Cine y TV Series

El dinero y ‘Cien años de soledad’

Claudio Cataño en 'Cien años de soledad', 2024. Fotografía: Netflix.
Claudio Cataño en ‘Cien años de soledad’, 2024. Fotografía: Netflix.

Gabriel García Márquez quería que se hiciera una película de El otoño del patriarca, pero no le valía que la dirigiera cualquiera. Tenía que hacerlo Akira Kurosawa. Su empeño era tal que se lo propuso en persona durante una larga conversación que los dos mantuvieron en Tokio en octubre de 1990, cuyos extractos se publicaron más tarde en Los Angeles Times. «Si usted puede y quiere y se le ocurre», le dijo al cineasta japonés, «puede hacer con ese libro lo que quiera. Creo que lo único que se puede hacer con ese libro en cine es encontrar a alguien como usted, que haga lo que quiera. Adaptarlo al cine yo creo que es imposible. Repensarlo en cine en otra cultura completamente distinta yo creo que sí es posible, si es una persona como usted». El director de Rashōmon y Los siete samuráis alegó que todavía estaba rematando su última cinta, Rapsodia en agosto, y escapó de la encerrona comprometiéndose a echarle una pensada al asunto. El otoño del patriarca es un libro de doscientas setenta páginas con una prosa enrevesadísima, sin apenas puntos y seguidos, cuya trama no transcurre de forma lineal. Kurosawa, que tenía ochenta y un años, nunca se prestó a adaptarlo. 

Con Cien años de soledad las cosas eran distintas. Con Cien años de soledad no habría valido ni su admirado Kurosawa. García Márquez, que estudió cine en su juventud, que escribió multitud de guiones y que permitió la adaptación cinematográfica de varias de sus novelas, se negó a que la más leída de todas llegara a la gran pantalla. En La bendita manía de contar, donde se transcriben las lecciones de guion que impartía en Cuba, explica que lo hacía para «respetar la inventiva del lector, su soberano derecho a imaginar la cara de la tía Úrsula o del Coronel como le venga en gana», aunque no conviene creérselo demasiado: en otros puntos del mismo libro alaba encendidamente el trasvase de los personajes de las páginas a la pantalla, admitiendo que la interpretación de los actores puede y suele enriquecerlos. Que la hipotética adaptación de Cien años de soledad fuera a constituir un resumen de la novela o que tuviera que rodarse en inglés debieron ser factores de peso en su contra, pero tampoco parecen determinantes. Desde luego, no lo fueron en el caso de las demás películas que adaptan libros suyos, todos acortados, ni en el de Love in the Time of Cholera, la adaptación en inglés de El amor en los tiempos del cólera estrenada en 2007. ¿Era la consustancia literaria, entonces, aquello por lo que temía García Márquez? ¿La irremediable desaparición de las palabras, el silenciamiento de su aplaudido estilo literario? Pues mire usted, es que tampoco lo parece. En ese sentido, El otoño del patriarca es una novela mucho más compleja y singular que Cien años de soledad, y el hecho es que se la ofreció a Kurosawa. 

Lo cierto es que Cien años de soledad, que sigue los azares de siete generaciones de la misma familia durante más de un siglo, habría tenido que ser una producción cinematográfica descomunal, con decenas de actores y extras y un sinfín de decorados y localizaciones, por no hablar de los efectos especiales. A diferencia del resto de sus películas, donde el acierto era lo primordial, aquí lo eran el acierto y el dinero por igual. Cien años de soledad cuenta una historia hiperbólica y desbordante: por su propia naturaleza, la película sería mejor cuanto mayor fuera su aparato de producción y cuanta más financiación tuviera. Y sabemos bien que aquello, precisamente aquello, era lo único que García Márquez aborrecía acerca del cine. Él mismo confesó en varias ocasiones que si cambió el séptimo arte por la literatura después de haberse matriculado en el Centro Sperimentale di Cinematografia de Roma fue porque se sintió abrumado por los enormes recursos financieros «y todo aquel aparataje industrial, técnico, comercial…» que se precisan para hacer cine. «Me dije: «¡Puta!, ¡qué bueno que tengo mi maquinita de escribir!”… y me agarré a ella como el náufrago a la tabla». Son palabras suyas, de nuevo, en La bendita manía de contar.

Es una idea descorazonadora, ¿a que sí? Que no haya nada fundamentalmente intraducible en la literatura, ni siquiera en Cien años de soledad; que con dinero, dando por descontado la buena maña, hasta la obra literaria más literaria se pueda llevar exitosamente a la pantalla. Ya no es que desposea a la literatura de su esencia sagrada, que también: es que constituye una reafirmación de las odiosas leyes del capital. Una derrota de la calidad frente a la cantidad, que mira que duele admitirlo. Un triunfo, otro más, de la banalidad sobre la trascendencia. Debe ser por eso que muchas personas no lo creen, o fingen no creerlo, e insisten con la idea de que existen libros inadaptables, historias que simple y llanamente no se pueden contar con éxito mediante el lenguaje audiovisual. García Márquez no lo creía. Llegó a decir, ojo a la frase, que «una película puede ser algo tan íntimo, tan personal —sobran los directores y las obras que lo demuestran— que podría parecer escrita a mano». Y a Kurosawa le comentó que El otoño del patriarca era un libro inadaptable, sí, pero acto seguido lo enmendó con un eufemismo: que podía «repensarse». En el fondo, que el cine no sea menos que la literatura es una revelación espantosa. Comporta que el dinero lo puede comprar casi todo, hasta el buen hacer en materia artística. García Márquez sufría con esta contradicción, o no la habría resuelto huyendo de Roma, abandonando la cinematografía y caracterizando aquello como un naufragio. Y quizá por eso no quiso llevar al cine Cien años de soledad, que era una empresa artística factible, pero solo después de un desembolso económico grandioso. No quería ponerse del lado de la banalidad en la guerra contra la trascendencia. Dígame, ¿acaso no es eso el realismo mágico?

Netflix no ha desvelado cuánto ha costado su reciente adaptación de la primera mitad de Cien años de soledad, pero tiene que haber sido una panzada de dinero. En algunos lugares se ha publicado que en torno a cincuenta millones de dólares, o lo que es lo mismo, seis y pico por cada uno de los ocho capítulos que tiene. Y se nota. Para bien. Es fabulosa. Fabulosa. Lo diremos por tercera vez: fabulosa. Tanto que ni siquiera nos vamos a parar a pormenorizar sus virtudes en las distintas disciplinas técnicas y artísticas: para qué, si sobresale en todas. A sus directores, Alex García López y Laura Mora, apenas se les puede hacer reproches, ni a los productores ejecutivos de la serie, Rodrigo y Gonzalo García Barcha, que son hijos del propio Gabriel García Márquez. En las pocas líneas de que disponemos aquí, lo más justo es acreditar su conquista donde más difícil era acometerla: en el campo del regusto. El habernos llevado a un Macondo que llega a parecerse mucho, pero que mucho, al que habíamos imaginado al leer la novela. Que Úrsula sea Úrsula y Aureliano, Aureliano. Que se oigan, porque casi se oyen, las aliteraciones de García Márquez y hasta su rima interna. Que se perciba su manera de escribir, con largos párrafos abigarrados y un aguijonazo de diálogo al final. El habernos dejado a todos, en resumen, con un palmo de narices. ¿O acaso es que no daba usted por sentado, cuando supo que Netflix estaba preparando esta serie, que iba a ser una absoluta calamidad ? No mienta: eso usted, yo y cualquiera. 

Cien años de soledad, la gran novela inadaptable del castellano, ha sido adaptada con éxito. Ojalá pudiéramos traerle mejores noticias que esa. Ojalá no tuviéramos que glosar que una conquista como esta, de naturaleza puramente artística, se ha podido consumar con talento, pero solo después de invertir una suma de dinero prodigiosa. Eso querría decir que García Márquez se equivocaba. Que no había razones para que huyera de Roma, y del cine mismo, y se agarrara a su máquina de escribir como un náufrago a la tabla. Para hacer justicia al libro, la serie ha tenido que ser buena; pero para hacerle justicia a su autor, habría tenido que ser mala. Y es una pena que no lo sea.

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Un comentario

  1. Juan Carlos Aristizabal

    Buena y ya y según qué criterio? Para quienes estamos acostumbrados a ver nuestros actores, no es muy claro que hayan hecho el papel de sus vidas, tal vez han ido lejos en el auto elogio y el mutuo elogio y también hay que saber actuar eso. De los extranjeros contratados para encarnar personajes decisivos en la novela, no hay uno solo que no le haya quedado impostada la actuación, como si en su vida hubieran leído una línea de Gabo. Y lo del dinero y la industria no es la más acertada queja. Hay milagros en el cine que hicieron Tarkovski, Da Sica, Fellini, Kusturica (quien por cierto entiende lo hiperbólico como un Bajkthin y debió haber sido el director) con presupuestos bajísimos pero obras maestras impagables y tesoros nacionales.

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