
Leyendo hace unos meses Lo santo, de Rudolf Otto, me hizo bastante gracia verlo lamentarse porque el cristianismo era demasiado racional. «Los predicados racionales no apuran y ni agotan la esencia de la divinidad». Me divertía mucho pensar qué le habría pasado al bueno de Rudolf, con sus ojillos hundidos y su bigotito alemán, si alguien lo hubiese llevado a la Semana Santa de Sevilla.
Antes de que alguien me lo reproche, estoy muy persuadido de que las semanas santas andaluzas no son totalmente un fenómeno religioso, sino una mezcolanza de tradición, rito e idolatría, que es la manera sincera en que los andaluces creen en la fe verdadera. Porque a los de aquí nos desconcierta el Dios al que no ha visto nadie y siempre se ha preferido la imaginería al sagrario. A las cosas de la religión se acostumbra a pedirles la coherencia que no se pide en tantos otros lados, y habrá quien se indigne ante la tradicional reunión de ateos y descreídos debajo de los antifaces y las trabajaderas. Sin duda no han entendido nada. Lo extraordinario de la Semana Santa sevillana (o andaluza) es que, como las fiestas de las religiones primitivas, comprometen de algún modo a toda la comunidad y así, sacando a cada cual de su ocupación ordinaria, rompen el tiempo cotidiano y abren un tiempo sagrado. Y la única manera de congregar a todos es contar también con los libertinos, los herejes, los irredentos y la gente de moral distraída.
La eficacia del rito reside en su repetición, porque son un contrato entre la divinidad y los hombres: la ofrenda agradable a Dios tiene unos pasos muy concretos, porque a Dios no le satisface cualquier cosa. Como se sabe, pronunciar mal las palabras de la consagración deja al pan siendo pan. Decíamos antes que la Semana Santa tiene algo de fiesta primitiva, pero no todo, porque el cristianismo aborrece del tiempo circular. El triduo pascual rememora los hechos de la Pasión, pero no los renueva. Las fiestas primitivas de la creación del mundo hacían al mundo de nuevo. Cuando los babilonios recitaban el poema de la cosmogonía, el dios Marduk luchaba verdaderamente en ese preciso momento con el monstruo Tiamat: «¡Ojalá continúe venciendo a Tiamat y abreviando sus días!». El recuerdo de los hechos permite una laxitud que el hacerlos de nuevo impediría. Así, ya sea por un concilio o porque los cofrades se cruzaban por la calle y la emprendían a ciriazos, las cosas católicas y los usos de la Semana Santa han ido variando a lo largo del tiempo. Pero, y esto es lo que nos interesa, modificaciones de recorrido o de atuendos mediante, casi todo sigue siendo igual. Algunas cosas, exactamente igual. ¿Por ejemplo? Las saetas.
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Gracias por tu fino artículo zascandil. Al escribirte estas lineas estoy escuchando el Cantus in memoriam Benjamin Britten y escuchando el toque templado de la campana recuerdo el mismo que abre el cortejo de una hermandad del Viernes Santo que venera la mortaja de Cristo. Esta mañana leí en el Boletín de la archicofradía de Jesús Nazareno que me llega a mi y a mis dos hijos un artículo sobre una publicación de esta hermandad del año 1761 dedicado a Carlos III titulado Astronomía Mariana. Hermoso título. Ejemplos perimetrales de los ritos que viví aunque hace ya casi 20 años que viva en San Francisco mirando el Pacífico.
Lo triste o cuestionable de la semana santa en Sevilla, que es la que he vivido algunos años, es que la gente se echa a la calle por ésto, y no por cosas que les afectan en el día a día, por ej la Reforma laboral,el paro, la corrupción,etc. Además se representa la pasíón y muerte de Jesucristo, es algo cien por cien religioso, decir que es en parte folclore, al menos a mi, no me convence.Saludos
Decía recientemente en una entrevista Teresa Rodríguez que ella no era creyente, pero que había visto Semana Santa desde pequeña y que ver un palio con música genera sensaciones que nada tienen que ver con la fe.
No puedo estar más de acuerdo con ella y con el tono de este artículo. Porque para otros la Semana Santa será una experiencia religiosa, pero para mí es y será siempre el olor a azahar, el incienso inundando una callejuela perdida junto a la Catedral de Sevilla, la Mezquita de Córdoba o el Albaicín, un palio volviendo a su casa a sones de Gámez Laserna o de Braña. Porque la Semana Santa es, al fin y al cabo, recordar aquella época en la que tenías 10 años y tu padre te llevaba de la mano a ver procesiones.
Verla como un acto exclusivamente religioso me parece totalmente erróneo y desconocerla en profundidad.
Que en pleno siglo XXI, aún haya gente que se eche a llorar, al paso de un monigote, tiene delito. Está claro, que no hace tanto que bajamos de los árboles, pero que se note un poquito esa evolución «mi arma»
¡Enhorabuena por su sensibilidad! Acaba de escalar usted solito un peldaño más en la evolución humana. Sus descendientes se lo agradecerán por siempre.
Pues en pleno siglo XXI he visto ingenieros de estructuras ir disfrazados de Iron Man al estreno de Los Vengadores; catedráticos de Derecho llorar de alegría porque su equipo de fútbol ha ganado un título; cirujanos agitando una banderita mientras su político preferido proclama bravatas que todos saben vacías; ejecutivos amorales tratando como si fuera el Guernika el torpe garabato que hace su hijo de cuatro años.
Seguro que tú también tienes tu vergonzosa irracionalidad.
El ser humano es complicado, y en gran medida producto de una larga herencia de usos y costumbres. Cuando un andaluz o andaluza llora de emoción ante su virgen más venerada, sus lágrimas no son algo tan sencillo como un sentimiento religioso: en el rostro y la expresión facial de esa imagen asoma un complejo cúmulo de sentimientos, de amor a un pueblo y unas tradiciones, del amor a la familia, los recuerdos de toda una vida, las esperanzas de una vida mejor. El amor a la tierra que le vio nacer y crecer, sus olores y sabores, su luz y su música.
Juzgar todo eso desde una perspectiva de frío y arrogante intelectualismo es algo así como juzgar los platos de Master Chef por el aspecto que tienen por la tele.
«Patillas al viento», me gusta llamarlo.
Genial, yo veo mucha poesía y magia y paganismo en la semana santa.
Yo creo que la Semana Santa es un fenómeno muy complejo. Como sucede con todo lo complejo, cuanto más culto y sensible se sea, cuanto menos partidario de posiciones previas, más y mejor se podrá percibir y valorar esa complejidad.
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