
Predecir el futuro no sirve de mucho por una sencilla razón: incluso aunque estemos acertados no nos creerán. Ocurriría en 2022 como así ocurrió en 2019, cuando las conclusiones de una simulación sobre lo que ocurriría si un virus respiratorio de origen chino llegaba a Estados Unidos anticiparon la pandemia. Estimaron medio millón de muertos por el Contagio Carmesí, y hoy ya superan allí los ochocientos mil, pero un año antes de que apareciera el coronavirus nadie dio importancia a la predicción, ni se tomaron medidas.
Quizá porque el cambio es imposible y solo merecemos la extinción, como acaba de recordarnos la película No mires arriba. Sátira del momento en que vivimos, y fiel espejo de lo que somos hoy, personas capaces de apaciguar nuestra conciencia con solo sentirnos identificados con los buenos. O con likes y etiquetas en nuestras publicaciones sociales a favor de las grandes causas. Acciones sin fuerza de transformación alguna.
Nada de esto es nuevo. En 1937 se publicaba en español La peste blanca, obra de teatro de Karel Čapek, creador del concepto literario de robot y de la palabra en sí. Su argumento, la llegada de una enfermedad de origen chino que solo afecta a mayores de cincuenta, incurable, y cuyo desenlace es la muerte. En una conversación con sus padres, un par de jóvenes les dicen que no es tan mala, ya que así ellos podrán tener por fin un trabajo, una vivienda, y una familia propia. Un médico encuentra la cura, pero se niega a entregarla si los gobiernos del mundo no acuerdan acabar con las guerras. Su linchamiento social no es diferente al que se hace a diario en internet.
Llevamos mucho asistiendo a cambios tecnológicos y científicos increíbles que sin duda nos han dado una vida mejor, pero que también nos conducen al desastre. El desenlace feliz o trágico del presente puede depender de nosotros o de quienes nos dirigen, pero no podemos cerrar los ojos ante las grandes tendencias. Tenemos que mirar arriba, y a todas partes, porque los cambios que están produciéndose ya van a llegarnos desde todos los frentes. Y si somos Leonardo DiCaprio con unos kilos de más y ahora sí que no cabríamos en la tabla, hubiera estado bien saber, al menos, que el Titanic también podía hundirse.
Computación cuántica, una nueva guerra fría
La forma más fácil de entender la carrera que afrontan la mayoría de naciones desarrolladas por conseguir un ordenador cuántico es considerar que tanto agencias de inteligencia como organizaciones criminales están robando datos encriptados. Con la esperanza de descifrarlos en un año o dos, cuando los ordenadores cuánticos estén disponibles y los actuales algoritmos de encriptación puedan ser rotos sin mucho esfuerzo.
Este artículo de nuestro archivo está completo para lectores registrados. Registrarse es gratis y solo lleva un minuto.






