Por ti

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Ilustración: Rubén Calles.

Начало

Todo iba bien hasta que te conocí. Recuerdo aquella partida: tú saliste en la línea cincuenta y cuatro; yo esperaba mi momento en la fila. El aire nos daba en la cara y justo delante de mí, una te amarilla se vino abajo y comenzó a sollozar cosas como que no iba a poder hacerlo y todo eso. La música se aceleraba y las fichas a mi espalda comenzaron a inquietarse. ¿Qué ocurre? Uno que se ha cagado. ¿Quién? ¿Qué pasa? La te amarilla temblaba hasta el último píxel. Se aferró al umbral de la escotilla sin dejar de repetir: voy a estropearlo todo. El comisario político lo apartó de un empujón y se lo llevó a rastras. Al pasar a mi lado se aferró a mi pierna, dando alaridos. Se montó una tangana enorme. Todos comenzaron a darle golpes y patadas. Él chillaba y suplicaba como un gorrino. Cuando conseguí liberarme corrí de regreso a la cola. Los gritos de la te amarilla ya no eran más que un débil gimoteo. Me asomé al exterior. La cúpula dorada de Iván Vasílievich se recortaba contra el cielo azul brillante. Allá voy. Es mi turno. Debajo de mí, una amalgama de cuerpos encajados y restos esparcidos por todo el Kremlin. Cogí velocidad. Giré a un lado y caí sobre ti en mala postura. ¿Qué haces?, dijiste. No respondí. ¿Por qué no te has puesto ahí? Tenías hueco de sobra. Miré a mis pies y vi los tuyos y las piernas y también el resto, tendido, como posando en pleno campo de batalla para algún artista del desastre. Nos miramos un largo instante sin decir palabra. Ahí comenzó todo, supongo, aunque yo todavía no lo sabía.

Бoлтая

Hola. Tome asiento, por favor. ¿Zeta roja siete tres siete ocho?

Sí.

¿Qué tal te encuentras, camarada?

¿Yo? Bien.

¿Algo que destacar?

No. Todo bien.

Ya (tamborilea con los dedos sobre la mesa). Veamos… tengo aquí una incidencia del pasado martes.

¿Una incidencia?

Sí. Nivel cinco. Fila sesenta y dos. Caíste de pie sobre Ele verde cinco ocho tres tres.

No lo recuerdo. Puede ser.

Ya. Nivel cinco…

Ah, sí. Es verdad.

¿A qué crees que se debe, camarada?

A veces, esas cosas pasan.

Ya. ¿Has vuelto a ver a Ele verde cinco ocho tres tres?

No.

¿Estás seguro, camarada?

Hey. Un momento. ¿Qué está insinuando?

Nada. Solo es un control rutinario.

¿Un control de qué?

Tus estadísticas han empeorado de un tiempo a esta parte.

Soy una zeta roja…

Son bajas incluso para una zeta roja.

¿En serio?

Por supuesto. Vamos a tener que trabajar un poco esa actitud, Zeta roja siete tres siete ocho.

¿Qué actitud? ¿A qué se refiere?

Volvamos a Ele verde cinco ocho tres tres.

¿Qué ocurre?

Era un movimiento complicado. ¿Por qué lo intentaste? Y, sobre todo, ¿por qué fallaste? ¿Dirías que fue un fallo de concentración, de percepción, de planificación o un mal movimiento?

¡No lo sé! Estaba distraído. Solo fue una casualidad.

Concentración. Bien.

¿Bien por qué?

Es una manera de hablar, camarada. De todas formas, está bien que tenga pretensiones, que piense en mejorar y en llegar más alto.

¿Pretensiones? Yo no tengo pretensiones.

Su accidente con Ele verde cinco ocho tres tres es solo un tropezón. Tranquilo. La próxima vez, saldrá bien.

Fue sin querer. Yo no…

Ánimo, camarada. Saldrás de esta. Solo tienes que poner de tu parte y nosotros te ayudaremos.

Т

Me hicieron leer un tríptico titulado Encaje funcional y empatía. Textos sencillos y esquemáticos que ponderaban los secretos para una partida feliz y sobre la importancia de ponerse metas realizables. También algunos consejos prácticos sobre propiocepción y movilidad y una tabla de ejercicios para practicar en casa. Después dijeron: tómate el resto del día libre, camarada. No podía creer eso de que mis estadísticas eran inusualmente bajas. ¿Desde cuándo? Y ¿bajas comparadas con quién? Yo nunca había dedicado ni un minuto a pensar en nada de eso y ahora no podía sacármelo de la cabeza. Pasé a echar un trago en el bar de Rostov y encontré el apoyo de los habituales.

Pretensiones. Dijo que tengo pretensiones. ¡Y me felicitó!

Majaderos, masculló alguien.

Y ahora están todos obsesionados con eso. Me llaman a consulta dos veces al día. Me hacen pruebas de todo tipo: hipnosis, capacidad pulmonar, acupuntura…

Vaya tela.

Levanté mi copa, airado, pero la devolví a la barra antes de beber.

Y ¿quién carajo es esa Ele verde? ¿Por qué de repente es tan importante para todo el mundo? Soy una zeta roja, ¿sabéis lo difícil que es encajar una zeta roja y una ele verde?

Muy observador: eres una zeta roja, dijo Tres tres cero, en el fondo todos lo somos.

¿De qué estás hablando? ¿Todos somos zetas rojas? ¿Tú también?

Me miró con ojos etílicos y una mueca espantosa.

Yo el que más, balbuceó.

Tío, eres un palo azul, me burlé, no me vengas con esas.

Tres tres cero iba a encender un cigarrillo, pero se quedó pasmado, mirando la lumbre de la cerilla. Tenía el rostro alargado, surcado de arrugas y carnes flácidas. Finalmente, masculló: eso es lo que tú te crees.

Статистика

Palo azul tres tres cero era un negado. En sus tiempos había jodido tanto las estadísticas que decidieron empujarlo a la jubilación anticipada. Algunas de sus cagadas se habían convertido en leyenda. La verdad es que dudaba de la veracidad de todas aquellas anécdotas, pero me resistía a preguntarle directamente. Había otros tantos por allí: marginados, tipos que no encontraron un lugar mejor en que poner a descansar sus ángulos rectos. Yo disfrutaba de su compañía porque me hacían reír, compartíamos cinismo y carácter y también desprecio por los gerifaltes de todo aquel negocio que tenían montado a nuestra costa. Sin embargo, ¿qué era eso de que todos éramos zetas rojas? Vaya excusa burda. Perdedores natos que se justifican, eso es todo. En el fondo, yo no era como ellos.

Твоя

Me encontraba en la fila de salida cuando te vi. Estabas diez o doce puestos antes que yo en la cola. Podrías haber sido cualquier otra ele verde, pero te giraste mientras charlabas con otros y no quedó lugar a la duda. Eras tú.

¡Eh!, exclamé. El tipo frente a mí se sobresaltó. Era un cuadrado amarillo enorme y apenas me dejaba ver.

¿Qué pasa, tío?, dijo.

Lo ignoré y grité de nuevo, intentando llamar tu atención, dando saltitos: ¡Eh, tú!

Un par de zetas verdes se giraron.

¡No! ¡La ele verde!, expliqué con gestos.

La cola avanzaba y tú seguías charlando con quien fuera. No tenía mucho tiempo. Me abrí paso a empellones.

¡Eh!, insistí, ¡espera, tengo que hablar contigo! ¡Eh, tú!

La cola se abrió apenas, entre quejas y reproches: ¿qué estás haciendo, tovarich? ¡Oye! ¡No hay que ponerse así! ¡Espera tu turno!

Cuando alcancé la puerta ya habías saltado. El comisario político cruzó la porra en el umbral. Hubo un momento de silencio. Sentí los ojos de todos sobre mí. El oficial negó con la cabeza, los labios muy prietos, la nariz arrugada. No lo hagas, susurró alguien, pero ya era demasiado tarde. Empujé al comisario y salté al vacío.

La gravedad me echó una garra a las tripas. Líneas fluorescentes a mi alrededor que se deformaban y curvaban de forma caprichosa. Entrecerré los párpados y te busqué. Apenas acertaba a ver una amalgama de colores. Todo iba muy rápido. La música era una partitura enajenada que se repetía en bucle. Entonces te vi. Sí. Allá abajo. Pegué los brazos al cuerpo, tomé la forma de un proyectil fijo en su objetivo. Crucé de un lado a otro el cielo sobre Moscú, dejando tras de mí una estela ardiente. Giré con un tirabuzón y aterricé con los dos pies, manteniendo el equilibrio apenas. Miré alrededor. Jadeaba por el esfuerzo y pequeños destellos nublaban mi visión.

Pero ¿qué has hecho?, me interrogó la Te amarilla sobre la que había caído.

¿Qué?, pregunté, todavía confundido.

¡Idiota!, gritó un cuadrado antes de posarse en mi espalda.

Algunas otras quejas llegaron desde arriba, a medida que una retorcida y caótica torre de babel ocupaba el cielo.

¿Otra vez tú?

Al reconocer aquel tono de reproche, tan altivo y condescendiente, me volví hecho una furia. Estabas un par de puestos a mi izquierda, entre una zeta verde y un palo azul, perfectamente encajado y sonriente. Rugí de furia y todos los que estaban sobre mí se tambalearon y un tumulto quejoso estalló.

¡Todo es culpa tuya!, grité.

краснaя дзета

Eres una zeta roja. Solo eso, nada más. Una puta zeta roja. Hay cosas que no van a cambiar nunca, ¿sabes? Y más vale que no lo intentes, porque si lo haces, si luchas por ser otra cosa te vas a estrellar con todo el equipo. Quizá ellos intenten cambiarte. Quizá te digan que puedes hacerlo mejor, que puedes encajar y todo eso. Te darán un curso de formación y vales de descuento para el gimnasio. Te sugerirán un peinado nuevo y la manera de combinar los colores. Te dirán que hay un tesoro dentro de ti, que tienes un talento especial y que lo único que debes hacer es encontrarlo. ¿Sabes lo que quiero decir? Sí, claro que lo sabes. Porque ya lo han hecho, ¿verdad? Ya te han puesto en la lista negra, ¿eh? Has ido a un curso acelerado para vencer el miedo a hablar en público, has aprendido a bailar y a cocinar crepes. Y ¿de qué te ha servido? ¿Ya te has dado cuenta de que no eres especial ni único ni nada de eso? Bien. Ahora, lo que tienes que preguntarte es: ¿por qué quieren cambiarte? ¿Eh? ¿Por qué tienes que encontrar tu lugar en el mundo? Eres una puta zeta roja. ¿Lo entiendes? Todos somos una zeta roja por dentro y estamos solos en este negocio. Pero no se lo digas a nadie. Deja que la partida siga su curso.

Tres tres cero repensó lo que acababa de decir. Abrió la boca, como si fuese a continuar. El labio inferior le brillaba, húmedo. Sin embargo, calló y apuró su copa de un trago. Después se caló el sombrero, levantó el cuello del abrigo y salió al encuentro de la gélida noche rusa.

Ссылкa

Me arreglaron los papeles. Baja permanente revisable. Y ¿qué iba a hacer ahora? A mi edad y fuera del juego. No sé qué esperaban de mí. Acudía a rehabilitación tres veces a la semana. Nos hacían cantar y bailar y aullar salmos con los brazos en alto. Vuelta a la derecha. ¡Sonríe! Vuelta a la izquierda. ¡Ja, ja, ja! Después de cada sesión, acababa empapado en sudor, con calambres por todo el cuerpo. Fue muy duro. No sé si sirvió de algo, la verdad. Lo intenté. Juro que lo intenté y que incluso llegué a creer en toda aquella panoplia sobre la autoestima y que mis problemas y errores eran más un deseo oculto que otra cosa. Eres una zeta roja porque te ves como una zeta roja, dijeron. En realidad, todos sois formas etéreas de luz. Olvidaos de lo que veis. La realidad son vuestros sentimientos. Uníos en vuestros sentimientos.

Lo intenté y fallé. ¿Cómo iba a unirme en mis sentimientos si lo único que hacía era sentirme mal por no sentir otra cosa?

Утешение

Cuando nos encontramos, no me reconociste. Te dije hola y respondiste como si no fuese contigo. Hasta que levantaste la vista. Te llevó unos segundos caer en la cuenta. Yo aproveché para sonreír y dijiste: ¿Eres…? Sí, soy yo.

Supongo que en aquel momento pareció gracioso y nos reímos. Fuimos a tomar algo y hablamos de todo un poco hasta que te confesé que me habían dado la baja y tú te pusiste muy serio. Que cómo puede ser; que ya les vale; que tampoco es para tanto. Pues sí, te di la razón, pero así son las cosas. Miramos alrededor, tú a un lado y yo al otro, como si fuesen a espiarnos o algo peor. Y al volver al frente, me cogiste de la mano, sobre la mesa y dijiste: no te preocupes, todo saldrá bien.

Ложь

No salió bien. ¿Sabes por qué? Porque soy una zeta roja y nada va a cambiar eso. Lo que pasa es que al principio todo iba cuesta abajo. Tú te ibas a la partida y yo te esperaba en casa. Y cuando volvías follábamos en el sofá y en la cocina y luego cenábamos desnudos y veíamos la televisión solo para criticar, para sentirnos juntos en nuestra diferencia. Más tarde, tú te quedabas dormido y yo me acoplaba a tu lado y apoyaba la nariz en tu espalda y pensaba que no había nada mejor en el mundo, que había encontrado un lugar en el que ser feliz para siempre.

Расстояние

No me han dado el alta, dije y bufaste y diste una palmada y te pusiste a registrar el frigorífico.

¿Qué ocurre?

¿Tú qué crees que ocurre?

Lo dices como si fuese culpa mía.

Dejaste lo que estabas haciendo por perder el tiempo, por mantenerte ocupado, que es lo que hacías siempre que discutíamos, y cruzaste los brazos frente al pecho.

Algo tendrás que ver, ¿no?

Yo qué sé.

Ya estamos.

He hecho todo lo que me han pedido. ¡Todo! No me mires así. Sabes que es verdad. He asistido a rehabilitación, he ido al cursillo, incluso me apunté a un intensivo de teatro. ¿Qué más quieres?

Yo no quiero nada, amor. Pero algo tendrá que cambiar. No vas a estar así siempre.

¿Así cómo?

Así. En casa.

¿Y crees que yo no quiero volver a jugar? ¿Que me gusta esta vida?

No lo sé. Le preguntaré a tus amigos del bar.

Ah. Es eso. Vale.

Te pasas allí la mañana y vuelves a casa borracho. No te hagas el sorprendido, por favor. ¿Tengo razón o no?

Sí. Claro. Como siempre. Siempre tienes razón.

La distancia más corta entre nosotros, en aquel momento, era una línea recta larguísima, interminable.

Виновaт

«Nada podrá separarme de ti. NADA». Eso ponía en mi taza de desayuno. Había sido el obsequio de fin de curso de autoestima y asertividad. Un diploma y una taza. En la puerta de la nevera, coleccionaba frases motivacionales del estilo: ¿Cómo vas a cambiar el mundo, si no cambias tú? O: Descúbrete a ti mismo y descubrirás el universo. Esas cosas. Así que me esforcé por ser sociable y sonreír más, por mantener conversaciones sobre aficiones y series de televisión, por planchar mis camisetas y pulir mis ángulos rectos. Sería la mejor de las zetas rojas posibles. Salimos más con tus amigos y dejé de ir al bar. Fuimos al cine y también al teatro. Estuvimos de vacaciones en Leningrado.

¿Ves como no era tan difícil?

Todo es gracias a ti. Tú me has ayudado a cambiar. A ser mejor.

No digas eso. Ya eras mejor. Pero no lo sabías.

Ay, era como una película de cine clásico. Lo mismo. Por fin. Nos besamos en los jardines de Petergoff mientras sonaba Rajmáninov. Nunca olvidaré ese beso que, de alguna manera sentí que era el primero, como si todo lo anterior perteneciese a otra persona, otra zeta roja que no era yo sino alguien destinado a no estar cómodo en ninguna parte, a no ser más que una excusa difícil de encajar. Ah, sí, cambié por ti, porque te quería y quería un mundo a nuestra medida.

Y la cosa funcionó. En la revisión quincenal me dieron el alta y regresé a la partida. De vuelta a la cola. Cuánto tiempo, se te ve muy bien. Bueno, hago ejercicio y ya no bebo. ¡Eh, mirad quién ha vuelto! Qué buen aspecto, si pareces una ele verde. Será el yoga. O la dieta. Y cuando te sueltan los halagos así, a discreción, pues alguno te alcanza y te vas hinchando, sacas pecho, te vienes arriba y cuando llegué a la plataforma de salto el comisario político se llevó la mano a la visera de la gorra y me guiñó un ojo. Con los pies en el borde, el aire sacudiendo mi flequillo, el cielo azul eléctrico a mi espalda, di media vuelta y dije: es posible cambiar; es posible ser mejor. Casi me saltan las lágrimas. Las fichas me miraron con admiración y comenzaron a aplaudir. ¡A mí! ¡Me aplaudían a mí! La luz se encendió y salté al vacío con una pirueta y los brazos desplegados como las alas de un Ícaro carmesí. Otra vez el viento en la cara, la velocidad de la caída, la música digital a todo volumen. Y te vi allá abajo, con el resto, en ese mandala coloreado, esperando mi llegada para reunirnos en un éxtasis místico: mi yo perfecto y tu yo perfecto, unidos para siempre en el infinito universal. Para siempre.

Pero a medida que me acercaba, distinguí los detalles, el encaje perfecto de tus ángulos con un cuadrado amarillo y una zeta verde acoplada a tu espalda, susurrando bromas que te hacían reír. Di la vuelta a un lado y me desplacé a la derecha. No es fácil encajar así y a ti se te daba tan bien. Lo hacías con total naturalidad. Un giro más. Corregí mi posición. El cuadrado amarillo te avisó de mi llegada y tú miraste con aires distraídos. Te tocó en el hombro y tú entrecerraste los párpados un poco, casi nada, como si te asegurases de que era yo quien llegaba y no otra zeta roja cualquiera. Qué bien se te daba. Como si nada, entre todos aquellos colores, en tu lugar.

Un golpetazo seco me detuvo. Me quedé enganchado de una ele azul que asomaba sus ángulos sin cuidado alguno. Pero ¿qué haces, idiota?, me increpó. Yo no pude más que balbucear. Miré abajo y no encontré tus ojos porque todos reían o me abucheaban y tú te sonrojabas y te cubrías el rostro con las manos desnudas.

¡Es culpa tuya!, grité.

Este texto forma parte de La Décima Musa, un volumen que reúne a veinticinco cineastas, literatos, periodistas, guionistas de tebeo y diseñadores de videojuegos para transformar sus obras favoritas del décimo arte en relatos ilustrados.

1 comentario

  1. The Lady of Shalott

    La más original historia sobre el Tetris que he leído!! Está muuuy guay!!!

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