
William Alexander Hammond (1828–1900) fue un peso pesado en la sanidad norteamericana. Nacido en Annápolis, terminó la carrera de Medicina en la Universidad de Nueva York en 1848, cuando tenía veinte años. Tras unos meses llevando una consulta privada, se enroló en el ejército y sirvió como cirujano durante once años, participando en las guerras Sioux. Durante ese período empezó a interesarse por el sistema nervioso, estudiando los venenos neurotóxicos, en particular los de las serpientes. En 1860 aceptó una plaza de profesor en la Universidad de Maryland y dejó la vida militar. Al año siguiente, al declararse la Guerra de Secesión, pidió el reingreso en el ejército, y fue readmitido aunque sin reconocerle los servicios prestados. Su primera tarea fue diseñar una nueva carreta ambulancia pero el ambiente entre los federales era caótico y cuando el décimo Surgeon General, algo así como el ministro de Sanidad, fue despedido tras una discusión con el secretario de la Guerra, Abraham Lincoln nombró a Hammond para ese puesto, a pesar de que solo tenía treinta y cuatro años.
Hammond realizó numerosas reformas en la sanidad del Ejército de la Unión, organizó la evacuación y cura de miles de soldados heridos y enfermos, implantó un mayor rigor para el ingreso en el Cuerpo Médico militar, fundó nuevos hospitales, ordenó que las historias clínicas fuesen más completas y estandarizadas, creó un museo médico del ejército, recomendó que el cuerpo médico fuese permanente y estableció un sistema farmacéutico centralizado. Esto último le causó graves problemas, pues en mayo de 1863 retiró de los botiquines médicos el calomel, un compuesto de cloruro de mercurio que se tomaba como laxante, emético, desinfectante, para la sífilis y para la fiebre amarilla. Se administraba en tal cantidad que a la gente se le caía el pelo y los dientes. Muchos de sus colegas se lo tomaron mal, pensaron que restringía su libertad de receta y que no les daba ninguna opción terapéutica alternativa y estalló lo que se llamó «la rebelión del calomel», que terminó con la carrera política de Hammond. El calomel, por cierto, a pesar de su toxicidad se siguió utilizando hasta bien entrado el siglo XX —1954 en Inglaterra— como blanqueador dental.
Con la ayuda de algunos amigos, Hammond se estableció en Nueva York y obtuvo una plaza de profesor de neurología en el Hospital Bellevue y en la Universidad de Nueva York. En la década de 1870 decidió que solo trataría a personas con patologías cerebrales o enfermedades mentales, así que fue el primer médico estadounidense en convertirse —por decisión propia— en un especialista. Fue uno de los primeros que experimentó con el litio para el tratamiento de las manías, fundó la Asociación Neurológica Americana y publicó un importante Tratado sobre las enfermedades del sistema nervioso. Le encantaba escribir y desarrolló una nueva faceta como divulgador científico.
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Lo mejor de aprender sobre estas heroínas feministas de principios de siglo es que podemos compararlas con las amigas de Somos Corvera y echarnos unas risas. Definitivamente hemos involucionado
Oscar, compáralas con científicas actuales de primera línea y verás que no hemos involucionado. Puedes encontarar a miles de ellas en mujeresconciencia.com. Lamentablemente los prejuicios machistas de Hammond sí que siguen vigentes.
muy buena la última frase
Os recomiendo la novela ‘Cándida’.
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Lo gracioso del asunto es que Hammond tenía razón.
Una distribución de cerebros por sexos muestra menor tamaño del cerebro femenino. Se da una fortísima correlación entre el tamaño cerebral y el cociente de inteligencia (CI). Este tiene una distribución en la población con forma de campana de Gauss, aproximadamente, pero las mujeres: 1, tienen una media inferior; 2, su distribución tiene menos varianza; 3, y las colas son más bajas. Por tanto, en la cola derecha de las distribuciones (los más inteligentes) la proporción entre mujeres y hombres es de 8 a 1 en favor de los hombres. Sobre la relación entre el CI y la creatividad y la productividad no voy a entrar. Para más detalles véase Helmuth Nyborg (2005).
El derecho a voto y el feminismo fue lo que cortó «el debate», para siempre.
Nemo, me temo que ni el derecho al voto ni el feminismo fueron los culpables de que se «cortara el debate·, como tú afirmas. Es que no existe fundamento científico para ese debate.
Por supuesto que lo hay.
@Nemo.
Parece que has leído al autor, pero que ignoras que fue acusado y castigado por sus colegas del Danish Council for Scientific Misconduct por FRAUDE científico en este mismo estudio.
Y sí, estadísticamente hay algunas diferencias en las capacidades cognitivas y de comportamiento entre hombres y mujeres, pero no está claro hasta qué punto son genéticas o culturales. Y ojo, que en más de un concepto somos los machos los que salimos mal parados.
Pero en cualquier caso, continuaríamos con lo mismo: discriminar no es ético. La discriminación no puede justificarse, porque es negar a alguien sus derechos. Y punto.
¡Hey! alguien descubrió que el tamaño si importa!!! me pregunto a qué otras partes del cuerpo tiene aplicación este descubrimiento.
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