
Padre y maestro mágico, liróforo celeste,
que al instrumento olímpico y a la siringa agreste
diste tu acento encantador.
(Rubén Darío)
En 1959, el físico y novelista británico C. P. Snow dio una conferencia titulada Las dos culturas, que posteriormente desarrolló en forma de libro: Las dos culturas y la revolución científica, texto que alcanzó gran difusión y dio pie a un debate cuyos ecos aún no se han extinguido. En su ya clásico ensayo, Snow se lamenta de la profunda brecha que separa la «cultura humanística» de la «cultura científica»; recordemos uno de sus párrafos más citados:
A menudo he participado en reuniones de personas que, según los criterios de la cultura tradicional, se consideraban muy cultas y que expresaron su asombro ante la incultura de los científicos. En alguna ocasión me provocaron y pregunté a mis interlocutores si podían enunciar la segunda ley de la termodinámica, la ley de la entropía. La respuesta fue fría y negativa. Sin embargo, yo estaba pidiendo algo que para los científicos sería equivalente a preguntar: «¿Has leído alguna obra de Shakespeare?». Y ahora pienso que si hubiera hecho una pregunta aún más sencilla, como qué es la masa, o la aceleración, que es el equivalente científico de saber leer, solo uno de cada diez habría considerado que hablábamos el mismo idioma. Mientras el gran edificio de la física moderna crece sin cesar, la mayoría de la gente culta de Occidente tiene los mismos conocimientos científicos que sus antepasados del neolítico.
Y aunque la situación ha cambiado un poco en las últimas décadas, está lejos de ser satisfactoria. El anaritmetismo —la incapacidad de leer el lenguaje de los números, es decir, de interpretar las fórmulas matemáticas más simples— sigue siendo endémico entre la gente «de letras» (Stephen Hawking solía contar que su editor le había dicho que por cada fórmula que incluyera en sus libros de divulgación se reducirían las ventas a la mitad), y el emblema de nuestra desquiciada cultura podría ser un cerebro con el cuerpo calloso atrofiado y los dos hemisferios desconectados.
La tercera cultura
En la segunda edición de Las dos culturas y la revolución científica, publicada en 1963, Snow añadió un apéndice titulado «Las dos culturas: una segunda mirada», en el que vaticina la aparición de una «tercera cultura» capaz de superar la brecha entre ciencias y letras. Y en 1995, en un libro titulado precisamente La tercera cultura, el editor John Brockman retomó la idea y popularizó la expresión; aunque, más que de una verdadera superación del problema, hablaba del creciente interés de algunos científicos —como Roger Penrose, Richard Dawkins o Marvin Minsky— por cuestiones filosóficas o tradicionalmente consideradas «humanísticas» (como si las matemáticas o la biología fueran menos humanas que la filosofía o la historia). Más que documentar una supuesta confluencia de las dos culturas, el libro de Brockman parecía dar la razón a Stephen Hawking, al que pregunté unos años antes cómo veía la relación entre filosofía y ciencia, y me contestó: «Ahora los filósofos solo se dedican al lenguaje, y los científicos tienen que ocupar el lugar que han dejado vacante».
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Creo que la misión de la filosofía, versión laica de todas las religiones consoladoras, no es transformar el mundo, sino al hombre. La ciencia también lo hace al mostrarnos los mecanismos del universo, pero no es su objetivo transformarlo, sino un resultado colateral debido a la información. La filosofía que continue por sí sola tratando de elevar al hombre espiritualmente con un lenguaje renovado, ya que no hay nada de Bello, Justo y Bueno en los descubrimientos de la ciencia, más bien todo lo contrario.
Me parece que no es justo asociar filosofía con religión, la búsqueda del conocimiento con el dogmatismo.
Decir que no hay nada de «Bello, Justo y Bueno» en los descubrimientos de la ciencia, en la adquisición y compartición de conocimiento, resulta sorprendente. Lo contrario supondría la huída del conocimiento, aceptar cualquier cosa impuesta sin más. El conocimiento posibilita la transformación del mundo. De hecho una transformación efectiva del mundo requiere de conocimiento científico.
Me parece que no es justo asociar filosofía con religión, la búsqueda del conocimiento con el dogmatismo.
Decir que no hay nada de «Bello, Justo y Bueno» en los descubrimientos de la ciencia, en la adquisición y compartición de conocimiento, resulta sorprendente. Lo contrario supondría la huída del conocimiento, aceptar cualquier cosa impuesta sin más. El conocimiento posibilita la transformación del mundo. Una transformación del mundo efectiva requiere de conocimiento científico.
Ciencia y filosofía necesitan dialogar continuamente, especialmente cuando ciertas corrientes filosóficas adelantan una cruzada plagada de oscurantismo contra el pensamiento racional. Sobran los ejemplos de científicos que incursionan en el campo de la elucubración filosófica y de filósofos que someten a su análisis los resultados de la ciencia. Es falso que ciencia y filosofía no puedan dialogar; no es cierto que cuando estas dos ramas del saber dialogan, la filosofía adopta una posición “servicial” frente a la ciencia. Si algo ha iluminado el camino del científico, es la filosofía de la ciencia.
Creo que sería oportuno mencionar la magnífica obra «Para la tercera cultura», de uno de nuestros mejores intelectuales, Francisco Fernández Buey.
Tienes toda la razón. Cuando conocí a FFB, a finales de los 70, di por supuesto que era físico. Es reconfortante que un filósofo parezca un científico. Y viceversa.
Gracias por un interesante y claro artículo. Sólo discrepo respecto a un punto: el referido a la «…la más básica y brutal de las dicotomías» la que ante mis ojos sería la de hombre/mujer.
Te contesto con tres años y medio de retraso: estoy de acuerdo en que es la más básica; pero en las últimas décadas se ha avanzado mucho más en el camino de su superación que el de la dicotomía ricos/pobres. Por otra parte, en buena medida ambas dicotomías se solapan.