La belleza desnuda

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El nacimiento de Venus (La Nascita di Venere) de Sandro Botticelli, c. 1482. Click en la imagen para ampliar.

Solo Euclides ha contemplado la belleza desnuda. (Edna St. Vincent Millay)

Aunque sea un concepto resbaladizo y reacio a dejarse definir, podemos afirmar que lo que entendemos por belleza se basa, en última instancia, en nuestras percepciones sensoriales agradables; no es una regla sin excepciones, pero sirve como punto de partida. Y lo que agrada o desagrada a nuestros sentidos tiene que ver, por una parte, con el bienestar y la salud, y, por otra, con lo que podríamos denominar «antropofilia» o narcisismo antropológico: la íntima autosatisfacción derivada de un cuerpo anatómicamente correcto y plenamente funcional, o el deseo de alcanzar ese ideal y el deleite que produce la posibilidad de lograrlo. Somos, inevitablemente, la medida de todas las cosas, como dijo Protágoras, y no solo en lo relativo al tamaño.

La relación de lo sensorialmente agradable con el bienestar y la salud es especialmente clara en el caso del sentido del gusto: en general, nos agrada el sabor de lo que es adecuado como alimento y nos desagrada, o incluso nos repugna, lo que es tóxico o nocivo. Y la relación de lo grato con la antropofilia es sobre todo visual: no es casual que la representación canónica del cuerpo humano sea, desde la antigua Grecia, el principal tópico de las artes plásticas (cuando no están constreñidas por la religión). Tal vez por eso, cuando nos agradan, la comida la calificamos como buena mientras que de un cuadro decimos que es bello. Pero la distinción no es en absoluto estricta, y por eso «bueno» y «bello» son adjetivos parcialmente intercambiables: un buen concierto, una bellísima persona…  

Menos obvia, pero no menos importante, es la relación de lo bello con lo verdadero. Una relación que para algunos visionarios, desde Platón hasta Wittgenstein pasando por los grandes artistas del Renacimiento y los poetas románticos, es de pura y simple identidad.

«La belleza es verdad, la verdad es belleza: eso es todo lo que sabemos y todo lo que necesitamos saber», dice Keats en su Oda a una urna griega. Y Platón, en el Fedro, pone en boca de Sócrates las siguientes palabras: «Cuando alguien percibe la belleza de este mundo y evoca la belleza verdadera [la del mundo de las ideas], su espíritu adquiere alas y ansía volar… De todos los tipos de entusiasmo, esta cuarta especie de arrebato es la más magnífica en sus causas y efectos». Para Platón, la verdadera belleza es la belleza verdadera, valga el juego de palabras, es decir, la belleza veritativa, la que nos revela la verdad, la que se funde y confunde con ella y remite al perfecto mundo de las ideas. Una belleza-verdad que, a partir de Pitágoras, algunos identifican con la abstracción matemática. «Solo Euclides ha contemplado la belleza desnuda», dice la poeta Edna St. Vincent Millay. «Que no entre aquí quien no sepa geometría», advierte el propio Platón a quienes quieren formar parte de la Academia. Y Bertrand Russell escribió en The Study of Mathematics: «Las matemáticas no solo poseen verdad, sino también una belleza suprema, una belleza fría y austera, como la de la escultura, que no apela a ninguna parte de nuestra naturaleza más débil, sin las magníficas vestiduras de la pintura o la música, sublimemente pura y capaz de una sobria perfección».

Filósofos, poetas y científicos de todos los tiempos han sido deslumbrados por el binomio verdad-belleza y su esencia matemática. En una de sus famosas discusiones con Einstein, dice Heisenberg: «Si la naturaleza nos lleva hacia formas matemáticas de gran simplicidad y belleza —y por formas me refiero a sistemas coherentes de hipótesis, axiomas, etc.—, formas que nadie ha visto previamente, no podemos dejar de pensar que son verdad, que revelan una característica genuina de la naturaleza… Seguro que tú también has percibido la estremecedora simplicidad y plenitud de las relaciones que de pronto la naturaleza despliega ante nosotros y para las que no estábamos en absoluto preparados». Seguro que sí: Einstein manifestó en más de una ocasión este mismo asombro ante la simplicidad y la belleza de las formas matemáticas que explican el mundo. Y su amigo Gödel, máximo exponente del realismo matemático, estaba convencido de que los teoremas no se inventan, sino que se descubren, igual que se descubre la composición química de una substancia, por lo que su deslumbrante belleza sería la del propio universo develado.

En cualquier caso, contemplar la belleza desnuda de las fórmulas matemáticas puede producir un goce estético muy singular y muy intenso, que, según han mostrado recientes estudios neurofisiológicos, activa la misma zona de la corteza orbitofrontal del cerebro que la contemplación de un cuadro o la audición de una sinfonía.  

Las relaciones numéricas sencillas subyacentes a la música —que llevaron a los pitagóricos a afirmar que todo es número— y la «divina proporción» de Fidias (expresada por el número áureo: 1,618…), omnipresente en la naturaleza y en el propio cuerpo humano, fueron el comienzo de un largo viaje matemático desde y hacia la belleza que recientemente ha entrado en una nueva y apasionante fase. Con el vertiginoso desarrollo de la informática, estamos asistiendo a una progresiva matematización del conocimiento (que a su vez propicia dicho desarrollo). Y algunos investigadores están aplicando la enorme potencia de cálculo y la capacidad modelizadora de los superordenadores al estudio de las relaciones armónicas descubiertas por los antiguos griegos o expresadas por el li de los filósofos orientales, animados por la vieja sentencia latina Pulchritudo splendor veritatis. No sabemos si los matemáticos encontrarán la fórmula de la belleza; pero, si la encuentran, seguramente será una bella fórmula.

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6 comentarios

  1. Pere C

    Los niños crecerán en “un ambiente sencillo de cosas bellas, donde la belleza, que es el espíritu del arte, llegará a los ojos y los oídos como un soplo de viento fresco que trae la salud desde una planicie despejada, e, insensible y gradualmente, atraerá el alma del niño a la armonía con todo conocimiento y sabiduría, de forma que amará lo que es bello y bueno y odiará lo que es malo y feo (pues ambas cosas van siempre unidas) antes de saber por qué; y luego, cuando llegue la razón, le besará en la mejilla como a un amigo.”
    Platón, La República

    • Frabetti

      Preciosa cita, gracias por añadirla a este texto tan apresurado e incompleto. Es una idea recurrente en el pensamiento de Platón, cuya expresión más sintética y contundente es probablemente esta: «La belleza es el esplendor de la verdad».

  2. Caro Frabetti; «este texto tan apresurado e incompleto» para nada lo es, y si lo fuera entraría dentro de alguna de nuestras viejas y conocidas categorias: Lo justo, lo bueno, lo bello. Yo agregaría: lo bueno si breve dos veces bueno. Y vaya por lo acertado del sub título… Solo Euclides ha contemplado la belleza desnuda. Supongo que el autor se refería a la simple belleza de un círculo y de una recta, y detrás de estas, como todo lo que se esconde detrás de lo bello, el vértigo de lo inconmensurable, lo infinito, como el número Pi. Muchísimas gracias por la lectura.

  3. Frabetti

    Gracias a ti, Eduardo, Pero, sí, es un texto muy incompleto, porque el tema da para mucho más y habría que matizar algunas de las afirmaciones. Es de agradecer que los lectores lo enriquezcáis con vuestros comentarios.

  4. ¿Qué es el li? En la red dicen que es una unidad de medida oriental, pero eso no encaja.

  5. Frabetti

    El término «li» alude a los mecanismos determinantes de ciertos patrones que aparecen de manera recurrente en la naturaleza, como árboles, burbujas, espirales, líneas de fractura, ondulaciones… Algunos de estos patrones tienen una expresión matemática sencilla (sucesión de Fibonacci, espiral logarítmica) y otros son muy complejos y aún no han sido modelizados satisfactoriamente.

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