Mircea Cărtărescu: «Mis mejores textos son aquellos en los que he escrito desde la perspectiva de una mujer» - Jot Down Cultural Magazine

Mircea Cărtărescu: «Mis mejores textos son aquellos en los que he escrito desde la perspectiva de una mujer»

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Si Mircea Cărtărescu (Bucarest, 1956) recuerda esta entrevista, pensará que fue un sueño. Nos lo avisó esa misma tarde. El escritor, poeta y crítico rumano no hace distingos entre lo que acontece a este lado de la realidad y lo que sucede del otro. En sus libros, como en su vida, la realidad es fantástica y la ficción real. Quizá por eso le quita importancia a todo lo que en este plano le celebra como uno de los gigantes de las letras centroeuropeas, perpetuamente en las quinielas del Premio Nobel de Literatura. Le aburre que le hablen de Estocolmo y que le comparen con Cortázar o Borges. Él dice que escribe libros para vivir en ellos. Y lo hace de corrido, a mano, y sin releerse jamás. Solo dos páginas al día. No es una boutade de escritor excéntrico, como confirma su traductora Marian Ochoa de Eribe, a quien llegan los manuscritos intactos y sin rastro de error. Acuden juntos a la entrevista y apenas tocan sus refrescos. En la distancia que los separa flota sintonía genuina, un algo descifrable solo para quien haya leído —aunque sea una página— de Nostalgia, El ojo castaño de nuestro amor, Lulu o Las bellas extranjeras. Marian es un nexo más allá de lo idiomático, una correa de transmisión entre Cărtărescu y nosotros. Aunque el escritor habla un inglés fluido (y entiende más el castellano de lo que dice) prefiere que sea ella quien le traduzca. Porque ha estado en sus páginas, y también sabe que todo es ficticio, salvo la literatura, el sueño, y por supuesto, la ficción.

Has comentado en alguna ocasión que en tu adolescencia leías tanto que estuviste a punto de desarrollar una esquizofrenia.

Sí, así era. Eso le pasaba a muchos adolescentes entonces y espero que siga sucediendo hoy en día. No tiene que ver solo con la literatura, puede suceder con cualquier pasión muy intensa. A mí me gusta la gente que enloquece por una pasión, ya sea por los juegos de ordenador, por una relación amorosa o por la literatura.

En tu cuento «El ruletista» el protagonista dice que su única apuesta fue la literatura. ¿Concibes tu profesión de esa manera?

Sin duda alguna. Soy un gran admirador de Franz Kafka, que escribía a su amada. En definitiva yo no soy nada más que literatura y he sido así a lo largo de treinta años. Ahora ya he empezado a relativizar un poco esta cuestión y he comenzado a disfrutar un poco más de la vida.

¿Relativizar quiere decir que te abres a la posibilidad de que podrías haberte dedicado a cualquier otra cosa?

No creo en la metempsicosis, pero si fuera verdad y pudiera vivir todavía diez vidas, ni siquiera así me llegaría para toda la literatura que querría escribir. Me parece una cuestión noble y hermosa, y en cualquier caso es lo único que sé hacer.

Has declarado que aunque te gustaría ser leído por un mayor número de personas, en el fondo te concibes a ti mismo como un escritor que, como decía Juan Ramón Jiménez, escribe para la inmensa minoría.

Escribo libros para vivir en ellos. Escribo en primer lugar para mí, para entenderme a mí mismo. Para saber quién soy y para la gente que se parece a mí. Y si en el mundo hay mucha gente que se parece a mí, me siento todavía más contento. Mis libros son muy diferentes en cuanto al grado de accesibilidad. Algunos son muy sencillos y los puede leer cualquiera, y otros son extremadamente difíciles. Mi obra es como una escalera y para subir esa escalera tienes que empezar por los escalones más bajos y poco a poco ir aprendiendo a subir los escalones más altos.

¿No tienes una concepción clara de para qué público escribes?

No, no tengo un público objetivo, un target, como suele decirse. En general los escritores, excepto aquellos que escriben una literatura de consumo, no escriben para un público concreto y determinado. El escritor simplemente escribe un texto, lo mete en una botella y lo lanza al océano.

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La mayor parte de la crítica te califica como posmoderno, pero tengo la sensación de que o no te sientes muy cómodo con esa definición o no tienes muy claro de qué hablan cuando hablan de literatura posmoderna.

Ningún escritor se siente cómodo con una etiqueta y ningún escritor escribe para los críticos literarios. Es un cajón en el que te meten, como un ataúd. Y esta etiqueta de posmodernismo, en general, no encaja con lo que yo escribo, pero por supuesto que yo he utilizado recursos posmodernos, al igual que he utilizado todos los recursos posibles imaginables. Puedo decir que mis recursos son clásicos, románticos, barrocos, manieristas, surrealistas, posmodernos y modernos sin que mi obra sea puramente de ninguno de esos estilos.

Has citado a Kafka como uno de tus escritores de cabecera, pero también se señala muchas veces la influencia que han tenido en ti otros escritores coetáneos como Ismaíl Kadaré. ¿Cuando te relacionan con él sientes cierto tipo de unión generacional?

No lo leo y sé muy poco sobre él. Esto lo veo como una carencia personal, pero nadie puede leer todos los libros y a todos los autores. Aunque sí me siento cercano a otros autores de los Balcanes como Danilo Kiš, Milorad Pavić y muchos otros.

En España «El ruletista» se publicó por separado, y después se integró dentro de Nostalgia. ¿Por qué elegiste este relato para comenzar?

Porque es mi primer texto en prosa. Nostalgia no fue pensado como un libro unitario, cada uno de los textos fue escrito de forma separada y no fue pensado para ser publicado sino para leérselo a mis amigos en el cenáculo. Los textos aparecen recogidos en Nostalgia en el orden en el que fueron escritos. Es por criterio cronológico, simplemente.

El momento en que se publica Nostalgia en Rumanía resulta crítico porque coincide con el fin del régimen comunista. ¿Cómo fue poder publicar este libro? ¿Una liberación?

La primera edición apareció mutilada por la censura, esto tuvo lugar en en 1989, dos meses antes de la revolución. Cuando cambió el régimen totalitario mi primera idea fue volver a editarlo, de hecho es mi primer libro en prosa, lo terminé a los veinticuatro años. Hasta ese momento solo había escrito poesía. La primera versión íntegra apareció en 1993 y desde entonces ya ha habido al menos unas veinte ediciones. En Rumanía es un libro de culto que se estudia en los libros escolares y a pesar de ello no se ha convertido un libro antipático para la gente [risas].

De hecho, durante esos años antes de la publicación, el libro circulaba por el circuito underground.

Así fue, y de hecho yo leí todos esos textos en un cenáculo literario. Fue como los concebí originalmente. Escribí esa prosa para mis amigos, que participaban en este grupo literario, y ahora estos compañeros del cenáculo son también clásicos de la literatura rumana.

Una de las cosas que llaman la atención es que, pese a estar escrito en esa época, hay un montón de referencias a la cultura pop como los Rolling Stones, Led Zeppelin, etc. ¿La juventud en el régimen de Ceausescu tenía fácil acceso a este tipo de cultura?

Sí, claro. De esa forma pudimos sobrevivir. Esto es algo no muy conocido pero en este régimen dictatorial, como era Rumanía en esta época, los jóvenes vivían prácticamente como en Occidente: tenían unos ideales, los mismos gustos, escuchaban la misma música y leían los mismos libros. La diferencia es que en Rumanía estaban continuamente perseguidos por la policía, tanto por la policía corriente de la calle como por la policía secreta. Por ejemplo, si un joven se dejaba el pelo largo la policía podía venir y cortarle el pelo directamente en la calle. Y si una chica llevaba minifalda podía aparecer un policía y rasgarle la falda hasta arriba. Aun así, los jóvenes retaban a los policías y seguían comportándose como en Occidente. Tuvimos unos grupos de música extraordinarios en esa época y la gente iba a los conciertos y se sentían beatnik.

Aun así, el control cultural existía y era muy fuerte, pero la vitalidad de la gente joven era todavía más fuerte y los políticos no pudieron hacer nada en contra de la corriente pop. La subcultura estaba reprimida, oprimida, pero vivía en los subterráneos. En aquella época ya no había un solo joven que se estuviera creyendo las mentiras del comunismo rumano.

Da la impresión, por lo que estás diciendo ahora y por lo que se infiere en tus obra, que a pesar de que hubo represión crecer en el régimen comunista no fue tan duro.

La gente no conocía otra cosa y muchos creían que esta era la realidad. La gente no podía viajar al extranjero y vivían de lo que les caía de arriba, por decirlo de alguna manera. Había un comercio de discos muy fuerte, por supuesto eran piratas. Las traducciones de literatura extranjera se agotaban en cuanto se publicaban y la gente intentaba crear una especie de libertad subterránea. Los jóvenes tenían un desprecio total por la política oficial.

Estás hablando de ese desaliento de los jóvenes por la política, ¿crees que eso ha influido en la condición política actual?

Hay que decir que el sistema educativo rumano ha sido catastrófico en estos últimos veinticinco años, es un sistema que simplemente ha construido analfabetos. De esta manera todos estos jóvenes a los que ves participando en las redes sociales —Facebook, Twitter, etc.— se comportan de acuerdo con este modelo. Yo creo que el germen del problema al que se enfrenta en estos momentos Rumanía está en el fracaso educativo.

Eres profesor, así que hablas con conocimiento de causa.

Sí, soy catedrático de Literatura en la Universidad de Bucarest. También di clases en una escuela de primaria y, curiosamente, tengo que reconocer que el sistema educativo en los últimos diez años del régimen comunista era bastante más substancial que el actual.

¿Tienes esperanza en cuanto a las generaciones futuras?

Soy un optimista, me gusta mucho la gente joven. Siempre estoy rodeado de gente joven. Yo mismo he dirigido mi propio cenáculo literario. Creo que la gente joven de hoy en día es tan inteligente como la de antes pero lo que les falta es una perspectiva cultural. En la universidades, por ejemplo, ya no se plantea el debate de los hechos históricos desde una perspectiva diacrónica, sino simplemente como piezas de un puzle. Un poquito de aquí, un poquito de allá… Y esto te despista. No puedes leer a Javier Marías sin saber quién es Cervantes. Esta situación creo que sucede en todo el mundo, es la gran crisis del sistema educativo.

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Eres catedrático de Literatura pero me imagino que tratas introducir perspectiva histórica.

Yo tengo dos tipos de cursos: uno de literatura rumana posterior a la guerra, que es un curso obligatorio en el que la perspectiva es cronológica, es decir, que muestra la influencia que los escritores más antiguos han tenido sobre los escritores más jóvenes; y tengo otros cursos opcionales y en ellos es donde pongo el foco en diferentes puntos. He dado clases de cultura popular —pop en sentido americano—, de escritura creativa y muchas otras cosas.

Tampoco tu poemario El Levante pudo ser publicado en época de Ceausescu, se hizo después. Me gustaría saber si había una conciencia crítica cuando lo escribiste.

Cuando escribí El Levante sí, porque lo escribí entre 1988 y 1989 y eran unos años en los que no podías ignorar la maldad y la perversión del sistema. El totalitarismo rumano, conocido como comunismo, de hecho se parecía mucho más al fascismo. Era una especie de nacionalsocialismo en el que el ingrediente principal era el nacionalismo.

Bastantes escritores e intelectuales suelen denunciar que, al menos en el contexto europeo, se minimiza lo que supuso este régimen. ¿Crees que con el paso de los años se ha tendido a considerar como una dictadura, por así decirlo, menor?

No. En general la tendencia natural es prestar más atención a aquellos sucesos que nos resultan más cercanos y lo que sucede lejos no nos interesa. Si explota una bomba en Bruselas le preocupa a todo el mundo, pero si explota en Tánger no le interesa a nadie. Pasa lo mismo con la dictadura de Franco, para vosotros es una dictadura muy importante que os ha marcado profundamente y para nosotros no lo es. Nosotros hemos vivido la dictadura de Ceaușescu, la hemos sufrido en nuestra propia piel.

Uniendo lo que has dicho antes sobre que tu literatura es escalonada y lo que comentas ahora sobre que sí había una actitud de responsabilidad social en tu poemario El Levante, parece que al principio tu obra empieza siendo mucho más comprometida social y políticamente pero va variando en el tiempo. ¿Es un proceso natural que va unido a la edad y al cambio político?

En mi literatura hay dos momentos de compromiso político. En general a mí no me interesa mucho la política, mi literatura es en cierto sentido metafísica o tal vez neorromántica. Pero por supuesto soy sensible a la historia y el primero de mis libros que ha tenido un objetivo político ha sido, evidentemente, El Levante, que de hecho es un libro muy transparente sobre el régimen de Ceaușescu. Y el segundo libro es Cegador, el tercer volumen de la trilogía Orbitor, no traducido todavía al castellano, y que es una radiografía del mundo comunista rumano y sobre todo de la revolución rumana.

Ahora no sientes una necesidad de labor política en tu literatura.

No, a mí ahora me preocupa escribir con todas mis fuerzas todo lo bien que puedo y expresar no solo una situación local sino el destino de toda la humanidad. Mi último libro, que acaba de aparecer hace unos meses, es una novela de mil páginas titulada Solenoid que habla de la tragedia de la humanidad a lo largo de toda la historia, de todos los tiempos y de todos los lugares.

Me gustaría saber cómo te siente al estar perpetuamente en las quinielas del Nobel.

Es una pregunta tan habitual que ya a veces me enfada [risas].

Por eso lo digo.

Yo no tengo capacidad para influir en ese asunto pero quiero decir que se trata de una lotería, y encima es una lotería para la que no compro ningún billete, pero parece que alguien lo compra por mí.

Supongo que resulta cansado que cada año en el mismo periodo de tiempo todo el mundo acuda a ti.

Las posibilidades son las mismas de ganar la Euroloto que de ganar el Premio Nobel. No es imposible, pero tampoco es muy probable que lo gane.

Hace tiempo hablábamos con tu editor sobre si te darían antes el Nobel a ti o a Murakami. ¿Crees que si fueras más mediático tendrías más posibilidades?

No, al contrario. Si se puede hablar de un cierto criterio, en general prefieren a autores menos mediáticos. Los muy mediáticos tienen menos posibilidades, por eso yo creo que Murakami no va a ganar el Nobel. En general se prefiere a autores sobre los que no recae tanto la luz de los reflectores pero que presentan más sustancia.

Ya que hablamos de él. ¿Qué te parece, te gusta?

Sí, me gusta. Es un escritor serio pero en mi opinión no se puede comparar con los grandes escritores de hoy en día.

¿Quiénes son los grandes escritores actuales?

Hoy en día no hay muchos grandes escritores, algunos cuantos son americanos como Thomas Pynchon, Carlos Fuentes en su juventud, Péter Nádas, Don DeLillo, Richard Ford.

¿Por qué crees que no hay grandes escritores hoy en día? ¿Hace falta tiempo para tomarlos en perspectiva?

Es una casualidad. Hay épocas en las que aparecen sin saber por qué escritores extremadamente importantes, como en los años veinte cuando aparecieron James Joyce, Virginia Woolf, Robert Musil y toda esta gente, y luego hay épocas de vacío. Es una simple cuestión de casualidades históricas.

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He leído que escribes mucho y editas muy poco. ¿Eres una persona muy voraz a la hora de escribir?

No, he publicado todo lo que he escrito. Si quieres saber algo muy curioso de mí te lo cuento. Escribo solo a mano, en cuadernos, y mi editor tiene a una persona especialmente dedicada a descifrar mi escritura y a transcribirla en el ordenador [risas]. La segunda cuestión creo que es verdaderamente única, yo no he conocido a nadie que escriba así: no edito nada, escribo de la primera a la última palabra de cada libro sin borrar, sin tachar y sin añadir ni una sola palabra. Así escribí la trilogía Orbitor, de mil quinientas páginas. No tengo ningún plan inicial, nunca sé qué es lo que voy a escribir al día siguiente. Siempre que me siento a escribir releo la última página y empiezo con la siguiente. Sin embargo mis libros tienen una estructura perfecta porque son como nidos de termitas, que resultan unas estructuras arquitectónicas extremadamente complejas aunque la termita no tiene nociones de arquitectura, pero por su naturaleza solo puede construir nidos de termita. De la misma manera mi mente sabe exactamente lo que tiene que hacer aunque yo no lo sepa.

Digamos que es una especie de escritura automática.

Es una especie de autohipnosis, de trance.

¿Escribir es entrar en trance?

[Asiente].

Y luego una vez editado, cuando ya tienes el ejemplar del libro, ¿te has leído alguna vez a ti mismo?

Rara vez, y solo determinados libros. Algunos no puedo leerlos en absoluto, y algunas veces releo solo la parte más simple y más realista, como si no me atreviera a leer las partes más sofisticadas, pero generalmente no me releo.

Me ha impactado muchísimo el hecho de que escribas a mano y tu proceso de escritura. ¿El último contacto con tu obra es cuando terminas de escribir y relees la última página?

Absolutamente. Yo le entrego el libro a la editorial sin necesidad de que sea editado y ese es el motivo por el que mi editor rumano me publica inmediatamente. En alguno de mis libros el periodo que ha transcurrido entre la entrega del manuscrito y la publicación ha sido una semana. Por ejemplo mi último libro, Solenoid, lo terminé en Berlín más o menos el 1 de noviembre y apareció el 10 de noviembre, y son ochocientas cuarenta páginas. De hecho, la forma en la que yo trabajo es una locura total. Es como si fuera una empresa de montaje de automóviles y montara un coche pero yo no tengo por separado las ruedas, la carrocería, el motor… como hacen los escritores que tienen un plan preconcebido. Yo hago cortes en el coche y cada una de las páginas es una sección como en una tomografía, en un TAC. Empiezo con la matrícula delantera y cada uno de esos fragmentos puede incluir una parte de la carrocería, una parte de la estructura interior, una parte del motor, etc., y voy desde la parte delantera hasta la parte trasera con la fe de que al final saldrá un coche y que va a funcionar.

¿Cuál es el momento en que decides que «hasta aquí voy a escribir hoy»? ¿Cuando se agota la historia?

Escribo muy poco al día, una página y media o dos. Nunca trabajo más de dos horas. Y lo sé perfectamente, es como si escribiera un poema cada día.

Imagino que te sabes singular.

No he conocido a nadie como yo.

Has puesto antes el ejemplo de Javier Marías y Cervantes. ¿Cuáles son los imprescindibles hablando de literatura europea?

En todas las épocas y en todas las culturas hay autores consagrados que todos conocemos y a su lado otros escritores que no han tenido la oportunidad de ser tan conocidos. Un ejemplo que quiero resaltar es el del escritor rumano Ștefan Agopian, que hasta el año pasado no fue traducido a ningún otro idioma. Simplemente ha tenido mala suerte y creo que en todos los países hay autores así.

Antes, cuando hablabas de Murakami, decías que es un escritor serio como algo positivo. ¿Tiene eso algo que ver con que no te guste la literatura considerada de evasión o no tan seria?

Yo me evado así: con la literatura seria [ríe]. Me resultaría muy difícil, por ejemplo, leer Cincuenta sombras de Grey. Tal vez sea una perversión mía pero no puedo leer más de la primera frase de un libro que no es literatura auténtica.

¿Y qué es literatura auténtica?

Literatura verdadera es aquella que se inscribe en la tradición literaria de este arte. Es decir, la literatura que habla del ser humano pero que también habla de la propia literatura.

Generalmente los escritores se suelen encuadrar en dos vertientes muy claras: los que creen que está muy bien que se lea aunque sea Cincuenta sombras de Grey y los que preferirían que no se leyese si es para leer este tipo de libros.

Yo soy de los primeros. Creo que la lectura es algo maravilloso, es la mejor diversión posible, mucho mejor que el cine, la televisión o que los juegos de ordenador. Aunque leas novelas ligeras participas en el acto de la lectura de una forma mucho más intensa que simplemente viendo una película. Por ejemplo, si un autor dice: «ayer por la noche», tú no estás pensando en la noche a la que él se refiere sino a la que está en tu mente. En cierto sentido un libro es una pared con pinzas en las que vas colgando tus propios pensamientos y recuerdos, así que cualquier lector es también un escritor.

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En alguna ocasión has declarado que consideras que todos los seres humanos somos bisexuales.

Sí, yo soy de los que cree que la sexualidad humana o el género tal como se plantea no es un destino biológico sino un constructo cultural. Así que cada ser humano se sitúa en un punto de la escala, que empieza con el femenino y acaba con el masculino, y hay diferentes grados en esta secuencia. No existe ni una mujer pura ni un hombre puro, todos estamos en un punto intermedio, pero a través de la educación reprimimos la parte femenina si somos hombres y la masculina si somos mujeres. Para mí el ideal ha sido siempre el andrógino, que sería aquel que puede contemplar el mundo desde la posición en la que se encuentra y lo ve tanto hacia la derecha como hacia la izquierda. Y yo creo que todos los artistas son andróginos.

¿Todos los artistas?

Sí, creo que todos intentan ceder su voz a las hermanas oprimidas si son hombres y a los hermanos reprimidos si se trata de mujeres. Y por eso yo creo que mis mejores textos son aquellos en los que he escrito desde la perspectiva de una mujer.

¿Por qué?

Porque yo siento mi parte femenina más poética y más extraña.

Por ejemplo, ¿relacionas mucho más los poemas con tu lado femenino?

No, mis poemas son universales. Serían una especie de vaqueros que pueden ser utilizados tanto por hombres como por mujeres.

En tus libros hay también personajes transexuales y otros que abiertamente entran en géneros marginados por la sociedad, por lo que estás diciendo, entiendo, que no lo haces con una mentalidad reivindicativa sino más bien liberadora.

Concretamente la novela Travesti, que aquí apareció como Lulu, se trata de una reflexión sobre la adolescencia que considero una zona de duda entre los géneros. He escrito mucho sobre adolescentes, son mis personajes favoritos. Precisamente por esto, porque están levitando. Ya no son niños, así que tampoco están bajo la protección de alguien, pero tampoco son adultos. Están encerrados en una especie de larva, la crisálida de la que saldrá el adulto alado. Pero en tanto que están encerrados en este capullo de seda, me parecen las criaturas más maravillosas porque son las únicas que se pueden permitir este estado de levitación.

En «El ruletista» el propio escritor dice que a él le resulta muy aburrido leer sobre los sueños y que los sueños ajenos no tienen mucho interés, sin embargo toda tu escritura es muy onírica, hay muchas imágenes de este tipo. ¿Es autoirónico?

Yo no establezco ninguna diferencia entre sueño y realidad. No sé qué es la realidad y creo que nadie lo sabe. Sería posible incluso que yo estuviera soñando ahora con vosotros. Así que si un crítico define mi literatura como onírica, lo hace bajo su propia responsabilidad porque para mí todo es real [risas].

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Fotografía: Jorge Quiñoa

7 comentarios

  1. Ver citados en la misma frase Cervantes y Javier Marías ha conseguido que me sangren los cristalinos. Pero igual es lo que quiere decir: si ya has leído a El Manco de Lepanto, al gilorio ése ni te acercas.

  2. Dicen que “La encantadora de Chueca” es una novela de Mario Vargas LLosa escrita bajo seudónimo. ¿Alguien sabe como puedo conseguirla?

  3. Es una leyenda urbana. Un mito que circula por la red.

  4. “Y el segundo libro es Cegador, el tercer volumen de la trilogía Orbitor, no traducido todavía al castellano, y que es una radiografía del mundo comunista rumano y sobre todo de la revolución rumana.”

    Esta parte es confusa.

    La trilogía es “Cegador” (Orbitor) y el tercer volumen es “El ala derecha” que, efectivamente, aún no ha sido traducido.

  5. Me ha encantado. Muchísimas gracias.

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