Fotografía: Lupe de la Vallina

Jesús Cañadas (Cádiz, 1980) tiene la risa rebelde, como su carácter. Es una rebeldía que desarma, por distinta a la que se le presupone a un escritor: alaba —no pelotea— a los lectores, tiene esperanza en el futuro ––literario, pero también del otro— y se mete en harina —de verdad, no de boquilla— sin importarle demasiado a quién vaya a molestar. Posee una simpatía indudable que se vuelve honestísima cuando afirma que su objetivo es llegar a fin de mes. Aunque sea solo una verdad a medias.
Lo suyo es jugar. Seguir jugando, más bien. Como cuando escribía rollos infumables para las partidas de rol del D&D en una plaza gaditana en los noventa. Ahora, reducida su envergadura y su cabellera, el juego es compartido. Porque ya le leen. Los que gustan de la fantasía, los afectos al terror y los que no tienen ni idea de qué ocurre en Innsmouth. Para embarcarse en Los nombres muertos, El baile de los secretos o Pronto será de noche no hacen falta más alforjas que permitirse creer que todo es posible. «La ciencia ficción te balancea en el acantilado. La fantasía te empuja», decía Ray Bradbury, que encabeza su panteón personal. Cañadas no disimula: quiere lanzarnos a todos al vacío.
A cambio, un par de condiciones: que no le cuelguen ningún título ni le arrastren a generaciones inventadas. Admite que le digan que su nuevo libro, Las tres muertes de Fermín Salvochea (Roca Editorial) es un potaje de pulp, fantasía histórica, novela de aventuras, de vampiros, gitanos y demonios. Pero jamás que «trasciende el género» porque no es de los que usan la fantasía como pretexto, sino como hogar. Porque —lo dice él— es un flipao.
Nos hemos enterado de que eras de los nuestros: un niño gordo que jugaba a rol.
«Niño gordo de rol» es totalmente cierto, es la radiografía de mi alma. Nunca jugué al fútbol, una vez lo intenté en un recreo y me dijo uno: «¿Qué haces, gordo?» y ahí se acabó mi carrera. Yo estaba todo el día con los libros y tebeos, primero con los Mortadelos, que es la anécdota que cuenta siempre mi madre en las presentaciones. Yo le decía que me aburría y ella me compraba un Mortadelo, pero me lo pulía enseguida.
Hay una frase tuya que nos vas a permitir que alabemos: «El conservatorio de los escritores son las bibliotecas públicas».
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Cojonuda la entrevista, rocknroll.
Y lo que mola cuando lees a alguien a quien no le importa hablar?
Sí señor, enhorabuena.
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Buenísima entrevista.