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Joan Miró: la vanguardia que conecta con la naturaleza

Joan Miró la vanguardia que conecta con la naturaleza (1)
Joan Miró, 1964. Fotografía: Getty.

Un artista sigue vivo mientras sus obras nos sigan emocionando o interpelando. Joan Miró (Barcelona, 1893-Mallorca, 1983) buscaba una obra que siguiera vibrando en el corazón y la mente de las generaciones futuras. «La gente comprenderá cada vez más que abro las puerta a otro futuro, contra todas las ideas falsas, todos los fanatismos». Si sigue siendo nuestro contemporáneo es porque no se limitó a revolucionar los lenguajes artísticos. Dijo que el arte abstracto es una casa vacía y que «si el juego de líneas y de colores no desvela el drama del creador, no es más que un divertimento burgués (…) Para descubrir un mundo habitable —proclamó en 1939—, ¡cuánta podredumbre hay que barrer!».

Buena parte de sus obras reflejan una vivencia personal universalizada en sentimientos comunes, como las penalidades del camino solitario, la angustia y el vacío de sentido del homo oeconomicus, abrumado por los delirios de la razón utilitaria, la opresión de las dictaduras o la atrocidad de las guerras. Su arte es también pausa, humor, magia y belleza, burla de los hombres y mujeres títeres, ansia de esperanza, celebración del amor y de la vida, pulsión de muerte, sin olvidar la denuncia y la violencia pictórica cuando se participa en una lucha colectiva por la libertad. La main à plume vault la main à charrue, solía citar a Rimbaud, buscando trascender su individualidad mediante su obra pública y el trabajo colectivo con poetas, músicos, arquitectos, urbanistas, coreógrafos o artesanos.

En el primer tercio del siglo XXI, olvidadas las lecciones de las guerras y de las dictaduras europeas, ha resurgido el tradicionalismo autoritario y el temor a que el control de la biotecnología y la tecnociencia en unas pocas manos codiciosas propicien una mutación antropológica del ser humano, devenido en habitante desconcertado de una segunda naturaleza artificial, un multiverso virtual con nuevas percepciones de la realidad y sofisticadas posibilidades de alienación, ya sea por medio de fantasmagorías de placer y pensamiento inducido (Huxley), ya sea por sistemas panópticos de control y terror (Orwell). Aquel planeta de Miró con el cielo aún estrellado poco tiene que ver con la telematía de la red de satélites o de los cables submarinos que vehiculan los designios demiúrgicos del algoritmo y con programas de inteligencia artificial que actúan como reflejo matemático de un mundo carente de privacidad. La devastación ecológica a la que se opuso inútilmente en vida se ha acelerado, y lo que queda de naturaleza silvestre es convertido en artificio de parques frecuentados por animales-mascota y turistas tecnohumanos permanentemente interconectados. Miró nos pide pausa para pensar cómo vivir una vida digna de ser vivida y nos recuerda que el futuro de la humanidad dependerá de que incluyamos la naturaleza y la dimensión ética en el proyecto de progreso tecnológico.

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