Arte y Letras Filosofía

Sueños, relatos y trances: ver, oír, sentir

Nada puede llegar a pensarse si no ha pasado previamente por los sentidos.

(Aristóteles)

Sueño

Un trapecista está agarrado con sus fuertes manos a una barra situada en lo alto del trapecio, su cuerpo da vueltas completas alrededor de la barra. Trabaja sin red a unos quince metros del suelo.

Yo lo observo desde la platea del circo, temo por su vida, oigo el trapecio cómo se mueve inquietantemente con cada vuelta y eso me hace sentir una fuerte presión en el pecho.

En la siguiente escena yo voy a ser el trapecista, parece otro día, el trapecista anterior no está, voy a hacer yo el número en lo alto. Todo parece bastante natural. Como muchas veces en mi vida, lo tomo como un reto: me digo que todo puede hacerse con cierto entrenamiento.

El director de la pista me presenta como un hombre muy atlético, el público está incomprensiblemente entusiasmado y, entonces comienza mi horror.

Me doy cuenta de que no voy a poder hacer el ejercicio. Pregunto a un tramoyista que está agarrando una cuerda que por qué no ha venido el trapecista anterior. Me dice sin apasionarse que le prometieron un regalo y no se lo dieron. Añade que no me preocupe, debe notar mi miedo en la cara, que el número es de treinta minutos nada más.

Empiezo a darme cuenta de que no voy a poder resistir el peso de mi cuerpo, que no sé cómo impulsarme para dar vueltas y que, si lo logro, a la primera vuelta saldré despedido centrífugamente contra el público.

Experimento mi terror en silencio, veo la muerte cerca cuando oigo el sonido del trapecio en movimiento y la sensación de presión en el pecho crece. En ese momento el director de pista dice mi nombre por el micrófono y entonces me despierto. Estoy durmiendo boca abajo y noto cierta presión del colchón en mis costillas. Quizá de ahí viene la sensación de presión en el pecho que sentía en el sueño.

Me alegro de que solo sea un sueño y a la vez me digo a mí mismo: Tenía que haberles dicho que no iba a subir al trapecio, que había un error, que no soy trapecista ¿Por qué no les dije esto?

(Denia, noviembre de 2010)

El sueño es uno de los lenguajes más inconscientes que tenemos y su manifestación suele estar representada por la información sensorial. Lo que vemos, oímos o sentimos suele ser la base del lenguaje onírico y es lo que da sentido al lenguaje. El impacto del material sensorial es lo que nos permite construir el pensamiento.

Si la palabra que pronunciamos o el pensamiento que tenemos no produce en nosotros alguna imagen, sonido o sensación corporal no tendrá significado para nosotros. Y si nuestro mensaje no logra esto mismo en nuestro interlocutor no podrá hacerse una idea de lo que le queremos decir. 

Patrón hipnótico. Fijación sensorial: ver, oir, sentir

Mire todas las cosas de color rojo que hay en esta sala…

Ahora piense en todas las cosas que se ha perdido por buscar solo las cosas de color rojo…

(Erica Guitare)

Dirija su atención sobre lo que ve con los ojos cerrados: comprobará que pasan muchas cosas bajo sus párpados. La negrura total, sin matices, no se mantiene. Aparecen formas en movimiento, colores, trazos, puntos, destellos, vibraciones… en distintos sectores del campo visual: en medio, a la derecha, a la izquierda, arriba, abajo. Todo lo que está viendo, dígalo de manera PRECISA. Esto podría dar algo como lo que sigue:

«Estoy viendo, en el campo visual derecho y hacia arriba, una forma globalmente esférica, de color más o menos beige, que aumenta en este momento y se separa del fondo marrón oscuro; mientras tanto, en el campo visual izquierdo aparece una especie de trazos grises, que vibran y se ramifican hacia la derecha… Ahora, comienza a cambiar, y aparecen puntos más luminosos, distribuidos de manera irregular por todo el campo visual. El color del fondo está variando hacia un tono púrpura, mientras que una zona más clara empieza a aparecer en la parte inferior, más bien hacia la derecha que hacia la izquierda… Vuelve a cambiar: ahora, veo una mancha irregular de color rosa que crece en el centro y que va empujado hacia la periferia el color púrpura, que se hace más oscuro…»

Ahora, dirija su atención hacia todas sus sensaciones auditivas. Para ello, también debe cerrar sus ojos y permanecer muy atento a todo lo que escucha, y de dónde procede: del entorno o de su propio interior. Y verbalícelo todo mediante palabras. Esto puede dar algo como:

«Oigo cómo se cierra la puerta de un coche y, al mismo tiempo, un ruido de cacerolas en el apartamento. Cambio de posición, lo que provoca un crujido en el tejido del sillón. El ruido de un claxon, y también risas de niños, me llegan desde la calle. Mi marido tose en la habitación contigua y mi perro, dormido, suspira a mis pies. Escucho un portazo y el sonido de unas llaves. Un ruido de borborigmo procede de mi estómago. Una moto pasa por la calle, con un rugido ensordecedor… Ahora, percibo el taconeo de una mujer, también fuera. Y el ruido del motor de coches que frenan ante un semáforo en rojo, y algarabía de juegos infantiles… Respiro más profundamente y el sonido de mi respiración se amplifica levemente…»

Para completar su preparación, le queda tomar conciencia de lo que siente a través de sus percepciones cinestésicas, corporales. Recuerde: cosquilleos, espasmos, calor, frio, hinchazón, movimientos involuntarios, cambios del ritmo respiratorio o cardíaco, cualquier sensación al nivel de la piel o de los órganos internos. Sigue siendo muy importante la precisión en el lenguaje. Quizá se sorprenda de la gran cantidad de sensaciones físicas que experimenta, y de cuya multiplicidad y variedad nunca se había percatado. Para realizar el ejercicio, cierre los ojos durante unos cinco a ocho minutos. A continuación, le doy un ejemplo de lo que puede detectar y decir:

«Experimento una sensación de calor en ambas manos, acompañada por una especie de hinchazón intermitente. Percibo una sensación de frío en el antebrazo derecho. El calor se extiende ahora por los hombros y el cuello. Experimento un leve temblor en la zona de la sien izquierda y un ligero cosquilleo en el cuero cabelludo, también en este lado. Aparece ahora un picor en mi muñeca izquierda, que aumenta de intensidad. Percibo una sensación de presión bajo la planta de mi pie derecho y leve picor en el dedo gordo del mismo pie. Mi respiración se hace más profunda y siento necesidad de deglutir. También experimento una tendencia a parpadear. Mis labios empiezan a secarse y los humedezco con la lengua… Acabo de sentir una contracción involuntaria del brazo izquierdo, que me ha sobresaltado ligeramente… Mi corazón lo ha percibido y se acelera: percibo su latido al nivel de la garganta. Experimento un leve espasmo interno en la región estomacal. Mi espalda descansa sobre el respaldo de mi silla, y el cinturón me aprieta…».

La inducción hipnótica suele iniciarse con la información que nos aportan nuestros sentidos. Es lo que mejor posibilita la concentración en la experiencia de trance.

Otoño en L’Eliana

Sueños, relatos y trances ver, oír, sentirEn L’Eliana el otoño remolonea en una especie de verano otoñal, enmarcado en buganvillas de colores y noches todavía perfumadas por su propio galán.

Pero es cuando los cristales amanecen húmedos y las granadas se revientan en el árbol, cuando el otoño se abre en dos y de él surgen el frío y la luz.

Es entonces y solo entonces, cuando ocurre uno de los misterios del año: el verde oscuro de las hojas de la morera se reaviva en verde limón.

Como una segunda juventud, las hojas de la morera encienden sus colores de frutas fragantes y de lima pasan a limón para encenderse del todo en un amarillo vivaz, que llena la copa de una alegre despedida sin melancolía.

Y se llenan su copa de una fiesta de pajarillos cantores como guirnaldas sonoras.

Me pregunto si a los humanos nos ocurre lo mismo. Pienso en mi abuela, que se blanqueó como nácar antes de morir, centenaria y sana.

La luz de noviembre es otro misterio de L’Eliana. Es un espectáculo, el cielo es turquesa como en las canciones y el aire se hace cristal como en los poemas. El intenso calor que en el verano arranca la humedad a los cuerpos y enturbia levemente el cielo, se ha ido. 

Solo queda un embajador del calor en la transparencia del mediodía otoñal, que baja con su luz vertical… y entonces me quito la chaquetita, «es que no sabes qué ropa ponerte, oye, de buena mañana hace un frío… y ahora te asas…».

Y entonces, se cae un papel del bolsillo. Es un papel plegado, me acuerdo de la notitas clandestinas que nos pasábamos en el colegio. Me agacho no sin cierta emoción infantil y lo recojo, sin firma y sin fecha, escrito a mano y yo juraría que con pluma. Es un poema:

De la primavera me gusta

la marea de azahar

y el alarde verde

Del verano me gustan

los pies descalzos,

la ropa leve, la noche

Del otoño, la luz

y el aire fresco

en mi cara

Del invierno me gusta

tu cama.

¿Qué hago ahora? ¿De quién es esto? ¿Será para mí?

Lo releo, es bonito, ¿qué os parece?, viene al pelo de lo que estaba diciendo. De hecho, me parece demasiada coincidencia. 

La chaquetita…, que he cogido por la mañana casi forzadamente, por las ganas de desempalagarme del calor, que se agarra a las cosas y se resiste a dar paso al frío, la chaquetita…, el aire fresco, la luz, qué gusto, como en el poema…

Busco en mi memoria, esto me suena, debe ser un poema conocido y quizá lo he podido leer en otra época de mi vida. O quizás ha sido escrito para mí y quien sea me lo ha metido en el bolsillo para que lo lea. En ese caso lo mejor sería esperar a ver si se vuelve a dar a entender. Una de las cosas que llama la atención en este otoño elianero son las frutas. El sol del verano ha untado de miel los jugos de los árboles que le han hecho muda compañía durante los agobios y son precisamente los que fructifican en otoño los frutos más dulces: los higos, la uva moscatel, los caquis, los xinxols, las granadas, las prunas y las yemas… pura miel envasada variopinta.

Pensando en esto me veo comiendo un caqui, cuenco de mermelada jugosa, y acabo llenando de lágrimas rojas, mi chaquetita. Me dirijo a la fuente para ver si pongo remedio a las manchas antes de que penetren. Luego, me siento en la estación para ver la hojarasca de sus árboles y escuchar el sonido del tren, que en otoño se oye de otro modo.

(Trinidad Ballester)

La información que aportan los sentidos es la fase esencial para la construcción de las lenguas y el pensamiento. A esto se refiere la estructura profunda del lenguaje que describe Noam Chomsky en su gramática generativa.

Sueños, relatos y trances comparten esta base para constituirse en lenguaje persuasivo, cuya base es lograr que nuestro interlocutor haga una versión propia del discurso que le proponemos. Esto es lo que fortalece el vínculo significativo entre los hablantes, para dar lugar a aprendizajes significativos y colectivos.

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