, 49, laughs as she is interviewed by Captain Harry Stege at the police station November 29th, after allegedly confessing the poisoning of four of her five husbands. She was arraigned November 29th. Although she giggled confessing to the four arsenic murders, she is said to have become glum, when questioned on the deaths of seven other relatives. --- Image by © Bettmann/CORBIS

Nannie Doss entrevistada por el Capitán Harry Stege tras haber confesado el asesinato de cuatro de sus cinco maridos. Fotografía: Corbis.

Aunque el 85% de estos asesinatos han sido cometidos por hombres, hay unas cuantas decenas de mujeres que encajan en la definición de asesinas en serie. Entre las más famosas en el mundo anglosajón está Jane Toppan, una enfermera que acabó con decenas de pacientes entre 1885 y final de siglo; Belle Gunness, que mató a veinticinco personas a finales del siglo XIX, incluidos sus maridos y sus hijos, y desapareció sin que se supiera más de ella; Nannie Doss, una «viuda negra» que asesinó a sus cinco maridos, a una de sus suegras, a sus hermanas, a dos de sus hijos y a su propia madre, o Aileen Wuornos, que acabó con cinco clientes que habían contratado sus servicios sexuales entre 1989 y 1990. En España tenemos también nuestra crónica negra y entre las asesinas en serie recientes están los casos de Encarnación Jiménez, que fue condenada a ciento cincuenta y dos años de cárcel por matar a dos ancianas y asaltar a otras quince en Madrid entre abril y julio de 2003, y cuyo objetivo era conseguir el dinero y las joyas de sus víctimas, y Remedios Sánchez, una mujer que fue condenada a ciento cuarenta y cuatro años de prisión por matar a tres ancianas e intentar asesinar a otras cinco en tres semanas de locura en Barcelona en 2006, que terminaron al ser detenida en el local de tragaperras donde gastaba el fruto del saqueo de las casas de sus víctimas.

La neurociencia intenta entender cómo funciona el cerebro de alguien con comportamientos aberrantes, cómo puede pensar un padre o madre que mata a su bebé, pero prácticamente nunca aparece una explicación sólida y generalizable. Nos cuesta entender la maldad, un cerebro que hace las cosas que pensamos imposibles para nuestra especie, «inhumanas». Diversos investigadores han estudiado los perfiles de decenas de asesinas en serie que cometieron sus crímenes en los dos últimos siglos en Estados Unidos y el análisis de esos casos proporciona algunas informaciones sorprendentes, entre las que llama la atención que el perfil es bastante diferente del de los hombres:

  • La mayoría eran mujeres de clase media y alta.
  • Casi todas (92%) conocían a sus víctimas. Los hombres asesinos en serie, en cambio, suelen matar principalmente a personas desconocidas.
  • Casi todas eran blancas.
  • La herramienta para matar más habitual fue el veneno, mientras que en el caso de los hombres eran las armas.
  • La mayoría eran «geográficamente estables». Vivían en la misma zona donde cometían sus crímenes.
  • El motivo principal de los asesinatos fue el dinero, al contrario que en los hombres en que el motivo principal suele ser sexual.
  • La mayoría tenían grados universitarios o una buena formación, frente al nivel educativo mucho menor de los hombres.
  • La mayoría cometieron entre siete y diez asesinatos o intentos de asesinato, mayor número que en los hombres.
  • La carrera criminal de las asesinas en serie fue más larga que la de sus colegas masculinos, quizá por ser culpables menos habituales, lo que hacía que la policía tardase más en centrar sus averiguaciones.
  • La mayoría tenían un atractivo medio o superior a la media.
  • La mayoría eran monógamas en serie. De media se habían casado dos veces, aunque alguna se había casado en siete ocasiones.
  • Dos tercios eran parientes de sus víctimas.
  • Un 44% había asesinado a sus hijos biológicos.
  • Una cuarta parte había matado a ancianos enfermos o niños muy pequeños, personas que no tenían ninguna posibilidad de defenderse.
  • De las que se pudo conocer la religión, el 100% eran cristianas.
  • Su actividad laboral era muy variada, de profesora de religión a prostituta, pero la profesión más representada, con casi un 40%, eran trabajos relacionados con la salud, como enfermeras o auxiliares de enfermería. El segundo grupo, en torno a un 22%, eran personas cuya actividad fundamental era cuidar a otras, especialmente niños pequeños. En cualquier caso, profesiones muy diferentes de las de sus colegas masculinos.

Son datos interesantes y en ocasiones sorprendentes, pero no debemos olvidar que, como aquel brandy Soberano, el asesinato en serie es «cosa de hombres».

Para leer más:

Angrilli A., Sartori G., Donzella G. (2013), «Cognitive, emotional and social markers of serial murdering». Clin Neuropsychol 27(3): 485-494.

Frei A., Völlm B., Graf M., Dittmann V. (2006), «Female serial killing: review and case report». Crim Behav Ment Health 16(3): 167-176.

Harrison M. (2015), «Female serial killers have some shocking characteristics». Business Insider. Enlace

Harrison M. A., Murphy E. A., Ho LY, Bowers T. G., Flaherty C. V. (2015) «Female serial killers in the United States: means, motives, and makings». J Forensics Psychiat Psychol 26(3): en prensa.

8 comentarios

  1. Estupendo artículo. Se nota que el autor sabe de lo que escribe. Echo de menos alguna mención a la condesa Isabel Báthory de Ecsed (la condesa sangrienta) y a la realidad/mito de sus más de 600 asesinatos.

    • ¡Gracias! La condesa sangrienta merece su propia historia, quizá relacionada con esa búsqueda en la que llevamos milenios implicados de encontrar la eterna juventud. Es una buena sugerencia.

  2. En otras palabras, entre aquellas personas con impulso para matar, mata quien puede, donde puede, como puede y a quien puede.

    • Woaw, yo he entendido justo lo contrario.

      Entre aquellas personas con impulso de matar, todas pueden tarde o temprano si es un crimen premeditad/frio, y muchas veces más de una vez, y eligen el donde, como y quién en función de sus preferencias/perfil, y claramente no son casuales, sino que dan pistas a los investigadores sobre como encontrar al culpable antes de que vuelva a actuar… porque volverá a actuar.

      • Lo que me hizo decir lo que dije:

        “De las que se pudo conocer la religión, el 100% eran cristianas.”
        Es normal puesto que solo en las sociedades cristianas las mujeres tienen suficiente libertad de movimientos para cometer asesinatos.

        “La mayoría eran mujeres de clase media y alta.”
        Lo mismo (mayor libertad de movimientos).

        “Casi todas eran blancas.”
        Lo mismo.

        “La mayoría tenían grados universitarios o una buena formación, frente al nivel educativo mucho menor de los hombres.”
        Los hombres con buena formación tienen más recursos para conseguir lo que desean que los hombres sin ella, pero estos últimos tienen más libertad de movimientos que las mujeres sin recursos. No es una comparación hombres-mujeres, sino una comparación hombres-hombres y mujeres-mujeres.

        “Casi todas (92%) conocían a sus víctimas. Los hombres asesinos en serie, en cambio, suelen matar principalmente a personas desconocidas.”
        Las mujeres tienen redes de conocidos más amplias que los hombres, quienes suelen relacionarse con desconocidos más que las mujeres.

        Seguro que se pueden sacar más y mejores conclusiones, pero estas fueron las que yo saqué.

        • Y no malas.

        • Es muy interesante el pequeño debate que habéis organizado. ¿Pensáis realmente que matan las que tienen más libertad, que una mujer en peores condiciones socioeconómicas lo tiene más difícil? ¿Y el nivel educativo? ¿Cómo lo veis? ¿Matan hasta que son detenidas? Es decir, ¿es un camino sin retorno?

          • No sé si he entendido la pregunta. La mayoría de la gente no mata, así que dar mayor libertad no hace que la gente mate más.

            Lo que me planteo es que quienes matan saben que es un delito y que está socialmente mal visto. Por esto no matan impulsivamente como si tuvieran un ataque de tos. Buscan tener suficiente control de la situación como para tener confianza en que no les pillarán. Y para tener el control de donde, cuando y a quien van a matar necesitan tener la suficiente libertad como para poder ir donde quieran, cuando quieran y hablar con quien quieran sin que nadie les pida explicaciones.

            En cuanto a la motivación, no creo que tenga nada que ver con lo que he expuesto.

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