Arte y Letras Literatura

Nunca, nada, nadie como Miguel Espinosa (y 2)

Miguel Espinosa
Miguel Espinosa. Imagen: Ángel Fernández Saura, cedido al archivo de www.miguelespinosagirones.es

(Viene de la primera parte)

Nadie ama como Miguel Espinosa

Tuvo siempre una relación particular con las mujeres, utilitaria quizá, pero la palabra se queda escasa y esa escasez resulta perversa o fatal. Miguel Espinosa pasó siempre su vida —y de forma muy especial su vida amorosa— por el filtro de la literatura. A él las mujeres le servían en el viaje literario para aproximarse y aprender lo desconocido, tanto de él mismo como del mundo; lo descubría en conversación, intercambio y diálogo. Era eso o nada. Pero si era eso, qué profundidad en las relaciones, en la escritura: y es que no hay placer sensual ni sexual más excitante que compartir y crear con otro. En ese sentido no se puede hablar de mujeres, sino de mujer y con nombre; Mercedes Rodríguez.

En lo sensual, en lo intelectual, la relación de Mercedes Rodríguez y Espinosa comenzó cuando esta le interrumpió en una cafetería en Murcia, donde él solía trabajar. La interrupción de aquella tarde se transformó en irrupción permanente en su vida y eterna en su escritura. Desde aquel momento, Mercedes Rodríguez estuvo presente de alguna manera, con su nombre o con otros en todos los libros de Espinosa. Ella misma lo explica en un texto relevador titulado Un talante eludido, aludiendo a «la naturaleza implicante del Sr. Espinosa, quien mostró su voluntad de implicación queriendo que el mundo me considere encarnación de los siguientes personajes de su obra:

la Azenaia de Escuela de Mandarines,
la Egle y Azenaia de Asklepios,
la Clotilde de La fea burguesía,
la Juana de Tríbada».

Protagonista en los libros, parte y juez en la escritura, en el mencionado texto, Mercedes Rodríguez revela detalles que dejan entrever la singularidad de su unión:

Yo era un crítico obligado, claro, y ejercí esta función con singular entusiasmo, por lo que en el año 56, para obligarme a enjuiciar con método, Miguel me sometía, cuando los párrafos superaban la barrera de infinitas correcciones, a este cuestionario: 

¿Hay sentido en el mundo? 

¿Es originario? 

¿Es humano? 

¿Escribo mejor que Huxley? 

¿Lo firmaría Nietzsche? 

¿Le gustaría al Sr. Tierno?

Mediadora, posibilitadora también… La obra de Espinosa hay que agradecérsela al propio autor, pero no en menor medida a esa mujer que fue lenguaje, verdad y método: «Mi vida —le escribió en una carta Miguel Espinosa— no ha sido otra cosa que una afección y una continuada reflexión y palabras sobre ti». Asimismo él le trasladó su noción de escritura como destino: cinco años antes de morir, le encargó formalmente, junto a su hijo, la revisión, eventual publicación y perdurabilidad de sus originales literarios. 

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