Las costumbres heredadas

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Foto: Cristina Elena Pardo.
Foto: Cristina Elena Pardo.

Leyendo hace unos meses Lo santo, de Rudolf Otto, me hizo bastante gracia verlo lamentarse porque el cristianismo era demasiado racional. «Los predicados racionales no apuran y ni agotan la esencia de la divinidad». Me divertía mucho pensar qué le habría pasado al bueno de Rudolf, con sus ojillos hundidos y su bigotito alemán, si alguien lo hubiese llevado a la Semana Santa de Sevilla.

Antes de que alguien me lo reproche, estoy muy persuadido de que las semanas santas andaluzas no son totalmente un fenómeno religioso, sino una mezcolanza de tradición, rito e idolatría, que es la manera sincera en que los andaluces creen en la fe verdadera. Porque a los de aquí nos desconcierta el Dios al que no ha visto nadie y siempre se ha preferido la imaginería al sagrario. A las cosas de la religión se acostumbra a pedirles la coherencia que no se pide en tantos otros lados, y habrá quien se indigne ante la tradicional reunión de ateos y descreídos debajo de los antifaces y las trabajaderas. Sin duda no han entendido nada. Lo extraordinario de la Semana Santa sevillana (o andaluza) es que, como las fiestas de las religiones primitivas, comprometen de algún modo a toda la comunidad y así, sacando a cada cual de su ocupación ordinaria, rompen el tiempo cotidiano y abren un tiempo sagrado. Y la única manera de congregar a todos es contar también con los libertinos, los herejes, los irredentos y la gente de moral distraída.

La eficacia del rito reside en su repetición, porque son un contrato entre la divinidad y los hombres: la ofrenda agradable a Dios tiene unos pasos muy concretos, porque a Dios no le satisface cualquier cosa. Como se sabe, pronunciar mal las palabras de la consagración deja al pan siendo pan. Decíamos antes que la Semana Santa tiene algo de fiesta primitiva, pero no todo, porque el cristianismo aborrece del tiempo circular. El triduo pascual rememora los hechos de la Pasión, pero no los renueva. Las fiestas primitivas de la creación del mundo hacían al mundo de nuevo. Cuando los babilonios recitaban el poema de la cosmogonía, el dios Marduk luchaba verdaderamente en ese preciso momento con el monstruo Tiamat: «¡Ojalá continúe venciendo a Tiamat y abreviando sus días!». El recuerdo de los hechos permite una laxitud que el hacerlos de nuevo impediría. Así, ya sea por un concilio o porque los cofrades se cruzaban por la calle y la emprendían a ciriazos, las cosas católicas y los usos de la Semana Santa han ido variando a lo largo del tiempo. Pero, y esto es lo que nos interesa, modificaciones de recorrido o de atuendos mediante, casi todo sigue siendo igual. Algunas cosas, exactamente igual. ¿Por ejemplo? Las saetas.

Con el ánimo de convertir a las gentes, los franciscanos cantaban por las calles unos versos que decían: «Quien perdona a su enemigo / a Dios gana por amigo»; «En asco y horror acaba / todo lo que el mundo alaba»; «Dios vengará sus ofensas / el día que menos piensas»; «¿Cómo se piensa salvar / quien no quiere confesar?». Se llamaban saetas penetrantes o del pecado mortal porque (estamos entre el siglo XIV y XV) provocaban un enorme impacto moral en el auditorio: un dardazo. Como los franciscanos anduvieron fundando cofradías aquí y allá, estas saetas entraron a formar parte de las prácticas devocionales, y pasaron de cantarse a la gente a cantarse a las imágenes. A Cristo y a la Virgen María no parece sensato pedirles que se alejen de los vicios del mundo, así que las letrillas empezaron a relatar hechos de la Pasión. Estas saetas se llaman llanas o lisas, porque se cantan en algo parecido al tono recto. Tienen entre cuatro y seis versos octosílabos y las cantaban los hermanos de las cofradías, en los templos y en las procesiones, a modo de oración pública. Es una saeta sobria, que no se aplaude. Lo de san Agustín: quien canta, reza dos veces.

En una cruz lo pusieron,
desnudo y descoyuntado.
Hiel y vinagre le dieron,
con sarcasmo se mofaron
y en el rostro le escupieron.

Parece que estas saetas primitivas se conservaron y transmitieron en el seno de las hermandades de penitencia, que fueron quienes las generaron, como tantas otras cosas, por sus rivalidades. Estas saetas «originales» perduran solo en un puñado de sitios: Marchena, Castro del Río, Puente Genil, Córdoba, Montalbán, Lucena, Cabra y Loja. Las saetas modernas son saetas flamencas, que se cantan por seguiriyas o carceleras (por martinetes). Tenemos las primeras noticias de ellas a finales del XIX, por una grabación de Antonio Pozo, el Mochuelo.

La pervivencia de estos cantos primitivos depende, indudablemente, de su uso: de que cada generación haya escuchado a la anterior cantarlas. El vínculo que une a unos y a otros es la devoción compartida, ese intrincado sistema de creencias y sentimientos religiosos según el cual de todas las imágenes de la Virgen o de Cristo unas inspiran más piedad que otras (cuando no son más milagrosas o sencillamente «mejores»). Y esto, el sentimiento, me dicen que es lo fundamental. Para preparar este texto anduve charlando con Roberto Narváez, saetero que fundó una escuela para prevenir que se perdieran las saetas primitivas de Marchena cuando fueron desapareciendo los saeteros viejos. «Primero hay que tener sentimiento, porque yo he tenido saeteros en la escuela con voces magníficas que no han dicho nada. También un mínimo de facultades, porque si no el canto no sale. Pero tengo saeteros en la escuela que con muy poquita voz… pero vaya la saeta que te lanzan».

Me parece que este sentimiento inicia, en alguna medida, ese tiempo sagrado. No solo los viejos han enseñado a los jóvenes a cantar, sino que el pueblo (el auditorio) se reúne en los mismos sitios que hace siglos para hacer lo mismo movido por ese mecanismo de la herencia sentimental. Pero no hay una cuestión identitaria (son nuestras costumbres y las defendemos), sino algo mucho más cotidiano. Yo (perdonen la irrupción de mi ego), que no tengo particular afición a la Semana Santa (no voy ni a triduos, ni a besamanos, ni a quinarios; no soy eso que llaman «capillita»), voy cada año a ver las procesiones y a escuchar saetas donde me llevaba mi madre cuando era pequeño. Y supongo que a mi madre la llevaban mis abuelos. Y así. Todos remedamos los mismos gestos, como aquella fantasía de Borges, cuando al aprender sajón se recordaba a sí mismo hablando esa lengua hacía muchas generaciones.

Esta celebración externa tiene su fundamentación (o su justificación) en la liturgia. El triduo pascual, como se sabe, recuerda los hechos de la Pasión y muerte de Cristo, que para los cristianos es el misterio de la redención. Decíamos antes que el tiempo en el cristianismo no puede ser circular, porque Dios creó el mundo de la nada a la nada. El rito trae a la memoria, pero no actualiza: Cristo murió de una vez y para siempre, no cada Viernes Santo. Ahora bien, hay un matiz que no se puede olvidar: «Cristo murió por ti»; así, la liturgia no puede provocar un simple recuerdo en el creyente que asiste, sino que tiene que involucrarlo en uno acontecimientos de los cuales depende nada menos que su salvación. Si han estado alguna vez en un oficio de Viernes Santo sabrán que se canta la Pasión según san Juan. O se lee, porque a la Iglesia últimamente no le quedan cantores. Aunque el texto del leccionario está en pasado («En aquel tiempo cruzó Jesús con sus discípulos el torrente Cedrón…»), se lee a tres voces, porque se escenifica, de modo que parece que todo está ocurriendo en ese momento. Pilatos pregunta, Cristo responde, los judíos gritan. Los personajes hablan en presente, el narrador en pasado. Es un artificio pequeño, pero es eficaz.

La liturgia tiene mecanismos más estables de transmisión que los ritos populares, porque se consigna en misales y en rúbricas. Sabemos que se canta la Pasión desde el siglo IV, cuando se proclamaba el texto en tono recto (cantado en una sola nota). En el siglo IX se le añaden las litterae significativae, que son indicaciones acerca de la velocidad o del volumen, y en el siglo XII se reparten los papeles en tres franjas del pentagrama: el cronista, que es quien narra los hechos, canta entre las notas la y do alto; Cristo entre re y fa; finalmente, el sinagogo, que es quien hace los personajes que aparecen en el pasaje evangélico (Pilatos, Caifás, etc.), canta en el re alto. Todos estos personajes eran cantados por el mismo intérprete hasta que en el siglo XIII, de donde data el primer documento con el canto de la Pasión para más de un intérprete.

A veces pienso que los ritos, usos y costumbres se sirven de nosotros para perpetuarse. No me importa ser instrumentalizado para según qué cosas. Estoy terminando este texto en los primeros días de la Pascua, con los coches yendo de nuevo por las calles y la gente a los trabajos. El tiempo sagrado ha concluido, los ateos vuelven a abjurar de Dios y los creyentes siguen yendo a sus misas. Las aguas han vuelto a su caudal. Los pasos se han desmontado a la espera de otra ocasión propicia, en la que solo tiene sentido toda esta amalgama que harían tirarse de los bigotes a cualquier teólogo desinformado.

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9 comentarios

  1. Gracias por tu fino artículo zascandil. Al escribirte estas lineas estoy escuchando el Cantus in memoriam Benjamin Britten y escuchando el toque templado de la campana recuerdo el mismo que abre el cortejo de una hermandad del Viernes Santo que venera la mortaja de Cristo. Esta mañana leí en el Boletín de la archicofradía de Jesús Nazareno que me llega a mi y a mis dos hijos un artículo sobre una publicación de esta hermandad del año 1761 dedicado a Carlos III titulado Astronomía Mariana. Hermoso título. Ejemplos perimetrales de los ritos que viví aunque hace ya casi 20 años que viva en San Francisco mirando el Pacífico.

  2. paloma

    Lo triste o cuestionable de la semana santa en Sevilla, que es la que he vivido algunos años, es que la gente se echa a la calle por ésto, y no por cosas que les afectan en el día a día, por ej la Reforma laboral,el paro, la corrupción,etc. Además se representa la pasíón y muerte de Jesucristo, es algo cien por cien religioso, decir que es en parte folclore, al menos a mi, no me convence.Saludos

    • Decía recientemente en una entrevista Teresa Rodríguez que ella no era creyente, pero que había visto Semana Santa desde pequeña y que ver un palio con música genera sensaciones que nada tienen que ver con la fe.

      No puedo estar más de acuerdo con ella y con el tono de este artículo. Porque para otros la Semana Santa será una experiencia religiosa, pero para mí es y será siempre el olor a azahar, el incienso inundando una callejuela perdida junto a la Catedral de Sevilla, la Mezquita de Córdoba o el Albaicín, un palio volviendo a su casa a sones de Gámez Laserna o de Braña. Porque la Semana Santa es, al fin y al cabo, recordar aquella época en la que tenías 10 años y tu padre te llevaba de la mano a ver procesiones.

      Verla como un acto exclusivamente religioso me parece totalmente erróneo y desconocerla en profundidad.

  3. Aldebarán

    Que en pleno siglo XXI, aún haya gente que se eche a llorar, al paso de un monigote, tiene delito. Está claro, que no hace tanto que bajamos de los árboles, pero que se note un poquito esa evolución “mi arma”

    • ¡Enhorabuena por su sensibilidad! Acaba de escalar usted solito un peldaño más en la evolución humana. Sus descendientes se lo agradecerán por siempre.

    • JoseFco

      Pues en pleno siglo XXI he visto ingenieros de estructuras ir disfrazados de Iron Man al estreno de Los Vengadores; catedráticos de Derecho llorar de alegría porque su equipo de fútbol ha ganado un título; cirujanos agitando una banderita mientras su político preferido proclama bravatas que todos saben vacías; ejecutivos amorales tratando como si fuera el Guernika el torpe garabato que hace su hijo de cuatro años.
      Seguro que tú también tienes tu vergonzosa irracionalidad.
      El ser humano es complicado, y en gran medida producto de una larga herencia de usos y costumbres. Cuando un andaluz o andaluza llora de emoción ante su virgen más venerada, sus lágrimas no son algo tan sencillo como un sentimiento religioso: en el rostro y la expresión facial de esa imagen asoma un complejo cúmulo de sentimientos, de amor a un pueblo y unas tradiciones, del amor a la familia, los recuerdos de toda una vida, las esperanzas de una vida mejor. El amor a la tierra que le vio nacer y crecer, sus olores y sabores, su luz y su música.
      Juzgar todo eso desde una perspectiva de frío y arrogante intelectualismo es algo así como juzgar los platos de Master Chef por el aspecto que tienen por la tele.
      “Patillas al viento”, me gusta llamarlo.

  4. Genial, yo veo mucha poesía y magia y paganismo en la semana santa.

  5. Alberto Donaire

    Yo creo que la Semana Santa es un fenómeno muy complejo. Como sucede con todo lo complejo, cuanto más culto y sensible se sea, cuanto menos partidario de posiciones previas, más y mejor se podrá percibir y valorar esa complejidad.

  6. Pingback: Las costumbres heredadas (análisis antropológico de la Semana Santa)

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