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Una feliz anomalía llamada ‘Tristes trópicos’

Tristes trópicos, de Claude Lévi-Strauss. Imagen Austral.
Tristes trópicos, de Claude Lévi-Strauss. Imagen Austral.

A Claude Lévi-Strauss le habría gustado ser Joseph Conrad, o al menos haber escrito sus novelas. Pese a no serlo y dedicar toda su vida a la antropología, acabó convirtiéndose en uno de los grandes de las letras francesas. Su entrada en el olimpo literario se certificó en 2008, cuando su obra fue publicada en la mítica Biblioteca de la Pléiade. A algunos les extrañó que el trabajo de un antropólogo se hubiera colado junto a los libros de Gide, Yourcenar o Celine; sin embargo, no era la primera vez que su nombre se asociaba con un reconocimiento literario del más alto nivel. En 1955 el Jurado del Goncourt lamentó no poder conceder el premio a Tristes trópicos, su libro más conocido, por un pequeño detalle: no era una novela. Poco después, su rechazo de la Plume dOr, que premiaba al mejor libro de viajes o aventuras del año, le emparentó con otro gigante de la literatura: Julien Gracq, que había rechazado el Goncourt unos años antes1. Lévi-Strauss había entrado en la vida cultural francesa por la puerta grande.

La anécdota del Goncourt es conocida, lo que tal vez no lo sea tanto es que antes del Tristes trópicos que nos ha llegado hubo otro, una novela de aventuras al estilo Conrad, que el antropólogo abandonó a las pocas páginas. Como contó en una entrevista concedida a Didier Eribon2, la idea partió de una historia que leyó en el periódico sobre unos estafadores que se sirvieron de un gramófono para hacer creer a los habitantes de una isla del Pacífico que sus dioses habían vuelto. De aquel proyecto solo sobrevivieron el título y una bonita descripción de una puesta de sol de unas seis páginas, incluida en la versión que conocemos. Nunca sabremos cómo habría sido esa novela de haberla acabado, lo que es seguro es que la impresionante prosa de Lévi-Strauss no se limita, ni mucho menos, a ese fragmento. Así describe más adelante la lluvia de São Paulo: «[era] como si el vapor de agua que embebe todo se materializara en perlas acuáticas que, cayendo copiosamente, se vieran frenadas por su afinidad con toda esa bruma a través de la cual se deslizan». Estos destellos literarios que brillan aquí y allá, y parecen salidos de otro tiempo, hacen que el libro no desentone lo más mínimo al lado de la mejor literatura. 

Buena parte de su atractivo reside en su carácter híbrido. El antropólogo Clifford Geertz decía que en Tristes trópicos encontramos varios libros en uno. En primer lugar, estamos ante un libro de viajes, uno muy especial, no obstante, pues no se viaja solo en el espacio, sino también hacia atrás en el tiempo (además de transcurrir en desiertos y en la selva amazónica, transcurre en los desiertos y las selvas de la memoria de Lévi-Strauss). También puede leerse como un texto etnográfico o incluso como un relato autobiográfico de los años de formación del autor. Por otro lado, las peripecias vividas por el antropólogo en sus viajes —ropas cubiertas de termitas; experiencias gastronómicas únicas a base de loro asado y cola de caimán; encuentros con buscadores de oro y diamantes, con tribus cuyos cánticos recuerdan al canto gregoriano…— hacen que el libro parezca una muy buena novela de aventuras sin serlo. 

Pese a sus aspiraciones novelescas, es probable que Lévi-Strauss se diera pronto cuenta de que su profesión iba a proporcionarle un material que hacía innecesario recurrir a la ficción. ¿Qué necesidad había de inventar nada cuando podía relacionarse con indígenas que parecían recién salidos de Alicia en el País de las Maravillas? Los caduveos, nos dice en Tristes trópicos, recordaban a figuras de naipes por su vestimenta y sus tatuajes: «Tenían reyes y reinas y, como a la de Alicia, nada gustaba tanto a estas últimas como jugar con las cabezas cortadas que les traían los guerreros». 

Una ventaja de utilizar material real, además de tenerlo más a mano, es que el escritor no tiene que someterlo al test de estrés de la verosimilitud. Cuenta Lévi-Strauss que uno de sus compañeros estuvo a punto de perder varios dedos por un accidente. Cuando el herido empezó a delirar por la fiebre descubrieron que tenía la mano llena de gusanos. En contra de todo pronóstico, eso acabaría salvándole de la gangrena y de una probable amputación. Es posible que muchos novelistas no se hubieran atrevido a introducir ese plot twist. La realidad, en cambio, puede permitirse el lujo de ser todo lo retorcida y poco creíble que quiera: no tiene que dar explicaciones a nadie.

Hay, no obstante, un fragmento de ficción incrustado en Tristes trópicos que merece la pena comentar. Coincidiendo con una etapa particularmente desalentadora del viaje, cuando a su alrededor muchas personas morían a causa de la malaria, el hambre o la leishmaniosis, Lévi-Strauss se dedicó a idear una obra de teatro. Durante varios días, fue escribiendo la trama en el reverso de sus apuntes de trabajo. En la cara vista estaban las costumbres, las genealogías o el vocabulario de las sociedades que estudiaba; en el dorso, una obra de teatro que representaba la cara B de la expedición, los titubeos, las dudas. El viaje de regreso fue complicado y en un momento dado llegó a preguntarse qué estaba haciendo allí. Tenía a su disposición una sociedad, la suya, la francesa, ¿por qué había decidido ignorarla para dedicar su atención a aquellas sociedades perdidas? Era su desarraigo, su inadaptación, lo que le había llevado al otro extremo del mundo.

Aparte de su título (La apoteosis de Augusto) y un resumen detallado de la trama, no conocemos el contenido exacto de esa obra que nunca llegó a acabar. Solo sabemos que se trataba de una nueva versión de Cinna, de Pierre Corneille, y que los principales personajes eran dos amigos de la infancia (el emperador Augusto y el viajero Cinna) que volvían a encontrarse en la vida adulta. Aunque Cinna goza de cierta fama como aventurero, ha perdido todo interés por los viajes. Su decepción es un eco de la del propio autor, que ya en la primera línea del libro nos dice: «Odio los viajes y a los exploradores. Y he aquí que me dispongo a relatar mis expediciones». 

Hay que tener en cuenta que desde el momento en que el autor hizo los viajes que relata hasta que se sentó a escribir Tristes trópicos pasaron un par de décadas. En ese tiempo la profesión había degenerado (la «desvergüenza» de los exploradores iba en paralelo a la «ingenuidad e ignorancia de los consumidores»). Él también había cambiado: la ilusión con la que se inició en el mundo de la antropología había ido virando hacia el desencanto. Cuando llegó a la amazonia brasileña en la década de 1930 esperaba encontrar comunidades nativas puras, pero la gran mayoría ya habían establecido algún tipo de contacto con la civilización occidental. A algunas de esas comunidades les habían impuesto la civilización a la fuerza en siglos pasados para luego abandonarlas a su suerte. Los lugares no «contaminados» por el hombre blanco eran cada vez más escasos. 

Más allá de los momentos de introspección y descubrimiento personal, lo más interesante de Tristes trópicos son las reflexiones del autor sobre las sociedades con las que entra en contacto. Durante su travesía por el peligroso mar de los Sargazos, recuerda el choque de mundos que tuvo lugar cuando Colón llegó a América: «Los colonizadores enviaban comisión tras comisión a la Española con el fin de determinar la naturaleza de los indios (…), que morían de horror y repugnancia por la civilización europea más aún que por la viruela». Los colonizadores no sabían si los nativos que encontraron en La Española eran hombres o animales; los nativos, por su parte, pensaban que los recién llegados eran dioses. «A ignorancia igual», escribe Lévi-Strauss, lo segundo «era ciertamente más digno de hombres».

Tras analizar las creencias religiosas de los bororo, el autor concluye que la relación que una sociedad establece con los muertos responde a un esfuerzo por «esconder, embellecer o justificar» las relaciones que prevalecen entre los vivos. Respecto a algunas costumbres que nos ponen los pelos de punta, como la antropofagia, recuerda que sociedades que nos parecen feroces desde ciertos puntos de vista pueden parecernos muy humanas cuando se las mira desde otro ángulo. Lévi-Strauss lo tiene claro: ninguna sociedad es perfecta. Todas contienen cierta dosis de injusticia, de crueldad, incluidas las occidentales. Al fin y al cabo, continúa, es muy posible que a esas sociedades que llamamos primitivas les parezca cruel e inhumano nuestro sistema penitenciario. En definitiva, no hay ninguna razón para pensar que las sociedades occidentales sean superiores.

En el último tramo, el libro cambia de escenario. El autor deja atrás Brasil para pasar a contar su viaje a la India en 1950. Es entonces cuando dedica un apartado, tal vez el más polémico del libro, a la religión. En su opinión, el ser humano ha concebido sucesivamente tres grandes «tentativas religiosas»: el budismo, el cristianismo y el islam. Cada etapa, lejos de ser un progreso, implicaría más bien un retroceso, siendo el islam la más «inquietante» de las tres. Para Alan Campbell, profesor de Antropología Social, el capítulo de las religiones es escandaloso y Tristes trópicos, un libro siniestro. Su lectura resulta interesante, afirmó, pero solo en el caso de que no te dediques a la antropología, no te interesen los textos académicos y no seas musulmán…

Es posible que el malestar que generó el libro entre algunos antropólogos se debiera a que el autor expuso a las claras las contradicciones de la profesión. Cuando se encontró con los mundé, uno de los pocos grupos indígenas que no habían tenido contacto con el hombre blanco, no fue capaz de comunicarse con ellos: «Estaban allí (…) tan próximos a mí como una imagen en el espejo, podía tocarlos, pero no comprenderlos. Recibía al mismo tiempo mi recompensa y mi castigo: ¿no era culpa mía y de mi profesión suponer que hay hombres que no son hombres?, ¿que algunos merecen más interés y atención porque el color de su piel y sus costumbres nos asombran?». El libro muestra también que el trabajo del antropólogo no es una aventura constante, a veces es rutinario, por no decir aburrido, y agotador. Lévi-Strauss reconoció que nunca se hubiera atrevido a publicar Tristes trópicos si hubiera aspirado a una plaza en la universidad. Era consciente de que podía levantar ampollas en el entorno académico.

Durante mucho tiempo, en el ámbito de la antropología se consideró que el libro estaba más cerca de la literatura y de la elucubración filosófica que de la ciencia. Es cierto que aunque Lévi-Strauss dejó la filosofía para dedicarse a la etnología, nunca llegó a abandonarla del todo3. No en vano, uno de los referentes de Tristes trópicos es Jean-Jacques Rousseau. Esta visión filosófica, lejos de ser un defecto, da amplitud y profundidad al texto y explica que tuviera tan buena acogida fuera del campo de la antropología, tanto en Francia (donde recibió los elogios de Georges Bataille, Maurice Blanchot o Michel Leiris) como fuera de ella (Susan Sontag no dudó en calificar el libro de obra maestra y al autor de «héroe de nuestro tiempo»). 

Tristes trópicos es un alegato a favor de la diversidad cultural, una crítica al etnocentrismo de Occidente y una condena del colonialismo sin paliativos. Lévi-Strauss descubrió al público general, no solo a los lectores especializados, un mundo desconocido, un mundo que nuestra civilización occidental no ha tenido reparo en saquear, tanto en la época colonial como después. La indiferencia, cuando no el desprecio, de Occidente hacia culturas que se consideran primitivas tiene consecuencias económicas y ecológicas. Lévi-Strauss fue testigo de cómo los habitantes de la América tropical fueron víctimas de algunos de nuestros males, desde la explotación propia de la revolución industrial hasta la especulación del capitalismo. Desde entonces, todo ha ido a peor. La selva amazónica no ha dejado de menguar, con la amenaza a la biodiversidad que eso supone, y lo mismo ocurre con el número de tribus que viven al margen, tal vez a salvo, de Occidente. En un mundo tan globalizado como el actual, uniforme hasta el aburrimiento, asombra leer que en un tiempo no tan lejano había otras maneras de ser humano y de organizarse en sociedad. Casi de forma inevitable, la fascinación da pronto paso a la nostalgia. Tristes trópicos es uno de los últimos vestigios de aquel mundo hoy desaparecido, un mundo que seguramente no era mejor, pero sí más diverso. 


Notas

(1) El titular de Le Figaro que se hacía eco de la noticia decía: «Nuevo Julien Gracq: Un especialista en indios rechaza la Plume dOr». Lo cuenta Vincent Debaene en «Les multiples lectures de Tristes tropiques» (Sciences Humaines 2008; núm. 8).

(2) Pacukiewicz M. An Unwritten Tristes Tropiques: Claude Lévi-Strauss and Joseph Conrad. Yearbook of Conrad Studies 2011; vol. 18, pp. 43-56.

(3) El título del libro que le dedicó Octavio Paz es muy significativo en este sentido: Claude Lévi-Strauss o el nuevo festín de Esopo. Esopo fue un escritor de fábulas que durante una época de su vida trabajó como esclavo al servicio de un filósofo. 

 

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3 Comentarios

  1. Una vez más agradecerle su maravillosa prosa y la información que facilita. Comienza usted el año como lo terminó: abriendo caminos. Enhorabuena y Feliz Año.

  2. Agustín Serrano

    Me pregunto qué escribirá un Lévi-Strauss del futuro sobre nuestra sociedad mundial (uniforme) actual. Si habrá una imparable e inquietante evolución o un aburrido y triste estancamiento.

    Enhorabuena por tan interesante y atractivo artículo y feliz año nuevo.

  3. Lo mejor de esta revista es la capacidad de sus articulistas de provocar entusiasmo. Corro a comprar el libro.

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