Cómo la cultura popular me preparó para el coronavirus

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28 días después (2002). Imagen: Fox Searchlight / DNA Films / UK Film Council.

El coronavirus campa a sus anchas por el mundo mientras las cifras de contagios y muertes no dejan de aumentar. Los fabricantes de mascarillas y geles desinfectantes (¡y de papel higiénico!) bailan sobre sus mesas de dirección mientras se hacen su particular agosto, septiembre, octubre y los meses que queden por delante. Curiosamente, el medio ambiente se toma un respiro —literal y figuradamente— ante el descanso obligado que China se autoimpuso a nivel industrial y empresarial. Y mientras todo esto sucede, redes sociales e informativos nos bombardean a diario con mensajes de mantengan la calma y de sálvese quien pueda, así, todo a la vez, lo que como resultado lleva a cierta psicosis que nos empuja a desabastecer supermercados o a pensar que esto es una gripe y poco más, según nos pille el día. Pero ustedes y yo, que hemos leído mucho y visto mucho cine y muchas series, e incluso que hemos sabido elegir los videojuegos adecuados, sabemos que todo esto tenía que suceder así y no de otra manera. Porque la ficción muchas veces nos enseña mucho más de la realidad que cualquier documental o informativo. ¡Ja! Nos llamaron locos cuando construimos aquel búnker al pie de la montaña, pero no entendieron que todas aquellas historias sobre virus eran auténticos manuales de supervivencia. 

Vayamos a las sagradas escrituras para entender el poder de las ficciones en nuestras vidas a través de una sutil parábola. En el primer episodio de la undécima temporada de Los Simpson, Mel Gibson recurría a Homer como asesor para mejorar su última película. Nuestro rechoncho amigo era la única persona que se había quejado durante un pase privado de la cinta porque en el largometraje no había tiros ni violencia de ningún tipo. En un momento del capítulo, nuestros dos héroes eran perseguidos por ejecutivos cinematográficos cabreados y Gibson, bajando los brazos junto a su figura de cera de Mad Max, se preguntaba si no debería renunciar a su película. Era entonces cuando, empujado por la desesperación del actor, Homer se venía arriba y soltaba una ridícula perorata sobre la importancia de las películas al llenarnos de romance, odio o fantasías de venganza. Decía que Arma Letal nos enseñó que el suicidio era divertido, y que antes de Arma Letal 2 jamás imaginó que pudiera haber una bomba en su inodoro, algo que siempre revisaba desde entonces. Marge lo corroboraba, avergonzada.

Entiéndanme. Lo que venía a decir el bueno de Homer era algo que se hartan de afirmar los escritores sobre los relatos de todo tipo: que nos permiten vivir muchas vidas en una. Las ficciones nos enseñan a explorar lo que no hemos explorado todavía, o que nunca exploraremos, o que ya exploramos hace tiempo y entendimos de otra manera. Esta suerte de simulaciones sociales nos pone en la piel de otras personas y nos obliga a sentir y pensar como ellas, y con ello nos empuja a realizar un importante aprendizaje vital con las lecciones que aprende(mos). Y si Homer había entendido el potencial peligro de zullarse sin mirar antes bajo la taza, ¿qué podríamos aprender de las ficciones sobre virus que nos sirva para el momento actual?

Si queremos empezar por ser prácticos y entender cómo se propaga un virus a lo largo y ancho de este planeta, nada mejor que jugar al Plague Inc: Evolved y convertirse en un patógeno mortal en forma de virus escurridizo o bacteria caprichosa dispuesta a contagiar a todo ser viviente. Este videojuego de Ndemic Creations se hizo famoso hace años con su primera entrega por mostrarnos comportamientos altamente realistas de lo que podría ser una pandemia real. De hecho, el propio CDC —el Centro para el Control y Prevención de Enfermedades— ha declarado públicamente su admiración por las mecánicas del juego. No solo vemos el número de contagiados en el clásico panel de número espantosamente alto que sigue creciendo sin parar, sino que vemos los vuelos entre países con nosotros a bordo o las contramedidas que se toman en forma de investigación o vacunas. El gobierno chino, incómodo por vete tú a saber qué, ha considerado que eso de pretender plagiar a su estrella más mediática no está nada bien y ha ordenado su retirada en todo el país.

Y ya que hablamos de China y el origen del virus, no dejemos pasar una simpática coincidencia que algunos lectores avispados han detectado hace semanas. De la misma forma que Idiocracia se adelantaba once años al nombramiento de un completo imbécil como presidente de los Estados Unidos, Los ojos de la oscuridad presagiaba en 1981 una pandemia nacida en 2020 por un virus creado en una base militar de Wuhan. Estaremos todos de acuerdo en que a Dean Koontz, autor de la novela, se le debió cerrar tan de golpe el ojete al descubrir semejante casualidad que se podría haber utilizado su esfínter como cortapuros. Esperemos por nuestro bien que las cosas no acaben como en el libro (spoiler: mal).

Otro virus de novela de terror que nos ha acojonado más por los que sobreviven que por los que se lleva por delante es el de Apocalipsis, del maestro Stephen King. El escritor de Maine construyó un novelón de más de mil quinientas páginas dividido en tres partes claramente diferenciadas: la propagación del virus —una especie de supergripe que mata al 99.4% de la población mundial—, la reunión de algunos de los supervivientes norteamericanos en dos grupos enfrentados, y la confrontación entre ellos. La peculiaridad de esta historia era que entraban en juego muchos de los lugares comunes del bueno de Stephen. Sueños que conducían a los personajes hacia su destino, telépatas, la Madre Abigail, una señora de más de cien años de edad que se erigía en algo así como una diosa del Bien, y Randall Flagg, uno de esos malos malísimos que nos hace desear con todas nuestras fuerzas que no exista un infierno, o que este mundo no se convierta en uno si hay personas (o lo que sea) como él por allí.

Estallido (1995). Imagen: Warner Bros. / Kopelson Entertainment / Punch Productions.

Y ya que pululamos por lo fantástico no podemos olvidarnos de ese relato publicado en el Amazing Stories de septiembre de 1927 titulado «The Colour of Outer Space». H. P. Lovecraft, papá de Cthulhu, inventó en esta historia unos virus de indescriptible color que podían viajar por el universo montados en meteoritos o lo que encartara para llegar a otros planetas de los que absorber su energía vital. Por suerte para la humanidad, en la visita que hicieron a nuestro planeta los virus no tuvieron otra ocurrencia que esconderse en el fondo de un pozo allá donde Cristo perdió la alpargata y lo único que pudieron hacer fue estropear el terreno del propietario y enloquecer a los distintos miembros de su familia. (No dejen de ver la película de 2019 protagonizada por ese otro gran patógeno al que admiramos con locura llamado Nicolas Cage).

A diferencia de los creadores de género fantástico, algunos escritores optaron por dar un toque más realista a sus virus novelescos. Zona caliente de Richard Preston fue documentada a partir de los brotes reales de ébola y marburgo que tuvieron lugar durante los años ochenta en el centro de África. Como resultado tenemos una obra de suspense capaz de retratar con gran fidelidad tanto la ciencia tras el virus como sus efectos en las sociedades que se vieron afectadas, lo que a veces es peor. La película Estallido jugaba en la misma liga. Nos trasladaba desde el Zaire de los años sesenta y una supuesta erradicación de un extraño virus hasta treinta años después, con una reaparición estelar de nuestro agente infeccioso. Un virus que además tenía ganas de viajar y lo hacía a bordo de un mono que acababa pisando suelo norteamericano. Ya podemos imaginar el resultado: contagio inicial, extensión del virus, amenaza de pandemia, científico salvador, todo arreglado hasta el siguiente susto.

Llegados a este punto, nadie dudará ni por un segundo que la mejor solución ante cualquier amenaza mundial es que dicha amenaza caiga en Estados Unidos. Todo peligro global queda en nada si pasa por una defensa y solución Born in the USA. Ellos te expulsan a los extraterrestres un martes en Independence Day, cuentan los miércoles con los mejores científicos en La amenaza de Andrómeda, y no han llegado al viernes que te presentan a salvadores polivalentes (así, en general) como el protagonista de Guerra Mundial Z, que en la gran pantalla nos permitió ver a Brad Pitt zurrando a zombis infectados a diestro y siniestro a la vez que resolvía complejos conflictos de política internacional a la vez que cuidaba de su familia a la vez que encontraba el antídoto a la vez que salvaba el mundo. Pero donde no había pudor alguno en demostrar todo el poderío estadounidense era en The Last Ship, esa serie de Michael Bay —esto ya nos puede dar una pista— en la que un buque de guerra capitaneado por el médico buenorro de Anatomía de Gray salvaba a toda la población mundial una y otra vez a lo largo de cinco temporadas de banderas ondeando al viento, ropa de camuflaje, cien cañones por banda y viento en popa a toda vela.

Americanitis a un lado, si tenemos que ponernos a sumar páginas de ficciones sobre virus es muy probable que a día de hoy los que salgan ganando sean los títulos en que un virus no mata a la especie humana, o sí lo hace pero no del todo, y nos la deja a puntito de caramelo para una invasión zombi de las de toda la vida. Acabamos de mencionar las consecuencias de lo que sucede en Guerra Mundial Z (antes vino la novela de Max Brooks) cuando el paciente cero vive en un poblado chino y los flujos migratorios van de país en país repartiendo patógenos como los Reyes Magos durante la noche más mágica del año. Pero aquí tenemos especial simpatía por 28 días después, la cinta de Danny Boyle en la que descubríamos por primera vez que un zombi —vaaale, un infectado— podía correr cien metros lisos por las calles de un Londres arrasado con una marca nada despreciable.

La ironía en la propuesta de Boyle estaba en que la propagación del virus no nacía de una mente malvada o de una extraña mutación producida en mitad de la jungla. La película empezaba con un conjunto de animalistas decididos a liberar a un puñado de monos de un centro de investigación. Lo que nuestros jóvenes idealistas desconocían era que esos monos iban cargados de virus hasta las cejas. Y claro, pasaba lo que tenía que pasar. Casualidad de las casualidades, la película 12 Monos de Terry Gilliam presentaba al Ejército de los Doce Monos (otro grupo de animalistas con un líder algo trastocado y estrábico) como causante de la catástrofe que obligaba a nuestra sociedad a vivir bajo tierra y, años después, a enviar a un completo tarado a tratar de evitar un suceso muy empeñado en continuar teniendo lugar a pesar de los esfuerzos en que no sucediera así.

También existen zombis que hablan español y recorren renqueando nuestra geografía nacional, no se vayan a creer. El lector de género estará más que familiarizado con Los caminantes, saga de cinco novelas escritas por el prolífico Carlos Sisí que arrancaba con la propuesta de una Málaga postapocalíptica en la que unos pocos supervivientes sobrevivían instalados en el polideportivo de Carranque. Conforme avanza la trama, la duda se instala en un lector incapaz de discernir si estas personas tendrán que preocuparse más por la presencia de esos dichosos zombis o, por el contrario, por la existencia de un cura con muy mala leche que por motivos desconocidos (al principio) es ignorado por los muertos vivientes. Siguiendo por la línea de las infecciones, Gemma Marchena proponía en El pozo. La ola de ira que arrasó Andratx, la clásica escabechina durante unas fiestas patronales en la localidad de Mallorca que aparece en el título de la novela. La cosa acaba como el rosario de la aurora cuando la gente empieza a perder los modales y mata sin ningún tipo de reparo al que pilla por delante. Sospechemos todo lo que podamos de una niña-hada que vive en un pozo cercano y juega con despertar a los muertos del cementerio con su varita mágica. Como para no sospechar.

12 monos (1995). Imagen: Universal Pictures.

Pero estamos hablando de virus y zombis y no hemos comentado nada sobre LA franquicia. Resident Evil desembarcaba en 1996 con su primer título para PlayStation y nos descagarrinaba a todos con una introducción de lo más sangrienta, una narrativa completamente asfixiante y un uso de las cámaras fijas que nos hacían apretar el mando hasta el agarrotamiento articular. A partir del éxito de ese título vinieron un buen chorro de juegos más, el manga, las novelas y unas cuantas películas protagonizadas por una Milla Jovovich empeñada en quitarle el título de tipa más dura del cine a Ripley. No podemos negar que la primera cinta tuviera su qué con una protagonista amnésica y un recinto subterráneo repleto de sorpresas —todas malas— con las que devolverle la memoria a base de sustos, pero la franquicia se fue yendo de madre conforme la protagonista iba desarrollando unos superpoderes que podían dejar en evidencia al mismísimo Dr. Manhattan.

Y de zombis a vampiros. Sin seguir al pie de la letra la narrativa de los videojuegos de origen, las películas de Resident Evil intentaron ser fieles a la propuesta principal: una corporación (Umbrella) desarrollaba armas biológicas y se les iba de las manos. (Sí, ahora que lo leo no debió ser muy complicado mantener esos elementos estructurales en la trama). Lo mismo sucedió con Soy leyenda, de Richard Matheson. La novela nos presentaba a Robert Neville, único superviviente de una pandemia que había convertido al resto de la humanidad en figuras muy parecidas al clásico vampiro de morirse con la luz solar, llevarse mal con los espejos y huir de los crucifijos. Lo interesante de la propuesta de Matheson estaba en que hacia el final del relato descubríamos que existían otros infectados distintos a los vampiros que pretendían restablecer la normalidad en el mundo, y que Neville, ese gran héroe hasta el momento, resultaba ser algo así como el hombre del saco para esos vampiros que no hacían otra cosa que temerle. Con el tiempo vendrían hasta cuatro adaptaciones cinematográficas de la novela, a cada cual más alejada en su propuesta principal. Eso sí, en ninguna de ellas estuvieron interesados en mantener ese mensaje pesimista de que los humanos tendremos que echarnos a un lado en algún momento del futuro. Seremos leyenda, sí, pero no por lo que nos gustaría serlo.

Aunque no todo va de matar o que te maten. La tierra permanece, de George Stewart, no tenía nada que ver con este tipo de propuestas repletas de conflictos, carreras y psicópatas varios. En esta novela la premisa era sencilla: un virus se cepillaba a la humanidad y solo quedaban unos pocos supervivientes que de forma natural habían resultado ser inmunes. No había pillajes ni nadie se había levantado de su tumba: los hospitales funcionaron hasta el último día y las cosas se dejaron de hacer sin más. Y en mitad de todo eso, los que habían sobrevivido no trataban de construir un imperio sobre las calaveras de sus enemigos, sino simplemente cumplir con las nuevas reglas del juego. ¿Apocalipsis? Si, pero todo bien ordenadito.

Otra obra que se escapa de las líneas clásicas del huye-de-lo-que-ha-sobrevivido-al-virus es Snow Crash. Esta novela escrita por Neal Stephenson nos presentaba un mundo algo distópico en el que una sociedad anarcocapitalista poblada por mafias, mercenarios y gente de mal vivir repartía sus horas entre el mundo real y un metaverso que vendría a ser como un juego de rol online multijugador en realidad virtual. Ya nos podemos ir haciendo a la idea de que en este caso el virus causaba estragos en los dos universos superpuestos. Ante el pasmo de su singular protagonista, el repartidor de pizzas Hiro Protagonist, el mundo se venía abajo ante una droga que se propagaba como un virus y se inyectaba en las mentes a modo de religión, lo que como resultado amenazaba con provocar el infocalipsis. Sí, estamos hablando de una de las obras cumbre del cyberpunk, por si no lo habían notado. 

Pero si un virus mitad informático mitad biológico aún les parece muy poco exótico, aún podemos probar con un tipo de patógeno único en su especie. Nos referimos al virus que se propagaba por las páginas de Pontypool Changes Everything, de Tony Burgess. La historia nos presentaba los estragos que acababa causando un virus deconstruccionista que se transmitía a través del lenguaje y que provocaba afasia —incapacidad de comunicarse— en los afectados, para luego desembocar en canibalismo y blablablá. Obviando la segunda parte del asunto (el pack clásico de muerte y destrucción), hay que destacar la originalidad de la propuesta en cuanto a su premisa y primeros estadios de desarrollo. Y si no, díganme qué película, libro o videojuego nos ha presentado un virus cuyo antídoto debe ser desarrollado por médicos, semióticos, lingüistas, antropólogos o críticos de arte. C’est ce n’est pas un virus.

Fantasía, ciencia ficción y géneros limítrofes nos permiten explorar territorios lejanos en el espacio y el tiempo para comprender mejor la tierra que habitamos. Y sí, es probable que la constante lucha contra zombis y otros seres postapocalípticos no vaya a instruirnos demasiado sobre lo que hacer ante el avance de un coronavirus que más tarde o más temprano quedará en un triste recuerdo de cómo no se deben hacer las cosas a nivel institucional y social. Pero no nos vayamos a los fuegos de artificio de todas esas historias y centrémonos en sus cimientos. Ahí encontraremos que muchos de los comportamientos más despreciables, ruines y egoístas que vemos por las noticias ya se vieron reflejados en ese personaje particular o en aquella escena concreta. Y también la propagación del miedo, el alarmismo, la manipulación de los medios, la ineficiencia de los gobiernos y la respuesta de los mercados. Porque en el fondo no somos tan complicados de entender y la historia se repite una y otra vez, lo que nos deja muchas pistas para intuir por dónde irían los tiros en caso de pandemias como la que estamos viviendo a día de hoy. Eso sí, de todos los mundos posibles, ¿por qué demonios nos ha tocado el universo en que se agota el papel higiénico en los supermercados?

Guerra Mundial Z (2013). Imagen: Paramount Pictures / Skydance Productions / GK Films / Plan B Entertainment / Apparatus Productions / Hemisphere Media Capital / Latina Pictures / 2DUX²

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9 Comentarios

  1. Lo que me estoy oliendo, y tal vez me equivoque, es que el género al que se refiere este artículo irá de capa caída en el futuro cercano. Nadie querrá, durante mucho tiempo, nada que le recuerde la «mayor experiencia de su generación», especialmente con el espectáculo que vienen dando todos nuestros pretendidos » líderes «.

    • Cierto que los políticos españoles han hecho el peor trabajo posible con esta crisis (que va a durar…). En vez de tomar medidas inmediatas se han tomado tarde y de mala manera.
      Pero sí habrá películas: a los 3 años del 11S también hubo películas. Algunas bastante duras.

  2. Jua! Qué artículo! Y qué comentarios! Justo para tiempos de encierro, melancolía y reflexión. Sería divertido esperar los últimos momentos a causa de cualquier tipo de agente patógeno, terrestre o no, leyendo sus ilaciones desopilantes. Faltaría una novela donde la causa de la extinción, o admonición a nuestra raza se deba a una ubicua, inmaterial pero toda poderosa inteligencia que desarrolló nuestro planeta al verse en peligro y, como tiene piedad por nuestra lógica que desconoce y a la vez, como buen demiurgo, ama cuidar lo que ha creado nos trata con deferencia pero con inflexibilidad y se inventa miles de escusas para barrer el patio y cuidar el jardín, como el comandante de aquel avión que transportaba locos peligrosos de un manicomio a otro, y al enterarse de que habían matado al enfermero de guardia para ponerse a jugar a la pelota, con el consiguiente peligro estructural, abriendo las compuertas los invita a ir a jugar afuera, ya que había un hermoso día de sol. Muy buena y divertida lectura. Gracias a todos.

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