Arte y Letras Literatura

William Gaddis o la conspiración del lenguaje

William Gaddis o la conspiración del lenguaje
Tríptico de la Vanidad terrenal y la Salvación eterna, de Hans Memling (1485).

En 1954, el considerado «padre de la bomba atómica», J. Robert Oppenheimer, dio un discurso en la Universidad de Columbia sobre el lugar que ocupaban las ciencias y las artes en el mundo cambiante de los años cincuenta. Al año siguiente, William Gaddis le enviaba a su casa el equivalente literario de una bomba de fragmentación de un par de kilos: un ejemplar de su primera novela, Los reconocimientos, acompañado de una carta de presentación en la que elogiaba dicho discurso. La novela, un artefacto de más de mil trescientas páginas construido de forma fragmentaria a base de diálogos y ráfagas de ideas, representaba bien la lucha de un hombre en ese mundo dibujado por Oppenheimer, un mundo «disuelto en una confusión universal» donde la autoridad, la tradición y las creencias habían perdido su lugar central. Ese hombre, Wyatt Gwyon, trataba de preservar el «verdadero arte» y el espíritu de un mundo ya pretérito, y lo hacía creando cuadros a la antigua usanza, con colores que parecían sacados de otra época y la meticulosidad de los pintores flamencos. Wyatt hará un pacto fáustico con un desalmado llamado Recktall Brown —sí, Recktall Brown—, quien no dudará en aprovecharse de su talento para hacer pasar sus obras por originales de pintores como Hans Memling o Hugo van der Goes.

No sabemos si Oppenheimer llegó a leer Los reconocimientos —Gaddis nunca obtuvo respuesta—, y es una pena. En la novela, la ciencia trata de ocupar el lugar que antes ocupaba la religión, aunque sigue sin ofrecer respuestas para lo importante. La ciencia asegura estar cada vez más cerca de explicar el «gran misterio» de la vida, escribe Gaddis, pero no está ni siquiera cerca de explicar «qué pasó en Langhorne, Pensilvania, hace aproximadamente veinticinco años, cuando al coche de Jimmy Concannon se le salió una rueda y de las once mil personas presentes fue a matar precisamente a su madre». Habría estado bien saber qué opinaba Oppenheimer de esta «inquebrantable puntualidad del azar» (esta expresión, extraída de El ángel que nos mira, de Thomas Wolfe, aparece en todas las novelas de Gaddis). También si se dio por aludido al leer sobre ese personaje al que no le cabían más cicatrices en la muñeca porque había estado en un avión que tiró una bomba atómica y tenía «fuertes sentimientos de culpa». 

Este artículo de nuestro archivo está completo para lectores registrados. Registrarse es gratis y solo lleva un minuto.

Regístrate gratis

SUSCRIPCIÓN MENSUAL

5€mes
Ayudas a mantener Jot Down independiente
Acceso gratuito a libros y revistas en PDF
Descarga los artículos en PDF
Guarda tus artículos favoritos
Navegación rápida y sin publicidad
 
 

SUSCRIPCIÓN ANUAL

35€año
Ayudas a mantener Jot Down independiente
Acceso gratuito a libros y revistas en PDF
Descarga los artículos en PDF
Guarda tus artículos favoritos
Navegación rápida y sin publicidad
 
 

SUSCRIPCIÓN ANUAL + FILMIN

105€año
Ayudas a mantener Jot Down independiente
1 AÑO DE FILMIN
Acceso gratuito a libros y revistas en PDF
Descarga los artículos en PDF
Guarda tus artículos favoritos
Navegación rápida y sin publicidad
 

2 comentarios

  1. Agustín Serrano

    Me embarco, no solo por cómo lo describe el artículo, mil veces antes en la difícil lectura de William Gaddis, que en cualquiera de los insoportables episodios de Los Simpson. Cuestión de gustos, desde luego.

    Me encanta el artículo.

  2. Gaddis, no es uno de los buenos, es el bueno del s xx.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*