Materia extraña

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Vista del interior de uno de los detectores de partículas del Gran Colisionador de Hadrones (LHC) del CERN en Ginebra, Suiza. CERN

En un momento especialmente lamentable del archifamoso bestseller Ángeles y demonios de Dan Brown, una científica del CERN llamada Vittoria Vetra describe así la antimateria: “Todo tiene un opuesto: los protones tienen a los electrones”. Al leer esa frase mi primer impulso fue congelar la narración, entrar en la novela cual Bastián Baltasar Bux en La Historia Interminable y propinarle un capón a la supuesta experta. Y es que el “opuesto” a un protón no es un electrón sino un antiprotón, una partícula de idéntica masa que un protón pero carga eléctrica negativa (de ahí lo de anti-materia). Que una supuesta doctora en física de partículas cometa este tipo de errores podría compararse a un cirujano afirmando que el páncreas es una parte del cerebro sin que nadie a su alrededor se inmutase.

Chapuzas similares son el pan nuestro de cada día en el mundo de los superventas, y especialmente en los techno-thrillers contemporáneos pretendidamente realistas en que la palabra “cuántico” justifica cualquier absurdo, de modo similar al “lo ha hecho un mago” con que los malos guionistas tapan errores de continuidad. Hay quien sostiene que los errores científicos en bestsellers son irrelevantes, usando el peregrino argumento de que el género solo exige entretenimiento: un demasiado hispánico elogio de la chapuza. No se le exige rigor científico a una space opera, pero sí a un thriller con pretensiones de realismo… Y este tipo de meteduras de pata destrozan la verosimilitud, dificultando la suspensión de la incredulidad a cualquier lector con algo de formación científica. El efecto para lectores puramente “de letras” (aunque estas divisiones tengan cada vez menos sentido) es aún más nocivo: esos best-sellers se convierten en libros de antidivulgación científica, desinformando a cientos de miles de personas…

Y ahí entran en escena novelas necesarias como Materia Extraña, que muchos lectores de Jot Down habrán disfrutado ya si fueron lo suficientemente rápidos como para encargar los primeros ejemplares de la versión impresa. Un libro que aúna el rigor científico de la ci-fi hard con el espíritu desenfadado de un best-seller: amenidad, fácil lectura, ritmo trepidante, personajes originales pero agradablemente estereotípicos… Una novela que busca entretener al lector sin tomarle por imbécil ni bombardearle con datos falsos y sensacionalistas. Y entre aventura y aventura, el libro explora los hipotéticos riesgos de los aceleradores de partículas, la proliferación nuclear en Oriente medio o el conflicto eterno (y desgraciadamente muy actual) de la búsqueda de fondos para ciencia básica. Para hablar de estos temas con conocimiento de causa ayuda que el autor sea un científico de partículas de reconocido prestigio: Juan José Gómez Cadenas, ya conocido como divulgador por El ecologista nuclear antes de lanzarse a la narrativa.

Buena parte de Materia extraña transcurre en el CERN, que Gómez Cadenas conoce bien tras su paso por la institución. La entusiasta descripción del autor muestra un lugar fascinante, un microcosmos en que miles de científicos, operarios y técnicos procedentes de decenas de países conviven en una exótica nueva Babel cuyos únicos idiomas comunes son el inglés y la ciencia. Las ecuaciones y cálculos (que no se muestran en detalle en la novela) son un esperanto matemático que les permite comunicarse sin ambigüedades y les proporciona un respiro lógico-racional a las inevitables conspiraciones y luchas por el poder. En un momento fascinante de la novela, una acalorada discusión presupuestaria entre la directora del CERN y un disgustado científico se suaviza de golpe cuando el debate les lleva a ecuaciones y modelos matemáticos. En palabras del autor: “Bastaba darse una vuelta entre las mesas de la cafetería para encontrar servilletas y manteles de papel cubiertos por los diagramas de Feynman que representaban las partículas elementales y sus interacciones, cada diagrama semejante a un arbusto exótico o un raro coral, a la vez icono y regla nemotécnica, capaz de abstraer un cálculo que podía ocupar docenas o centenares de folios”.

Materia extraña nos muestra las circunferencias tangentes de los sucesivos aceleradores de partículas, cada uno más gigantesco que el anterior: el Protón Sincrotrón, el Súper Protón Sincrotrón (qué gran nombre sería para un grupo de música), y finalmente el LHC o Gran Colisionador de Hadrones, en cuyos potenciales peligros se centra una de las líneas argumentales de la novela. El entusiasmo de Gómez Cadenas por las investigaciones del CERN se nota en su descripción de las partículas aceleradas en el LHC: “una manada de caballos salvajes contenidos a duras penas por las tremendas riendas de los imanes superconductores”. Queda muy bien descrita en la novela la complejidad de los experimentos y la titánica tarea de interpretar sus resultados, mediante filtros de procesado de señal que pretenden aislar una minúscula señal significativa del intensísimo ruido de fondo… Como oír y analizar el leve tintineo de una aguja cayendo al suelo en primera fila de un atronador concierto de Mötorhead.

Uno de los personajes compara las colisiones de partículas del LHC con “la ocurrencia de un aprendiz de relojero que destrozara un cronómetro a martillazos, para luego recoger las piezas del suelo con la pretensión de entender su mecanismo”. Esta enorme complejidad lleva a que muchos físicos solo entiendan en profundidad los sensores y aparatos que les han sido encomendados, en una especialización tan inevitable como peligrosa. Y es que los grandes avances teóricos y las explicaciones a los fenómenos detectados siguen dependiendo (en la novela y en la vida real) de una raza de científicos cada vez más escasa: los físicos integradores, con visión de conjunto, capacidad para cuestionar dogmas y honestidad para llevar una idea hasta sus últimas consecuencias, por incómodas que sean.

Entre ellos tenemos a la mayoría de los personajes de una novela coral que presenta a sus protagonistas no como héroes sin tacha y caballeros de brillante armadura, sino subrayando tanto sus virtudes como sus debilidades y miedos, adicciones físicas y emocionales, rencillas causadas por la avaricia o el orgullo, mentiras, envidias y relaciones amorosas abortadas antes de tiempo… Asistimos así a las contradicciones entre deber y ética científica de Irene de Ávila; la grimosa obsesión burocrática de Jozef Linsen; el contraste entre los arrebatos de furia de Friedrich von Zanthier y su gélida forma de considerar la física como una empresa productora de conocimiento (“realizamos esfuerzos para maximizar la productividad y optimizar los recursos: la época en que la ciencia era realizada por grupúsculos reducidos de amateurs pertenece a la historia”)…

Y, sobre todos ellos, el papel central de Helena Le Guin (¿homenaje a la autora de los libros de Terramar?), directora general del CERN y un magnífico personaje solitario, honesto y melancólico que ha acabado contagiándome alguno de sus hábitos y obsesiones… En particular la de escribir a mano cada noche unas líneas en un cuaderno (en mi caso, por supuesto, la Moleskine de Jot Down). El personaje de Le Guin está tratado con cariño, tal vez porque, como reconoce el autor en una entrevista, está basado en “una de las dos personas del mundo a la que llamo ‘jefa’”.

Todos estos personajes y algún otro se enfrentarán al pomposamente autodenominado filósofo de la ciencia Sir James Reeves, embarcado en una cruzada contra el CERN por el supuesto riesgo de que la puesta en marcha del LHC pudiera destruir el planeta. Gómez Cadenas tuvo aquí un arrebato visionario: poco después de la publicación de la novela los impresentables Walter Wagner y Luis Sancho presentaron en Hawai una demanda similar contra el CERN que fue rápidamente rechazada, pero que sembró irresponsablemente la duda e incluso el pánico.

Y es que si bien en la novela las cosas no son tan sencillas, Gómez Cadenas aclara en la “Nota del autor” que cierra el libro cuáles son las libertades científicas que se ha tomado respecto a la peligrosidad del LHC. Y en fin, seguimos vivos cuando el 10 de septiembre de 2012 se cumple el cuarto aniversario de su puesta en marcha…

Otra de las líneas argumentales de Materia extraña presenta una aplicación práctica de la física de partículas (y en particular de los elusivos neutrinos, la especialidad de Gómez Cadeas) como herramienta contra la proliferación nuclear. El mayor Héctor Espinosa, inventor de un aparato llamado RAN cuyo funcionamiento no conviene desvelar aquí, introduce en la novela una ración de espionaje, maniobras políticas, boxeo… Poco puedo contar sin caer en los spoilers, pero tengo que comentar el momentazo en que el cubano Espinosa se hace pasar por español para infiltrarse en cierto país. Durante su formación se le dan clases de cultura general española, acento, historia, literatura… Y, sobre todo, recibe un dossier sobre jugadores del Barcelona y el Real Madrid: “si no entiende de fútbol, nadie va a creer que sea español”, le espeta su instructor.

En esta línea, me ha encantado el retrato que hace Materia extraña de Ginebra como una ciudad de espías y conspiradores, donde los camellos parecen millonarios y los matones callejeros son de buena familia y llevan guardaespaldas. Esta Sin City de lujo tiene su Rick’s Café particular, un local sempiternamente custodiado por la policía en que mafiosos rusos, científicos, traficantes de cocaína al por menor y militares fuera de servicio pueden tomar una copa y trapichear libremente. Este es el hábitat de mi personaje favorito de la novela: Igor Boiko, un matón ruso de escaso vocabulario y fuerza sobrehumana que se prefigura desde el principio como antagonista del héroe Héctor Espinosa, pero que como suele ocurrir en estos casos (o al menos me ocurre a mí, que soy un poco rarito) acaba resultando más cercano y simpático que el mayor del ejército estadounidense. Poco más puedo contar, aparte de que aplaudí como un niño durante un sorprendente momento de gloria amorosa de Boiko.

Tan protagonistas de la novela como el resto de personajes son las propias partículas elementales que forman el universo. Como dijo Hermes Trismegisto, lo que está arriba es igual que lo que está abajo: para entender el macrocosmos es imprescindible comprender lo infinitamente pequeño. La materia extraña que da nombre al libro está formada por hiperones, partículas idénticas a protones o neutrones excepto por el hecho de que contienen uno o más quarks “extraños” sustituyendo a los ordinarios. Agrupaciones estables de estas partículas formarían strangelets o burbujas extrañas (por usar la traducción de Gómez Cadenas), y si llegaran a un tamaño macroscópico, de metros o kilómetros de diámetro, formarían las aún hipotéticas estrellas de quarks… Una teoría asigna a estas estrellas oscuras y frías el papel de “materia oscura” (el 90% de la masa aún invisible del universo). Si esta hipótesis fuera cierta, lo auténticamente extraño sería la materia ordinaria, una reflexión de Le Guin con la que me parece apropiado cerrar esta reseña: “por su escasez, por su versatilidad, por su capacidad para crear vida e inteligencia, la auténtica materia extraña es aquella que nos anima, la materia de la que estamos formados”.

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