Anticristo

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La sinopsis dice que es “la historia de una pareja de luto que se retira a una cabaña del bosque, con la esperanza de que regresar a Edén les ayudará a reparar sus corazones rotos y su matrimonio, pero la naturaleza sigue su curso y las cosas van de mal en peor”. Que es tan verdad como decir que Cenicienta es una adolescente que se escapa de noche a escondidas para salir a bailar, pero es que cuesta. Anticristo es un cuento de terror prerafaelita y decodificar su imaginario alucinado solo puede revelar la idiotez del intérprete, que es por supuesto la intención de su director.

Pero cómo resistir la advertencia en un vaso de flores muertas que palpita, verde y nauseabundo, en la mesita estéril del hospital. Es Terciopelo Azul, pero también la otredad vírica y pegajosa de Alien y los tulipanes de una paciente anterior, que ya a través del papel de regalo los oía respirar ligeramente/(…) como a un bebé malísimo. Cómo olvidar la perturbadora imagen de Charlotte Gainsbourg cruzando el puente nocturno, suspendida en el sueño. La vemos caminar desde dentro de la madriguera en una secuencia que recuerda poderosamente al Étant donnés de Duchamp y que se repite al final de la película. En este cuento-pesadilla todo es circular y la carga simbólica vive en sus reiteraciones, cuyo parentesco se revela especialmente en sus colores. El reino del marido es un sofocante azul: la casa, el hospital, la ciudad, la ropa. Hasta las flores que le trae al hospital son de un azul cortante, el color de la mente, frío y planetario. Donde reinan la vida y la muerte y el caos, todo es verde, como en los ojos de ella.

Esa es la historia. A la madre desahuciada del Anticristo se la comen la pérdida y la culpa y, sobre todo, su petulante marido, que aprovecha el agujero negro de su desgracia compartida para desplegar un increíble proceso de dominación. Como una araña silenciosa, Defoe saca a su mujer del hospital, despreciando las indicaciones de su médico, para someterla a su propio tratamiento lejos de especialistas, familiares y amigos. “Antes nunca te había interesado —le dice ella—. Ahora soy tu paciente”. Pronto le veremos acosarla hasta que deja la medicación, esconderle el correo, controlar su respiración, neutralizar sus impulsos sexuales y manosear sus pensamientos hasta que todo cuadra primorosamente con sus tablas favoritas del DSM-IV. Hasta cuando ella se ducha le vemos en una banqueta explicándole lo que va a pasar, como un carcelero obsesionado. Y en ese mundo irrespirable viven hasta la maravillosa secuencia del tren, donde se adentran en el bosque y vuelven a Edén.

La combinación es irresistible: los trenes (como los espejos y los gemelos idénticos) son objetos mágicos y melancólicos que tienen que ver con el control y la fatalidad; la hipnosis es el acto de control mental definitivo, un proceso que en la ficción siempre produce efectos secundarios inesperados. Freud dice que el sueño es el único lugar donde existimos libres de censura. ¿Es el resto de la película un sueño que empieza con la hipnosis, una fantasía de dominación y muerte como la de Belle de Jour? Durante el sueño, Defoe le ordena que se tumbe sobre las plantas y se funda con lo verde. Don’t fight it —le dice el insensato— Just turn green. Y sabemos que le va a salir caro porque la película está dedicada a Tarkovski, el arzobispo de las plegarias atendidas chungas.

Lynch, natural de Missoula, Minessota, cree que las apariencias son la fuerza que mantiene nuestros demonios en orden y que, en la oscuridad, todos sucumbimos al poder magnético de lo abyecto y su energía liberadora. Hitchcock creía que contenemos nuestras neurosis gracias a un frágil entramado de válvulas de escape (la fantasía y el robo) hasta que un elemento inesperado desequilibra nuestro precario sistema de seguridad. Perros distintos, idéntico bozal: contra el deseo, la moral represiva; contra la imaginación, la lógica. Lars von Trier cree que las fuerzas oscuras que nos dominan son las fuerzas vivas de la creación, maniatadas por el fascismo de la normalización social y por sus mesías/ejecutores, los psicólogos. Contra el salto infinito de la mente a través del universo, las palabras podridas, la píldora azul.

¿Rousseau contra Sade? ¿Apolíneos contra Dionisíacos? Armado con su brillante armadura de racionalismo positivista, el marido cruza el puente y se lleva algunas sorpresas desagradables mirando animalitos. Al principio sigue impertérrito haciéndole preguntas para luego corregir sus respuestas y elaborar listas y pirámides que subraya y encuadra con intensidad didáctica y autosatisfecha pero, una vez en Edén, su varita mágica se congela bajo un asedio de bellotas y sanguijuelas que se le clavan durante la noche. Este paraíso perdido es el que describe Werner Herzog en el documental sobre Fitzcarraldo; fornicación, asfixia y estrangulamiento y lucha por la supervivencia y muerte y simple pudrirse hasta la inexistencia. Las reglas en este mar de esporas y helechos no salen en su manual y el zorro que se devora a sí mismo dice Reina el caos como podría haber dicho: Estamos todos locos aquí. Edén no es lugar para lo razonable. La Naturaleza es la catedral de Satán.

En estos tiempos de gran madurez en que las relaciones entre hombre y mujer deben ser “saludables” e inofensivas y requieren tolerancia, respeto mutuo y a veces clases de tango, las fuerzas oscuras que expanden y contraen las verdaderas pasiones amorosas son un espectáculo escandaloso y humillante. Pero la guerra del Anticristo no es la guerra de los Rose sino un cuento de terror donde el Mal surge de la propia naturaleza interior en guerra con su contexto, un horror del que no hay posibilidad de escape ni redención. Y más aún, la constatación de la misma paradoja que obsesionaba a autores tan dispares como el Marques de Sade, George Orwell o el anarquista Octave Mirabeau, que en una sociedad corrupta, el Mal verdadero siempre adopta la máscara del Bien absoluto.

«Allá donde haya sangre derramada que justificar, actos de piratería que consagrar, violaciones que santificar, odiosos negocios que proteger, allí le verás seguro, ese Tartufo británico, persiguiendo el rastro de conquistas abominables con el pretexto del proselitismo religioso o el estudio científico. Su sobra, astuta y feroz, cuelga sobre la desolación de las gentes conquistadas, junto con la del soldado asesino el judío vengativo. En las selvas más vírgenes, donde los europeos inspiran con razón más terror que el tigre, a la entrada de las humildes cabañas de paja que han sido incineradas, entre las pilas humeantes aparece él tras la masacre, como un carroñero, a saquear a los muertos el día después de la batalla. La contrapartida perfecta para su rival el misionero católico que trae la civilización en la punta de sus antorchas y a punta de sables y bayonetas».

El Jardín de las Torturas, Octave Mirabeau

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12 comentarios

  1. reydecopas

    buenísimo

  2. Maravillosa película, si cabe el adjetivo. Había decidido ver una por una las películas de Lars von Trier… paré después de ver el Anticristo. (Aun así, no pude abstenerme de ver después Melancolía, brutal, nuevamente.)

    En cuanto a los ángeles o demonios que somos ‘realmente’… quién sabe. Quién sabe.

  3. Maestro Ciruela

    Es que la vida no se puede ni concebir siquiera, en ausencia de Lars Von Trier…

  4. Una de las cosas que no todos los creadores poseen, es la de transformar a quien lo recibe. Von Trier abre y cierra caminos que ni siquiera imaginábamos que existían. Como este artículo de Marta Peirano, que al leerlo, nos ayuda a comprender al autor mejor. Gracias por hacerlo posible.

  5. Artículo muy por encima de la media de la revista y de su anterior artículo, no se me ocurre mayor elogio. Si persevera me hará feliz, hoy ya lo ha conseguido.

  6. Ulma Mac

    Hola. Para mi esta película está sustancialmente motivada por la traducción visual del Anticristo de Friedrich Nietzsche.

  7. Felicidades por un texto que contra todo pronóstico es de grandiosa actualidad. Gran artículo.
    Me guardo una frase en favoritos y envuelta en papel de regalo palpitante: «el Mal verdadero siempre adopta la máscara del Bien absoluto».

  8. Bigote Prusiano

    Excelente artículo. La película me ha gustado, pese a que le falta naturalidad en los diálogos, le sobra pedantería y desde luego el zorro con el ventrílocuo detrás, para hacer eso yo lo hubiera apostado el todo por el todo y hubiera puesto a Coco o al Conde Draco.

    Mi cerebro, posiblemente deteriorado, ve tres lecturas, a saber, y estaba deseando decir «a saber»:

    a) La convencional. Un matrimonio se va descomponiendo por la muerte del hijo. Ella lo vive de una manera histérica y depresiva, llegando a la absoluta dependencia de él. El marido ve en convertirla en paciente la posibilidad de mitigar el dolor y lo deja todo en manos del análisis racional y frío, ni siquiera deja paso a la ira cuando ella le acusa de cuestiones graves. De esa manera tapona en gran medida las posibilidades de la esposa de salir del dolor. Cuando mejora se pone triste, no porque sea malvado sino porque sin su esposa como paciente es su turno de enloquecer, ya no tiene asidero. Una va de la locura a la cordura, él hace el viaje contrario.

    b) La dualidad naturaleza/amoral y civilización/moral. La naturaleza es exhuberante, poderosa, apabullante y amoral. Si un pollito cae del nido se lo comen las hormigas. No hay más, la ley del más fuerte y el mejor adaptado. No hay mal ni bien. Por otra parte esta la civilización humana, encarnada en él, que se aparta de una naturaleza hostil, apabullante, que aterroriza al hombre. Y para ello crea la ciudad, con sus normas morales. Y con esas normas morales viene la inmoralidad, no existente en la naturaleza. Del intento de alejarnos de lo amoral viene lo moral, pero con ello lo inmoral y todas las atrocidades que conlleva. La moral contiene lo mejor del ser humano y también lo peor, y esa parte peor es tan horrible como la amoralidad de la naturaleza o quizá peor, pues se disfraza con la justificación del raciocinio.

    De la misma forma que en la otra lectura él iba hacia la locura y ella a la cordura, en la casa se produce el viaje contrario. Él va hacia la naturaleza, de ahí que el cuervo que antes lo delata luego ayude. Ella va hacia las normas morales, lo racional, siendo su castración no una muestra de locura sino una asunción de la moral y la culpabilidad en un sentido más racional de lo que parece pese al acto atroz. Precisamente ella, de forma racional, deja de dañarle en serio y dirige su odio hacia ella misma, ya está en la civilización, en la ciudad, donde elige suicidarse. Él ya la mata de forma amoral, es un depredador que mata a otro depredador.

    c) La religiosa o mística. Si ellos son Adán y Eva, el bebé es Caín. Como sabemos Caín era agricultor y al matar al nómada y pastor Abel ha de peregrinar como maldito, fundando la estirpe de agricultores que dan lugar a la civilización, a las ciudades. La marca de Caín le protege de los asesinos. Con su inmoralidad funda la moralidad.

    En la película Caín muere y Adán y Eva han de volver al Paraíso. Pero de allí fueron expulsados. La naturaleza, Dios, admite la vuelta. A cambio se cobra la muerte de Eva, de la costilla, quedándose con el barro a su imagen y semejanza. Dios, que resulta ser una Diosa cuyas sacerdotisas son brujas, dice «de acuerdo, habéis vuelto, pero empezamos de cero, nada de mariconadas».

    d) Cirugía estética. Al pobre Adán lo van a dejar sin costillas como le quiten otra, pero la figurita que se le va a quedar al cabrón… Otra opción que barajo es que Dios no tire ya de costilla, sino que acudan al Meetic. Eso sí, un Meetic muy jodido.

  9. Quiero conocer a Marta.

  10. Pingback: ¿Cuál es la mejor película de terror de los últimos años? - Jot Down Cultural Magazine

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