
En los años duros de la vida, la adolescencia, en la década de los noventa, me procuré la pornografía en el Rastro de Madrid. A veinticinco pesetas cada revista Clima antigua. Eso me proporcionó una considerable amplitud de horizontes sexuales, por un lado, y que en el kiosco de mi barrio revistas como La Judía Verde, que causaban sensación entre mis compañeros de clase, para mí pasaran inadvertidas. No se puede comparar un cómic porno de historietas cortas con el relato pormenorizado del encuentro en Madrid en 1983 de un matrimonio de Valladolid con uno de Albacete acompañado de ginecológicas fotografías reales de los participantes. Las cosas como son. Por cierto, que alguien podría recoger estas historias que los españoles de moral más avanzada enviaban a Clima, Lib o Charo Medina y grabar un programa con el formato de los de crímenes de La Sexta. Sería un espacio, francamente, muy ameno.
El problema de obviar La Judía Verde y similares hizo que por error, durante muchos años, metiera en el mismo saco a El Víbora. La revista de La Cúpula siempre llevaba en portada mujeres de generosas mamas y, por fuera, era una más entre las eróticas. Si no tenías un cicerone, un experto que te asesorase o te recomendase, te dejabas llevar por impresiones superficiales como estas y te podías perder una revista que aunque tuviera sexo no era porno, o no era el porno su único ingrediente. De hecho, llegaron a mis manos muchos fanzines, y el TMEO, antes que El Víbora. En aquella época no bastaba un clic para que las cosas que molaban llegasen a tus manos. Especialmente, porque aunque pudieras conocer buenas tiendas, luego tampoco tenías un duro.
Pero el día en que leí un Víbora por primera vez, no sé por qué casualidad, nunca lo olvidaré. Era el número 181 de 1995. La portada era del estilo del ¡Hola! con titulares periodísticos sobre las historietas. Me marcó profundamente una, la de Miguel Ángel Martín de Rubber Flesh, anunciada en la portada como «¡Incesto entre gemelos!» Era la famosa escena en que Monika Ledesma sorprende a su hijo con el pene de su hermano en la boca. «No es que me importe que puedan ser gais, pero incestuosos es demasiado», exclamaba preocupada la protagonista de ese culebrón porno-gore futurista. La cosa me gustó.
Y fue el número del mes siguiente —¡un mes tardaba en salir la condenada!— el que me enganchó definitivamente. Con una historieta de Jaime Martín, «La memoria oscura», sobre un chaval que descubre su sexualidad de vacaciones en su pueblo, episodio que de alguna manera u otra hemos experimentado muchos urbanitas. En este número 182 el capítulo iba de cómo entre varios amigos treceañeros masturban a mujer mayor, de unos cuarenta o cincuenta, escupiéndole previamente todos en la vagina. Era una cosa en plan la película Amarcord pero en manchego. Ahí me dije a mí mismo con solemnidad: esta publicación sí que trata los temas que a mí me interesan y no el Cambio 16. Eran los años de apogeo de la etapa de Hernán Migoya. Quizá, lo mejor que me pasó en los noventa.
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Pingback: Peter Bagge, el dibujante de cómics que, afortunadamente, me amargó la adolescencia
Larga vida al Comic/tebeo/banda diseñada o como quieran llamarlo ahora …y larga vida a articulos como estes
tengo que decir que me falta mucha cultura del comic…por lo tanto este autor se me escapa, pero lo apunto…
Un saludo!
Tengo que decirte que me das envidia. Lo que daría por poder descubrirlo de nuevo, así, sin saber nada!
Estás de coña, desde luego…¿Pero por qué, casi siempre que se habla de comics en Jot Down, es para hacerlo de dibujantes que son una ramera defecación?
Para que vengan notas como tu a poder quejarse de los gustos de mierda de los demás.
Odio lo tengo empezado y me gustaría terminarlo un día. Fui adolescente a finales de los 90 y, aunque no fui grunge ni nada de eso, con pocos personajes me siento tan identificado como con el gilipolllas de Buddy.
Me gustaría repetir, por primera vez en la red, mi crítica al concepto de novela gráfica. Es, un cómic, lo único que cambia es el formato de publicación. Como si la pintura de un fresco fuera otro arte, o como si un disco de pop fuera menos música que una sinfonía de Mozart tocada por una orquesta sinfónica. Creo que es una estupidez avergonzarse por consumir cualquier tipo de arte.
P.D.: Artículo genial. Soy aficionado al cómic underground y, aunque incidentalmente me he cruzado con Bagge, lo incorporo a mi bagaje y mis próximas lecturas
¡El que dibujaba que te cagas, en el buen sentido, era Harold Foster! Y Alex Raymond tampoco era manco. Pero este Peter Bagge, sencillamente hace cagar y punto.
Los de la vieja escuela sois unos brasas de cuidado, en serio. No hay artículo de cómics en los que no deis el coñazo con los «grandes maestros de antaño», aunque por género, por estilo, por procedencia o por generación, no sean comparables con el autor que se trata en el artículo.
A ver si os tomais la pastillita y os acostais ya.